27/6/17

Étoile




La primera vez que Tomás presionó una tecla de un piano fue a la edad de doce años. Era verano y sus padres, Mateo y Clara, le habían llevado a visitar a un pariente que poseía una pequeña empresa de lavandería en la capital. Las cosas no habían ido bien con la cosecha en el pueblo, dos tormentas de piedra casi seguidas habían arruinado los cultivos y la ya siempre escasa economía familiar era insuficiente para sobrevivir hasta el año siguiente. Así que, haciendo de tripas corazón, venciendo el orgullo y la vergüenza que les daba humillarse, el matrimonio decidió pedir ayuda al tío Julián, que así se llamaba el empresario. Este tenía ya más de sesenta años y su rostro estaba arrugado y poblado de manchas. Era un tipo duro, impasible ante desgracias ajenas, que sólo miraba por su negocio. Este no era gran cosa si se comparaba con las grandes cadenas de limpieza pero le daba para vivir holgadamente, mantenía una veintena de puestos de trabajo mal pagados y le hacía creerse el presidente del Círculo de Empresarios. Más por humillar a Mateo que por compasión, accedió a contratarle para ayudar con las máquinas y hacer entregas a lo ancho y largo de la ciudad por una paga casi esclavista. Los padres de Tomás no tuvieron más opción que aceptar.

Si bien el viejo resultó ser despreciable, su esposa, la tía Matilda, fue siempre amable con todos y muy afectuosa para con Tomás. El mismo día en que llegaron para suplicar ayuda, la tía separó al niño de la conversación entre adultos y lo llevó a la habitación del fondo del pasillo, donde había un viejo piano vertical con alguna que otra tecla mal afinada. Encima de él, había un cartel enmarcado que anunciaba un concierto de Bill Evans en el club Étoile, un souvenir que los tíos habían comprado en su viaje de novios a París. Para entretener al chiquillo, le sentó en sus rodillas e interpretó un par de canciones sencillas, de esas en do mayor que no requieren saber saltar entre teclas negras. Tomás descubrió aquel día la que sería su vocación futura. Habría de recordar siempre como un milagro el sonido que escuchó cuando pulsó la primera tecla que, sólo muchos años después, supo que había sido un sol bemol. También recordaría siempre el afiche colgado frente a él, con aquel hombre con gafas, serio, circunspecto, algo soñador, que miraba al piano como si estuviera poseído.

Como que la tía viera que el niño mostraba mucha ilusión y quizá para aliviar su soledad, solicitó a los padres que, cada tarde, Tomás pasara un par de horas en la casa. Ella – dijo- le ayudaría con las tareas escolares y podría merendar copiosamente. Sus padres aceptaron, a medio camino entre estar convencidos de que aquello era bueno para su hijo y entre entender que era una orden de la patrona.

Dos años después, cuando a base de muchos esfuerzos, la familia logró reunir algún dinero, el padre se atrevió a mandar al cuerno al tío Julián, buscarse un empleo mejor remunerado y alquilar un pequeño ático en la calle Lazcano. Aquella decisión fue una tragedia para Tomás. Se había acostumbrado al chocolate con bollos de cada tarde, a las pesetas que su tía le daba a escondidas, al ambiente cómodo de la casa ajena y, sobre todo, se había aficionado al piano. Sin duda, tenía cualidades innatas porque con la poca instrucción que la tía Matilda había podido darle, sabía ya solfear ágilmente y su destreza en el teclado superaba por mucho a la de la vieja señora.

El enfado le duró apenas unos pocos meses porque pronto encontró la manera de proseguir con su encontrada afición. En el instituto daban clases gratuitas de música fuera de las horas lectivas y, mientras sus amigos jugaban al fútbol, él se dedicaba a mejorar su técnica. Pronto resultó evidente que el chico tenía madera y su profesor se esmeró en enseñarle todo cuando él sabía. Le recomendó proseguir sus estudios en el Conservatorio pero ni sus padres tenían dinero para pagarlo ni él – al que la llamada de las mujeres ya le había atrapado- tenía intención de someterse a una enseñanza reglada. Soñaba con convertirse en un gran músico autodidacta, abrir su propio club al que llamaría Étoile, como el del cartel que viera años antes frente al piano de su tía. No le amilanaban ni la falta de dinero ni la ausencia de ayuda, soñaba que algún día tendría su propio local.  

La oportunidad le vino en el Caledonian, un pub en el que los fines de semana se daban sesiones de jazz llevadas a cabo por intérpretes locales. Una tarde vio que solicitaban personal para limpieza y para atender la barra. Consiguió el empleo. Durante varias semanas se limitó a su papel de pinche o camarero ayudante, teniendo que conformarse con escuchar lo que los otros músicos tocaban los fines de semana. Un ángel debía protegerle porque, a los tres meses, entró el jefe del local hecho una fiera.

- Es todo una mierda. ¡Me ha dejado colgado el muy cabrón! – refunfuñaba el tipo, con las mejillas rojas de rabia.
- ¿Qué ocurre, jefe? – le preguntó Charly, el camarero de mayor edad.
- El pianista. Me dice que tiene un viaje urgente. Ese mierda va y se atreve a decirme que me deja esta noche el local sin música y se queda tan pancho. Juro que en su vida va a pisar ni este ni ningún club de la ciudad.
- Pues busque un sustituto, ¿no? – sugirió Charly.
- ¿Y de dónde lo saco? Son las tres de la tarde, en cinco horas debe empezar la jazz session. ¿De dónde cojones saco yo un pianista capaz de improvisar ante cien espectadores? ¡eh! ¿De dónde?

Fue instintivo. Tomás dejó la fregona con  la que limpiaba por debajo de las mesas, se quitó el delantal y se sentó al piano. Lo abrió con parsimonia, pasando el dedo a lo largo del borde de la tapa. Movió un poco la banqueta para acomodarse mejor y colocó las dos manos en el teclado. Sin saber por qué tardó varios segundos en comenzar, bajo una responsabilidad que jamás antes había sentido. Tres acordes seguidos, una tónica y dos de sexta aumentada, una disonancia atrevida que, sin embargo, resultó cercana. Eligió una tonalidad introspectiva, sol menor, y se dejó llevar.

El dueño dejó de bramar, apartó el cigarro de la boca y se le quedó mirando. Vio que Charly iba a hacer alguna gracia y con sólo su mirada le detuvo. 

- ¿Y dónde has aprendido tú a tocar así? – preguntó con sincero interés.

Tomás no respondió, en parte por prorrogar la magia del momento, en parte porque estaba ensimismado en encadenar cadencias y acordes en un ritmo sincopado particularmente imaginativo. 

- Eres bueno, chaval -, le dio un manotazo en el hombro -, ven a mi oficina. Tenemos que hablar.

Quizá corrió un riesgo innecesario pero, sonriendo para sí, Tomás no se levantó inmediatamente sino que se tomó un minuto en cerrar la frase musical y terminar con varios arpegios en pianísimo.

Cuando cumplió los veintiséis era un músico apreciado que trabajaba de manera regular cada fin de semana y varios días laborales, que se había creado una reputación como buen improvisador y que, en ocasiones, colaboraba con Jerry, al contrabajo, y Marco, a la batería, para ofrecer algún concierto en trío. Sin embargo, no acababa de asentarse. De aquí para allá, persiguiendo más faldas de las que podía atender, dilapidando lo que gastaba, nunca encontraba la ocasión para ahorrar, para lograr su sueño.

- Ya verás – le decía una noche a una morena de caderas anchas, pelo rizado y sonrisa tierna que descansaba desnuda en su cama -, un día lo abriré y será el club más famoso del país.
- ¿Qué abrirás? – le preguntaba ella mientras le peinaba el revuelto pelo con sus dedos.
- El Étoile
- ¿Eso es francés?
- Sí, significa estrella, allí empecé yo – pensó que lo que decía no era mentira, que en realidad ese había sido su debut, aquel dedo que se posó sobre la nota sol bemol en brazos de su tía y bajó el cartelón del concierto de Bill Evans.
- Eres un soñador – le decía ella.
- Tendrá un escenario, pequeño pero suficiente para un cuarteto; un buen Steinway, algunas luces de esas que hay ahora que pueden controlarse con un aparatito desde el mismo piano; una escalerilla para subir porque a mí me gusta estar junto a mis oyentes…. Y, abajo, el bar, una barra agradable, unas mesas donde servir incluso algunos sándwiches, luces siempre amarillas, con candiles alrededor…


Casi con las mismas palabras, contó su sueño a nueve mujeres más a lo largo de los años. Unas le creían, otras le escuchaban como quien escucha a un niño escribiendo la carta a los Reyes Magos, otras se reían de él y alguna que otra le ayudó con dinero que él malgastó. El Steinway seguía en los catálogos que releía una y otra vez. En su imaginación había perfeccionado su sueño que seguía siendo eso, un sueño. Podía dibujar de memoria cada rincón del Étoile, cada color, la forma de cada silla, recitar cada botella que planeaba tener detrás de la barra y cada cuadro colgado en las paredes. Convencido de su destino, había dedicado largas horas a ensayar y aprender muchas de las transcripciones que se habían hecho de las piezas que Evans improvisaba en directo. Se le atragantaron el On Green Dolphin Street, el Midnight Mood y las Reflections en Re. No tenía las manos tan grandes y los acordes del compás 19 necesitaron muchas horas. Pensaba que estaba preparado y sólo esperaba que la vida le diera la oportunidad como ocurrió en casa de su tía, en el Caledonian, en tantas ocasiones. Pero faltaba the big one. Un inversor que confiara en él, eso era lo que necesitaba. 

Al cumplir los cuarenta seguía soltero y el trabajo no le faltaba pero los clubes que le llamaban eran cada vez menos. Repetía y repetía en locales cuyo auditorio era mayoritariamente de vejestorios que intentaban echar una cana al aire o recordar viejos tiempos. Le pagaban cada vez menos porque ya no era célebre. Él no desesperaba. Si algo había mantenido a lo largo de todos los años era su creatividad musical al sentarse frente al piano. En aquellos minutos, horas algunas noches, se dejaba llevar, cerraba sus ojos y se veía en el Étoile, frente a un público entregado y ensimismado disfrutando de los ritmos variables y los acordes de novena menor que tan bien se le daban. Luego, su mente tornaba los aplausos apagados de la realidad por ovaciones clamorosas. No desesperaba pero, cada noche, dormía en su cama oliendo demasiado a alcohol.

- Es hora de que sientes la cabeza. Está bien que desees tener tu local pero la realidad también cuenta– le decía Ángela una noche. 

Mujer de aspecto triste pero apasionada en la cama, amante del jazz y la lectura de poesía, a la que había conocido un par de años antes, sentía un especial cariño por él. Ambos con sueños perdidos, con vidas sin completar, se consolaban mutuamente de tanto en cuando. No querían más, no pedían más, tan sólo aliviar la soledad a ratos y sentir que, llegado el caso, había alguien al otro lado del teléfono.

- Me lo debo a mí, a mis padres, incluso a mi tía- contestaba él, abrazándola como un niño desvalido-, sólo necesito que el tren de la suerte pare en mi estación.
- Has vivido mucho, Tomás- le decía ella-, has sentido y hecho lo que millones no harán jamás, has conocido el amor y el desamor, tienes magia en las manos, eres un buen músico, no hace falta ser Beethoven…
- Evans, Evans- le corregía él.
- Eso, Evans. No hace falta tener un club para demostrar que sabes componer, tocar el piano, conversar, sentir, hacerme disfrutar, …. Toma lo que la vida te ha dado.
- Quiero más.
- Y yo, Tomás, y yo. Pero no podemos pasarnos los años soñando. 
- ¿Por qué no?, los partidos se pueden ganar en la prórroga – contestaba él.
- Eres un niño grande- le decía ella mientras comenzaba a besarle dulcemente en el torso desnudo.

Muchos años después, Ángela seguía estando junto a él. Nunca habían decidido ser pareja aunque de hecho lo fueran y mucho mejor avenidas y sólidas que la mayoría de los matrimonios. El trabajo escaseaba y con él los ingresos, pero Tomás vivía con poco. Superó un mal periodo en el que las borracheras fueron frecuentes y compaginaba sesiones de jazz con semanas en las que componía y presentaba sus obras a concursos. Ganó dos y el dinero de los premios sirvió para ir tirando.

- Nunca tendré el Étoile, le dijo un día a Ángela de sopetón como si se hubiera de pronto rendido. Con 53 años, es hora de retirarse, ¿no?

Ella no dijo nada. Hacía mucho que sabía que era así. Sólo se le acercó y le abrazó por un largo rato. Luego, lo llevó a la cama e hicieron el amor. No se dijeron nada mientras lo hacían, sólo se miraron como si el mundo se terminara en sus ojos y en lo que compartían sin tener que decirlo.

La competencia en la fabricación de pianos se incrementó por aquellos años. Los japoneses construían unos chismes electrónicos que sonaban muy bien aunque a Tomás le daba urticaria pensar que podía hacerse buen jazz con uno de aquellos chismes. Los precios bajaron y, sobre todo, los fabricantes comenzaron a hacer imaginativas campañas de marketing para atraer a posibles compradores. Una idea que pronto se copiaron los unos a los otros fue la de colocar instrumentos en sitios públicos y dejar que la gente anónima tocara en ellos. 

El día que Tomás cumplió los 55 años invitó a Ángela a cenar. Era una noche veraniega pero no excesivamente calurosa. Eligió un restaurante cerca del lago, una de esas casas antiguas que han sido renovadas, con comida casera y un jardín donde poder cenar bajo una pérgola llena de campánulas blancas, setos adornados con farolillos de papel y el aroma de un buen vino en la mesa. Llevaba ya más de diez años con ella y, aunque nunca se lo habían reconocido abiertamente, nunca se lo habían dicho entre susurros y besos de mariposa, sabían que se amaban. Lo mantenían en secreto, con miedo a expresarlo y que la vida les oyera porque la vida es muy cabrona y se encarga de destrozar los sueños. Pretendían engañar a la realidad, no diciendo en voz alta lo que sabían que existía.

Tomaron unos entrantes y un pescado en salsa que resultó delicioso. Él no tomó postre pero ella pidió un pastel de manzana.

- Gracias – le dijo ella.
- Gracias – contestó él, sabiendo ambos de qué hablaban.

Terminaron la cena hacia las once y, como la noche estaba embrujada, decidieron caminar hasta la casa de ella porque aquella noche habían determinado dormir allá. El rumor de las aguas del arroyo que alimentaba el lago del parque les acompañaba. La luna estaba recién nacida, filosa, medio tumbada sobre el horizonte. No había nubes, el cielo estaba limpio y Júpiter brillaba con fuerza sobre el difuso resplandor de la ciudad. Había algunas parejas sentadas en el césped o en los bancos forjados de bronce, tan decimonónicos. Más allá, el quiosco de música, en donde los domingos daba conciertos la banda municipal con un repertorio que repetía la Caballería Rusticana, la Obertura 1812 y un par de números de zarzuela.

- ¡Mira!- Ángela le tiró de la manga.
- ¿Qué?
- Han puesto un piano en el quiosco.
- Sí, ahora está de moda. Pasan muchos salvajes y los dejan inservibles.
- Venga, tócame algo.
- ¿Ahora, delante de todos? – sonrío con malicia y sensualidad.
- No seas y no te llamaré – río ella. Venga, es tu cumpleaños. Un músico que cumple años debe interpretar algo a su acompañante. 


No le costó convencerle. Subieron al quiosco y Tomás se sentó al teclado. Deslizó sus dedos por las teclas y comprobó que el instrumento estaba en buen estado, bien afinado.

- No está mal- concluyó, al tiempo que hacía sonar el acorde de Tristán.
- Venga, empieza. – ella se sentó a su lado, en el suelo, las piernas cruzadas a lo hindú, mirándole.


Y él se sintió feliz como no había estado en mucho tiempo. Acarició la mano de ella, luego la apretó, luego se inclinó para besarla y, al fin, cerró los ojos. ¡La noche estaba tan en calma! La obra le vino a los dedos, sin pensarlo, por instinto. Su querido Bill Evans. Peace Piece. Nada mejor para aquel momento. Paz, eso es lo que sentía junto a Ángela, en medio del jardín. 

Interpretó la pieza con tranquilidad, con un tempo algo más lento que lo habitual pero muy apropiado para aquel instante, ligando exquisitamente los acordes, manteniendo el obstinato de los bajos, dejando que los silencios entre las notas tomaran protagonismo.

Luego continuó, entremezclando su propio repertorio con el de Evans y con improvisaciones. El tiempo pasaba, la noche les envolvía con magia.

- Mira – Ángela le reclamaba hablando muy bajo.
- ¿Qué? – respondió él mirándola a los ojos, sin cesar de tocar.
- Mira – e hizo un gesto hacia el jardín que rodeaba el quiosco.


Entonces se percató. En aquel momento interpretaba All the Things you are. Había decenas y decenas de personas sentadas en la hierba, en respetuoso silencio. Familias enteras, parejas abrazadas, algunos tumbados y  mirando al cielo. Hasta los insectos nocturnos parecían ser cómplices porque habían cesado sus murmullos y dejado que sólo el piano se escuchara. Era sin duda el mayor auditorio que jamás había tenido. Se emocionó y fruto de ese sentimiento sus dedos se volvieron más ágiles y su mente creó pasajes de un lirismo que nunca antes había alcanzado.

Sonrió a Ángela, que acercó la cara a su brazo.

- Allí, observa – le dijo ella señalando al cielo.

Y él miró. Y vio que la bóveda oscura estaba llena de estrellas, miles de ellas, brillantes, titilando sólo para él. El mejor club que nadie pudiese imaginar.

- Tous les étoiles pour toi- murmuró Ángela.  


Comenzó con el Peace Piece nuevamente. En ocasiones, pensó, los sueños se cumplen de la manera más inesperada. 









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