9/4/15

Hendaya



Hendaya (Siruela, 2015), de Marcos Eymar es una novela de inacción que, sin embargo, engancha precisamente por la intriga lenta que esa espera tensa y reflexiva, llena de dudas, nos produce. Dudas sobre el destino del  personaje, un hijo de emigrantes españoles en Francia que desea recuperar sus orígenes, un descolocado y asustado Jacques Munoz que pasa su vida viajando en tren entre París y Madrid con una maleta de contenido desconocido y que espera la venganza de una mafia de contrabandistas como un cordero espera al carnicero. Dudas sobre el propio lugar en la vida, en esa frontera (Hendaya como metáfora de todas las fronteras) en la que finalmente terminamos sin ser nunca de ningún lado definitivamente. Dudas sobre los orígenes que, quizá, deban seguir ocultos si uno no desea hallar lo que no desea . Dudas sobre la cultura propia de los emigrantes que no acaba de ser ni la del país de donde vienen ni la aquel al que han marchado. Este ser de ningún sitio, este miedo, esta falta de certezas, se refuerza de manera original e inteligente por medio del lenguaje, deliberadamente mezclado entre el español y el francés (conviene, para degustar la novela, conocer algo de francés). Un exilio interior, exilio de familia, de lenguaje y de sentimientos.
 
Eymar consigue atraparnos con su prosa, desprovista de artificios, impecable, sobria, sin concesión alguna al sentimentalismo (de hecho, quizá esto sea un defecto, por lo exagerado del personaje. Jacques es un desgraciado total al que la mala fortuna le acecha sin desmayo, sin un instante de bienestar), hasta lograr que no podamos dejar de leer, esclavos de los enredos en que Jacques está metido, el de su aventura y el de su vida; asustados junto a él en ese bar en que espera ver llegar de un momento a otro a sus sicarios, intentando comprender su vida mientras rememora recuerdos aislados, entre trago y trago. Un texto cargado de reflexiones íntimas, que continuamente salta de plano narrativo, de tiempos verbales, de argots. El uso de la segunda persona, tan a lo Auster, es asimismo muy acertado en la búsqueda de esa ruina interior y exterior.
 
Es notable como Eymar crea un suspense inquietante sin que, en realidad, haya ningún crimen ni ningún caso que resolver como es habitual en los thrillers. Nuestro personaje está sentado en el bar, esperando, recordando, temiendo, y eso es más que suficiente para que el autor nos envuelva y nos seduzca.
 
   

  

 

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