4/6/17

La cena con Alberdi





Los primeros brotes de barba, un vello suave casi indetectable, nos comenzaron a salir a los catorce. Alberdi llegó un día corriendo desde la parada del urbano, aún con la cartera del colegio en la mano, y nos dijo con voz tan alta que parecía un grito:

- ¡Ya soy un hombre!

Elordi y yo nos miramos sin entenderle. Él, que nos aventajaba en edad en casi un año y que se enorgullecía de ello al ser uno de los mayores del curso, nacido en enero, nos miró con cierta condescendencia, como el maestro que se compadece de algún alumno torpe.

- Barba, barba – y se pasó la mano suavemente por el rostro sin que nosotros llegáramos a percibir sino una muy ligera sombra.
- ¿Y? – contestamos.
- Sois chiquillos aún – sabía que este apelativo nos iba a fastidiar -, las chicas se interesan por los hombres, no por los niños.

Nos observó con el desdén que da el triunfo y añadió:

- No puedo estar hoy con vosotros. Voy a San Bartolomé, a ver si me cruzo con Belén.

Sabíamos quién era Belén. Una muchacha morena, guapa, de ojos algo achinados y rodillas deseables. Alberdi siempre se quedaba alelado cuando la veíamos por la calle, saliendo del instituto, con su uniforme de camisa blanca, chaleco y falda azul marino, justo hasta por encima de la rodilla. Más abajo, medias también azul marino. Así que aquellas rodillas y, en verano, sus brazos eran como el descubrimiento de toda la sexualidad para él. 

- ¡Te gustas de ella! – le hacíamos chirigotas - y él se enojaba con nosotros.

Hizo un gesto con la mano y marchó seguro de sí mismo, como un soldado que acabara de recibir una Excalibur imbatible, seguro de la victoria. Nosotros nos quedamos sentados en el pretil de la fuente, sin hablar, lanzando piedritas a lo lejos, al agua o los árboles, cualquier cosa menos hablar, siendo conscientes de la superioridad de nuestro amigo. Con envidia de aquella barba precoz que nosotros aún no teníamos.

Porque yo, para entonces, y aunque la barba no acababa de mostrarse, escuchaba campanitas y me temblaban las piernas cuando veía a Mertxe. Del mismo colegio que Belén, no sabíamos si de la misma clase, mismo uniforme, otras rodillas adorables. Sabía su nombre tras haber aplicado una disciplinada estrategia de acercarme lo más posible, como quién no quiere la cosa, a sus amigas, hasta que un día una de ellas le llamó, gritando su nombre. Sentía una atracción indefinida porque, la verdad, no sabía ni qué decirle, ni qué preguntarle ni qué hacer. Era una atracción difusa, más infantil que adolescente, que necesitaba varios años más para explicarse.

Un par de meses después, la vida me pasó por encima. Alberdi se puso de novio de Belén. Así lo dijo ella a sus más íntimas en clase. Él no lo dijo, pero bastó verle pavonearse junto a ella todas las tardes. Su padre, nos había dicho, le había aumentado la paga y aquello daba para invitarla a helados e ir al cine el sábado. Se sentía un caballero y nosotros unos imbéciles. Elordi no se apiadó de mí. Yo hubiera esperado que él acompañara nuestra decepción, pero no fue así. En un giro inesperado, él también comenzó a tener una barbita incipiente en el labio superior y en el mentón, lo suficiente para que se viniera arriba y se echara novia, una traición que yo nunca le perdoné.

Y, mientras mi pubertad se retrasaba en llegar, Mertxe conoció a otro chico, de mi misma escuela para más dolor. Les vi, un día, juntos en la Avenida, compartiendo un bocadillo de tortilla comprado en el El Vallés  y dos botellas de Kas Limón.

Quedé desolado y me negué a hablarles durante semanas. Éramos amigos, joder. Esto no se hace entre amigos. Me sentía traicionado. 

El tiempo pasó y aquellos pequeños traumas quedaron olvidados. Recuperé la amistad con Alberdi y con Elordi que, finalmente, no siguieron con sus novias. De hecho, Alberdi pasó por una larga cadena de novias, amantes, conocidas y follamigas, hasta casarse con Ana de la que se divorció tres años después para reiniciar su periplo de camas y abandonos. Aún sigue así, libre como él dice, no sé yo si muy feliz.

Elordi, menos rebelde, se casó, muchos años después, con Nora y tienen tres chiquillos varones. Trabaja de taxista en Bilbao y coincido con él menos que con mi otro amigo, debido a la distancia.

No vi más a Mertxe aunque, unos años después, supe que ella no se había casado y que tenía una excelente carrera en el sector de la banca. Me lo dijo Alberdi que, quién sabe cómo, había llegado a conocerla y a entablar una distante relación financiera con ella. 

¿Y yo? Acabé enamorándome, ya con veintitrés y en el último curso de Derecho, de María José, un año mayor que yo, que había cursado Filología inglesa y con una conversación tan atractiva que me colgué por ella como un lelo. Me casé cuatro años después y me divorcié tras doce más, sin ganas de volver a intentarlo, refugiándome en el trabajo y en alguna juerga a la que Alberdi me arrastra de tanto en cuando.

- Tú, tómate este gin tónic sin rechistar – me dijo uno de esos días en que quedábamos, sentados en la barra del Golden, mirando al camarero. 

Lo preferíamos así, sin ocupar una mesa, para que sólo viesen nuestra espalda y nadie cotilleara sobre nuestras cuitas. Además, nos servían más rápido. Siempre, de Bombay.

Aquel día, Alberdi me estaba contando otra historia más de sus idas y venidas, una tipa argentina, espectacular según decía, que le insistía para que la acompañara a Buenos Aires. Yo le he creído siempre la mitad de la mitad pero aquella noche parecía entristecido. Cuando íbamos por el tercer trago, me miró de pronto y me dijo:

- ¿Sabes a quién vi el otro día?
- ¿A quién?
- A Mertxe – dijo él.
- ¿Qué Mertxe? – pregunté sin hacerle mucho caso.
- ¡Joder, qué Mertxe va a ser!, la niña que te gustaba en el colegio.

Es curioso cómo funciona la memoria. Durante más de dos décadas no me había acordado de ella, ni había sentido pesar por lo que no fue, ni sensación alguna. Y, sin embargo, de pronto, su rostro volvió a mi mente, vi sus rodillas entre la ventana que dejaban la falda y las medias azules y escuché su voz como si hubiera sido ayer. Misterios de los recuerdos. No se van, se camuflan, se esconden los muy cabrones para salir cuando uno menos se lo espera. Hasta me dolió recordarla del brazo de aquel novio que se había echado sin siquiera percatarse de que yo me moría por sus huesos. Pasaron varios minutos hasta que me recompuse, Alberdi debió darse cuenta porque calló, y, al final, sólo se me ocurrió decir:

- ¿Otro gin-tónic?
- Con poco hielo – respondió, y no dijo más. 

Acabamos a las tantas, tumbados cada uno en la cama de nuestros respectivos apartamentos, durmiendo vestidos y malolientes.

Yo siempre he apreciado mucho a Alberdi, es mi amigo y estaré siempre a su lado pero, a veces, es el gilipollas más grande del mundo. Tres días después de la borrachera me llamó por teléfono.

- ¡Pardillo! – me gritó como saludo -, ¿sabes qué he hecho por ti?
- ¿Qué? – contesté sin mucha curiosidad. Alguna tontada de las suyas.
- Te he fijado una cita con Mertxe.
- ¿Qué? – grité.
- Anda ya, no vas a decir que no te gusta la idea, chaval – se reía el muy cabrón.
- Tú estás loco, como una cabra. ¿Por qué te metes donde no te llaman? ¿Por qué cojones de metes en mi vida? ¿Quién te ha dicho que yo quiero verla … conocerla? – rectifiqué al darme cuenta de que nunca llegué a conocerla.
- Estas cosas se notan. El primer amor es siempre el primer amor – afirmó con la rotundidad del que sabe estar en posesión de la verdad.
- Pues ya puedes irle diciendo que no me has encontrado.
- ¡Tranqui, chaval!- me interrumpió-. Se va de viaje por trabajo, 4 semanas. He quedado con ella dentro de un mes justo, en La goleta azul para cenar. A las nueve. Ya sabes, le dije que recordaríamos viejos tiempos, de cuando hicimos negocios con el banco. Y, de paso, le dije que llevaría conmigo a un amigo – o sea, tú, tontaina- de nuestra época del colegio. Se mostró encantada con el plan, quizá quiere endosarte una cuenta Executive o unos bonos de buena rentabilidad- siguió riendo. – No, en serio, se mostró encantada de recordar viejos tiempos.

Le mandé a la mierda y colgué con la absoluta seguridad de que no iría, de que a mí no se me había perdido nada en aquella cena. Si ellos se conocían, de acuerdo, que cenen. Pero yo no, yo no iba a pasar por ese trance tan embarazoso. Cierto que yo ya no era un chiquillo, que tenía las tablas suficientes y había vivido mucho para no espantarme de una cita. Pero ¿Y si ella me reconocía, si supo en su día que estaba enamorado, que la seguía? Sí, era muy improbable pero prefería no tentar a la suerte. No iría.

He de reconocer que Alberdi sabe ser persistente. No me dejó tranquilo en aquel mes. Que si ella se llevaría muy mala impresión si no iba, que ya se lo había confirmado, que le iba a dejar muy mal, que no le hiciera esto, que lo íbamos a pasar bien, que me hacían falta relaciones sociales, que no me comportara como el niño que era entonces…. Un pelma absoluto, un par de llamadas cada día hasta que, al final, acepté a regañadientes, confiando en tener algunos días de paz.

Y llegó el día. Dudé sobre cómo vestirme y finalmente decidí que sería formal pero casual. Era verano, así que elegí una camisa  azul claro, fina, de manga larga; unos chinos beige claro y unos zapatos, entre náuticos y formales. Acabé con una chaqueta ligera azul marino y unas gotas de Noir.

Había quedado con Alberdi a las ocho pero llegué con mucho adelanto. Me senté en una terraza y pedí un café con hielo. Le vi nada más torció por la esquina. Me alegré de que viniera, sería un escudo entre ella y yo porque, a mis años, seguía teniendo una inquietud impropiamente infantil ante la cita. Mi amigo venía elegantemente vestido y sonreía. Cuando ya estaba sentándose en mi mesa, hizo una mueca de extrañeza.

- ¿Y eso? – me preguntó.
- ¿Qué? – contesté.
- ¿Desde cuándo te has dejado barba?












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