12/11/08

Una pareja bien avenida

Una de esas tardes en que la pereza evita cualquier tentación de preparar la cena, recurrí al siempre buen recurso de comprar unos bocadillos en una de esas tabernas modernas que, aunque no dejan de ser tabernas, están decoradas como si de ateneo cultural se tratara. Los bocadillos ya no son bocadillos sino que se bautizan con nombres creativos y el “¡uno de calamares con patatas fritas, marchando!” de toda la vida se transforma en un mensaje microfónico con voz de azafata de línea aérea: “un gaditano soleado con doble de french fries”.

Allá estaba yo, esperando que las rabas se chamuscaran y los panes a medio cocer salieran del horno, cuando entró una pareja. Tendrían unos cincuenta años cada uno y ambos iban hablando por teléfono móvil. Él llevaba un jersey de cuello alto y un gabán. Ella una chaqueta granate y unos pantalones negros. Se dirigieron a la barra mientras continuaban sus respectivas conversaciones en un tono quedo y elegante que denotaba que se trataba de gente culta. Se hicieron un gesto con los ojos y con una mueca de la boca de ella, él entendió lo que deseaba. Por un instante apartó su conversación y pidió dos capuccinos. Un minuto después, la dependienta depositó las dos tazas sobre una bandejita y el caballero pagó.

Otro gesto, este apenas imperceptible, y ambos se movieron al unísono hacia una mesa libre que, casualmente estaba junto a la mía. Se sentaron en el mismo lado, sin dejar de hablar, siempre de forma suave y educada. Sé que es muy poco digno entrometerse en conversaciones ajenas pero el morbo y el aburrimiento por la espera de aquellos calamares que nunca acababan de dorarse hizo que prestara atención. Ella charlaba, aparentemente con una amiga, sobre la impresentable actitud que, al parecer, un tal Julito manifestaba hacia la tía Antonia. Y eso que ella ya le había insistido en que debía de prestarle mucha más atención. Él, con un susurro de voz que apenas me llegaba, hablaba sobre una partida de ladrillos que no acababan de llegar y daba instrucciones a alguien para que no se le ocurriera pagar –una minucia, cosa de veinte mil euros- a un tal Pedro Mari que debía ser el individuo que no entregaba los dichosos ladrillos.

Mientras hablaban, ambos ni se miraban pero iban haciendo casi los mismos gestos. Con la mano libre, echaron el azúcar al café y tomaron la cucharilla al mismo tiempo. Revolvieron la mezcla las mismas vueltas y sorbieron la crema que flotaba en la superficie al mismo tiempo. Aunque algún temor tenía de que se dieran cuenta de que les observara pronto me di cuenta que estaban ensimismados en sus teléfonos. Bebieron el café a la vez, lo terminaron a la vez y depositaron la taza en la bandeja simultáneamente sin siquiera mirarse. Ella seguía con la tía Antonia y él con Pedro Mari. Cinco o seis minutos después – y los calamares que no salían- otra mueca de él, que sólo yo y la dama pudimos observar, hizo que ambos se levantaran al unísono. Seguían hablando por sus teléfonos. Salieron del establecimiento caminando como dos soldados en un desfile. Juntos, marcando el mismo paso y con sus fusiles -digo, móviles- sostenidos de la misma manera por su mano izquierda.

La azafata – digo, camarera- gritó “número siete”. Eran mis calamares en una bolsa que cogí raudo. Cuando salí, vi a la pareja ya a lo lejos. Mantenían el paso y continuaban hablando por teléfono. Y es que no hay nada como compartir momentos para que una pareja se entienda.

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