3/12/14

Garano, el viajero del mar






Garano, el viajero del mar, es un relato digital escrito y programado por Félix Remírez (2014). El código es HTML5 y utiliza la técnica del parallax para ir mostrando las sucesivas pantallas, una combinación de los capítulos en texto del relato e imágenes relativas al mismo, así como pequeños videoclips. Por encima, el sonido perenne del mar.
El usuario puede navegar a través de la historia bien sea usando la barra de desplazamiento lateral o bien sea saltando a un capítulo anterior o posterior con el menú superior. Está probado en Internet Explorer y Chrome. Se recomienda la máxima resolución posible. Para que el sistema de navegación funcione debe autorizarse al navegador a procesar contenido activo (JavaScript).
Amén de ser un relato corto sobre la historia de Mitchell y Garano, la historia narra también la vida que hace sólo algunas pocas décadas tenía el pueblo bajau, los gitanos del mar como en ocasiones son denominados.

Funciona con IE y Chrome. Con Safari, pueden no verse las fotografías si la versión es antigua y, particularmente, anterior a la 5.0.

El relato comienza:
Llevaba ya más de cuatro meses navegando con Garano cuando la silueta de una patrullera, con casco de acero brillante y una ametralladora en proa, apareció al nordeste. Una columna espesa de humo indicaba que se acercaba a buena máquina directamente hacia nosotros. Siguiendo la inflexible ordenanza naval, un marinero nos enviaba señales luminosas aun a sabiendas de que ninguno de nosotros podía entenderlas. El barco sólo aminoró la marcha cuando estaba ya muy cerca, de modo que las olas que provocaron sus hélices podrían habernos hecho volcar si las batangas no hubieran atemperado el movimiento. Reconocí a Paot apoyado en la amura de estribor. Estaba serio y yo sabía el porqué. Nos lanzaron un cabo que utilizamos para abarloar las dos embarcaciones.
      - Estamos muy inquietos – Paot hablaba casi gritando desde lo alto de la borda- , nosotros y su compañía. El tiempo apremia, señor Mitchell y nuestra paciencia tiene un límite. Estamos hablando de dinero y el dinero es impaciente. Usted, mejor que nadie, debería de saberlo.
      - Estoy trabajando, se lo aseguro – le contesté sin mucha convicción, algo que un hombre de su experiencia detectó enseguida.
      - Le traigo una carta de sus directores. Léala detenidamente y actúe, Mitchell. Yo no sé escribir, se me dan mal las explicaciones. Lo mío, ya lo sabe, es la acción y si no fuese por la política le explicaría cómo resolver este asunto – miró descaradamente hacia la ametralladora.
      - Pero su gobierno y mi empresa piensan de otro modo- contesté secamente, desafiándole con la mirada.
      - Sea rápido- dijo, y con un gesto hizo que la patrullera arrancase sus turbinas.


Nuevamente, la fuerza de aquellos motores zarandearon nuestra barca hasta que la quietud del mar volvió a acunarnos. Miré a Garano que me observaba atento.
      - ¿Problema? – preguntó con ingenuidad.
      - Nada, nada, gestiones con mi pasaporte – repliqué.
Me senté a proa y dejé pasar un tiempo prudencial hasta que mi amigo volvió a centrarse en la pesca. Entonces, abrí la carta que me había entregado Paot. La misiva provenía de mi compañía y me llamaba a cumplir mi misión empresarial, recordándome que estaba allá a gastos pagados para trabajar y no para disfrutar de unas vacaciones, aunque la realidad era que no había gastado ni una sola libra. Me decían que el gobierno filipino podía contactar con otras empresas y que perder aquel negocio sería muy perjudicial para nuestros intereses. Herschell se estaba impacientando y yo me estaba dejando llevar por la magia infantil de lo bucólico. Me dije a mí mismo que todo era un espejismo, que Puba y Noki debían ir a la escuela, tener un futuro, que podíamos traer desarrollo y divisas a las islas, que el progreso debía ser imparable. Traté de convencerme de que mi misión era realmente salvadora porque de no tener éxito dejaría vía libre a individuos como Paot.
La tensión acumulada por el dilema que me había atenazado aquellas semanas me abrumaba. Ser fiel a Garano, a su familia y a su pueblo o conservar mi empleo. En realidad, a estas alturas, ya sabía que el dilema lo tenía conmigo mismo. Ser fiel a Garano era ser fiel a mí propio ser.