21/2/10

Jimena, la endemoniada.


El contraste entre el camino embarrado por la reciente lluvia y las coloridas flores, sobre las que aún resbalaban las gotas del aguacero como si fueran perlas brillantes, distrajo por un momento al padre Bernardo Reinoso, inquisidor del Santo Oficio en la isla de Margarita. Estaba cansado y los huesos del borrico que montaba herían sus posaderas. Había jarreado durante toda la jornada, algo frecuente en aquel remoto territorio de la Gobernación de Cumaná, y el sacerdote deseaba llegar a Santa Isabel, atender el caso que había sido llamado a juzgar y regresar lo antes posible. Hizo un gesto al alférez que comandaba el pequeño cortejo para que se le acercara.

-¿Cuánto falta para que divisemos Santa Isabel? – preguntó, intentando no aparentar impaciencia.
- Unas dos leguas, vuestra merced – el soldado se ajustó la casaca. Estaba sudoroso y sus botas cubiertas de barro – Estimo que llegaremos en un par de horas si el tiempo lo permite.

Eso le tranquilizó. Si el oficial estaba en lo cierto, arribarían a la villa mucho antes de que se pusiera el sol. Le daría tiempo para saludar a las autoridades antes de hacerse servir una buena cena y retirarse al aposento que para él hubiesen preparado. Dejaría el inicio del procedimiento para el día siguiente. Al cabo, no había prisa. La ley de Dios no debe apresurarse y él era sólo eso, el ejecutor de la voluntad divina.

Mientras la comitiva rodeaba una amplia laguna en cuya orilla deambulaba una bandada de garzas, el padre Reinoso intentó poner orden en sus pensamientos. Normalmente, un asunto como aquel nunca hubiera requerido su presencia y se sentía molesto de que se le hubiera requerido precisamente a él. Un anodino caso de endemoniados, uno más de entre los cientos que se denunciaban cada año. Se trataba de una mujer, al parecer de alta cuna y muda, que según los testigos realizaba ritos demoniacos en la espesura de la selva y que, por no se sabía bien qué razones, había atacado al clérigo del lugar, un párroco llamado Isaías del que apenas conocía nada. En el fondo, pensó, todo se debía a la delicada situación política de la zona. No hacía mucho que se habían rebelado los esclavos negros de la isla y, aunque la sublevación había sido sofocada en pocas semanas cubriendo de cadáveres las riberas del río, el gobernador de la Audiencia de Santo Domingo se mostraba especialmente sensible a todo lo que aconteciera en la ínsula. Sea como fuera, el caso había llegado a oídos del gobierno que, temeroso de que hubiese algo de cierto en todo aquello, había decidido cortar por lo sano y terminar con la alarma suscitada. Si se hubiese tratado de una pobre mujer, yacería ya en un camposanto sin preguntas y sin pesquisas. Mas como la sospechosa era pariente lejana del conde de Mudejar, había que obrar con tiento. Y eso significaba el envío de un inquisidor, el establecimiento de un juicio con garantías y una sentencia que no pudiera ser reclamada ante el Rey por defectos de forma.

El cielo plomizo se condensaba hacia el norte, allá en el Caribe, y anunciaba otra tormenta. Descargaría cuando el aire caldeado del océano comenzase a enfriarse hacia la puesta del sol. Ocurría cada tarde. Las nubes se volverían negras y una noche prematura y ficticia cubriría los valles y las selvas. Entonces, un diluvio breve e intenso se desplomaría sobre la tierra, convirtiendo los caminos en arroyos de aguas turbulentas. El padre Bernardo se tranquilizó al escuchar los gritos de los exploradores, unos cientos de metros por delante, que anunciaban que Santa Isabel estaba a la vista. Hizo detener la comitiva y pidió una jofaina con agua para lavarse un poco. Su ayudante, un seminarista nativo que apenas hablaba el castellano, le adecentó la sotana y le cepilló el bonete. Hizo llamar al secretario y al relator para que caminaran a su lado. La guardia formó adelante y atrás, y el alférez gritó órdenes pidiendo marcialidad.

Entraron en Santa Isabel por el sur, junto al molino de harina que giraba agitado por el viento creciente. Los lugareños abandonaron sus tareas y se fueron concentrando cerca de la plaza mayor que había sido engalanada con oriflamas y estandartes. Al parecer, era evidente que los esperaban. Supo enseguida quién los recibiría. En el centro de la plazuela porticada aguardaban dos personajes, uno en sotana nueva y otro vestido con sus mejores prendas.

Los soldados detuvieron su marcha y formaron en posición de firmes. Bernardo Reinoso descendió con dificultad del rucio dando gracias a Dios de librarse de él. Con cierta solemnidad, ejercitada a propósito, hizo la señal de la cruz y bendijo los cuatro puntos cardinales. Muchos de los espectadores se arrodillaron y el fraile pensó que era una buena ocasión para orar un Ave María. Comenzó a recitar y el pueblo le siguió con un rumor de voces que silenció cualquier otro sonido.

Al finalizar, el otro sacerdote se le acercó haciéndole una reverencia y buscando su mano para besarla.

- Sed bienvenido, eminencia. La paz del Señor sea con vos- dijo, dándole un tratamiento que sorprendió a Reinoso por lo inadecuado.
- Bastará que me llaméis padre Bernardo. La paz sea con vosotros- contestó- He de suponer que sois el padre Isaías, ¿no es así?
- Así es. Tenéis en mí el más humilde de vuestros servidores – resultaba empalagoso el fraile – Permitid que os presente a Juan de Ezquerro, alcaide de Santa Isabel.

Dio éste un paso adelante y besó la mano del recién llegado.

- Es un honor conoceros y disfrutar de vuestra hospitalidad.- miró al cielo y comprendió que la lluvia no tardaría en caer con fuerza- El camino ha sido largo y creo que estos soldados merecen un buen descanso y alguna vianda que calme su hambre.
- Todo está preparado, padre – se apresuró a señalar el alcalde mientras indicaba a uno de sus ayudantes que hablara con el alférez para dirigir a la tropa a sus aposentos, en unos establos amplios y calientes del pueblo.
- En cuanto a vos y vuestros ayudantes- tomó la palabra el cura Isaías- será un honor que os hospedéis en la planta superior del ayuntamiento. Se han preparado tres estancias que estoy convencido serán de vuestro agrado. No sabéis cuánto agradecemos al Señor y a nuestro Gobernador el que os hayan enviado tan pronto. Tememos por la paz y el sosiego de nuestra comunidad. Por motivos que no comprendemos, el diablo nos ha elegido para traernos el mal y hemos rogado para que su eminencia llegara y nos librara de todo percance. Sois realmente bienvenido.
- Os lo agradezco, de veras. No quisiera aparecer brusco a los ojos de sus mercedes pero si pudiésemos cenar pronto quedaríamos deudores de su condescendencia. Mañana podemos tratar los asuntos que nos atañen.
- Sin duda, sin duda. Por favor, seguidnos – contestó el alcalde.

Un esclavo negro se hizo cargo de las cabalgaduras y un par de soldados hicieron que la multitud se dispersara. Otros cuatro acompañaron a Bernardo Reinoso como guardia nocturna.

La casa era amplia y, ciertamente, las habitaciones habían sido adecentadas con sumo gusto. El Inquisidor se despojó de la sotana y se remangó la camisola. Se acercó al barreño lleno de agua tibia y se lavó la cara a conciencia. La primera impresión no era mala. Parecía un pueblo tranquilo y sus mandatarios no eran distintos a los de cualquier otro lugar en las Américas. Quizá un tanto aduladores, pero esto era comprensible en personas tan alejadas de Caracas y que nunca recibían visitas de relevancia. Probablemente, para ellos, el caso de la mujer embrujada era también una oportunidad de darse a conocer.

Una criada trajo la cena en una bandeja de plata, bellamente decorada. La degustó con satisfacción. Un caldo, pan recién horneado, un buen pedazo de carnero asado y un plato sobrado de frutas. En un par de ocasiones le vino a la mente el pecado de la gula pero pensó que Dios le perdonaría el desliz. Cuando chupeteaba, casi con obscenidad, unos trozos de papaya, comenzó a diluviar y la lluvia refrescó el ambiente. Se limpió los labios y se acercó al ventanal. Lo entreabrió y perdió la mirada en Santa Isabel, en sus casas pintadas de colores ocres, en sus tejados cuidados sobre los que la lluvia tamborileaba con fuerza. Las calles estaban desiertas y, en algunas ventanas, comenzaban a encenderse velas y candiles. Olía a vainilla y a jazmín. Un lugar bendecido por el Creador, pensó. Difícil era creer que el maligno se paseara por aquellos parajes. Cerró la ventana y se arrodilló junto a la cama. Inició un padrenuestro y media hora después roncaba plácidamente entre las sábanas limpias que habían sacado de ajuar sólo para él.

Se despertó temprano, mucho antes de que los gallos anunciaran el alba y de que los cielos se pintaran de anaranjados y añiles. Sagitario volaba aún por el cielo y no se percibían ya rastros de nubes. Sería un día soleado y agradeció que fuese así porque ya estaba cansado de tanta lluvia. Se lavó lo mejor que pudo y leyó unos pasajes del Evangelio. Cuando tocaron a la puerta con el desayuno estaba ya listo para dedicarse en cuerpo y alma a su labor inquisitorial.

Cuando bajó al patio, el secretario y el relator estaban ya esperándole, así como el oficial de guardia y seis soldados. El padre Isaías y el alcalde Ezquerro no tardaron en llegar.

- Buenos días, eminencia. Confío en que haya reposado como merece- fue lo primero que dijo el cura.

Bernardo hizo un mohín de disgusto pero comprendió que sería inútil pedir a aquellos hombres que no le trataran como a un arzobispo, de modo que se dejó hacer.

- Primero, quisiera conocer los detalles del asunto, si no tenéis inconveniente. Luego, como es preceptivo, deberé conocer a la acusada y, tras los trabajos preliminares, procederemos a convocar el juicio si es que hay motivos para hacerlo. ¿Tenéis alguna objeción?
- Ninguna, eminencia, ninguna. Estamos deseosos de que todo esto concluya cuanto antes y la bondad de Dios vuelva a reinar entre nosotros- aseguró Isaías.
- Cierto, cierto – intervino el alcalde-, todo se hará como vuestra eminencia dicte. Estoy seguro que, a vuestro regreso a Caracas, podrá asegurar al enviado del Gobernador que aquí, en Santa Isabel, se cumple la ley con tesón para honra de España y de nuestro soberano del que soy fiel servidor y así espero que vos lo indiquéis.

Cerraron la puerta tras ellos al entrar en el salón principal del ayuntamiento. Una estancia espaciosa, de altos techos artesonados y tapices de vivos colores decorando las paredes. Un armario de madera repujada contenía libros de pliegos y en la amplia mesa central había ya preparadas unas actas con las diligencias preliminares que se habían efectuado.

- Mis ayudantes comenzarán a leer los escritos si os parece pero quisiera que vuestras mercedes me contaran su versión de los hechos- pidió Reinoso. Os ruego que seáis concisos y os ajustéis a los hechos, evitando dar opiniones no probadas.

Durante unos segundos, todos callaron. El cura y el alcalde se miraron preguntándose con los ojos quién debiera iniciar el relatorio. Finalmente, el padre Isaías tomó la palabra:

- Verá eminencia,… - recordó el consejo sobre el correcto tratamiento- , perdón, padre Bernardo. Todo comenzó hará unos dos meses. La acusada, de nombre Jimena Hernández, es de diecisiete años de edad y huérfana ya que sus padres, primos del poderoso conde de Mudejar de España, fueron asesinados en una escaramuza con los indios al poco de llegar a Cumaná. Quizá debido al trauma de esta acción, perdió la voz o quizá ya nació con esa tara. Pero lo cierto es que nunca nadie la oyó decir palabra y siempre ha sido tomada por muda. La niña ha sido criada por una familia local, los Vázquez, que han venido recibiendo sueldos del de Mudejar desde España para que la atendieran lo mejor posible. Nunca, sin embargo, sus familiares de allá han reclamado su regreso. Una niña normal y feliz, diría yo. Hasta hace dos años, cuando sus formas de mujer eran ya más que evidentes y los mozos de la villa la rondaban. Bien es sabido que el demonio utiliza a menuda a las hembras para sembrar el mal en la sociedad y, sin duda, este es un caso así. El caso es que la moza desaparecía frecuentemente de su hogar para desesperación de sus pobres padres adoptivos que han llorado mucho la perdición de Jimena a la que siempre han querido como a una verdadera hija.
- Hemos de deciros que se trata de una joven atractiva si es que me permitís hacer tal comentario – aclaró el alcaide.
- ¿Pero qué había de extraño en su conducta?. Al cabo, muchísimas chiquillas, y más si son lindas, buscan estar a solas con los muchachos cuando llegan a cierta edad. Eso, compartirán conmigo vuestras mercedes, es más propio de los humores del sexo que del diablo. Cierto, cierto, el pecado de la lascivia es especialmente condenable pero me temo que afecta a demasiadas gentes como para ver aquí una especial atención de Belcebú – reflexionó Reinoso.
- Sin duda, tenéis razón. La fiebre de la atracción carnal es poderosa pero es que esta Jimena llegaba a pasar noches enteras escapada y, al regresar, vociferaba palabras ininteligibles. ¡Imagínelo, su eminencia! ¡Una muda que habla! ¿No es acaso un signo de la intervención del maligno?
- Nuestro Señor Jesucristo hizo hablar a los mudos y oír a los sordos- contrapuso el inquisidor.
- Pero nuestro señor Dios, perdóneseme la blasfemia, nunca asesinó a nadie – dijo de sopetón el alcalde y un silencio espeso se hizo en la sala.
- ¿Asesinato? – preguntó por fin Bernardo Reinoso.
- Así es.- prosiguió el alcalde- Hace dos semanas el cadáver de un joven de la ciudad, Machín Balverena, hijo de un adinerado terrateniente del norte de la isla, apareció muerto en la selva. No sólo muerto. Su cuerpo estaba desnudo, con marcas cabalísticas grabadas sobre su piel con un puñal y el rictus de su expresión era de pavor.
- Pavor al diablo – interrumpió el padre Isaías.
- Proseguid, os lo suplico – pidió el inquisidor al alcalde.
- El mismo día en que se encontró el cadáver del joven, Jimena Hernández llegó corriendo al pueblo. Iba descalza, su cabello revuelto, sus ropas desgarradas, enseñando sus pechos y llena de sangre. Gritaba – y he de recordaros que siempre había sido muda- palabras que nadie entendía y, nada más llegar, atacó a todos los que se cruzaron en su camino. Entró en la serrería y tomó un gran puñal con el que se dirigió con los ojos inyectados en sangre hacia la iglesia buscando matar al padre Isaías. Si no hubiera sido porque la vieron llegar y porque el alguacil se interpuso con una lanza, le hubiera degollado sin duda. Estaba llena de ira, de odio, de un instinto asesino contra el representante de Dios que sólo podía provenir del diablo.
- Dios no quiso que me alcanzara- musitó el cura- Dios no lo permitió. La voluntad de Dios me ha protegido.

Bernardo Reinoso permaneció en silencio durante unos minutos. El alcalde permanecía de pié, mirándole fijamente pero el padre Isaías se había sentado en una de las sillas como si el recordar todo lo sucedido le hubiera sumido en el terror que sin duda le había producido verse perseguido por una endemoniada.

Por fin, el alcalde continuó:

- Además, eminencia, todo se ha complicado por los esclavos
- ¿Esclavos? ¿Qué tienen que ver con todo esto? – preguntó el inquisidor
- Vos sabéis que no hace tanto que los negros se rebelaron contra el Rey. Durante semanas, la isla vivió asaltos a haciendas y ataques a los buenos cristianos. Hubimos de sofocar la sublevación con dureza y lo logramos gracias a las fuerzas de su majestad que fueron enviadas como refuerzo. Los ánimos desde entonces están tensos y aunque los negros se han mantenido tranquilos, cualquier chispa puede incendiar la maleza nuevamente – se sintió ingenioso con la metáfora-. El caso es que esta muchacha, Jimena, siempre ha tenido una especial relación con los esclavos. De niña bailaba con ellos, les visitaba en las chozas y les llevaba comida que robaba de las alacenas de su casa. Todo ello se veía como algo simpático y se achacaba a la bondad de la chiquilla y a que, como era muda, no podía relacionarse normalmente con otros jóvenes. Pero ahora somos conscientes de que existe algo más en esa relación. Porque desde que ella asesinó al doncel Machín, quiso cometer nuevo crimen en nuestro párroco y fue hecha presa, los negros están otra vez revueltos. Cantan por las noches viejas canciones belicosas, han hecho retumbar tambores en la selva y murmuran entre ellos cuando se creen solos. O sea, las mismas señales que cuando se produjo la gran sublevación. Yo, como representante de su majestad, reclamo una acción rápida ahora que corte de raíz cualquier disensión. Todo indica que Jimena Hernández es una asesina, endemoniada y cabecilla de un potencial ataque a cristianos. Necesitamos de su eminencia una sentencia ejemplar que calme los ánimos, castigue a la culpable y asegure la paz en estos territorios de nuestro Rey.
- ¿Y si estáis tan seguros de su culpabilidad, por qué no la habéis condenado ya?
- Bien lo hubiera hecho si de mí dependiera- aseguró el alcalde. Pero aquí hay un claro caso que debe ser dirimido por el Santo Oficio y, además, lo queramos o no, la chica es familia de un conde español y precisa un juicio de vos. Además, no nos es posible conseguir una confesión dado que la mujer ha vuelto a quedar muda tras los acontecimientos.
- Está endemoniada con toda seguridad, eminencia. Sólo la bondadosa mano de Jesús me ha librado de ella – casi gimió el párroco.

El inquisidor se sintió utilizado. El caso, aparentemente, estaba claro y si las pruebas refrendaban lo que le acababan de relatar, la sentencia era también evidente. Sólo que aquellos hombres no se atrevían a tomarla por no ver sus carreras en riesgo entre los grandes de España y esperaban que él lo hiciera. El relator, que había estado leyendo los pliegos, asintió con la cabeza. Todo lo escrito coincidía con lo expuesto.

- Quisiera ver a la acusada- dijo por fin Bernardo Reinoso.
- Como gustéis. Acompañadnos.

El cortejo formado por el párroco, el alcaide, el inquisidor, el relator, el secretario y los soldados llegaron a la pequeña prisión unos minutos después. El carcelero abrió el portón con inquietud porque era la primera vez que personas de tanto rango aparecían en su pequeño reino. Hizo mil y una reverencias y abrió la marcha hasta una de las mazmorras.

- Si no os importa, entraré yo solo con el alférez- pidió Bernardo.
- ¿Estáis seguro? Es peligroso, eminencia- el párroco pareció inquietarse por la decisión de Reinoso. Aún debía tener el miedo metido en el cuerpo sobre el poder malévolo de la muchacha.
- Sí, es el procedimiento. A vuestras mercedes ya los conoce y su reacción puede estar dictada por el demonio si es que, como suponemos, la joven está endiablada. A mí, sin embargo, no me conoce y quiero ver de propia mano cómo actúa ante la presencia del enviado de Dios.
- Haced como deseáis, pues – sentenció el alcalde.

La puerta emitió un quejido lastimero al girar sobre sus goznes. El carcelero prendió dos teas y gritó para que la presa se colocara junto a la pared. Entró primero el alférez, con cara de susto, que una cosa es enfrentarse a indios o piratas ingleses y otra muy distinta combatir a Satanás. El arcabuz cargado y preparado en una mano, una daga en la otra. Su temor desapareció enseguida. Al fondo, entre las luces de las antorchas que bailaban inquietas, se acurrucaba una chica, niña casi, que les miraba con expresión de asombro y miedo. El soldado hizo un gesto al inquisidor y este entró. Se acercó a ella y la observó durante un buen rato. Era hermosa, muy hermosa. A pesar de su estado, de estar cubierta de suciedad y encadenada, era bella. Su cabello, descuidado y ahora enredado en mil nudos, era suave y tan negro como el azabache. Sus ojos, más negros aún, de una profundidad que llamaba a ser observados, a ser disfrutados. Una mirada que, en medio de toda aquella tribulación, era tierna. Unos labios sensuales que de no ser él un hombre de religión y ya escarmentado de los placeres carnales, hubiera deseado besar. Bajo las ropas, casi harapos por las penurias del cautiverio, se atisbaba un cuerpo de ondas dulces y formas sensuales.

Bernardo Reinoso se sintió turbado pero cumplió con su oficio. Levantó la cruz de plata con la efigie de nuestro Señor y preguntó:

- ¿Tienes algo que decirme, mujer?

La niña no contestó. No podía.

- ¿Tienes algo que decirme Satanás? – volvió a preguntar, ahora con un tono mucho más severo.

La joven emitió una especie de gemido, como una palabra mal creada e imposible de comprender.

El alférez, asustado, preguntó:

- ¿Es ese el lenguaje del diablo?

Bernardo Reinoso no contestó. Su mente estaba confusa, perdida entre la evidencia de las pruebas y la dulzura que aquella pobre desdichada emanaba. ¿Hablaba el diablo? ¿O sólo gemía una muda?

Bernardo era, no obstante, ducho en tratar con el maligno. Este es sutil y perverso.

- ¿Conoces a Machín Balverena?

Los ojos de Jimena se dilataron y, de pronto, como poseída comenzó a tirar de sus cadenas, gritando o llorando, que no se sabía bien qué hacía la mujer, emitiendo sonidos guturales que convencieron al alférez de que Satanás estaba en la celda.

- Vámonos, es suficiente- dijo el inquisidor.


Salieron y el carcelero cerró la puerta. El soldado se secó el sudor de su frente que no era del calor sino del miedo que le había inundado.

- ¿Os habéis convencido, eminencia? – preguntó el alcalde.
- Sólo Dios nos protege de ella, sólo nuestro Señor- volvió a repetir el párroco.

Los seis soldados de la guardia echaron manos de las armas en cuanto salieron. Un numeroso grupo de esclavos negros merodeaba cerca de la cárcel y cantaban de manera amenazante. El alcaide se acercó con discreción al inquisidor:

- No es mi deseo presionaros, eminencia, pero cuanto antes acabemos con esto, mejor para todos. Me sentiría realmente molesto si hubiera de informar al Gobernador de que se está permitiendo una nueva rebelión. Sin mencionar que la familia del joven asesinado está decidida a acudir al Rey si ello fuera preciso.

Bernardo no contestó. Entendía perfectamente el mensaje. Se acercó al secretario y al relator y les dijo:

- No es necesario someterla al tormento ya que no podría contarnos nada. ¿Coincidís en ello?
- Sin duda, padre Bernardo. Sería una pérdida de tiempo.
- Así pues, sólo nos queda convocar el tribunal. Proceded como de costumbre, señor secretario.

El alcalde sonrió de satisfacción y el párroco pareció aliviado.

Dos días después, y presidido por el inquisidor Bernardo Reinoso, el tribunal del Santo Oficio abrió la sesión. Atada a una silla pesada, en medio de la audiencia, se encontraba Jimena Hernández, cabizbaja y sucia, pero con sus hermosos ojos negros y su mirada de niña inocente.

Durante dos horas, el relator procedió a leer las actas de hechos y las reglas del juicio. La chica, ausente, apenas movió un músculo en todo ese tiempo. Llegado el turno de llamar a los testigos, el primero fue el padre del joven Machín que entre lloros describió cómo encontraron el cadáver de su hijo, los arabescos satánicos marcados a puñal en su cuerpo, lo buen vástago que era y lo caballeroso de sus comportamiento. Al parecer estaba enamorado de una joven y estaba feliz. Una felicidad truncada por el diablo mismo. Jimena apenas le miró.

Después le tocó el turno al carcelero que relató el comportamiento extraño de la prisionera, que permutaba entre el silencio más estoico y la agresividad más furiosa. Luego, un par de personas de la villa que coincidieron en señalar cómo Jimena tenía un excesivo trato con los esclavos, cómo les regalaba comida y utensilios, ropa y bebida. Ella los quería y parecía que ellos la querían a ella. Después, los padres adoptivos de la chica. Al verlos, Jimena intentó ir hacia ellos y lloró. Hubo un tumulto entre la joven que pugnaba por estar junto a los viejos y estos que gritaban que se la liberase, de modo que el inquisidor mandó sacarlos de la sala.

- Secretario, la declaración de los Hernández no se tendrá en cuenta por no poderse considerar objetiva – ordenó.

Llegado el turno del alcalde, este contó de sus sospechas de que Jimena fuera cabecilla de una rebelión y detalló con precisión los hechos del día en que fue apresada.

El último en declarar fue el padre Isaías. Nada más ponerse en pie para contestar a las preguntas del secretario, Jimena alzó el rostro y empezó a gritar con ininteligibles expresiones. Intentó liberarse y atacar al clérigo pero las fuertes cadenas y un golpe con la culata del arcabuz de un soldado, terminaron por aplacarla.

- ¡Ahí lo veis! – gritó el cura- ¡Es el diablo que me persigue! ¡Me persigue por ser hombre de Dios! Por piedad, libradme de él…

El tumulto fue general y los soldados tuvieron que esforzarse por restablecer el orden.

Bernardo Reinoso sabía lo que debía hacer. Miró al alcalde Ezquerro y pidió que todos salieran de la sala, con la excepción del propio alcalde, el secretario y el relator.

- No cabe duda de que la joven está endemoniada, o cuando menos loca de remate. La sentencia es obvia. Debe morir.

Los demás asintieron.

- No obstante, el realizar aquí y ahora un auto de fe quemando a la chica sólo crearía más quebranto. Un acto público de tal calibre incitaría a los esclavos a vengarse y para los condes de Mudejar resultaría especialmente doloroso. Si vuestras mercedes no se oponen creo que la sentencia debe ejecutarse de un modo más discreto.
- Bastará un disparo en medio de la selva – sugirió el alcalde.
- Sea. E inmediatamente. Vos, secretario, dad fe de cuál es nuestra decisión y de que el veredicto se ha cumplido en el día de hoy.

Dos soldados condujeron en un carromato a Jimena Hernández a una legua de distancia. Dos disparos impactaron en su corazón. Fue enterrada sin cruz alguna que delatara dónde se encontraba la tumba.


Una semana después, la comitiva estaba lista para regresar. Los soldados estaban cargando las últimas vituallas en los carros y el borrico del inquisidor estaba preparado para cargar con él.

Bernardo Reinoso se había ya despedido del alcalde que le pidió que transmitiera al Gobernador lo bien que regía la ciudad, así como le había asegurado que enviaría una carta de agradecimiento por el impagable trabajo del Santo Oficio en defensa de la fe y de los intereses del Rey.

Sólo quedaba despedirse del padre Isaías. Lo había dejado para el final porque, siendo ambos sacerdotes, deseaba rezar un rosario junto a él antes de marchar. Se reunieron en la iglesia que, solitaria, estaba casi en penumbra. El olor a incienso era intenso. Se arrodillaron frente al altar y desgranaron los cinco misterios.

- Sé lo difícil que ha sido todo esto para vos, padre Isaías.- dijo Bernardo- Posiblemente la joven no estaba endemoniada porque el demonio tiene piezas más valiosas que cazar pero la chica era una demente, de eso no hay duda. Y sé el temor que habréis soportado al ver que una lunática os quería asesinar al igual que mató al joven Machín. He de deciros que os habéis comportado con mucha templanza y os felicito.

Calló Isaías y bajó la vista. Por fin, susurró:

- Padre Bernardo, ¿puedo pediros un último favor?
- Si está en mi mano.
- ¿Me haríais la merced de escucharme en confesión? No hay más sacerdotes en la zona y…
- Por supuesto, hermano. Venid al confesionario.

Tardaron unos minutos en prepararse para el rito. El inquisidor- cura al fin- se ocultó tras la celosía del confesionario.

- Ave María, hermano.
- Sin pecado concebida.
- Decidme de qué pecados necesitáis ser perdonado, hermano.
- Padre, he obrado contra Cristo con el pecado de la envidia. En ocasiones, he anhelado puestos de mayor valía en Caracas, incluso en España.
- Luchad contra ello, Isaías pero no temáis. Todos estamos tentados por la envidia y nuestro poder es precisamente el que la resistimos y pedimos perdón por caer en dicha tentación. Dos rosarios bastarán para expiar la culpa, hermano.
- Esperad, padre. Hay algo más.
- ¿Algo más? Decidme, hermano Isaías
- He pecado gravemente contra Dios – su voz se tornó más grave de pronto. Como si un enorme pesar la envolviera en nubes de llanto y de congoja.
- ¿Qué es lo que os aflige?
- He pecado de fornicación.
- ¿Qué decís, padre Isaías? ¿Vos? ¿Un servidor de Cristo?

Isaías lloraba ahora. Bernardo Reinoso esperó a que recobrara la compostura antes de proseguir.

- Si he de procuraros la absolución, habéis de relatarme lo sucedido y reparar la culpa.
- No puedo, padre, No puedo. No puedo. No puedo….
- Calmaos y contadme qué sucedió.

Pasaron varios minutos, quizá hasta cinco o más, en un silencio pegajoso e incómodo que el inquisidor no se atrevió a romper, barruntando quizá que no deseaba oír aquella confesión aunque estaba obligado a ello. Recompuesto, Isaías comenzó de nuevo a hablar.

- Esa mujer, Jimena. Vos la habéis visto, padre. Era la mujer más hermosa del universo. Vos la habéis visto en penosas condiciones pero si la hubieseis conocido antes de toda esta desgracia, hubierais comprendido que la belleza existe de una manera inconcebible. Yo la vi crecer y, creedme, nunca me fijé en ella de un modo carnal hasta que un día, hace un año aproximadamente, me inundaron de pronto la luz de sus ojos, los gestos de su rostro silencioso, sus gemidos que no eran palabras porque su lengua se negaba a articularlas pero que decían más y significaban más que cualquier discurso de otra mujer.

Bernardo callaba, atribulado.

- Me enamoré de ella, padre. Me enamoré perdidamente. Cada noche, me flagelaba y clavaba el cilicio en mis carnes confiando en que el Señor me ayudara a olvidarla. Pero todo era en vano. Cada vez la amaba más, cada vez la deseaba más. Con una locura, con un frenesí inusitado, incontrolable. La espiaba a escondidas. Cuando laboraba en el campo, cuando venía a la villa y sí, también, cuando iba a bañarse al río. Allá aprendí a adorar la visión de su cuerpo y mi deseo se tornó más intenso.
- ¿Qué me estáis diciendo? – Bernardo ocultó su cara entre sus manos, como si ese gesto le permitiera olvidar lo que era una pesadilla.
- Pero, padre, yo me controlaba. Era un deseo secreto, poderoso pero solitario. Y cada anochecer, infligía los más severos castigos a este mi cuerpo que me alejaba del Señor. Si una mano te hace pecar, córtatela, dicen las escrituras. Y yo me clavaba espinas y me azotaba para que esta carne no me hiciera pecar.

Pero un día descubrí lo peor. La chica estaba enamorada. Sí, del joven Machín Balverena. Le seguí y les vi amarse, besarse. Sí, padre, ese desvergonzado besaba los labios que yo amaba, el cuerpo que yo deseaba. Y ella se complacía en ello y sus gemidos de amor eran como dardos envenenados para mí. No pude resistirlo, no pude más. Supe que era el diablo el que, por su medio, quería condenarme. Satanás la usaba y usaba al muchacho para encelarme e imbuir toda clase de pecados en mi alma. Jimena se ausentaba muchas tarde y noches para encontrarse con su hombre y amarse. Así de sencillamente se explican sus ausencias. Y la pobre desdichada, en su felicidad, intentaba cantar aunque sólo acertaba a emitir sonidos extraños. Yo, que la oí muchas veces, sabía que eran sólo intentos de hablar. Otros pensaron que eran palabras del demonio y yo, culpable de todo, nunca lo desdije.

Una tarde la vi marchar hacia la selva. Sabía que iba a encontrarse con él, una vez más. Que el maligno la utilizaba para perderme. No pude aguantarlo más. La seguí y, viéndome lejos del pueblo y solo, decidí que si el diablo me quería perder, yo me perdería. Me planté ante ella que, sorprendida, se asustó. Pero como me conocía de siempre se calmó enseguida. Poco le duró la calma. Mi cuerpo de hombre necesitaba su cuerpo de mujer. No pude evitarlo, padre Bernardo. Un impulso irrefrenable hizo que me abalanzara sobre ella. Le desgarré el vestido y palpé sus pechos y su vientre. Ella, aterrada, forcejeó conmigo y en la pelea se arañó con zarzas y matorrales hasta que su piel virgen se llenó de sangre.


El inquisidor Bernardo permanecía en silencio, espantado de aquella revelación.

- ¿Matásteis vos al joven? – preguntó.
- No, padre. Cuando aún estaba intentando violentar a la muchacha, apreció él. Alarmado por los gritos de ella se abalanzó sobre mí con furia, intentando matarme para defender a su amada. Jimena aprovechó el momento para correr despavorida, descalza sobre piedras y rasgándose su dulce piel aún más.

Yo conseguí zafarme y, casi por casualidad, mi mano dio con una gruesa estaca con la que golpeé a Balverena. Soy hombre de religión y no de batallas, de modo que mi golpe no le hizo mucho daño pero la mala fortuna, mejor diré el diablo otra vez, se confabuló en mi contra. El golpe le desestabilizó y cayó de espaldas con tan mala fortuna que vino a golpearse su nuca contra una afilada piedra. Se desnucó en el acto. Grité despavorido, mi mente ofuscada no encontraba una salida y estaba aterrorizado por si aparecía alguien. Por fin, me calmé o me calmó Satanás. Sí, fue el diablo el que urdió en mi cerebro el plan de culpar a la chica. Tomé el puñal que llevaba el chico, le desnudé e hice incisiones en su cuerpo simulando signos cabalísticos. Después corrí a la iglesia y me lavé como pude antes de que ocurriese lo que sabía que iba a ocurrir. Un esclavo negro me vio y por eso ellos están convencidos de que yo maté a Jimena aunque su palabra de esclavos de nada vale.

En cuanto Jimena llegó al pueblo y me vio, me atacó. ¿Cómo no iba a hacerlo si había intentado violarla y si, por mi culpa, su amado estaba muerto? Me hubiera postrado a sus pies, le hubiera pedido perdón, me hubiera dejado matar por ella para librarme de mi culpa. Pero no ante los demás. El pavor de ser un clérigo lascivo, atormentado por el Santo Oficio, excomulgado pudo más. Y callé. Y la acusé de endemoniada, aunque honestamente creo que el diablo la usó realmente para perderme.

No os pido que me perdonéis este pecado. Sé que es imposible aunque mi arrepentimiento es sincero. Sólo Dios, quizá, podrá perdonarme si, ya muerto, Jimena y Machín me perdonan antes.

Sé que no podéis perdonarme pero necesitaba al menos clamar por el perdón en este acto de confesión.


Callaron ambos durante un largo rato. Lloraban los dos. Rezaban los dos.

- ¿Y si yo no respetara el voto del secreto de confesión? – musitó el inquisidor
- Sé que seréis fiel a vuestro deber- contestó Isaías
- Soy tan culpable como vos de la muerte de una inocente. Que Dios me perdone a mí también.

Dos horas después, en medio de la selva, el alférez de la guardia se acercó a Bernardo Reinoso, inquisidor del Santo Oficio.

- ¿Llora vuestra merced? ¿Os encontráis bien? ¿Deseáis que detenga la caravana?

No contestó y el soldado intuyó que era mejor no hacer más preguntas.






3 comentarios:

  1. un relato muy interesante que me ha recordado a alguna película de la Edad Media que he visto. Lo malo es que refleja tantos y tantos crímenes reales que ocurrieron de manera semejante.
    Me gustó el final ya que no lo esperaba.

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  2. Muy bien llevado. No decae el interés y los personajes- a pesar de la brevedad del cuento- están bien delineados.
    Enhorabuena.

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