23/4/14

Por San Jordi






En aquellos años, aún podían encontrarse pueblos a los que el futuro no había llegado en forma de sucursales bancarias, cadenas de supermercados y polideportivos subvencionados con fondos europeos. A uno de ellos llegué yo en un autobús renqueante tras dos transbordos y seis horas de trayecto, la camisa empapada de sudor, hambriento, sediento y deseando instalarme cuanto antes.

Era agosto y me disponía a tomar posesión de la plaza de maestro que me habían adjudicado. Recién licenciado, había debido conformarme con lo que otros con más méritos, experiencia y puntuación habían rechazado. Se trataba de una de esas escuelas unitarias, con una sola clase a la que asistían desde niños de cinco años a muchachos de doce que luego se irían al instituto en la cabecera de la comarca. No debían ser muchos los alumnos, por lo que me habían dicho. Quince o veinte. Las clases comenzaban a primeros de septiembre pero había adelantado mi venida para acostumbrarme al lugar, limpiar la casona que le dejaban gratis al maestro y tomar contacto con las personas que me habían indicado.
Me esperaba Sergi Torres, el alcalde, un tipo de no muchas palabras pero amable, que, tras ayudarme con las maletas, me hizo subir a un carro tirado por un percherón grandote y tranquilo. Resultó que la casa y la escuela se hallaban a casi un par de kilómetros del pueblo, en medio de un campo llano y agostado por el calor.

-        No te preocupes- me dijo- en media hora, uno está en el centro y, de todos modos, tampoco hay mucho que hacer aquí. Comprar en la tienda de Rosario, la partida de chinchón o ver la tele en la taberna y el baile en la plaza durante las fiestas.  
Aunque estaba preparado para todo, me abandonó el ánimo cuando llegué. Tanto el barracón que hacía de escuela como mi futuro hogar eran modelos de austeridad, con los mínimos enseres. La clase contenía apenas unos pupitres de madera, de un modelo que ya era viejo cuando yo eran niño, una pizarra y unos cuántos mapas pegados por las paredes. Ingenuo, pregunté:

-        ¿Hay algún despacho? ¿Biblioteca? ¿Servicios?

Sergi me miró con asombro.
-        Hijo- me contestó- que esto no es la capital. Somos casi una aldea, olvidada por los políticos, sin las comodidades de los pueblos grandes y centrados en nuestros cultivos y a los viveros de flores. Si tienes que arreglar asuntos con el banco, hay que irse a San Martí. El médico pasa un par de veces por semana si todo va bien. Para las urgencias, hay un teléfono en la alcaldía. El autobús viene los lunes y los jueves. El tren hay que cogerlo en la capital, las medicinas hay que comprarlas en la farmacia de San Martí.

Tardé en contestar. De hecho, no debería estar sorprendido porque por entonces aún eran muchos los pueblos abandonados por la historia.
-        Haremos lo que podamos – sonreí.

-        Ya que lo has preguntado, tenemos una biblioteca móvil que manda la Diputación. Pasa cada mes.

-        Algo es algo- dije, ofreciéndole la mano al alcalde.- Muchas gracias.

Los días siguientes trabajé duro. Arreglé la casa a mi gusto, limpié la escuela con la ayuda de dos mujeres del pueblo y le pedí a Rosario que me encargara un buen paquete de cartulinas y pinturas que llegaron unos días después y con las que comencé a preparar carteles y actividades. Lo cierto es que la vida era plácida y agradable. Muchos mediodías caminaba hasta la taberna donde me comía un buen filete con patatas. Pronto hice amigos y como siempre he sido bastante hábil con los naipes, era bien solicitado como pareja en las partidas vespertinas. Congenié bien con el alcalde, con Mateo que tenía unos viveros de rosas preciosas y con Josep que se dedicaba a la fruta.
Casi ya en septiembre, una mañana estaba saliendo de la tienda a donde había acudido para comprar algo de comida, cuando una voz a mi espalda me sorprendió.

-        Hola, ¿Eres Jaume?
Me volví y casi se me caen las bolsas. Era una mujer preciosa, alta, con un pelo castaño recogido en coleta, un vestido azul claro que realzaba su figura y una sonrisa que haría temblar a cualquier hombre. Tendría mi misma edad pero parecía más madura, sensata, inteligente, una mujer admirable nada más verla.

-        Sí,… - balbuceé torpemente.

-        Hola, soy Alba- me ofreció su mano-. Llevo la biblioteca.

Me di cuenta entonces. Aparcado al borde de la plaza, había un pequeño autobús adecentado como biblioteca móvil. Uno de sus laterales estaba abierto como si de un escaparate se tratara y dentro se podían ver varias estanterías con libros. Recordé que ya me lo había avisado el alcalde.

-        Ah, sí- reaccioné por fin, estrechando su mano y sonriendo mientras me preguntaba cómo una mujer podía ser tan hermosa- ¿De la Diputación, verdad?

-        Eso es. Veo que ya te han hablado de mí.

-        Bueno, yo esperaba un funcionario adusto y amargado- bromeé.

-        Pues ni funcionaria soy- replicó ella- … interina, sólo interina.
La invité a comer a casa. Llevaba la compra en las manos y, aparte de que me apetecía mucho saber más de aquella muchacha, debíamos charlar profesionalmente porque necesitaba su ayuda para mis clases. Precisaba que me trajera y prestara ciertos libros que yo le iría devolviendo a medida que el curso avanzara. Además, al ser un aula unitaria, iba a necesitar distintos volúmenes para poder adaptarme a las diferentes edades de los alumnos.

-        Oye, eres el primer maestro que conozco que sabe cocinar- me dijo cuando ya habíamos terminado la comida y compartíamos una copa de vino blanco en el porche de la casa.

-        Un regalo del servicio militar- aclaré-, me lo pase pelando patatas.

-        ¿Piensas quedarte mucho por aquí? La mayoría de los profesores buscan enseguida el traslado.

-        Ya veremos cómo va el curso. No te voy a negar que esperaba algo más cuando terminé Magisterio pero aquí la gente es encantadora, se vive plácidamente y no me falta de nada. Soy de fácil contentar.
Acordamos que yo le haría una lista de los libros que iba a necesitar y que se la enviaría por correo. Ella visitaba el pueblo cada mes. Había sacado el carnet de conducir de clase C1 con la ayuda de un hermano suyo que era camionero y como hablaba algo de francés, le habían dado el puesto. Se pasaba media vida conduciendo por malos caminos.

-        A veces, cuesta – bajó la vista-, en invierno cuando nieva o cuando estoy muy cansada y la noche cae pronto en invierno. Pero, ¿sabes?, merece la pena. Merece la pena ver la ilusión de los chicos o el interés de los mayores cuando llego a todos esos pueblos y abro la persiana del minibús. Las filas que se forman para coger libros son el mejor regalo.
Alba llevaba toda la administración manualmente, con unas fichas que ella misma había diseñado y en las que pacientemente apuntaba cada préstamo, la fecha de entrega, la fecha en que debían devolverse el volumen y el estado de cada libro. Ella los forraba si era necesario y negociaba con la Diputación la compra o reposición cada año. Conocía a los varios cientos de vecinos de los pueblos que visitaba por su nombre y se interesaba por sus gustos. Ellos agradecían que les aconsejara qué leer y al tenían por una más del pueblo, de cada pueblo.
 
-        Esto no durará mucho- me dijo-, un día u otro arreglarán las carreteras, pondrán bibliotecas, consultorios médicos, la modernidad se infiltrará … como debe ser, ¿no?

-        Sí, como debe ser- asentí pero un sentimiento de pesar me inundó por dentro al decirlo. En verdad, el pueblo debía progresar pero si eso significaba que aquella mujer no iba a venir cada mes, prefería que la historia se congelara en la Edad Media.
Las clases me satisfacían. Los alumnos eran excelentes y estaba seguro que algunos de ellos podrían hacer un gran papel en el instituto y, quién sabe, en la universidad. Logré en poco tiempo llevar a cabo mis planes docentes, simultaneando el avance tan dispar de los niños y niñas, con sus diferentes edades y sus diversos intereses. Ya era uno más del pueblo y, aunque no me daba cuenta de ello, no tenía intención alguna de marcharme ni de buscar plaza en alguna ciudad.

Las visitas de Alba, cada mes, fueron convirtiéndose en una fecha que yo esperaba con ansia. Comíamos juntos y pasábamos la tarde charlando de todo, de nuestras vidas, de nuestros anhelos, de los sueños no cumplidos y de nuestras cuitas. Por alguna razón incomprensible, parecía como si nos conociéramos de siempre, como si hubiéramos sido amigos desde niños, tal era la confianza que nos tomamos en tan poco tiempo.
Fui consciente de que aquello, al menos por mi parte, era mucho más que amistad en febrero cuando una nieve espesa y persistente había hecho desaparecer el camino y las comunicaciones quedaron cortadas durante varios días. Suspendimos las clases durante la semana para evitar a los niños el que se desplazaran hasta la escuela pero me encargué personalmente de ponerles un buen montón de deberes. Estaba seguro que ella no podría venir y sentía una nostalgia que me asustaba. Había ido hasta la taberna para ver las noticias en la televisión y charlar un poco con los amigos. Con botas de montaña, un pesado abrigo y un gorro que me cubría las orejas parecía más un explorador ártico que un maestro. Salía ya de regreso hacia casa, antes de que volviera a nevar, cuando me sobresalté al escuchar el claxon del minibús. Las luces mortecinas de los focos aparecieron al final de la carretera y me asusté como si hubiera enloquecido. ¿Qué hacía Alba arriesgándose a venir con aquel tiempo? Loca, loca, loca, le grité en silencio mientras el autobús se acercaba a muy baja velocidad y yo me daba cuenta que en el corazón se me mezclaban el miedo porque pudiera tener un accidente con el ansia de abrazarla. La esperé parado en medio de la plaza, los brazos caídos, haciéndoseme eternos aquellos últimos metros.

-        ¡Loca!, ¡Estás loca! ¿Pero cómo se te ocurre arriesgarte así en ese cacharro? – le grité.

-        ¡Hombres!- estaba sonriente, su nariz roja por el frío, sus ojos llenos de vida y de vitalidad- Por cualquier cosilla os amedrentáis. Esto es un servicio público y se cumple con independencia del clima.
Fue instintivo. Me acerqué y la estreché entre mis brazos. Contuve mis ansias de besarla, de comerla a besos, de decirle que nunca más me diera estos sustos, que yo quería velar por ella hasta el fin de los tiempos. Sólo la abracé, la estreché fuerte con mis manos y más fuerte todavía con mi corazón que estaba desbocado. Ella no dijo nada, pero devolvió el abrazo.

-        Dormiré con Rosario. Ya quedamos así el otro día por teléfono- me dijo, y sentí una gran decepción porque ya la había imaginado durmiendo en mi casa.
Fueron dos días maravillosos hasta que el sol calentó lo suficiente como para derretir la nieve y el camino se despejó. Sin clases, pasamos los días juntos, charlando. Me despertaba antes del amanecer y hacía el camino hasta el pueblo corriendo para desayunar con ella. Regresaba a media noche, con una linterna grandota que me había dejado Fran, el hermano de Mateo.

-        Estás atontado, muchacho. O se lo dices o te va a dar un pasmo- me dijo mientras me palmeaba la espalda- que se te ve en los ojos. Cortito, que eres cortito.
Pero no fui capaz de decírselo ni ella habló tampoco. ¿Cómo decirle a una mujer que uno se ha enamorado locamente, radicalmente? ¿Cómo decirle que darías la vida por ella, que la deseas, que quieres morirte a su lado, que quieres desnudarla y no levantarte nunca más de la cama común, que la única voz que deseas escuchar es la de ella? ¿Cómo?

-        ¿Volverás? – le dije la mañana que ya marchaba.

-        Sabes que sí, sabes que sí- y me acarició la mejilla con ternura.
Me sentí idiota. Me quedé pasmado, sin hacer ni un gesto, viendo cómo el vehículo se alejaba, sintiendo la mirada de mis amigos que me decían sin palabras lo imbécil que era, que me decían que moviera las piernas, que corriera tras aquel maldito autobús que se la llevaba lejos por tantos días. Pero no hice nada, sólo me quedé petrificado.

-        ¡Mateo, Mateo! – entré gritando en el bar, al día siguiente.

-        ¿Qué diantres de pasa? – todos me miraron.

-        Necesito tu ayuda, por mi madre que necesito que me ayudes.

-        Bueno, si esta en mi mano… - me miró con extrañeza- ¿estás bien?

-        Estoy maravillosamente bien, pero necesito tu ayuda. – contesté con entusiasmo.

-        Venga, ven, sentémonos y me lo cuentas.
Pedí dos cafés y una torrija para cada uno. Me senté frente a él como si fuera a desvelarle el secreto de la gran pirámide y le expliqué mi plan.

-        No sé si arraigarán… no es la época – me contestó.

-        Pero se puede intentar, ¿no? Tenemos dos meses.

-        Sí, claro, y con suerte sobrevivirán el cincuenta por ciento.

-        Te pagaré- aunque, pensé, que con mi exiguo sueldo necesitaría varios años.

-        Bueno, eso ya lo arreglaremos. ¡Joder, con lo fácil que es decirlo! Sois complicados los de ciudad.
Fueron semanas de trabajo duro y gracias a Dios que Mateo, con cierto regocijo, me ayudó porque yo solo nunca podría haberlo hecho. Removimos una gran zona de terreno enfrente de mi casa y aireamos la tierra. Luego, fuimos trasplantando los arbustos y acolchamos el suelo con hojas y tierra vieja.

-        Hay que cubrirlos con los plásticos, que esto se parezca lo más posible al invernadero - decía Mateo- y luego encomiéndate a todos los santos para que no caiga otra helada.
Cuando Alba regresó en marzo, me hice el escurridizo. Si la veía antes, lo estropearía todo. Me inventé que tenía una reunión en Barcelona y mis amigos así se lo hicieron creer. Afortunadamente, para entonces, ya medio pueblo estaba conchabado conmigo y yo me había convertido en la comidilla jocosa de todos, que me ayudaban de buena gana a cambio de burlarse de mí cada noche y de tener que invitar a café y bollos un día sí y otro también.

-        ¿Se lo has dicho? – asalté a Sergi en cuanto el autobús se marchó.

-        ¡Anda, se me ha olvidado! – me dijo.

-        ¡No jodas!- grité.

-        ¡Que no, chaval!, que no… tú vete preparando el jardín- se echó a reír y se pidió un carajillo – Paga este.

-        Menos mal- suspiré, al tiempo que soltaba el dinero.

-        Vendrá el día de San Jordi. Le ha parecido buena idea que el alcalde se haya percatado de la fecha. Es que por algo soy alcalde- volvió a reírse.

-        Te debo una, pero te juro que me pagarás el susto- le contesté.
Aquel mes fue el de más larga espera de mi vida. Cada día y cada noche vigilaba el jardín y Mateo se pasaba los martes y los  viernes para comprobar que todo iba bien.

-        ¿No pasará nada, verdad? – le atosigaba con preguntas sin que él pudiera hacer más de lo que ya hacía tan desinteresadamente.

-        Tú, cada noche, reza a la Moreneta para que no hiele, que todavía es abril y nunca se sabe.
Llegó el veintitrés de abril. Aquella mañana estaba ya despierto mucho antes del amanecer. El cielo estaba lleno de estrellas y la temperatura era agradable. Iba a ser un día azul, hermoso. No pude sino dar gracias al cielo. Antes de asearme, salí al jardín y retiré con cuidado todos los toldos. Luego, intenté desayunar y me esforcé en tragar algo para no desfallecer cuando llegara el momento. La mañana pasó lenta, como si el tiempo se estuviera divirtiendo a mi costa, viendo cómo me desesperaba con la espera y la inquietud.

-        Con lo fácil que es decírselo sin más- repetía Mateo mientras echaba una última ojeada al jardín- qué jodidos sois los de la ciudad.
A las once más o menos, escuché el ruido del motor. En mi interior di las gracias a Sergi que, una vez más, había engañado a la chica para favorecerme.

-        Aparcas cerca de la escuela. Como es San Jordi, así a los chavales les contamos la tradición. ¿te parece?- le había mentido porque no hacía falta explicar a nadie lo que todos sabían desde siempre.
Yo había hecho que los niños salieran a la puerta y le saludaran con las manos en alto para que ella centrara su atención en ellos y no mirara hacia mi casa. Yo también saludé y ella respondió haciendo sonar el claxon un par de veces.

-        Me alegro de verte – le dije con la mejor de mis sonrisas.

-        Bueno, el mes pasado me dejaste plantada- me respondió, pero no sentí acritud en sus palabras.

-        Ya, lo siento… es que estuve ocupado…

-        Sí, una reunión, ya me lo dijeron.

-        Anda, abre el bus- le pedí – todos estamos deseando ver los libros. Hoy es San Jordi- dije.
Ella se volvió y en un instante abrió el portalón lateral dejando a la vista todos los nuevos títulos que traía.

-        Mirad, hay muchos libros nuevos. Hemos recibido dinero de la Diputación por San Jordi y traigo muchas novedades.
Azuzados por mis instrucciones, los chiquillos se abalanzaron sobre el muestrario. Yo aproveché para tomar del brazo a Alba y alejarla unos pasos.

-        ¿No me has traído un libro de regalo?- le pregunté mirándola a los ojos.

-        ¿Debería? – sonrío, mientras yo sentía que mi corazón chocaba contra mi pecho.

-        No sé. ¿Qué piensas tú?
Tardó unos segundos en contestar, haciéndome sufrir. Sentí sus ojos hermosos recorriendo mi cara, estudiando mi expresión.

-        Pienso que sí. Aquí está- y sacó de su bolso un pequeño paquete. Me sonrió con toda la ternura del mundo- ¿Y mi rosa?
La tomé por la cintura y la hice girarse hacia el jardín de mi casa. El centenar de rosales que Mateo y yo habíamos trasplantado desde el vivero se asemejaban a un mar de flores. El jardín estaba hermoso, con las rosas abiertas, rojas, vibrantes, reluciendo bajo el sol y el azul del cielo. Una ligera brisa las mecía como también lo hacía con el cabello de Alba. Miles de rosas se movían frente a la mujer que amaba, la atmósfera henchida de fragancias, un océano de pétalos dibujando arabescos de color frente a ella.

-        Una sola no te hace honor, un millón de ellas quizá.
Agarré su mano, la hice volverse hacia mí y la besé. Los chiquillos reían mirándonos de reojo.





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