19/3/26

Feliz cumpleaños

 



Ferdinand, aquella tarde de marzo, sentado ante la mesa con un papel en blanco y un bolígrafo de esos de cuatro colores delante de él, estaba a punto de darse por vencido. Afuera llovía con esa delicadeza temerosa que tiene la lluvia cuando no se decide a ser tormenta.

Había amanecido con la intención de escribir la carta. Pero, la voluntad de seguir se había esfumado al poco rato, tras un montón de frases esbozadas y no acabadas, tachadas por ridículas o carentes de inspiración. Al parecer, la imaginación se le había secado. Sesenta y ocho años eran muchos y el cuerpo lo sabía antes que la mente. Dio la luz pensando que no le venían las ideas porque no veía bien la cuartilla y su vista ya no negociaba con los contrastes. Tonterías. Lo que no sabía era qué decir.

Pero mañana era el cumpleaños de Laura. Tenía que enviarle una carta. 

Escribió su nombre en la esquina superior del papel. Laura. Lo miró. Lo tachó. Lo volvió a escribir más abajo, como si la posición en la página pudiera cambiar el peso de lo que venía después. Y después no vino nada.

¿Cómo se le escribe a alguien que ya lo sabe todo? 

Habían sido presentados en el verano del ochenta y seis, en una oficina mal decorada con moqueta oscura y algo húmeda, muebles ya desfasados para la moda de aquellos años, y un par de cuadros de paisajes indefinidos colgados de una pared. Ferdinand tenía veintiocho años y vestía ropa un tanto anticuada para su edad. Laura tenía la misma edad y resultaba interesante a primera vista. Las primeras frases que se dijeron podrían ser un buen inicio para la carta, pero no las recordaba. Tan sólo le venía a su mente la ilusión y la vida que emanaba de su mirada y su sonrisa, su entusiasmo juvenil, casi ingenuo, sus ganas de comerse el mundo; la instantánea empatía que sintió, algo irracional si uno lo piensa bien, porque no puede uno simpatizar con otra persona así sin más, de sopetón. Estas cosas deberían llevar su tiempo porque de lo contrario, y tal como fue, es como un tsunami de devoción que lo cambia todo. La cuestión es que siempre hubo química. Ni idea del porqué. Cuando Ferdinand intentaba recordar cuándo exactamente Laura había dejado de ser una conocida para convertirse en algo sin nombre preciso, no encontraba el momento. La amistad verdadera no tiene momento. Aparece como surge la luz en las mañanas: sin que nadie encienda nada. Y, entonces, uno siente que siempre ha estado ahí, que uno nació con ello, que no hay historia previa. Cuarenta años no caben en una hoja de papel y además, para qué intentarlo si todo está ya escrito en los recuerdos de casi quince mil días. Todo estaba ya dicho en los ocho lustros. En cada conversación a medias, en cada silencio que no necesitaba explicación, en cada  ¿te acuerdas cuando…?,  en frases que no precisaban terminarse porque el otro ya estaba sonriendo. La carta entera estaba en el hecho de que él estuviera allí, un día de marzo, intentando poner en palabras algo que no necesitaba expresarse.

Tomó la pluma y escribió: Querida Laura, hoy es tu cumpleaños y quería decirte…

Se detuvo.

¿Quería decirle qué, exactamente? ¿Que la apreciaba infinitamente? Demasiado poco. ¿Que era la persona que mejor le había comprendido nunca? Sonaba excesivo por muy cierto que fuese. ¿Que había días en que su consejo había sido suficiente para dormir tranquilo? Le parecería exagerado, aunque no lo fuera. ¿Hablar de complicidad? Una palabra demasiado pulida. ¿De su eterno apoyo?  Le recordaría a una columna arquitectónica o a un trámite gubernamental. ¿Qué le había regalado la amistad más importante de su vida? Eso, pensó, era lo más cercano a la verdad, y también lo más imposible de escribir sin parecer repipi. Pero es que, de verdad, qué jodido es escribir a alguien que lo sabe todo de ti. Es como buscar un regalo para un millonario. 

¿Cómo se le escribe a alguien que ya lo sabe todo de uno? 

Porque Laura había estado en todo. En los momentos duros, en los alegres, en las cuitas difíciles, en los viajes, en las lecturas, en los conciertos compartidos, en los apuros, en los éxitos, en los fracasos, en los valores de su existencia. Siempre le había fascinado la forma de ver el mundo que ella tenía. Era la que le hubiese gustado poseer a él aunque jamás había tenido ni la sabiduría ni el arrojo para construirla. Así que pronto supo que era más fácil preguntarle, escucharle y dejarse llevar por sus consejos, siempre precisos, siempre acertados, que buscar la solución por sí mismo. Se había sorprendido durante todos aquellos años de lo sencillo que era hablar con ella hasta de lo más íntimo, sin que jamás hubiera juicios, moralina o reproches. Como no había, tampoco, halagos falsos, lisonjas o adulaciones. La había dicho siempre la verdad honesta y, fuera cual fuera, a favor o en contra, siempre sonaba bien, siempre encajaba de manera natural y evidente; siempre encontraba la frase apropiada, la que ayudaba a verse a uno mismo en un espejo fiel y a refrenar las estupideces que él en solitario hubiera cometido. Una ayuda así era inestimable, poderosa, impagable.

Cuatro décadas de cumpleaños recordados, de risas comunes, de miradas cómplices, de mudanzas vitales codo con codo, de disgustos compartidos a medias para que pesaran menos. De conversaciones que empezaban hablando de cualquier cosa y terminaban, sin saber cómo, en lo más hondo. De silencios que no incomodaban porque con Laura el silencio también era una forma de compañía. Cuatro décadas no son solo tiempo; son una acumulación de sedimentos, una geología de cenas compartidas, crisis de ansiedad, ilusiones,  esperanzas y, con el lento desmoronamiento de las ambiciones juveniles, construir la madurez y la vejez soportándose el uno al otro. Lo que habían compartido no era ostentoso sino que era más parecido a las venas que nos recorren el cuerpo: apenas visibles, sin notoriedad, difíciles de distinguir pero fundamentales, necesarias, imprescindibles para lo que uno es.

La amistad, pensó Ferdinand, es la única institución que no requiere contratos y que ofrece los intereses más altos en forma de recuerdos compartidos. Es una geografía común. Conocían los mismos baches en la carretera, las mismas estaciones, los mismos problemas laborales, las mismas emociones, y ambos sabían que su mapa era el mismo. Esa era la magia: ser el testigo de la vida del otro. Laura era la guardiana de su cronología. Si ella se olvidaba de algo, ese algo dejaba de existir.  Sintió una oleada de gratitud, de admiración, que le oprimió el pecho, no como un ataque, sino como un abrazo. La lealtad eterna no es un gran gesto heroico bajo la lluvia; es la acumulación de pequeñas decisiones diarias de no irse, de no juzgar, de seguir escuchando la misma anécdota por décima vez solo porque el otro necesita contarla. 

Ferdinand dejó el boli sobre el papel. Se levantó, fue a la ventana, miró la lluvia que caía con languidez. En la calle, un hombre paseaba a un perro con paraguas y sin prisa, y los dos parecían conformes con el agua y con el atardecer.

Pensó en la última vez que habían comido juntos, hacía tres semanas. Ella se había encargado de preparar los platos, y Ferdinand la había felicitado y halagado y Laura había dicho: Ferdinand, no seas moñas que nos conocemos de siempre, y los dos se habían reído como se ríen las personas que comparten un idioma que nadie más habla.

Eso. Eso era lo que quería escribir. Ese idioma.

Pero el idioma no cabía en papel.  

Volvió al escritorio. Miró la hoja. Miró el nombre de Laura, escrito sin nada más a continuación. Cogió el bolígrafo y, debajo de su nombre, escribió una sola línea.

Gracias por no tener nada que decirte. Feliz cumpleaños.

La dobló en dos. La metió en el sobre. Escribió su dirección de memoria, como se escribe la de uno mismo.

Y supo, mientras pegaba el sello, que era la carta más larga que había escrito en su vida. 




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