8/9/13

La tormenta






La tormenta eléctrica fue aparatosa, ruidosa, de esas que atemorizan. El resultado fue que saltó el transformador de la calle Turner, a unas dos millas, que daba servicio a todo el barrio.
 
-        Mal asunto – había comentado el tipo de mantenimiento que llegó en una furgoneta de la compañía Electrical Progressive, una vez que la lluvia hubo cesado.  – Los térmicos están fundidos y el bobinado del principal achicharrado. – Sacó su pañuelo y se sonó la nariz mientras hacía gestos con la cabeza que aseveraban la gravedad de la avería.
 
Nuestro supervisor, el señor Corneck, esperó todavía un par de horas. A oscuras, con los ordenadores apagados, el aire acondicionado muerto, un calor asfixiante en la oficina y ninguna expectativa de volver a tener energía hasta por lo menos el mediodía del día siguiente, la cosa estaba más que clara pero Corneck no era un hombre capaz de tomar decisiones, tan solo una ratita gris que había ascendido no molestando a nadie y que, en ausencia de superiores, se bloqueaba. Por fin, hacia las dos, y tras unas cuantas llamadas por teléfono, dio instrucciones para que nos marchásemos a casa, orden que cumplimos más que felices.
 
Hube de bajar por las escaleras ya que los ascensores no funcionaban. Afortunadamente, nadie se había quedado encerrado en ellos. Cuando salí a la calle, la atmósfera estaba húmeda y cargada de electricidad, los colores parecían acentuarse entre las ramas de los tilos, como si la  tormenta hubiese llenado el aire de embrujo, y de algunos conductos de los subterráneos subían espesas nubes de vapor. Imposible conseguir un taxi pero mi apartamento no estaba tan lejos después de todo. Me aflojé la corbata y me quité la chaqueta. Llegaría a casa en menos de una hora y, si le apetecía a Sandy, podríamos ir a cenar, quizá a Parker’s donde ofrecían lenguado fresco y ese Merlot que tanto le gusta a ella. No todos los días podía yo llegar tan pronto y descansado del trabajo, especialmente en los últimos meses con el mercado tan alterado y viajes de negocios cada semana. Una sonrisa breve me iluminó la cara cuando pensé en las posibilidades que ambas cosas, temprano y descansado, permitían. Sí, me apetecía. Podía ser una velada deliciosa.
 
Caminé animado por la avenida Metchell, rodeé el estanque del parque y giré a la izquierda en la Madison. Había un puesto ambulante de perritos calientes y refrescos. Me detuve y me compré un Sprite bien frío que mantuve en mis manos hasta llegar casi a mi calle. Para entonces, ya había organizado en  mi mente un plan perfecto. Primero, una ducha reparadora y luego una siesta sin dormir, de esas que hacía con Sandy cuando nos casamos. Llevábamos ya varios años sin hacerlas. Ya se sabe, el trabajo, el cansancio, la rutina. Aunque no teníamos hijos, lo cierto es que nuestra relación había perdido el apasionamiento que teníamos al principio. Algo normal, me decían todos. El enamoramiento dura poco tiempo, así lo dicen los especialistas. Luego, llega ese cariño tranquilo, apacible y sólido que une las parejas hasta que se les blanquea el pelo. Pero esta tarde, y gracias a la tormenta, podríamos revivir aquello. Tenía ganas de hacerle el amor despacio. Luego, había organizado en mi cabeza, iríamos a cenar, charlaríamos y volveríamos en limo a casa. Tampoco era cosa de acostarse muy tarde porque estaba seguro de que, arreglada o no la avería, Corneck nos esperaría a las ocho de la mañana.
 
Quizá llovería más tarde nuevamente. Los nubarrones que crecían hacia el este se estaban pintando de gris denso, el viento era más intenso y se percibía, en el vello erizado y en las chiribitas de los reflejos, que el aire estaba cargado de electricidad estática. Tampoco estaría mal caminar bajo la lluvia a lo Gene Kelly y luego tomar un ducha juntos y secarnos el uno al otro. Definitivamente, el día iba a ser bonito y me hacía mucha ilusión. Entré en la floristería de la calle Perkings y compré una rosa. Pedí que le pusieran un lazo y escribí una frase bonita en la tarjeta aunque no soy muy hábil expresando sentimientos. Pedí una bolsa para llevarla porque me azoraba el caminar con la flor por las calles. Hacía calor y el ambiente era húmedo y pegajoso.
 
Al llegar cerca de mi portal miré hacia nuestras ventanas. Estaban abiertas y el visillo de nuestra habitación se agitaba inquieto por la brisa. Tampoco funcionaba el ascensor, el fallo eléctrico debía haber afectado a buena parte de la ciudad, así que subí los tres pisos jadeando un poco y sudando. Debía volver a intentar dejar de fumar. Al menos reducir los diez o doce cigarrillos diarios a sólo dos o tres. Saqué la rosa de la bolsa y dejé esta en una esquina del rellano. Me apreté la corbata y me alisé el pelo. Iba a ser una bonita sorpresa. Practiqué mentalmente para obtener mi mejor sonrisa.
 
Abrí la puerta y cerré con cuidado, el obsequio siempre por delante.
 
-        ¡Sandy, cariño!- voceé- ¡Soy yo! ¡Sorpresa!
 
Nadie contestó y tampoco se escuchaba nada pero la puerta no estaba cerrada con llave y ella debía estar en la casa. Miré en el dormitorio pero estaba vacío y la cama sin hacer todavía. Entonces, escuché el rumor del agua en la bañera y caí en la cuenta de que, con aquel calor, Sandy estaría dándose un baño. Perfecto, pensé, justo como debe ser.
 
Abrí la puerta y la vi. Estaba preciosa o quizá el ansia y las ilusiones que me había ido forjando durante la caminata me hicieron verla especialmente hermosa. Había una vela aromatizada titilando junto al espejo. La bañera estaba medio llena de modo que su cuerpo sobresalía sobre el agua. Aparentemente, estaba dormida, recostada su nuca sobre una toallita en el borde, sus pechos – que siempre me han encantado- firmes y mirando a lo alto, sus manos relajadas a ambos lados de la bañera. Sonreí al verla y en dos segundos pasaron por mi imaginación todas las posibilidades que aquella escena ofrecía.
 
-        Me encantas- dije y ella abrió los ojos lentamente, mientras me miraba.
-        ¿Qué haces aquí? – preguntó, sobresaltándose.
-        La avería eléctrica lo ha parado todo- contesté- y nos han mandado a casa.
 
Me acerqué a ella, con la flor delante de mi pecho, sonriendo y dispuesto a meterme en la bañera con traje y todo. Ella mi miró con una extraña expresión.
 
-        ¿Es para mí? – preguntó, señalando la rosa.
-        ¿Para quién si no? – se la entregué, me agaché para darle un beso en los labios y comencé a desnudarme- Ni te muevas. Sólo necesito un minuto.
 
Ella me miró sin moverse, con la rosa en su mano.
 
-        No quiero fastidiar pero he tenido un día muy pesado- me dijo, justo un segundo antes de que yo me percatara que había dos copas de champán vacías en la mesita de la esquina.
 
 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario