28/4/11

Sueños






Marcelo era un hombre prescindible, una ratita gris en el sentido que los alemanes dan a este concepto. Una persona anodina, rutinaria, rigurosa hasta el cansancio en la precisión exacta con la que ejecutaba cada acto cotidiano, un ser que podía ser un artista sublime o un asesino brutal si recibía instrucciones concretas para serlo. Nunca cuestionaría las órdenes. Él era una un hombre gris y se sentía a gusto en la seguridad de la mediocridad. O, al menos, así lo pensó siempre hasta aquel otoño del dos mil cuatro cuando le sorprendió una repentina tormenta en medio de la avenida. El día había sido caluroso y nadie esperaba que la lluvia podría presentarse con semejante violencia. Los autobuses pasaban repletos sin siquiera abrir sus puertas en las paradas. Los taxis circulaban alocados de aquí para allá, pero ninguno con la lucecita verde de disponible. Los paraguas que algunos avispados comerciantes ambulantes habían sacado a veinte euros por pieza se habían agotado inmediatamente para regocijo de los mercaderes. Así que hubo de caminar y, más o menos al pasar frente a la pastelería, un coche azul metalizado que circulaba a mucha velocidad, lanzó todo el agua de un gran charco sobre su persona, empapándole de arriba abajo. Junto a la sorpresa y al ridículo que el hecho le produjo, notó cómo un sentimiento incontenible de ira le inundó la mente. No sólo porque le habían mojado sino porque aquel individuo había incumplido la normas y Marcelo no comprendía a la gente que incumplía las normas. Deseó que aquel automóvil se estampase contra un muro y que la policía detuviera al infractor y lo empapelara de por vida. El enfado no se le pasó incluso tras tomar una ducha y vestirse el pijama de seda impecablemente planchado. Se le había ido el apetito y se sorprendió a sí mismo rompiendo su rutina diaria y acostándose enojado antes de las nueve y media que era cuando cada día, como un reloj atómico de alta precisión, se introducía entre las sábanas.

De pronto, se sobresaltó y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se asustó. Recordaba haberse metido en la cama con su pijama pero ahora estaba despierto, de nuevo en la calle, bajo la lluvia racheada. El coche azul volvió a pasar junto a él y, como si de la repetición de una jugada de fútbol en la televisión se tratara, todo ocurrió exactamente igual que hacía unas horas. El vehículo le salpicó y él se enfadó de veras. Pero, ahora, algo más sucedió. Estaba aún deseando que aquel temerario tuviera su merecido cuando escuchó un patinazo y un aullido de neumáticos sobre el pavimento mojado. Miró a su derecha y el coche azul estaba girando sobre sí mismo, fuera de control, hasta que con inusitada violencia vino a colisionar con la pared de la fábrica textil de la calle López Cano. Los peatones que antes le miraban a él, corrieron hacia el lugar del accidente a donde ya había llegado una patrulla de la policía. Tuvieron que usar un cortachapas para sacar al tipo del interior. No estaba gravemente herido pero sí aturdido y, al parecer, con un par de costillas rotas. Marcelo escuchó cómo varios transeúntes contaban a la policía que había conducido temerariamente, que había importunado a un pobre transeúnte al que había empapado con su alocado conducir. Uno de los agentes comentó que le iba a caer una buena multa y, probablemente, tendría que presentarse ante el juez. Marcelo se sintió satisfecho. No sabía cómo pero la vida corregía su error y el orden y la justicia regresaban al mundo. Sonrió y su calma gris y apacible volvió con él.

Aún sonreía cuando despertó. Se dio cuenta entonces de que había estado soñando. Supuso que el impacto emocional del suceso, tan inhabitual en él, le habría hecho revivir los hechos mientras dormía.

La mala suerte parecía acosarle. Al llegar a la oficina, su jefe le indicó que existían un par de fallos menores en un informe que había preparado hace días. Jamás había recibido una reprimenda y aquel hecho- que a cualquier le hubiera pasado casi inadvertido pues, en realidad, el Sr. González había sido especialmente cortés al señalarle los errores- le dolió en el alma. Su habitual sosiego se tornó inquietud y enojo. Eran dos tonterías, dos errores imperceptibles en un documento de seiscientas páginas. Sintió que algo ocurría que él no conocía, una especie de complot preparado por su superior para ridiculizarle. Era injusto. Quizá, incluso, los fallos no eran suyos sino que ese mezquino jefe – siempre sospechó de él en el fondo aunque su natural bonhomía impidiera que se percatara de ello- los había puesto allá para acabar con él y con su tranquilidad. El desasosiego le duró todo el día y, al acostarse, le costó conciliar el sueño.

Repasó el informe con detenimiento. Cada palabra, cada sentencia, cada juicio. Y entonces fue cuando se percató de ello. Tal como lo sospechaba, bajo aquellas dos frases erróneas se notaba con claridad que alguien había borrado algo y había sobrescrito lo incorrecto. Y, curiosamente, eran dos frases que hablaban sobre la posible corrupción en la empresa. Así pues, eran ciertas sus sospechas. Era una conjura. No lo dudó. Tomó los papeles y, con una energía y un valor desconocidos en él, se presentó frente al Presidente de la compañía. Calmosamente, con razonamientos claros y precisos, expuso sus dudas y sus conjeturas. Al finalizar, el Presidente le miró adusto y dijo:

- Gracias, Marcelo. Sospechaba de ese jefe de departamento desde hace tiempo. Usted ha hecho un gran servicio a esta empresa. Claro, deberemos comprobar sus datos, pero dentro de mí sé que usted está en lo cierto. Siga así, Marcelo. Es usted un empleado modelo. No podemos prescindir de usted.


Se le llenó el pecho de aire fresco y de orgullo. Él no era gris como decían. Por el contario, era un modelo, un canon a seguir.

Despertó lleno de satisfacción y volvió a caer en la cuenta, para su desconsuelo, de que nuevamente había estado soñando. Sólo eso, un sueño. Con cierta congoja porque todo aquello no fuese verdad y por tener que regresar frente a su jefe corrupto con la cabeza gacha se levantó y desayunó sin ganas. El día se le hacía más cuesta arriba que la noche.

En aquel mes de otoño, ocurrió cada jornada. Por alguna extraña razón que él no atinaba a comprender, cada noche soñaba que solucionaba un problema, o lo que él creía que era un problema, y siempre de satisfactoria manera para él. Se dio cuenta además que podía elegir qué soñar. Un día, por ejemplo, se acostó pensando que le gustaría solventar un asunto que le preocupaba cual era la falta de sincronización de los semáforos de la avenida Gauge. Era algo que siempre le había molestado. Caminando a paso normal, uno nunca podía recorrer todas las manzanas sin detenerse en un semáforo. Aquella noche, en su sueño, el alcalde ordenó arreglar el asunto inmediatamente y le envió una carta de felicitación por haberlo sugerido.

- Necesitamos buenos ciudadanos como usted- decía la misiva- que ayuden a las instituciones a mejorar la calidad e vida alertándolas sobre elementos perturbadores. Ciudadanos imprescindibles como usted.


Otra noche, se puso el pijama deseando ver una película erótica, algo que su vergüenza jamás le permitiría hacer en la realidad. Entrar, incluso sólo pasar cerca de un cine de aquellos era impensable para una persona de orden como él. Pero, aquella noche, sus más lascivos deseos se tornaron realidad y descubrió que aquello le gustaba mucho, al menos hasta que el despertador sonó y un hálito de enorme rubor le sofocó. En otra ocasión su voluntad fue viajar en velero y por la noche cruzó los mares. Una noche de tormenta quiso reordenar todo el tráfico de la ciudad y así se hizo. Al día siguiente, reorganizó toda su empresa y el domingo resolvió unos alborotos en la ciudad.

Poco a poco, primero como un juego, luego como una necesidad, Marcelo fue acostumbrándose a aquel talento que había descubierto en sí mismo. Nunca varió sus hábitos diarios y sólo comenzaba a pensar en qué le gustaría soñar cuando llegaba a casa, tras ducharse, cenar frugalmente y escuchar las noticias en la pequeña radio de su mesilla. Entonces sí dedicaba una hora a ultimar detalles, a delinear en su imaginación lo que le gustaría vivir, lo que quería sentir. E, ineludiblemente, como si se un dispositivo electrónico leyera su mente para posteriormente recrearla en una pantalla de realidad virtual, soñaba lo que deseaba, se convertía en un paladín de la sociedad, solventaba entuertos, enamoraba a las mujeres más voluptuosas y llegaba a presidir la empresa en la que, por el día, no era más que un oficinista. Gris bajo el sol, un arco iris bajo la oscuridad, así era él ahora. Eso sí, le costaba despertarse, se le hacía muy cuesta arriba. La familiaridad y placidez de su gris existencia le resultaba enojosa, turbante. Y, aunque jamás nadie sospechó nada de él, llegó a anhelar las noches cada segundo de su existencia. Se hizo amigo de los inviernos e incluso llegó a sopesar irse a vivir todos los veranos a la Patagonia y todos los inviernos a Laponia para que las horas de sueño fueran las máximas posibles.

Un amanecer de mayo, varios años después, estaba recostado en el regazo de Ana, la mujer de la que se enamorara de joven, hacía tantos años que ya no los recordaba. El cabello de la mujer ondeaba bajo la brisa y se pintaba con motas de todos los colores. El cielo era de azul cobalto, como en las postales, a propósito para un momento tan dulce. Ana le susurraba que le quería y le acariciaba el corazón, insistentemente, incluso con fuerza, demasiada presión a veces, golpeteándole, como si quisiera indicarle cuánto apreciaba el amor que llenaba aquel palpitante órgano.

Por un instante escuchó una voz extraña, ajena a su conversación con Ana. Alguien que pasaba cerca, hablando demasiado alto, y que le importunó por un momento.

- Déjelo ya, doctor. No responde al masaje cardiaco. Se nos ha ido. Al menos se ha muerto sin sufrir, mientras dormía. Y al parecer tranquilo, a juzgar por su media sonrisa.


Hizo caso omiso a aquellas voces y volvió a mirar a Ana que le sonreía envuelta en una luz brillante muy especial.






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