3/6/11

Tarde de lluvia


La tarde se tiñó con ese gris de brillos plateados que anuncia las tormentas de primavera. El día había sido caluroso y los primeros gotones, grandes como monedas, mojaron las calles de una ciudad ya cansada, atiborrada de tráfico y transeúntes que alzaban sus manos llamando infructuosamente al que siempre parecía ser el último taxi de las avenidas. Las farolas se encendieron y los edificios se adornaron con las ventanas iluminadas aquí y allá, formando garabatos y siluetas, como grafitis de luz.

Cuando llueve así, de sopetón, con una fuerza que pareciera que Dios quiere lavar las calles y arrastrar penas y sinvergüenzas a las alcantarillas, la atmósfera se orna con un halo distinto, extrañamente acogedor dentro del rugido de los truenos y los flashes de los relámpagos. Entonces, los paisanos se aprietan los unos contra los otros en los autobuses y el olor a cabellos y camisas húmedas impregna el aire. Es diferente la ciudad cuando la tormenta vespertina se abate sobre ella. Los colores de los semáforos juegan con el metalizado de los vehículos, los charcos parecen espejos en os que se reflejan instantes robados a la vida, los anuncios de neón brillan más y los pulmones se limpian con una brisa fresca.

Llegué empapado al pub y aún no habías llegado. Tras echar un vistazo rápido y comprobar que no estabas, pedí un café con leche y me senté junto al ventanal. El toldo a rayas verdes y blancas que nadie había retirado y que protegía una terraza desolada por la lluvia, impedía que el cristal se empapara con las gotas azotadas por el viento. Un par de señoras peleaban contra sus paraguas, empeñados en tornarse con el viento. Estaban Pedro y Juanma en la barra. Me saludaron desde lejos levantando sus vasos de cerveza. Seguro que, al verme, comentaron entre ellos lo mal que se me veía. Triste como la tarde de tormenta, dirían. Tampoco es que ellos pudieran dar muchas lecciones porque sus chicas les habían dejado como ahora Carmen estaba a punto de hacer conmigo. Bueno, o no, porque la esperanza es lo último que se pierde y yo aspiraba a convencerla frente a una taza de té- porque ella es de té- que aún había una posibilidad de arreglar nuestras cosas. La tarde plomiza ayudaría porque, pensaba yo, ¿quién desea irse solo bajo la lluvia? Las tardes negruzcas llaman a abrazarse y a protegerse en común.

Cuando ellos se marcharon, yo ya sabía que no vendría. Cuando los vi correr con el gabán sobre la cabeza, cruzando en rojo por donde no estaba el paso cebra, supe que no la vería más.

No paró la lluvia en toda la noche. Hacia las nueve, harto yo del descafeinado y harto el barman de que ocupara una mesa con tan poco consumo, me decidí a regresar a mi apartamento. Los charcos eran espejos rotos, en las vidrieras de los escaparates me observaban maniquís tan tristes como yo, la ciudad ahora era más fantasmagórica que acogedora. Sonaba un clarinete en una esquina. Hay que tener humor para pedir monedas bajo esta tormenta, pensé. Y él pensaría, probablemente, que hay que estar majara para caminar en camisa bajo la lluvia, con las manos en los bolsillos, con paso pausado y la vista perdida en ningún sitio. Quizá, por eso, cuando el músico me vio, se arrancó con el singing in the rain. No le di ni un euro, claro.




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