31/1/15

Dispara, yo ya estoy muerto



Dispara, yo ya estoy muerto (Plaza y Janés, 2013), de Julia Navarro, es una novela extensa que narra la vida de dos familias, una judía y otra árabe, a lo largo del final del siglo XIX y  buena parte del siglo XX o, casi mejor dicho, es un compendio de hechos históricos engarzados a través de memorias de dichas familias contadas alternativamente. Una historia llena de historias, unas interesantes y otras soporíferas.
 
Personajes cuyas vidas se ven siempre condicionadas y vueltas del revés por avatares políticos y sociales, desde las persecuciones del zar a los judíos o el gobierno del imperio otomano sobre el Medio Oriente, hasta el genocidio nazi, los extremismos de ambos lados, el odio interracial  o la partición de Palestina. Un libro que destila desesperanza al ver la imposibilidad de convivencia en común porque siempre ocurre algo que frustra la buena voluntad de los que sí desean convivir, algo que obliga a ponerse en uno u otro lado, en contra de alguien. Familias que, en un principio, eran amigas inseparables compartiendo ideología, y cuyos descendientes termina odiándose y matándose. Conciencia de clase arrasada por la religión o la patria.
 
La descripción de los eventos históricos tiene altibajos como los tiene el ritmo de la novela. Cuando el entorno sociopolítico es narrado por la vía de introducir a los protagonistas directamente en la acción (el inicio con  Samuel huyendo de la policía secreta rusa; los duros y tremendistas capítulos durante la Alemania nazi;  la partición de Palestina, etc.) el ritmo es vivo y adictivo. Sin embargo, cuando los acontecimientos se narran como telón de fondo y los personajes se limitan a debatir o dialogar sobre ellos, la acción decae y las páginas se hacen tediosas y repetitivas. Especialmente cuando la novela se centra en el lado palestino, el resultado es excesivamente lento y dubitativo.  Los capítulos dedicados a la familia judía son claramente superiores (por la acción, por la dinámica de los mismos, por los sucesos que se narran, por su dramatismo) y como la cooperante de la ONG –hilo conductor de la trama- dice ser pro-palestina, parece como si Navarro se esforzara en alargar artificialmente los capítulos de la familia Ahmed  para compensar la falta de interés ya que a esta le ocurren menos cosas: simplemente, los van echando de sus tierras y ello es horrendo, inhumando, pero monótono. Falta, por ejemplo, en este lado, una crítica más profunda sobre los propios déficits democráticos en los países árabes.
 
La ambientación está cuidada, con un detallismo notable en lo cotidiano (incluso, excesivamente) – gastronomía, vestimenta, modas, costumbres sociales, paisajes- , y rigurosamente documentada aun cuando se echa de menos construir el porqué de los acontecimientos que, algunas veces, parecen como caídos del cielo y que se comprenden más por el propio conocimiento histórico del lector que porque la novela los presente. Es quizá algo tópica en las visiones del conflicto judeo-palestino.
 
En la novela de Navarro, el recorrido a través de los acontecimientos históricos es un poco forzado ya que surge de entrevistas que una cooperante de una ONG hace tanto a la familia palestina como a la judía, cooperante que tendrá una importancia significativa en la historia y que concluirá con un final sorpresivo pero un tanto  forzado e inverosímil.
 

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