5/3/12

Si sólo son libros


Si sólo son libros de Marla Jacarilla, del año 2009, es un hipertexto sencillo en el que la autora permite enlazar con 48 libros por medio de una pantalla que los evoca de algún modo, bien sea un texto, una imagen, una ilustración o un collage. Un párrafo seleccionado del libro completa la presentación. La lista de volúmenes es dinámica y va trasladándose por la pantalla de modo que, pasado un tiempo, se pierde el acceso a un libro determinado.

Un interface sencillo pero tratado con gusto.


4/3/12

Inkling



Inkling es una plataforma en red que permite la creación y publicación de libros digitales y que se presenta como una competencia evidente a Ibooks Author. Al contrario que, por ejemplo, Booktype, Inkling está destinada a profesionales ya que no es sencilla de manejar, amén de que en este momento no es de libre acceso a todo el público y está en fase de pruebas con una serie de editores seleccionados. El sistema permite crear el texto, formatearlo y enriquecerlo con elementos multimedia. La publicación puede hacerse para el Ipad o para su visualización en la red. La herramienta reside en la nube de modo que es posible editar el libro electrónico entre varios usuarios que conecten a la red desde puntos distantes. Asimismo, otra ventaja de Inkling que procede de su implementación en la nube es que puede ser utilizada por cualquier tipo de ordenador, no forzosamente un ordenador de Apple como sucede con Ibooks Author.

3/3/12

Demain Le Livre


Dem@in Le Livre se celebrará en París los próximos días 6 y 7 de marzo, con un programa de ponencias interesantes destinadas tanto a los profesionales de la edición electrónica como a los de la edición tradicional en papel. Se hablará de las herramientas de edición digital, la gestión de contenidos, la durabilidad de los soportes digitales, los formatos, etc.

Asimismo, en el salón anexo se presentarán productos de diversos fabricantes. La inscripción, que es gratuita, puede hacerse en este enlace.



2/3/12

Guía para publicar e-books


Publishing with iBooks Author de Nellie Mckesson y Adam Witwer es una guía gratuita descargable desde Internet que explica detalladamente cómo usar Ibooks Author para publicar nuestros propios libros electrónicos con esa plataforma para el Ipad. Puede descargarse en formato PDF y en formato ePub.

El libro, muy completo, pasa revista a cómo crear los textos, añadir código HTML5, insertar gráficos y tablas, formatear el contenido, entender las limitaciones (en particular que las creaciones sólo funcionarán en el Ipad, la exclusividad contraida con Apple, imposibilidad de usar el formato PDF, etc. ),  así como finalmente subir la obra a la plataforma y promocionarla desde allá. Puede descargarse en el sitio O'Reilly.




1/3/12

El deber


Le vino a la memoria el rostro enjuto y amargado del capitán Monteagudo. Él había sido el hombre que lo había lanzado a la selva, el culpable de que ahora estuviera sentado bajo las frondas espesas del ceibo pintado de grandes flores rojas. Tomó una de las latas de supervivencia y la abrió con el machete. Odiaba el atún y su paladar nunca acababa de acostumbrarse a su sabor. Aun así, usó el mismo cuchillo para trincar un pedazo y se lo metió a la boca con el ánimo de aplacar el hambre porque era preciso aprovechar los pocos momentos de descanso, entre refriega y refriega, entre marcha y marcha. Destaponó la cantimplora y empujó el pescado salado con un buen trago de agua. Sí, fue por  Monteagudo que él se unió a la guerrilla.
El solecillo del mediodía y el cansancio de la caminata que se había iniciado antes del amanecer le adormecieron un tanto. Ante él, danzando en sueños, le llegaron los recuerdos de cuando era niño –más niño, para ser precisos- en la aldea.  Le gustaba la escuela y su maestra, la buena señora María Antonia, le había asegurado que era muy espabilado y que podría algún día entrar en la normal de la capital. Escribía con pulcra caligrafía y leía de corrido los pocos libros que el colegio poseía. Sus favoritos eran los de corsarios lejanos que atacaban galeones y se refugiaban en remotas calas donde había bananos enormes, cocoteros esbeltos y sisales en forma de abanico. Por las tardes, cuando había recogido agua y ayudado a su madre en la cocina, tras ordenar la leña y batallar con las ovejas que no querían entrar en el redil, se sentaba junto al fuego y le contaba aquellas historias a su hermana Matilda, tres años menos que él, que le escuchaba ensimismada, a medio camino entre la admiración y el aburrimiento. Su padre llegaba tarde, algunas veces con olor a licor, y era parco en palabras. Él se refugiaba en su madre cuando, a veces, le entraban las ganas de llorar sin saber muy bien por qué y contra las que se rebelaba porque un muchacho fuerte no podía llorar como una niña. Ahora, el comandante también le dice que un hombre no llora cuando le sangran los pies por las botas rotas o cuando silban las balas del ejército por encima.
Monteagudo había aparecido por el pueblo hacia  la navidad. Lo recordaba bien porque una de las camionetas con las que vino la tropa rompió el arbolito que habían adornado con lazos de colores. Serían unos cuarenta hombres, armados con fusiles y uniformados todos iguales. El capitán se bajó despacio, parsimoniosamente, de un jeep y se calzó su gorra con un estilo chulesco. Los soldados, por el contrario, saltaron de los camiones como si les hubieran azotado en el trasero y, sin motivo aparente, se pusieron a correr hasta rodear el poblado y parapetarse detrás de los troncos de los árboles. Cuatro de ellos se quedaron junto a su jefe que comenzó a caminar despacio, mirando a los ojos a los asombrados habitantes de la aldea.
-        Sabemos que aquí se ocultan guerrilleros- gritó de pronto, con una voz profunda, de locutor radiofónico, que para nada encajaba con su cara delgada y picada, de sufrir de cólicos.
Nadie contestó, en parte porque el miedo les atenazaba y en parte porque no sabían de qué estaba hablando aquel hombre gritón. Por supuesto, conocían que existía la guerrilla pero nunca habían aparecido por allá y los combates eran algo lejano e incomprensible.
-        ¿Nadie dice nada, hijos de puta?- volvió a gritar. Lo recordaba bien. Le salían disparadas gotas de saliva por entre los labios, como si de bilis se tratara- ¿Nadie dice nada? ¿Quién coño manda en esta mierda de sitio?
Luis Ambroto se adelantó. No era alcalde en el término exacto de la palabra pero, con su edad y su sabiduría, era el hombre al que recurrían en los conflictos o en las decisiones más importantes. Se mostró sumiso y dócil, intuyendo que aquellos soldados podían ser brutales.
-        Señor, nunca vimos guerrillero alguno por estos lugares. Somos gente de paz que nos dedicamos a los campos.
Monteagudo se le acercó despacio y, sin mediar palabra, le abofeteó ambas mejillas con tanta fuerza que el viejo se tambaleó.
-        Te advierto que si mientes te haré hervir en aceite y quemaré todo este lugar.
Ambroto ya no contestó pero le miró fijamente, algo que el oficial debió entender como una ofensa. Sacó su pistola y usando la culata golpeó varias veces al anciano hasta hacerle caer envuelto en la sangre que le manaba de una profunda brecha en la cabeza.
-        ¡Revisen todo!- chilló a sus soldados, y estos comenzaron a entrar en las casas, a revolverlo todo y a tirar cualquier cosa que no les gustaba por las ventanas.
La locura duró una hora aproximadamente. No encontraron nada, ni hombres de la guerrilla ni pista alguna que pudiera indicar que alguna vez habían pasado por allá. Por fin, sonó un silbato y con la misma rapidez con que habían llegado, los soldados montaron en los camiones. El capitán fue el último en subir a su coche pero, antes de hacerlo, desafió a los aterrorizados habitantes:
-        Volveré, se los advierto. Volveré hasta que dé con esos hijos de la gran puta que matan gente inocente. Y si ustedes los protegen, los machacaré. Ustedes son ciudadanos de este país y se deben a sus jefes- se detuvo un momento para dar teatralidad a su pronunciamiento- … o sea, a mí. Ustedes no son nada, sólo se espera que obedezcan. Cumplan con su deber.
Volvió, volvió muchas veces aunque nunca encontraba nada. En cada ocasión, destrozaba las casas, rompía muebles, robaba arroz y golpeaba impunemente. Lo recordaba bien. Una de aquellas veces, le dieron un fuerte culatazo con un fusil y cuando su madre intentó interponerse la golpearon también. Recordaba cómo había llorado, en parte por los golpes y en parte por su orgullo herido. Ya no era tan niño, contaba dieciséis y era fuerte. Algún día, mascullaba mientras su madre le ponía un emplaste sobre la herida, mataría a aquel capitán. Su voz amargada le retumbaba en la cabeza.
-        Ustedes se deben a sus jefes. Ustedes no son nada, sólo se espera que obedezcan, que cumplan con su deber.
Siempre lo repetía. Ambroto decía que era para que se les quedara bien grabado quién mandaba, que si se oponían morirían, que los adoctrinaba para que si algún día llegaba de veras la guerrilla, no tuvieran apoyo. Pero él sabía que sí era algo, se lo decía su maestra, él era algo, valía más que aquel soldado que ya era odiado por todos y habitaba las pesadillas más inquietantes.
Meses más tarde, los guerrilleros llegaron. Iban de paso. Aunque no fueron violentos con los habitantes del pueblo, tomaron lo que se les antojó. Agua, arroz, plátanos, maíz, sal, azúcar… no lo pidieron, no solicitaron, no rogaron… simplemente, entraron en las casas, rebuscaron y se lo llevaron. Pero, al menos, no habían maltratado a nadie y muchos los vieron como libertadores ante Monteagudo.
Aquel episodio no fue bueno. El capitán se enteró del paso de los proscritos por la aldea y no tardó en aparecer. Estaba enfurecido, seguro de que el pueblo les había ayudado, ansioso de saber más, de por dónde habían marchado, por dónde habían llegado, cuántos eran, cómo eran, qué dijeron, cualquier detalle. Golpearon a todos y esta vez nada ni nadie se libró. Al poco de empezar la orgía de violencia, muchos echaron a correr hacia la selva. Él también lo había hecho. El miedo le venció y dejó a su hermana y a su madre atrás. A su padre se lo llevaban atado y lo metían en un camión cuando miró hacia atrás. Pocos días después, hambriento, se topó con un grupo de la guerrilla y se unió a ellos. Un año hacía de aquello. No había sabido más de su madre.
-        ¡En marcha! – se escuchó una voz ronca, un tanto desagradable.
Se levantó. Enterró la lata de atún para que no se les pudiera seguir el rastro y envainó el machete a su cintura. Corrió a formar ante el comandante que les hizo numerarse para asegurarse que estaban todos.
La hilera avanzaba lentamente por entre la arboleda, abriéndose paso con los machetes en ocasiones. El sol apretaba fuerte y los hombres sudaban bajo los sombreros sabiendo que no se detendrían antes de que la noche hubiera caído. De tanto en tanto, tomaba un sorbo de la cantimplora con precaución porque no podría rellenarla hasta montar el campamento y sabía que, si se le agotaba, nadie le daría una gota. Bastante tenían con sobrevivir. El rumor de algún arroyo lejano y los sonidos de pájaros escondidos en lo alto les acompañaba.

Al llegar a lo alto de una pequeña colina pareció que las aves hubieran muerto de golpe. El correr del río continuaba percibiéndose pero, sobre él, la nada. El silencio absoluto del aire en calma. Sabían lo que eso significaba. No estaban solos. El comandante hizo una seña con su mano y todos se agacharon pero fue ya tarde. De pronto, un fragor de balas y el traqueteo de ametralladoras les rodeó. Juan, el rubio que estaba a su lado, cayó fulminado, muerto por una herida en el pecho. Volvió a tener miedo y la hombría que a ratos le venía le desapareció. Era un niño. Intentó rehuir tal pensamiento y tomó el fusil para disparar. Algunos ya estaban haciéndolo aunque no habían recibido orden de hacerlo porque sólo estaban desperdiciando munición al no localizar al enemigo. Él aguantó unos minutos pero, finalmente, comenzó también a disparar sin ton ni son, hacia todos lados, como quien ahuyenta mosquitos a manotazos, sin apuntar a ninguno, sólo intentando que el movimiento frenético aleje el mal de uno. Se quedaron sin balas pronto. Estaban separados del cuerpo principal y no había repuestos. El comandante gritaba intentando que detuviesen el fuego pero no lo conseguía. Las ametralladoras, enfrente y a los lados, continuaban escupiendo muerte y esta, con precisión certera, llegaba a los compañeros.
Echó a correr. Otros también lo hacían. No miró hacia dónde, ni atrás, ni a los lados, ni a quién corría a su vera, o detrás, o delante. Sólo corría con obsesión, intuyendo que aquello era lo que debía hacer. Corrió hasta la extenuación, hasta que sus piernas le fallaron, hasta que su corazón casi estalla de presión, hasta que las sienes le retumbaron como un timbal enfurecido, hasta que la sed hizo que la lengua se le pegara al paladar y supiera a excremento.
Hasta bien entrada la noche no encontró a los otros supervivientes. No más de una veintena. El comandante llegó poco después, herido, con arañazos por todo el cuerpo, caliente por la fiebre. Estaba furioso.
-        Les dije que no dispararan, cabrones. Desperdiciaron las balas, hicieron que nos mataran- gritaba encolerizado mientras andaba de aquí para allá, agarrando de las solapas de la casaca al que pillaba y zarandeándolo sin compasión.
Al llegar a su altura, el comandante le propinó una patada en la pierna mientras continuaba gritando sobre la indisciplina de grupo, prometiendo juicios sumarísimos y amenazando con acabar con ellos allá mismo.
Le miró. Le miró con desconcierto. No, no era sólo eso desconcierto. También le miró con desapego. Aquel hombre no era de los suyos tampoco. Él sólo quería regresar a la aldea, abrazar a su hermana, saber de su madre, ver si su padre aún vivía.
-        Quiero volver- gimoteó.
El comandante se le encaró. Olía a sangre coagulada.
- ¿Volver, joputa?- gritó. Salían disparadas gotas de saliva por entre los labios, como si de bilis se tratara- ¿Volver? Ni lo pienses, joputa. Tú eres ahora un soldado de la revolución y te debes a tu patria. Tú te debes a tus jefes. Tú no eres nada, sólo se espera que obedezcas. Tú te debes a la revolución… o sea, a mí. Cumple con tu deber.

Lugares con encanto




No está claro qué es lo que hace hermoso a un lugar, qué es lo que lo graba en nuestras neuronas de forma indeleble como si fuese una obra de arte, lo que le otorga ese arco iris de sentimientos que siempre permanecen. Uno puede visitar el navío de mármol del Palacio de Verano, la campana rota de la Plaza roja, la Plaka al pie del Partenón o el gran canal repleto de góndolas y acordarse sólo vagamente de su belleza, de lo que sentimos cuando caminamos por allá, del porqué de la visita. Sin embargo, de pronto, un pequeño paraje, o un camino anónimo, o un hotel de autopista pueden convertirse en el recuerdo tierno e imborrable que dura eternamente.
Me gusta salir a la buena ventura contigo, sin saber dónde dormiremos o cenaremos, sin preocuparme de la hora en que llegaremos al destino, siquiera de cuál es el destino.
Salimos tarde, lo recuerdo, y la tarde se fue apagando mientras hablábamos – siempre es tan amena tu conversación, siempre aprendo tantas cosas en lo que cuentas-; el cielo estaba especialmente repleto de estrellas, más de las que nunca habíamos visto antes. Habrá explicaciones que echen mano de la calma de la noche, del aire estable sin cambios de temperatura, del anticiclón que barría la calima, de la luna ausente que hacía más oscura la oscuridad. Yo sé que todo eso son explicaciones falsas, que en realidad hay un plan celeste para engalanar el mundo cuando tú estás conmigo, intentando fútilmente imitar tu belleza.
Las líneas blancas de la carretera se estiraban más allá de los faros del vehículo, mi mano siempre en la tuya, la otra en el volante, tu voz en mis oídos, tu perfume en el habitáculo. ¿Dónde paramos?- dije; Qué más da, ya veremos- dijiste. Nos perdimos y fue una alegría poder estar aún más tiempo contigo recorriendo la vida.
Nos detuvimos en un hotel al borde del camino, uno de esos pertenecientes a una cadena económica multinacional, en que paran comerciales con maletín cansados de tocar puertas y no vender nada, camioneros a los que el tacógrafo les obliga a estacionarse, parejas que se escapan de las miradas enjuiciadoras. Seguramente, el establecimiento no aparece en las guías de resorts con encanto, ni tiene un restaurante con esmerada carta francesa, ni su bodega de vino destaca por lo selecto y variado de sus caldos. Hoy, miro el folleto del hotel y el pequeño comedor de jardín, aunque digno, no destaca ni por su menú ni por su imagen. Pero, ¿sabes?, el universo estaba bello a través del ventanal de la terraza, con la catedral iluminada muy al fondo, las estrellas titilando, el murmullo de los insectos de la noche, una Cruz Campo en tus labios, un periódico compartido en la mesa mientras esperábamos el plato de carne, confidencias tiernas y miradas enlazadas.
Hoy, miro el folleto del hotel y las habitaciones se ven normalitas, decoradas de forma sencilla y funcional, incluso con algún desconchón que otro. Por eso, me asombro tanto de que cuando allí estuvimos, tras la cena, tras apurar el cigarrillo, tras el buenas noches del camarero, entramos en una habitación que me pareció palaciega, donde creí escuchar música de piano, donde las sábanas eran suaves y sensuales, con candelabros de diamantes y perlas, entorchados de oro, aromas de jazmín, donde el lecho nos llamaba a la pasión. Recuerdo que se me antojó el lugar más hermoso del cosmos cuando me perdí en el paraíso de tu piel desnuda y la ternura de tus caricias.


29/2/12

Mitos muertos y suicidas


Mitos muertos y suicidas de Marla Jacarilla es un relato hipertextual del año 2005 en el que el texto se distribuye en tres columnas indpendientes que pueden ser manipuladas por el usuario libremente con los botones de scroll. Además, ciertas palabras están enlazadas a ventanas pop-up que se abren mostrando post-its con nuevas ideas y nuevos textos, en ocasiones contraponiendo la idea de la frase enlazante. Los enlaces también modifican la tipografía principal. Un interface sencillo pero que resulta atractivo e interesante.

Una historia, además, bien contada literariamente, que atrae al lector y que le lleva no solo a completar la lectura sino a interesarse por cada uno de los enlaces.

28/2/12

Moebius



Moebius de Luiz Dos Santos y Gilbertto Prado, es un poema visual en portugués en el que el texto se desarrolla en varios niveles, se desconfigura para volverse a configurar aleatoriamente y se entremezcla con diferentes colores y tipografías. No hay interactividad pero sí premura de tiempo ya que el texto pasa rápido (quizá con poca suavidad, a saltos) y no es fácil leer todas las palabras. Se trata de un ejecutable (.exe) por lo que el usuario debe confiar que no daña a su equipo y está libre de código dañino.

27/2/12

En el más hermoso de los gestos



Había sido un día largo y estabas cansada. Cenamos juntos y compartimos una copa de vino blanco. Charlamos de todo y de nada, apenas contuvimos nuestra ansia de enlazar las manos. Estabas guapa, como siempre lo estás. Nos acostamos pronto, frente a frente, disfrutando de tu cara, como me gusta hacerlo. Me acariciabas con ternura, peinando mi pelo con tus dedos intentando que me durmiera como se duerme a un niño chiquitín. Entonces, te quedaste quieta con tu mano a medio camino de mi cabello, dormida, tus párpados cerrados, como si el tiempo se hubiese detenido de pronto, congelada en el más hermoso de los gestos, tus dedos aún enredados en mi pelo, rendida de la jornada, abrazada a mí, tan plácidamente como la noche cae sobre la llanura. Un torrente de sentimientos me inundó, un ingente caudal de ternura desbordó mi prudencia y te comí a besos, despertándote. Reímos antes de que volvieras a caer dormida en mi regazo.


25/2/12

Writer2epub


Writer2epub es una extensión que puede utilizarse con OpenOffice Writer y que permite instalar en la barra de herramientas tres iconos para traducir automáticamente los ficheros nativos al formato e-Pub. El primer icono nos permite configurar la extensión, el segundo editar los metadatos del documento y el tercero, ejecutar la conversión. Es también posible añadir una imagen al fichero para que aparezca como cubierta del texto, aladir un título, etc. También permite añadir colores de fondo, letras iniciales engrandecidas, formatear el texto, añadir barras de scroll dependiendo del tamaño, etc.

Puede descargarse aquí.

21/2/12

Translating E-literature



La ELO organiza un encuentro en París acerca de la traducción de las obras de literatura digital y el papel que el inglés tiene como lengua vehicular en este ámbito. Además, los trabajos digitales incorporan otros muchos instrumentos multimedia de modo que la traducción es más compleja porque es preciso atender al contexto que este entorno digital impone. Se celebrará del 12 al 14 de Junio en la Universidad de París en Saint Denis y, en este momento, se abre el plazo para la presentación de ponencias para su potencial evaluación y aprobación. Aquellos interesados pueden enviar un resumen de 500 palabras. Para más información contáctese aquí.