15/12/12

La camarera





Los hechos de aquella semana de septiembre siguen estando frescos en mi memoria, aún cuando el tiempo se ha encargado de avejentar mi cuerpo y agravar el asma que sufro desde niño.  Fue precisamente esa enfermedad la que motivó que me trasladara a la costa  durante aquel verano de 1910.
-         Le conviene cambiar de aires- me había dicho el doctor Valverde-, pasar una temporada al borde del mar. Olvídese del trabajo y dedíquese a sus aficiones. Su salud le va en ello.
Como quiera que la advertencia era seria y que mi situación financiera era holgada, decidí tomarme el descanso prescrito y dedicar un tiempo a pintar. He de decir que no soy mal pintor y que, aunque no me gano la vida con el arte, bien pudiera hacerlo porque, modestia aparte, mis paisajes siempre han sido muy elogiados. Así que, casi en un arrebato, empaqué las pertenencias que necesitaba, cerré mi piso en Pamplona donde tenía mi residencia habitual, y concerté la reserva de una habitación en la casona Aizgoyen, de Algorta, que me habían recomendado en el  ateneo. Algo más familiar y cálido que un hotel convencional, me dijeron. Además, la situación política era convulsa. Canalejas presidía un gobierno que ya había cambiado tres veces en pocos meses. Los mineros estaban en huelga desde agosto y los guardias de asalto reprimían con dureza las manifestaciones en el centro de Bilbao. No deseaba verme envuelto en algaradas. Mejor, buscar la calma plácida de Neguri donde las personas de mi clase procurábamos olvidarnos de las turbulencias que sacudían una sociedad que ya no entendíamos. Siempre me había atraído poder dibujar el océano y las luces del atardecer, tan distintas de las de tierra adentro. Sería una buena ocasión para hacerlo.
Llegué a Algorta un martes después del mediodía. El cielo era de un azul cobalto que, en el horizonte, se fundía con el verde turquesa de un Cantábrico por una vez sosegado y sin olas alteradas. Mis objetivos eran sencillos. Dormir cuanto más mejor, dar paseos que fortalecieran mis pulmones y pintar la belleza del mar, de la arena y de los puertos marineros. Me alojé en el hermoso edificio recién construido a semejanza de los caseríos vascos, con un cuidado jardín sobre los escarpes, y en el que su propietario arrendaba habitaciones para personas de buena posición durante los meses veraniegos. Los amigos que me habían recomendado el lugar habían acertado en su elección. Era lo que necesitaba. Tranquilo, discreto, nuevo y cómodo. Me tocó en suerte una habitación abuhardillada de la tercera planta con grandes ventanales que daban al mar. El techo de madera se inclinaba suavemente hasta morir en una terraza que daba al oeste y por la que los atardeceres se llenaban con el hechizo de una luz tornasolada y multicolor. Me sentí cómodo y dediqué el resto de la tarde a echar una merecida siesta, desembalar mis maletas y leer un folleto que me habían entregado a la llegada. Hacia las ocho, tomé un baño caliente, me vestí con un traje ligero de lino muy apropiado para la estación y bajé al restaurante situado en la planta baja.  Me sentaron en una mesa un tanto aislada, junto a una chimenea de piedra ahora apagada y una pared con anaqueles repletos de estatuillas de pájaros y peces. Un gran reloj de pared, con su péndulo ondulando de forma precisa, completaba la decoración.
Me fijé en la muchacha en cuanto entré. Primero, de manera inconcreta, como cuando un destello indefinido nos llama la atención sin saber muy bien la razón. Luego, cuando me trajo la carta, con sincera admiración. Era de baja cuna, eso estaba claro dados sus modales algo torpes con los cubiertos y su caminar demasiado acelerado. Posiblemente, una chica de algún puerto cercano contratada como asistenta temporal. Sin embargo, era la mujer más hermosa que yo nunca hubiera visto. Pelo negro recogido en su nuca con delicadeza, piel morena curtida por el aire, unos ojos profundos tan negros como su cabello y unos labios y una silueta que Botticelli hubiera deseado como modelo cuando pintó su Venus naciente. Sin duda, ella debió percatarse de mi turbación pero apenas tardé unos segundos en recomponerme y leer, con fingida atención, el menú. La cocina era excelente. Tomé una ensalada de bogavante con alcachofas confitadas de primero y bacalao con salsa de frutos de mar como plato principal.  Todo delicioso. Como ella. Como aquella camarera de la que no sabía nada excepto que me resultaba difícil dejar de mirarla en su deambular por entre las mesas portando platos y cubiertos, perolas y botellas. Al terminar, caminé hasta el Faro de Arriluze y, para ser sincero, no paré de pensar en la chica. Una sensación extrañamente nueva en mí. Quizá, el encanto de la sencillez. Siempre he permanecido soltero pero eso no significa que no me haya enamorado en mi vida. Dos veces tuve mi corazón al borde de una boda pero, por motivos que no son del caso, ambas ocasiones se frustraron en el último instante. A pesar de ello, siempre mantuve una cierta distancia con el amor, un control racional de las pasiones del que siempre me había enorgullecido. Algo que parecía haber perdido aquella noche. Mientras paseaba- quizá por el golpeteo de las olas en la escollera, o por la luna nacarada que resplandecía en el espejo de las aguas- tuve una idea alocada. Me vi desplegando mi cola de pavo real y desempolvando mis  parcas dotes de seductor. Una chica de su clase no podría negarse. Para ella, yo era sin duda un regalo. Por fortuna, súbitamente, la visión de una pareja de guardias que hacían la ronda devolvió la cordura a mi ser. Yo tenía cincuenta años y ella era una veinteañera. Sentí vergüenza de mí mismo y me esforcé en pensar en mis pinturas. Regresé, entré discretamente al hotel y dormí solo.
Desperté con la cabeza despejada. Hacía un día espléndido. Desayuné a la inglesa y dediqué la mañana a familiarizarme con el entorno. Con un mapa en mi mano, situé los puntos neurálgicos de Algorta y apunté mentalmente la ubicación de tres restaurantes que me parecieron dignos de visitar. Almorcé ligero en una cafetería cercana al puerto y, tras una breve cabezada reponedora, tomé el caballete, las láminas, la paleta y la caja con acuarelas, dispuesto a encontrar una imagen perfecta que inmortalizar. Encontré un paraje delicioso al borde del acantilado, encima de la playa. El mar se había vestido de manchas de algodón que el viento sur agitaba hasta donde alcanzaba la vista. Un par de veleros permanecían anclados no lejos de la costa y el sol pintaba arabescos dorados sobre las rocas. Al fondo, en la playa, los bañistas se agolpaban en torno a las coloridas casetas y las sombrillas protectoras del sol. Di una capa de azul tenue al lienzo y comencé, como indica el buen hacer, por el cielo. Pronto me ensimismé en el trabajo y me olvidé de todo aquello que fuera ajeno a la pintura. De tanto en cuanto, daba unos paso atrás para observar el resultado con suficientemente perspectiva, detectar detalles que merecían ser retocados o, simplemente, tomarme un respiro. El sol comenzaba a caer y ello me obligaba a retocar los tonos. Me volví para coger los tubos de amarillo cuando la vi. Estaba a unos pasos de mi caja de pinturas, mirando fijamente la acuarela. Igual de bella que la noche anterior. Miento. Estaba mucho más hermosa, arrebatadoramente guapa. Llevaba un vestido sencillo pero agradable. Me sonrió y mantuvo sus ojos en los míos cuando yo, como un imbécil, quedé petrificado ante su presencia. No sabía cuánto llevaba observándome y por un instante me sentí frágil ante ella.
-         Me gusta mucho el cuadro. Es usted un artista –dijo de pronto.
Yo, ingeniero de minas, hombre experto en la vida, culto, adinerado, miembro del patronato real y del ateneo cultural, asiduo asistente a la ópera, quedé mudo, sin saber qué decir ni qué hacer.
-         Me encantaría saber pintar como usted lo hace- volvió a sonreír y entonces me di cuenta de que sería imposible plasmar en un lienzo el embrujo mágico de aquella sonrisa.
-         Es usted muy amable, señorita – acerté por fin a responder- Le agradezco sus palabras. Me llamo Bernardo Langarica. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?
-         Margarita. Soy Margarita.
-         Podría enseñarle a pintar- balbuceé- ¿Quizá mañana por la tarde si usted tiene tiempo?
-         Lo siento. Mañana justamente libro en el trabajo… y, de todos modos, no podría. Tengo otros asuntos de que ocuparme... Lo siento pero ahora debo irme. Se me ha hecho muy tarde- su sonrisa volvió a iluminar el mundo, se volvió y caminó aprisa hacia el pueblo.
Ni que decir tiene que no terminé el cuadro. Me quedé allí, atónito más por mi propia confusión que por el encanto de la muchacha. Me senté mirando hacia el océano. Mi cerebro se limitaba a recordar su risa, a escuchar su voz, a delinear su rostro. Hube de reconocer que era un impulso sensual el que me oprimía. Un inverosímil deseo juvenil impropio de mi edad. Porque poco más que juventud y deseo podía ofrecerme aquella mujer que probablemente apenas sabría escribir. Imaginé pintarla en mi estudio, acostada desnuda en las sábanas de mi cama y convertirla en la señora Langarica para alegría de todos mis amigos que me consideraban un tanto misógino. Discurrí sobre la poca importancia de la edad en cuestiones de amor y me auto convencí de que habría de gustarle. Estuve así, cavilando con la frente enfebrecida, un par de horas hasta que, ya de noche, el destello del faro me sacó de mi aturdimiento y me reconocí a mí mismo absurdo y estúpido, desvariando por una joven a la que acababa de conocer y tan ajena a mí. Recogí los bártulos e ingresé en el hotel por una puerta trasera. Estaba avergonzado de mi mismo pero decidido a saber más de ella. Había dicho que aquella tarde no trabajaría. Y que tenía otros asuntos. Aquello me intrigó. ¿Qué asuntos podría tener una chica sencilla del pueblo? Durante la noche apenas dormí y tracé un plan para abordarla. La seguiría a la salida de su turno.
Me las arreglé para alquilar un vehículo con chófer durante la mañana, con la excusa de desear conocer el entorno sin necesidad de tentar a mi asma caminando. Esperé con disimulo cuando terminó el servicio de comedor. Ella salió sin sospechar que la observaba. Llevaba un vestido oscuro y su pelo caía en melena por debajo de su cuello. Tomó el tranvía y ordené al conductor que lo siguiera. Giramos a la derecha por la avenida de Zugazarte que, a aquella hora, estaba repleta de transeúntes. Unos minutos después, se detuvo frente al puente colgante de acero. Vi como Margarita descendía y tomaba la barquilla. Sin dudarlo, salté de mi vehículo y compré un billete de primera. Mi chófer entro en la zona reservada a la segunda clase, separada de nosotros por una red, donde los pasajeros menos afortunados, entre ellos la muchacha a la que seguía, compartían espacio con los coches, las caballerías y los fardos. Procuré no mirar atrás para evitar ser reconocido. Al desembarcar, ella tomó otro tranvía y yo volví a subirme al Hispano-Suiza que había rentado. Mientras recorría La Canilla, me preguntaba dónde viviría la muchacha, cómo sería su vivienda -modesta a buen seguro-, si tendría hermanos. En ningún momento pensé en que podía estar desposada, tan seguro estaba yo de que el destino la había destinado a mí.
Al llegar a Sestao, la chica se apeó y comenzó a caminar con presteza. No había más remedio que continuar a pie. Dije al conductor que deseaba pasear y que me siguiera a cierta distancia por si me fatigaba. Absorto como estaba en no perder la pista de la mujer, no me percaté de que estaba introduciéndome en callejas de un barrio obrero hasta que las miradas de hombres vestidos con alpargatas, gorrilla y chalecos encogidos por el uso, me indicaron que mi traje de raya inglés, mi sombrero eduardiano y mi impecable corbata de seda no constituían el atuendo más indicado para la ocasión. Si había clases, estas se manifestaban en nuestras vestiduras. Instintivamente me afloje el cuello y me quité la chaqueta. Hacía calor y Margarita caminaba a buen paso, tanto que, a pesar de mi ánimo y mi interés, mis pulmones comenzaban a fatigarse. Afortunadamente para mí, se detuvo junto a una multitud que se arrejuntaba frente a un estrado de madera y unos enormes carteles de la CNT, un sindicato recién formado y de inspiración anarquista.
Tomé conciencia, entonces, de dónde me encontraba. Siguiendo a Margarita me había colado en medio de uno de aquellos mítines sindicalistas que tanto proliferaban durante aquellos meses. El miedo me invadió y hube de echar mano de toda mi entereza interior para mantener la compostura. A todas luces, yo era alguien a quién todos aquellas personas de la concentración no les resultaría simpático. Pero el temor dejó paso, súbitamente, al estupor. Margarita, la mujer que yo creía ingenua y sencilla, a la que pensaba malcriar y mimar con regalos, en la que yo pensaba como una sumisa e infantil esposa preocupada tan sólo por hacerme feliz, se subió al entarimado y comenzó a hablar, arengando a la multitud, segura de sí misma. De pronto, experimenté una notable desazón cuando la escuché hablar de la necesidad de justicia, de la corrupción política, de la explotación de los capitalistas que, mientras los obreros pasaban hambre, se dedicaban a holgazanear en las playas de la costa, de esa invisible pared que dividía ricos y pobres a menos de dos kilómetros de distancia. No me miró ni sabía que yo estaba allá pero sentí que sus palabras iban solamente dirigidas a mí persona. Se me antojó que no había nadie más en aquella multitud, que Margarita se reía de mí, de mi babeante mirada de los días anteriores, de mi suficiencia idiota, que me recriminaba cómo era y cómo pensaba.
Cuando estalló el primer aplauso, atronador, no pude resistirlo más. Pegué un par de empujones y me hice paso hacia la avenida. Afortunadamente, los camaradas de la chica estaban absortos en su discurso y no prestaron atención a mis movimientos. Mi atuendo era tan inadecuado para la ocasión que debieron pensar que era imposible que yo fuese un espía. No tardé en encontrar mi vehículo, al lado del cual mi chófer fumaba un cigarrillo, aburrido y despistado. Al verme, lo tiro al suelo con esa sumisión que todos me mostraban siempre y que, ahora sabía, sólo era un antifaz que cubría un desprecio y odio intensos. Al llegar a Aizgoyen, empaqué lo más rápido que pude y cancelé la habitación. El mismo coche me llevó a la estación y aquella noche regresé a mi domicilio. Nunca más supe de aquella mujer pero mi absurdo mundo se vino abajo desde entonces.

 

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