3/7/14

El Andantino de Sibelius






Al instante de alegría que tuvo al recibir la llamada le siguieron dos días de inquietud. Era una gran oportunidad que no podía desaprovechar pero, a la vez, era consciente de lo poco preparado que todavía estaba y de cuánto debía ensayar en los dos meses que quedaban hasta que se incorporara a la orquesta.
Mientras vaciaba sus dos maletas, recordó de nuevo la conversación. Había contestado con desgana, sin imaginarse que, al otro lado del hilo, hablaría con James Coutarn, el famoso director titular de la Sinfónica Nacional.  Se trataba de una suplencia. Uno de los clarinetes debía pasar por el quirófano y no podría restablecerse a tiempo, así que Coutarn había llamado a su amigo Mario Cassinetti del Conservatorio que le había recomendado para sustituir al músico enfermo.
-        Cassinetti debe apreciarlo mucho- le había dicho el director durante la charla-. Le ha puesto a usted por las nubes.
Las condiciones no eran maravillosas pero lo que sobre todo importaba era la oportunidad, la referencia, el colocarse de pronto en el mundo profesional que hasta entonces le esquivaba.
-        Cuatro conciertos. Sí… sí… de acuerdo…. Es un privilegio – había balbuceado Tomás sin creerse del todo que aquello le estuviera sucediendo.
Los cuatro conciertos se ofrecerían en la capital en Junio y, dada la premura con lo que todo estaba ocurriendo, le habían ya alquilado un piso en la Avenida Cifuentes, pequeño pero acogedor, con vistas al parque de Santa María y donde podría ensayar con tranquilidad. La comida y la limpieza de la casa la haría una de las vecinas que también, casualmente, trabajaba como asistente de limpieza en las oficinas de la orquesta.
-        Todo está arreglado. No se preocupe, todo irá bien- le había asegurado Courtan con vehemencia.
-        Le agradezco de veras la oportunidad. ¿Me ha dicho que el programa es….?
-        Sibelius. En la primera parte, uno de sus poemas sinfónicos, La ninfa de madera, y en la segunda parte, su tercera sinfonía. ¿Las ha interpretado alguna vez?
-        Me temo que no- se arrepintió de  haber dicho la verdad, temiendo que el director pudiera echarse atrás.
-        No puedo decir que me alegre, Muñoz, pero ya no hay vuelta atrás. Ensaye antes de que comience con la orquesta. Le haré llegar las partituras en dos días. No me defraude muchacho.
Tomás se había quedado sentado durante más de veinte minutos, sonriendo, agitado por la emoción e inmóvil sin saber qué hacer. Sólo intuía que aquello podía cambiar su vida a un extremo, para muy bien o para muy mal.
El apartamento era muy agradable. Estaba amueblado con gusto, la cama parecía cómoda y tenía a su disposición una gran terraza desde donde se divisaba todo el parque que, en aquella hora de la tarde, imitaba a un orfeón de pájaros trinando.
Estaba acabando de colocar sus enseres cuando tocaron a la puerta.
-        Hola, ¿Tomás Muñoz? Soy Teresa, tu vecina- en la puerta, una joven hermosa y sonriente le miraba con curiosidad- he pensado que necesitarías algunas cosas indispensables para cenar y lavarte.
-        Sí, yo… gracias… encantado.
-        El director Coutarn te habrá ya hablado de mí- le tuteaba como si le conociera de toda la vida y lo que parecía seguro es que conocía la casa porque, sin preámbulos, se dedicó a colocar lo que traía en las bolsas en los armarios y estantes correspondientes-, limpiaré la casa y te haré algo de comer, poca cosa, un par de horas al día. Ellos pagan, ¿sabes?
Tomás, tímido y apocado cuando se enfrentaba a las mujeres, no podía dejar de mirarla. La muchacha era realmente guapa, delgada, vestía unos jeans ajustados y un jersey por encima del cual asomaba el cuello de una blusa blanca. Su cabello, largo, estaba recogido en una coleta que le daba el aspecto de colegiala traviesa.
-        Muchas gracias por tu ayuda pero, de veras, me arreglaré con poco. No soy de mucho comer y mis horas las tendré que dedicar a ensayar.
-        ¿Ensayar?- contestó ella.
-        Música, toco el clarinete.
-        ¡Ah!, sabía que trabajabas para la orquesta pero creí que serías un contable como el último que vivió aquí. Un hombre nada simpático, si me permites decirlo, todo el día refunfuñando.
-        Te prometo que refunfuñaré poco- le sonrió y notó que se ponía rojo.
-        ¡Músico!.... yo no sé nada de música, me falta tiempo y oído- contestó ella -, he salido a mi padre que siempre decía que éramos todos como Napoleón.
-        ¿Napoleón?
-       Sí, ya sabes, el emperador de Francia, la revolución... Bonaparte decía que la música es sólo el menos molesto de los ruidos- rio y a Tomás le pareció que no había visto nunca antes una sonrisa tan deliciosa.
-        Bueno, no puedo prometerte que no molestaré. Es mi oficio.
-        ¿Necesitas algo?
-        Nada. Gracias mil por tu ayuda.
-        Bien, pues me pasaré por aquí de ocho a diez o así, cada día, ¿vale?
-        Vale, muchas gracias otra vez.
Los días siguientes se enfrascó en las partituras. Con el poema sinfónico no encontró dificultades y, al cabo de una semana, dominaba sus líneas con fluidez. Más complicada era la sinfonía y hubo de dedicar muchas horas a cogerle el pulso. Era una música íntima, que requería un rubato especial, una intención lírica intensa. El clarinete tenía frases importantes, sobre todo en el Andantino y repitió y repitió hasta que logró interpretar con el sentimiento que él creía necesario, cuando ya uno se olvida de la técnica porque sus dedos vuelan sobre las claves y sólo importa ya el alma. Claro está que, luego, cuando comenzaran los ensayos con la orquesta, quizá el director tuviera otras ideas pero era mejor ir con algo preparado que partir de cero.
Para cuidarse un poco, madrugaba y aprovechaba para correr por el parque de ocho a diez, de modo que dejaba que Teresa estuviera a sus anchas en la casa y se aseguraba poder ensayar más tarde sin interrupciones.
Un jueves regresó un poco más temprano de lo previsto. Se había puesto a llover y la mañana estaba desapacible, de modo que acortó su carrera matinal. Al entrar, no escuchó nada y pensó que Teresa ya se habría marchado. Se sorprendió al encontrarla en el estudio, sentada en su silla y apoyada sobre la partitura de la sinfonía de Sibelius, absorta. La miró por un rato sin que ella se percatase de que estaba siendo observada. Recorrió con su mirada la silueta armoniosa de la chica y, a pesar de la distancia, percibió la suavidad de la piel de sus mejillas, se encandiló con la caída femenina del cabello y se maravilló de que el aroma de la colonia que ella usaba llegara hasta él. De pronto, ella se dio cuenta que él estaba mirándola a su espalda. Se volvió azorada.
-        Perdóname…. Yo, esto…. Estaba sólo mirando.
-       ¿No me habías dicho que no te gustaba la música? – preguntó él, algo divertido.
-        Me parece un rompecabezas mágico que no entiendo- pasó su dedo por los pentagramas- todas estas manchas, estas rayas, estas figuras… son como pajaritos colgando de los cables de la luz, dibujan olas y montañas…. Me parece increíble que puedas saber qué pone aquí, qué tocar.
Tomás, sin comprenderlo, sintió ganas de abrazarla, con ternura. Tuvo el impulso de coger sus manos y enseñarle lo que era un ‘la’ y un ‘do’, una apoyatura y un trémolo, de mirar a sus ojos mientras ella miraba la melodía escrita en el papel. Se recompuso en un instante, vencido por su timidez.
Se despidieron sin más conversación pero a partir de aquel día, Tomás modificó sus hábitos y regresaba para las nueve, sabiendo que lo hacía para estar un rato con ella, para charlar de cosas anodinas, para verla, para verla, para verla. Un mes después ya tenían la confianza suficiente para contarse sus vidas.
Él le habló de su carrera musical, de sus esperanzas, de sus estudios largos y desagradecidos, de cómo esta era la oportunidad que llevaba años esperando, de cómo de niño comenzó a tocar el clarinete casi por azar, de sus hermanos que vivían en Francia, de su padre que ya había fallecido tras luchar contra un cáncer asqueroso, de su madre que le llamaba cada dos o tres días para asegurarse que comía adecuadamente.
-        Le he hablado de ti, ¿sabes?- le dijo.
-        Cosas buenas, espero- contestó ella mientras se sentaba a su lado.
-        Te aseguro que sólo buenas- se le acercó sin saber por qué lo hacía.
-        Cuando toques con la orquesta, tengo que ir a verte – cambió de conversación.
-        Te conseguiré entradas si quieres.
-        Igual al final reniego del Emperador- sonrió.
-        Estoy seguro que la música te encantará en cuanto le dediques un poquito de tiempo- no podía dejar de mirarla fijamente.
-        Creo que tengo que marcharme- Teresa bajó el rostro.
Cuando salía por la puerta, se detuvo por un momento. Ella no sabía por qué y él no sabía qué decir pero el azar o el destino corrió en su ayuda y puso en los labios de Tomás una frase casi hecha.
-        ¿Te parece que cenemos esta noche aquí en casa? Aunque no lo parezca, sé preparar un pescado al horno, receta de mi madre, para chuparse los dedos.
Teresa no contestó pero la sonrisa que iluminó su cara valió más que cualquier sí.
Tomás decoró la terraza con farolillos de colores en los que introdujo velitas de vainilla. Bajó a la tienda a comprar un mantel y platos bonitos. Preparó la mesa en la terraza y rezó para que el tiempo acompañara. La primavera estaba ya muy avanzada y la noche iba a ser suave y calma.
-       Estupendo, está delicioso- dijo ella-, nunca hubiera supuesto que eras cocinero además de músico.
-        Mérito de mi madre.
-        Tendré que conocerla para darle las gracias- se dio cuenta de que el comentario podía interpretarse de otro modo.
Él no había cenado apenas. No quería aceptar lo que sentía, no quería aceptar que no podía quitar los ojos de sus ojos. Las estrellas alumbraban en el cielo y, a pesar de la luz de la ciudad, algunas titilaban con fuerza.
-        ¿Puedo pedirte una cosa? – le preguntó ella.
-        Claro, ¿qué?
-       Quiero oírte tocar música. Eso que está escrito en la partitura. ¿Recuerdas cuando me encontraste absorta mirando esos garabatos? Quiero escuchar cómo suena.
-        ¿Y qué va a decir Napoleón?
-        Perdió el imperio, ¿no? Me da igual lo que piense. Quiero escuchar los secretos que hay en esas líneas llenas de puntitos con el mejor músico del mundo.
Él sonrió halagado. Al cabo, era lo que mejor sabía hacer.
-        Espera, tengo una idea- dijo él- será como si estuviéramos en el teatro.
Buscó entre sus discos una grabación de la tercera de Sibelius. Paavo Berglund con la Filarmónica de Helsinki. Pulsó las teclas y la bandeja del CD se abrió. Introdujo el disco. Tomó su clarinete y se sentó con cierta pomposidad. Ella rio y aplaudió como cuando de verás se recibe a la orquesta.
-        ¿Estás lista?
-        Deseando que empieces.
El Andantino comenzó suave, en el tempo justo, melancólico y enamorado. Sobre el sonido de la orquesta que emitía el estéreo, Tomás interpretó sus líneas con esmero, como si Teresa fuera la espectadora más importante del universo y, de hecho, para él en aquel momento, lo era. 
Los dedos se deslizaban sobre las claves sin que él los controlara. Como le había dicho muchas veces su maestro Cassinetti, sólo cuando uno puede olvidarse de la técnica es cuando Dios le habla en el sonido. Compases de seis por cuatro y tres por dos, que ambos estaban señalados en la partitura, una melodía romántica que variaba muy poco en cada repetición, con casi los mismos acordes, pero que una y otra vez llegaba fresca. Sol bemol menor, dulce, recogido, tonalidad de abrazo tierno, aterciopelada. Sin metales, sólo los pizzicatos de las cuerdas entrelazados con las maderas, entrelazados con su clarinete. Tomás seguía acompañando a la orquesta artificial mientras la miraba, la miraba y recorría con cada sinusoide de las corcheas, la cintura de ella, su cuello, sus pechos y sus piernas, sus labios de almibar.
Y ella, con la mirada fija en él, sin pestañear apenas, respirando rápido, con la boca semi abierta, como si de pronto, allí y en aquel preciso instante, aquella melodía le hubiera hecho comprender que Napoleón era un zote, que su padre se equivocaba, que había perdido el tiempo hasta ahora. Y, aunque Tomás no podía saberlo, sobre todas las cosas, ella estaba inflamada de un amor que la inundaba y que era más poderoso que su voluntad.
Terminó el movimiento, él bajó el clarinete y se quedaron mirándose, sin decirse nada por largo rato hasta que ella, sin dejar de clavar sus ojos en él, le dijo.
-        ¿Puedes tocarlo otra vez?
Y él lo hizo. Y la mañana les sorprendió dormidos el uno junto al otro, la piel de ambos oliendo a besos y caricias, a pasiones y a promesas, el andantino aún repitiéndose en el equipo de música.
 
 

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