The British Library permitirá la descarga gratis de libros clásicos digitalizados. En concreto, 65.000 obras en lengua inglesa del siglo XIX de autores tan afamados como Charles Dickens, Jane Austen o Thomas Hardy. Muchas de estas obras están ya disponibles en la Red de manera gratuita pero la gran novedad es que la nueva oferta permitirá leer las páginas escaneadas de los libros originales. Adicionalmente, será posible comprar versiones impresas de esas obras a través de Amazon. Próximamente, el proyecto digitalizará también obras de los primeros años del siglo XX cuyos derechos han caducado ya.
domingo 7 de febrero de 2010
Literatura clásica inglesa
The British Library permitirá la descarga gratis de libros clásicos digitalizados. En concreto, 65.000 obras en lengua inglesa del siglo XIX de autores tan afamados como Charles Dickens, Jane Austen o Thomas Hardy. Muchas de estas obras están ya disponibles en la Red de manera gratuita pero la gran novedad es que la nueva oferta permitirá leer las páginas escaneadas de los libros originales. Adicionalmente, será posible comprar versiones impresas de esas obras a través de Amazon. Próximamente, el proyecto digitalizará también obras de los primeros años del siglo XX cuyos derechos han caducado ya.
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Literatura digital
OLED plegable
Samsung está desarrollando una pantalla OLED flexible que puede plegarse y doblarse como un papel, una de las características más complicadas de igualar respecto al papel tradicional. La tecnología está aún en desarrollo pero puede aparecer – para pantallas de pequeño tamaño- este mismo año. En este vídeo puede verse una demostración muy interesante.
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Literatura digital
Todo va bien
Sorbió despacio un café cargado de achicoria, sentado en la silla de madera ajada y con la vista perdida en el amanecer que despuntaba entre columnas de humo gris que ascendían formando remolinos. Había oído las explosiones muy, muy lejanas, a media noche pero no se había inquietado. Ya estaba acostumbrado después de tantos años. Sí, recordaba que tiempo atrás el estruendo de las bombas y el temblor de los cristales le angustiaban. Permanecía despierto en la oscuridad de la habitación porque estaba severamente prohibido encender cualquier tipo de luz. Por entonces, rezaba y temblaba, en parte por el miedo, en parte por el frío. Ya no. Qué importaba ya.
Tomó el gabán. Marengo y lleno de unos brillos que el uso diario acrecentaba cada jornada. Debía apresurarse. El camión salía a las ocho y si se retrasaba acabaría en la prefectura o, peor aún, en las trincheras que se extendían por la ladera de las montañas, un poco más acá de donde surgían las burbujas de llamas y metralla.
Bajó a la calle. Era una mañana fría y ventosa. Tuvo que sortear unos escombros que se habían acumulado cerca del portal. Se cubrió la cara con la mano para evitar que el polvo se introdujera en sus ojos. Afortunadamente, el viento era del norte. De ese modo, la radiación no escaparía de la zona de guerra. Se preguntó cómo sería aquello. Había escuchado historias horribles, tan estremecedoras que prefería pensar que eran exageradas. Recordaba que, al principio, cuando la guerra civil se desató en las provincias centrales – veinte años hacía ya – columnas de jóvenes voluntarios se dirigían desfilando al frente, cantando canciones patrióticas y marcando el paso con ímpetu. Era un conflicto menor, dijeron. Apenas cuatro regiones del inmenso país se hallaban en conflicto. El resto se encargaría de digerir aquel tumor. El gobierno desechó la intervención internacional. Era un asunto interno y como tal habría de resolverse. Un año después, cuando vieron la primera sombra en forma de hongo, el mundo se tornó inhóspito. Cómo los sublevados habían llegado a domeñar la tecnología no se sabía. El ejecutivo fue rápido. Creo un cordón de seguridad alrededor de la guerra y las provincias rebeldes quedaron confinadas dentro del perímetro de contención. Pensaron que pronto se asfixiarían sus reservas y, al cabo, si querían matarse dentro mejor para el resto. Un problema resuelto. Dos décadas después la guerra continuaba y no tenía visos de finalizar pronto. Pero el país no podía aceptar su incapacidad para dar fin a aquello ante el mundo. Se había dividido el territorio en tres zonas estrictamente delimitadas y vigiladas. Primero, el terreno en conflicto, el infierno, donde la muerte engullía a miles cada día. Rodeándola, una zona tampón que ocupaba casi toda la nación en donde se había instaurado una economía de guerra, con toque de queda diario, con un severo régimen policial y cuyas industrias, habitantes y recursos se dedicaban a alimentar el esfuerzo bélico. Prohibida la entrada a cualquier extranjero, prohibida la radio, prohibida Internet, prohibido que cualquier extranjero siquiera se acercara, prohibido todo. Escasez de todo. Ausencia de todo, incluso de futuro. Y, por último, el reducido perímetro exterior junto a la costa, en donde el gobierno se esforzaba en mostrar que nada ocurría. Los hoteles de la playa se llenaban de turistas y la televisión, que sólo se veía allá, hablaba de la buena marcha del país, de cómo las provincias rebeldes estaban apaciguadas y mostraban imágenes de ciudadanos satisfechos y felices que se dedicaban a sus vidas en paz. Por supuesto, la sede gubernamental se hallaba junto a la costa.
Subió al camión y media hora después llegó a su puesto de trabajo. Comprobaron su identidad y entró en el edificio atendiendo a no perder el paso y la distancia de dos codos con sus compañeros anterior y posterior. Volvieron a cachearlo y verificar quién era. Por fin, se sentó en su mesa. El ordenador ya estaba encendido y su pantalla mostraba un mensaje que avisaba que cada tecla era memorizada, que todo aquello que hiciera, escribiera o leyera sería monitoreado. Se puso a la tarea. La misma a la que se había dedicado durante los últimos tres años y la que le había librado de tener que marchar al frente. Leyó los papeles que le habían dejado junto al monitor. Noticias, todas ficticias, que debía introducir en un blog, también inventado. Su rol era ser un joven de veinte años, feliz estudiante de arquitectura en una universidad del centro del país, que posteaba con entusiasmo acerca de lo bien que vivía. Tecleó la primera información y la envió al blog y a twitter. Comprobó con satisfacción que otros internautas de Europa y América le saludaban y le preguntaban si ya había aprobado las matemáticas. Contestó que sí e inventó que el profesor era demasiado severo. Hacía muchos años que no había profesores de universidad pero eso no se sabía fuera del país. Estuvo a punto de escribir algo incorrecto pero un comisario se le acercó y continuó posteando buenas noticias.
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Relatos breves
Tecnología IFSR
Amazon ha absorbido la pequeña empresa Touchco (más que comprado, ya que Touchco como tal dice haber salido del mercado en su web) que está desarrollando pantallas multitáctiles y en color en base a la tecnología IFSR (Interpolating Force-Sensitive Resistance). La empresa de Nueva York experimenta con dicha tecnología que permite fabricar pantallas LCD táctiles que aceptan varias interacciones simultáneas (por ejemplo, varios dedos de la mano o varias manos a la vez) y que incluso pueden distinguir las diferentes presiones con las que se efectúan los contactos. El movimiento parece indicar que la nueva generación de Kindle olvidará la tecnología de la tinta electrónica y se decantará o bien por estas LCD flexibles y táctiles a color o por la tecnología Mirasol
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Literatura digital
sábado 6 de febrero de 2010
Short Cuts
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Literatura digital
viernes 5 de febrero de 2010
Lector dual
EnToruage eDGe es un lector de libros digitales de dos pantallas, una de 10.1”, LCD a color y de alto consumo y otra de tinta electrónica de 9.7” para leer libros. Así, este lector no sirve sólo para leer texto sino que sirve para ciertas funciones propias de un ordenador. Para ello incluye el SO Android, dispone de webcam y micrófono para grabar audio y vídeo. La batería llega a durar hasta 6 horas en modo LCD y una semana si se usa la tinta electrónica.
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Literatura digital
El dios de Armani
Cada semana – los jueves, a fuerza de ser precisos- quedo con mis amigas para almorzar en el centro. Salimos petadas de la oficina en cuanto suena la una y regresamos a las tres menos uno, que es la hora límite para fichar. Hoy es jueves y son las siete, pero aún no he regresado al trabajo.
Ha sido un arrebato, lo reconozco. Uno de esos tontos subidones de hormonas. Será por la primavera. O porque las sábanas se tornan cada vez más frías y ya no se percibe apenas el aroma del Man’s Spezias que él usaba. O porque lo bello hay que saber apreciarlo allá donde una lo encuentre. Quizá porque el gin tonic estaba demasiado cargado. Mira, yo qué sé. Me da lo mismo. Qué caramba. Firmo la declaración y corro a casa, me tomo dos aspirinas y me meto en la cama para olvidar este día.
Ya se lo he explicado al inspector. He comido con Margot, Julie, Susan y Pat que, por cierto, estaba insoportable con lo de su divorcio. Que si quiere volver, que si es mejor volver a intentarlo, que sabe que Ronny aún la quiere. Nos ha dado el sushi. Y es que se han empeñado en comer en el japonés de la sexta con la treinta y seis. A mí, la verdad, no me hace tilín el sentarse en el suelo, comer pescado crudo y aclararse la garganta con licor de arroz. Mira, ahora que lo pienso, quizá todo haya sido culpa del sake ese. Sí, eso lo voy a añadir a la declaración. Un atenuante, seguro.
Bueno, el caso es que nos hemos comido el sushi, el futomaki y otras cosas de nombres impronunciables mientras poníamos a caldo a nuestros jefes que, como es bien sabido, son perversos por el sólo hecho de serlo. Para cuando nos hemos dado cuenta eran las dos y media, así que hemos pagado a todo correr, les he dado un beso a todas y he corrido al metro, a ver si pillaba el de menos cuarto.
Le he visto entonces. Una visión de esas que te alegra el día, de cuadro de Botticelli, de anuncio de calzoncillos ceñidos, de calendario de bomberos. Estaba en el andén, distraído, con unos auriculares chiquitines en las orejas. Qué orejas, por cierto. Es lo primero en que me he fijado. Tentadoras. Llamando a ser mordisqueadas en una cama revuelta de amores.
Y todo lo demás no le iba a la zaga. Camisa de Armani y pantalones bien planchados. Zapatos de ante, marrones. Cinturón de Gucci de esos con hebilla de dos palmos. Y un trasero que estaba llamando a ser admirado. He tenido ganas de correr al aeropuerto, pedir prestado uno de esos escáneres de cuerpo entero que hay ahora y hacerle pasar al hombre un par de veces. Más que nada para comprobar que lo que imaginaba estaba realmente allí. Le he mirado. Me ha mirado. Le he vuelto a mirar. Me ha vuelto a mirar y en ese instante – y este ha sido el momento clave como le he contado al inspector- me ha sonreído el muy diablillo. No lo he podido resistir. Me he acercado y, ¡plaf!, las dos manos en el trasero. Ha sido un impulso. Inevitable. Nunca me había pasado una cosa de estas. Se las he puesto bien puestas y estaban como imantadas. No las podía soltar.
El tipo se lo ha tomado mal. O quizá ha sido tanta la sorpresa para él que no ha sabido cómo reaccionar. Ha gritado un ¡quién se cree que soy, señorita! y se ha retirado haciendo aspavientos mientras unos doscientos ojos me miraban y unas cien bocas se sonreían.
Ha sido mala suerte. Quién iba a pensar que justo al lado iba a estar uno de esos policías de paisano que vigilan los andenes. Me ha cogido del brazo y ha llamado por señas al dios vestido de Armani. El comisario lo ha calificado de acoso indecoroso en vía pública, el muy culipedorro. ¿Quiere poner una denuncia? le ha preguntado. El otro ha balbuceado algo ininteligible pero el inspector ha pensado que era mejor aclararlo en privado.
Total, que me han llevado a la comisaría. Nada grave, me aseguran. El dios se ha marchado enseguida. No ha puesto una denuncia ni nada. Ha dicho que no tenía importancia, que sólo ha sido la sorpresa, que incluso se sentía halagado, que eso no les pasa a los tíos. Me ha sonreído. Le he sonreído. Me ha deseado suerte y se ha despedido con un “nos vemos”. Le han dado unas palmadas en el hombro al salir como si saludaran a uno de esos quarterbacks que acaba de hacer ensayo. Luego ha habido que hacer un papeleo, me han escaneado las huellas de los dedos y un par de fotos. Me han hecho soplar en el alcoholímetro y, claro, entre el sake y el gin tonic la agujita ha marcado más que mucho. Así que me han hecho quedarme un rato acá hasta que el chisme ese marque otro numerito. Han pasado ya diez imbéciles por delante con cara de becerros en celo y neuronas llenas de testosterona.
Antes me han dejado sola un rato y he leído el acta. Sin cargos. Estaba el nombre del dios de Armani. John. Y su teléfono. Lo he apuntado. Luego, cuando salga, le voy a llamar. Quién sabe lo que trama el destino.
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