25/7/16

Dispensador de relatos en San Sebastián




El año pasado, ya nos hicimos eco de los dispensadores de relatos instalados en Grenoble, una iniciativa pionera que buscaba aproximar la literatura a los ciudadanos. La idea ha sido transferida a muchos lugares y, ahora, llega a San Sebastián.

Kultur Dealers es el proyecto presentado para Donostia por el diputado de Cultura de la Diputación, Denis Itxaso,  por el que se instalarán seis máquinas expendedoras en la ciudad, a partir de octubre. Se espera que posteriormente se instalen también en otros municipios de la provincia. Las máquinas serán gratuitas y dispensarán micro relatos (de hasta 2000 caracteres) o aforismos, en castellano y en euskera. 

Es muy interesante el hecho de que todos los ciudadanos pueden proponer relatos y textos a incluir en dichas máquinas. Los que deseen participar pueden enviar sus propuestas a esta página. Un jurado hará una selección y finalmente dos escritores de prestigio decidirán los finalistas que llegarán a las máquinas. Los aforismos serán seleccionados por representantes de las librerías donostiarras.  


24/7/16

Proyecto de investigación sobre literatura digital





Las universidades Bath Spa de Birmingham y la West of England han creado un proyecto de investigación sobre literatura digital de dos años de duración, bajo el nombre de The Ambient Literature. Financiado por el Arts and Humanities Research Council, los tres escritores que sean seleccionados podrán trabajar en la creación de literatura electrónica expandiendo las fronteras de la narración usando medios digitales. 

Más información en este enlace.


23/7/16

Amazon Noir




Amazon Noir fue un proyecto realizado en el 2006, a medio camino de la  legalidad, por el que se utilizaban robots informáticos que engañaban a los portales de venta de libros, particularmente Amazon, para ir descargando pequeños trozos de los libros usando la opción de leer algunas páginas que ofrecen, de modo que tras unas decenas de miles de "asaltos", se descargaban todas las páginas que, luego, eran recompuestas en un único fichero.

El proyecto dirigido por Alexandro Ludovico y Paolo Cirio acabó casi en los tribunales.

Más información en este enlace.


Construyo ferrocarriles, busco alguien que me contrate



Trailville apenas tenía diez calles, un motel  y dos tabernas cuando,  en noviembre de 1864, llegué contratada por la Central Pacific para trabajar en la construcción del transcontinental. Recuerdo el pavor que me atenazó el corazón al ver, por primera vez en mi vida, toda la tierra cubierta de blanco y las montañas imponentes de Sierra Nevada pintadas de hielo frente a mí. Me pregunté qué hacía allí, en medio de una nada a la que llamaban California, dispuesta a engañar a todos y realizar un duro trabajo para el que no podía estar dotada. Mis dudas se disiparon pronto al recordar Wuhao-Pu, sus campos quemados, la muerte de mi familia y la hambruna que siguió. Sí, había perdido la cordura, pero no cabe sino la inconsciencia y la locura cuando una ya no tiene un hogar. Me arreglé el abrigo para disimular mis formas que había de ocultar a cualquier precio.

- ¿Nombre? – preguntó el capataz, un tipo grueso, con escaso pelo y manos que denotaban que había trabajado duro en el pasado. Un compatriota me tradujo la pregunta.
- Tao Li – respondí. Mentí y di un nombre de varón. Mi verdadero nombre, Mai Ling, me hubiera delatado ante el chino traductor.
- ¿Edad? 
- Diecinueve – repuse.
- ¿Enfermedades? – el traductor me miró como si estuviese seguro de que debía padecer varias dado mi aspecto enclenque.
- Ninguna – contesté con decisión.
- Veintiocho dólares por mes. Firma aquí – el hombre me extendió un papel sin mirarme siquiera.

Di mi aprobación con un garabato, sin entender una palabra de lo que estaba escrito en el documento, apremiada por el traductor. Me quedé mirando a los dos hombres que se hablaban entre sí hasta que el jefe se percató de que continuaba allá y me gritó:

- ¡¿Qué esperas?!, … barracón 15, cuadrilla 23. ¡Largo! – y el traductor repitió aquello en chino con el mismo tono de enfado que el americano.

El campamento de los trabajadores chinos se extendía a las afueras de Trailville, en un entramado cuadriculado en el que se mezclaban sin orden las barracas con los espacios abiertos donde se comerciaba con todo. Tuve suerte. La casa que me asignaron estaba relativamente limpia y, al situarse hacia el centro del complejo, se sentía menos el viento helado que llegaba de las montañas. Compartía el habitáculo con doce hombres más.  No había muchas comodidades. Apenas las literas y una mesa al fondo con sólo seis sillas en las que se sentaban los primeros que llegaban o los más fuertes, de modo que a mí me tocaba casi siempre descansar sobre el suelo. Una estufa de carbón servía para atemperar el frío del riguroso invierno de la sierra. Tres lámparas de grasa iluminaban la estancia cuando anochecía y una alacena en un costado almacenaba los pocos enseres que teníamos. Las herramientas se guardaban, cada atardecer, en un depósito central custodiado por hombres armados y, aunque no había toque de queda, era mal visto permanecer fuera a partir de las nueve. Cualquier pelea era castigada con una multa de diez dólares y si pillaban a alguien borracho, subía hasta veinte dólares, casi todo el sueldo mensual. Con todo, los incidentes eran escasos en nuestro campamento, no así en el de los irlandeses a una milla hacia el norte. Quizá fuera por eso que la Central  Pacific reclamaba más y más trabajadores chinos ya que, según se decía, éramos dóciles, cumplidores y valientes. Incluso, corría el rumor de que uno de los dueños de la concesión ferroviaria, Charlie Crocker, había insistido en ofrecer puestos de trabajo a los chinos porque él los había conocido bien cuando vivía en California y el gobernador Stanford había estado de acuerdo en conceder los permisos a la vista de los accidentes que ya habían ocurrido.

Durante meses, todo fue nuevo para mí, todo desconocido. Ya en los primeros días, mis manos se llenaron de llagas después de horas de batear el balasto. Cada tarde, mis huesos me dolían y mis músculos se apelmazaban de tanto cargar durmientes y railes, a razón de 15 hombres por raíl. Era un trabajo fatigoso y esclavo pero, sin embargo, me maravillaba ver cómo las locomotoras llegaban hasta el final del vial construido, con su humareda blanca saliendo desatada por la chimenea, el pitido del silbato y el traqueteo quejumbroso de las bielas al desplazarse y las ruedas al girar. Me llevó meses comprender el mecanismo que movía aquellas moles y me fasciné comprobando cómo sólo dos maquinistas manejaban las complejas máquinas

No hablábamos mucho entre los compañeros. Estábamos demasiado cansados para hacerlo. Como mucho, algún atardecer, Feng Ju nos cantaba alguna canción tradicional y compartíamos dulces con motivo de alguna celebración. El resto era despertar antes de salir el sol, ir al comedor para tomar el desayuno, trabajar hasta las ocho de la noche, con una breve parada para el almuerzo, asearse cuando el frío nos dejaba hacerlo, cenar a toda prisa y acostarnos para recomenzar al día siguiente.  A Trailville sólo nos acercábamos para comprar algunos víveres. Yo, sin familia a la que enviar el dinero, me gané pronto a los compañeros de barracón, siempre escasos de recursos, prestándoles algunas monedas o comprándoles tabaco como regalo. Ninguno sospechó jamás que yo era una mujer.

Pronto me las arreglé para hablar y comprender el inglés, aunque en realidad allá chapurreábamos  una mezcla de varios idiomas, en un batiburrillo de sonidos sin ton ni son pero suficiente para comer, comprar, vender y entender las instrucciones del trabajo.

- Prepárate para subir a toda velocidad, Tao – Robert me miró y me sonrió con aquella expresión que me hacía remover algo en mi interior.
- Te apuesto un dólar a que llego antes- contesté, asiéndome a la soga que colgaba desde cuarenta metros arriba.
- Los chinos sois unos chulos- replicó él sin dejar de sonreír- , sabes que no tienes ninguna posibilidad.

Por mi tamaño menudo y mi agilidad – no podían imaginar la auténtica razón por la que  mi cuerpo era más grácil que la del resto de  los hombres- me habían adscrito al desmonte de las laderas. Era un trabajo peligroso, probablemente el  de más riesgo, pero mentiría si dijera que no me atraía y era mucho mejor que acarrear railes o travesaños. Podía sentir la emoción de cada desmonte y me sentía viva, tan viva como jamás había estado antes. Alguna noche, tumbada fuera de la barraca, mirando las estrellas, me preguntaba si yo que había nacido para sumisa esposa no acabaría descubriendo un mundo nuevo.

Cruzar las montañas entre California y Nevada no era cuestión sencilla. Los ingenieros decían que los túneles no serían seguros en algunos tramos y en otros, pura roca de cordillera, extremadamente costosos de perforar. La nieve bloquearía las entradas y los viaductos de madera que habría que construir entre pendiente y pendiente podían derrumbarse con el deshielo y los torrentes de la primavera. Así que la Central Pacific había elegido la solución más barata y más segura para ellos, la más arriesgada para nosotros. El tren recorrería las laderas de las escarpadas montañas, contorneándolas, en un viaje lento y sinuoso. El problema era que las laderas de las montañas no tenían pistas donde colocar las vías y era preciso crearlas.

La técnica era tan elemental como peligrosa. Nos descolgábamos ladera abajo con sólo un arnés en nuestra cintura, más bien una especie de cestillo donde nos sentábamos precariamente,  y la espalda cargada con una mochila con cincel, martillo y explosivos. Las pendientes eran casi verticales de modo que pendíamos de las cuerdas a unos 50 o 100 metros de la cima y, allí, picábamos agujeros en la roca. Luego, introducíamos los cartuchos y prendíamos una larga mecha. Era entonces cuando llegaba el gran problema de verdad. Había que subir a toda velocidad, trepando por la cuerda mientras a nuestros pies la llama se aproximaba a la pólvora. Debíamos estar arriba antes de que estallara y los pedruscos que salían despedidos nos mataran.  El confiar en que los de arriba tiraran con la rapidez suficiente no era nada seguro, así que preferíamos depender de nosotros mismos. Al principio, habían probado con hombres fuertes y musculosos que, en muy poco tiempo, perforaban la piedra a gran profundidad lo que permitía introducir más explosivo. En pocas semanas, muchos de ellos murieron por no poder ascender a tiempo con la suficiente rapidez, de modo que los capataces decidieron dar un vuelco a la técnica y eligieron a los más livianos para bajar. Cierto era que nos costaba más hacer los agujeros y que estos admitían menos explosivos pero subíamos muy rápido y podíamos repetir la operación muchas veces durante el día porque sobrevivíamos. 

Recordé cómo había llegado a ser barrenadora.

- Necesito voluntarios que sean pequeños y poco pesados, 100 libras como mucho, para perforar la montaña – había gritado Kurt, el capataz alemán que nos había tocado en suerte-. No voy a engañaros, la cosa es jodida, peligrosa pero la Central Pacific pagará 45 dólares al mes al que quiera hacerlo. Y ración extra de whiskey.

No lo pensé dos veces y di un paso al frente. Qué me movió a hacerlo, no lo sé. Quizá el cansancio de cargar y descargar material; o la emoción de colgarse de una ladera; o un inconsciente deseo de encontrar una muerte honrosa; quién sabe. Sea lo que fuera, hoy, cuando lo recuerdo, doy gracias al cielo de haber tomado la decisión, de  avanzar aquel paso frente al capataz. Otros diez o doce hombres se adelantaron conmigo y Kurt nos pasó revista como si fuésemos bichos raros. Al cabo, tras un silencio, nos aprobó a todos y nos mandó firmar en una hoja. El resto de trabajadores nos miraban como si estuviéramos locos de atar.

Haciendo este trabajo conocí a Robert. 

- ¿Listo? – volvió a preguntarme Robert- ¿prendo las mechas?
- Listo

Mientras escuchábamos el silbido de la llama que consumía  la cuerda, nos lanzamos hacia arriba. Ambos sin ayudarnos de los pies, sólo elevándonos con nuestras manos, a pulso, luchando para sobrevivir pero, sobre todo, compitiendo entre nosotros para ver quién llegaba antes.

- ¡Gané! – exclamé, justo un segundo antes de que un estruendo hiciera temblar la montaña y una lluvia de gravilla cayera sobre nosotros. 
- ¡Ha estado cerca!- Robert me extendió la mano - ¡Give me five, buddy!- me gritó como a un colega de toda la vida y yo choqué su mano con satisfacción.

Al principio, fue solo el compañerismo que crea el trabajar juntos de cara a la muerte, pero poco a poco comenzamos a compartir añoranzas y cuitas. Cada fin de semana, cuando los carromatos nos regresaban a Trailville, él no se quedaba en la habitación que tenía en el pueblo y venía conmigo a cenar el rancho chino y, luego, simplemente, charlábamos largo.

- No voy a ir nunca a tu país- me decía-, ¿pero cómo podéis comer esto?
- ¿Y vosotros? Desayunar gachas y comer manteca… se ve que acabáis de llegar a la civilización, no como nosotros que llevamos cinco mil años de existencia- le respondía yo. 
- Mira, ¿ves aquella estrella?- me preguntaba, más tarde.
- ¿Cuál?- decía yo.
-       Aquella, la que titila al norte, la más brillante.
- Sí, la veo- le confirmaba mientras fijaba mi vista en ella.
- Es la Polar- me explicaba-, por allá está Montana.
- ¿Qué es eso? ¿Qué es Montana?
- Donde yo tendré un rancho algún día – afirmaba él. – Nunca he estado pero me han contado que es hermosa.
- Pero eso debe estar muy al norte – respondía yo.
- Sí, y la nieve cubrirá los campos con 30 o 40 pulgadas, y yo cuidaré del ganado y encenderé fuego en la chimenea.

Y yo, que no sabía dónde estaba aquella tierra, ni había visto chimeneas, ni imaginaba cómo se cuidaban las vacas, sentía un irresistible deseo de acompañarle. Luego, de súbito, sacaba un cigarro y me invitaba a acompañarle y pasábamos una hora fumando tranquilamente, sin hablar más, sólo viendo cómo el humo movido por la brisa jugueteaba por entre el fondo estrellado de la noche. ¡Si mi madre me hubiera visto exhalar el humo del tabaco con aquel desparpajo! Quizá me veía, quizá alguna estrella de aquí era su mirada.

Yo, por mi parte, le contaba por qué había arribado a los Estados Unidos. La guerra había asolado Wuhao-Pu, mi aldea en la provincia de Guandong. Una noche llegaron los hombres de Ku Shi y no preguntaron. Sus jefes iban a caballo pero detrás venían los lanceros con gorros de colores, banderolas gigantes, arcos, flechas y tambores de guerra. Comenzaron a quemar las cabañas y a matar a quien corría para escapar. Nadie supo nunca el porqué del ataque. Quizá fuera porque meses atrás ayudamos a un herido de Yung Fao, su enemigo, o porque estorbábamos en el camino que sus caravanas con provisiones llevaban al frente o porque sus soldados deseaban el pillaje. Sea como sea, arrasaron todo. Yo, logré esconderme, viendo horrorizada cómo apuñalaban a mi madre y a mis hermanos sin que yo tuviera el valor de defenderlos. Jamás me lo perdonaré pese a que poco podría yo haber hecho frente a las hordas de Ku Shi. Cuando todo pasó, me encontré sola (dije “solo” para él, pues tenía cuidado en usar el género apropiado), sin recursos, hambrienta, atemorizada, deseosa de escapar de aquel país. Llegué a Cantón y allí escuché que se reclutaban obreros para ir a trabajar a un lugar muy lejano del que yo nunca había oído hablar, al otro lado del mar. No lo pensé, me disfracé de varón, me apunté, y lo demás él ya lo sabía. Quería huir de China, dejar atrás los horribles recuerdos, mi deshonroso comportamiento cuando mataron a mis seres queridos. Sólo eso, quería huir.

El invierno del 66 fue especialmente duro y el trabajo en las pendientes de Cape Horn peligroso y excitante. La nieve lo cubría todo y por la noche se helaba convirtiendo las laderas en trampas mortales al menor descuido. Los barrancos de aquel paraje eran hondos, sombríos, llenos de alimañas y, en su fondo, corría el río América, poco conocido hasta para los mismos geólogos que trabajaban con el ferrocarril. El trabajo era incómodo porque debíamos colgarnos con gruesos abrigos y guantes de lana que nos entorpecían. Las ventiscas nos sorprendían de repente y habíamos de agarrarnos a la roca para no salir despedidos.

- ¿Hay miedo, Tao? – me preguntaba Robert, socarrón, siempre con aquella sonrisa que sólo le abandonaba cuando se ponía melancólico pensando en Montana.
- ¿Miedo? Hemos construido la muralla en China, esto es una casita de cortesanas – contestaba yo, aguantándome el pánico que sentía en el estómago.

Habíamos dejado atrás las gargantas ignotas de Long Ravine y Secret Ravine, pero el paso de CapeHorn resultó más duro que lo que nunca pudimos imaginar. Robert y yo tuvimos suerte, nos amparó el destino, pero más de 300 compatriotas chinos perdieron la vida en el paso. En marzo nos pusimos en huelga y la empresa aceptó elevar nuestro sueldo, aunque nunca llegamos a tener el de los irlandeses.

Poco a poco, barreno a barreno, cartucho a cartucho, el ferrocarril avanzaba a través de Sierra Morena pero íbamos lentos, muy despacio en comparación con los de la Union Pacific que avanzaban a toda velocidad a través de las grandes praderas, de este a oeste, al contrario de la dirección en la que construíamos que nosotros.  

Llevaba ya más de tres años en una tierra que no era la mía, o quizá ya sí lo era. Llevaba ya dos años hablando cada día con Robert y me preguntaba cómo podía haber vivido antes sin conocerle.

El mes de julio, ya en 1868, colgábamos de Kelly Peak tras un descenso algo aparatoso por el fuerte y caliente viento que nos bamboleaba. La roca en aquella montaña era más dura que de costumbre, quizá granito que era lo peor que nos podíamos encontrar, y se nos terminaba el tiempo que nos habían dado para completar la perforación. El calor era sofocante incluso a aquella altura.

- Venga, prendamos ya – dijo Robert-, si no vamos a perder todo el día. Al menos, la pólvora removerá la pared y podremos poner otra carga dentro de una hora.

Asentí y miré hacia lo alto. Las cuerdas bailaban inquietas y el vendaval era cada vez más fuerte. 

- Comienza a subir, Tao- me hizo un gesto para que trepara- , yo enciendo y te sigo.

Le hice caso y le gané cuatro o cinco metros. No sé qué ocurrió, quizá las mechas no eran lo suficientemente largas o el viento cálido avivó demasiado las llamas y las hizo más veloces. Sea como fuera, justo cuando yo llegué arriba, la pólvora estalló y millares de trozos de roca salieron disparados en todas direcciones. Robert estaba aún abajo y una piedra veloz le golpeó en el pecho. Por un instante, se trastabilló, soltó sus manos y cayó hasta que el arnés le retuvo. Los hombres que guardaban las poleas tiraron con fuerza entre gritos de alarma pero más rocas le golpearon en cuerpo y cabeza. Fueron unos minutos de angustia en las que yo misma me sentí morir. Cuando, al fin, tumbaron a Robert en unas parihuelas, su aspecto me alarmó. La sangre le corría por todo el cuerpo y había perdido el conocimiento. Lo trasladamos en la calesa del  ingeniero hasta el campamento y le tumbamos en la cama de una habitación reservada para las urgencias. 

- Sólo Dios sabe lo que ha de pasar- me dijo el médico con una seriedad que vaticinaba lo peor – Al menos, hemos detenido las hemorragias. Si despierta, todo irá bien. Yo debo irme ahora pero avísenme si ocurre algo…. – titubeó- o no despierta.
- Yo me quedaré cuidándole- afirmé con tal rotundidad que todos los demás hombres que merodeaban por allá, se marcharon sin decir ni una sola palabra.
- Mójale la cara con agua regularmente para que la fiebre no le consuma – me recomendó el doctor- y empápale los labios con agua cada hora. Hace demasiado calor este verano. ¿Sabrás hacerlo, chino? – preguntó.

No le respondí pero mi mirada de ira fue suficiente para que el hombre reculara:

- Sí, creo que sabrás hacerlo.

Durante las primeras dos o tres horas, se acercaron algunos compañeros para interesarse por el estado de Robert pero, a medida que avanzaba la noche, todos se fueron a dormir. No era nada nuevo. Cada semana moría algún trabajador en la labor. Un raíl que les aplastaba, un remache que se le clavaba a alguien, infecciones, la nitroglicerina que empezaba a usarse que explotaba sin más ni más, cualquier cosa, la vida era frágil en el oeste.

A Robert le había bajado la fiebre y parecía reposar tranquilo. Yo, pacientemente, vertía gotas en sus labios y mojaba su frente con un paño de lino. Con un abanico hice que corriera algo de aire hasta que me agoté yo misma del cansancio y del sudor que me empapaba. Decidí refrescarme antes de que cayera desvanecida. Él dormía, parecía relajado, así que pasé al lavabo. Tenía las ropas mojadas, de modo que me quité la camisa y las vendas con las que apretaba mis pechos, tanto para protegerlos de los roces en el trabajo como para disimular mi auténtica esencia, tal como durante años había hecho. Vertí agua en una jofaina y, desnuda de cintura para arriba, disfruté del contacto con el líquido, me enjaboné y dejé que las gotas se evaporaran sobre mi piel. Si hubiera habido un río cerca, me hubiera zambullido en él sin pensarlo. Luego, me quité el pantalón y repetí  la operación con mis piernas, despacio, casi con parsimonia. Fue entonces cuando le escuché a mi espalda:

- Soy un idiota- era Robert el que hablaba. Estaba de pie, desnudo frente a mí, aún empapado en sudor, un poco tambaleante pero sano y salvo. Sus labios formaban una mueca a medio camino entre la sorpresa y la sonrisa.

Me quedé mirándole sin saber qué decir. Por instinto, cubrí mis senos con mis manos. Sabía que estaba enfermo, herido, pero disfruté íntimamente con la visión de su cuerpo desnudo.

- O quizá siempre lo supe- prosiguió él-…, que eras un tío muy raro y especial estaba claro… y tanto que lo eres…. Tao… o como diablos que te llames…
- Mai Ling – repuse-, ese es mi verdadero nombre. No supe, no me atreví- balbuceé…
- Y yo que pensaba que me estaba volviendo afeminado – dijo-, al final el cuerpo sabe detectar lo que los ojos no ven… tantos meses luchando contra esa atracción que me atormentaba.

Él sonrió con franqueza y se acercó a mí sin dudas, con la seguridad que tanto me atraía en él. Me besó y yo le respondí con toda mi alma. El hallazgo, el embrujo de sentir sus  manos en mi cuerpo me hizo temblar. Pero cuando yo hice lo mismo, cuando devolví las caricias, él se retorció de dolor. Ni recordábamos que estaba magullado del accidente.

- Ughhh, ….habrá que esperar. Me temo que los golpes no me van a dejar disfrutarte- me arregló el cabello con sus manos y me besó otra vez. 

Reímos y nos abrazamos sin apretar. Habría que esperar a que él sanara, pero nadie impidió que aquella noche la pasáramos juntos en la misma cama y el calor, antes insoportable, se tornó en dulzura, y la sed que hasta hacía una hora me atosigaba, se convirtió en necesidad de sus labios. Nos contamos todo, si es que había algo que ya no conociéramos.  Él no cesó de palparme como queriendo cerciorarse de que Tao era Mai, que no estaba sufriendo alucinaciones por la fiebre.

- Y, ¿mañana? – le pregunté con temor.
- Mañana, serás Tao otra vez. No lo entenderían, lo sabes. Te despedirían o te apedrearían, quién sabe. Mañana, mi tierna Mai, serás Tao otra vez.

Y así fue durante otro largo año más en el que sólo dos o tres noches pudimos consumar nuestro deseo y en el que, para el resto del mundo, yo fui Tao y el mi “buddy”, Robert. Un año en que el trabajo avanzó raudo. Dejadas atrás las cumbres de la sierra, las llanuras de Nevada se abrieron a nosotros y las cuadrillas lograban tender hasta diez millas por jornada. Para mí y para Robert se acabaron los descensos en el cestillo, los barrenos, las laderas peligrosas, la posibilidad de estar solos y aislados. Nos dieron trabajo con los demás, acarreando hierro y durmientes, una labor ingrata y aburrida.

El 10 de mayo de 1869, estaba sola en medio de una enorme multitud que cubría la colina que llamaban Promontory. A Robert lo habían mandado, hacía ya dos semanas, junto a un centenar de hombres, a Ogden, al otro lado del lago, para reparar una decena de millas de raíles que se habían movido por un corrimiento de tierras. Le echaba de menos.

Las dos vías, la que nosotros habíamos tendido desde Sacramento en California, y la que la Union Pacific había tendido desde Nebraska se habían juntado en aquel punto perdido de Utah. El gobernador Stanford, con mucha pompa y ceremonial, había usado una maza para colocar los cuatro últimos clavos que decían que estaban fabricados en oro para conmemorar la ocasión. Todos hablaban del Golden spike y aplaudían mientras daban vítores al país, al ferrocarril y a los negocios que planeaban hacer. Mis más de diez mil compatriotas les imitaban aunque todos ellos estaban pensando en qué harían a partir de ahora, una vez completada la tarea. Casi ninguno planeaba regresar a China, todos soñaban con establecerse con un pequeño negocio en alguna de las ciudades por las que el tren pasaba. 

Habían llegado fotógrafos de todo el país y las banderas de las estrellas ondeaban a lo largo de varias millas. Vimos como los martillos y los clavos fueron conectados con un cable a la línea del telégrafo de modo que cada golpe fuera escuchado como un punto transmitido en código morse por toda la Unión. 

Al atardecer, nadie quedaba ya allí. Los políticos, los periodistas y los obreros se habían marchado. Estaba sola, sentada frente al horizonte que se pintaba de nubes anaranjadas. Mi mochila al lado. Lista para irme, sólo que no sabía a dónde.  Tampoco sabía si volvería a verle y eso era lo que más me pesaba.

Me incorporé y comencé a caminar hacia el oeste, hacia California, a donde la mayoría de mis paisanos se dirigían.

- ¿Va usted a algún sitio, señor Tao? – escuché a mis espaldas, al tiempo que la felicidad más absoluta me inundaba.
- Construyo ferrocarriles- me volví despacio-, busco alguien que me contrate- repliqué mirándole fijamente. Estaba subido en una carreta con dos caballos fuertes y de larga crin. Sonreía.
- Creo que buscan barrenadores en Montana- me hizo un gesto para que subiera al carromato.
- Entonces, me interesa el asunto – agarré con fuerza la mano que me ofrecía y me senté junto a él.





22/7/16

Tesis sobre literatura digital española




La doctora Sirkka Klöpper-Mauermann ha defendido su tesis sobre literatura española en la Universidad de Hamburg bajo el título de Die spanischsprachige Hyperfiction und ihr Leser: narratologische Auslotungen einer schwierigen Beziehung. Pasa revista al panorama actual de la literatura electrónica en español con reflexiones teóricas y prácticas de gran interés. La doctora Klöpper-Mauermann ha contactado con diversos autores hispanos (entre los que me encuentro, agradeciendo su interés) para la realización de la tesis que ha obtenido la máxima calificación.

Puede leerse en este enlace.


21/7/16

Toda la filosofía condensada en una imagen



El francés Valentin Lageard ha publicado en la web sobre filosofía Daily Nous un impresionante mapa de todas los campos (o, casi)  filosóficos de la historia. Si bien, cuando intentamos encerrarlo en la pantalla, el mapa circular parece más un dibujo geométrico sin más, una vez ampliado, podemos seguir las relaciones de cada materia con un detallismo muy importante. Uno puede pasarse horas explorando el gráfico.

Para ver el mapa, acúdase a este enlace. Me ha funcionado sólo en Chrome aunque no acierto a imaginar el porqué.







20/7/16

Hoy, hace 47 años, en la luna




20.7.1969:  el primer hombre que pisó la luna.

Yo lo viví. Era un niño entonces y lo viví con una emoción que sólo los niños pueden sentir. Como homenaje, vuelvo a publicar un post que escribí hace unos años. Aún me veo a mí mismo frente a la tele en blanco y negro, Armstrong bajando la escalerilla, el corazón en ascuas.

Yo lo viví. Y estoy orgulloso.



Aunque ahora muchos periódicos – por lo que se ve repletos de periodistas jóvenes que no vivieron el acontecimiento y que tiran de enciclopedia- hablan de que el hombre puso el pie en la luna el día 20, en España fue el día 21 debido a la diferencia horaria. Era de noche. Lo recuerdo bien. Yo era aún un chiquillo en pantalones cortos pero había ya mostrado mi interés por el cielo y, durante meses, había devorado todo lo que encontraba sobre el espacio y la carrera espacial. La única enciclopedia en tomos que teníamos en casa aún tiene las páginas más amarillentas en todos los artículos que tratan del espacio, tanta era la euforia con la que seguía yo todos los acontecimientos.

En Octubre del año 68, tres astronautas habían despegado en el Apolo 7 y orbitado unas cuantas veces el planeta. Con los ojos de hoy no parece gran cosa pero entonces el evento se acogió como una proeza, entre otras razones porque meses antes otros tres hombres se habían calcinado en un intento fallido. Y, poco después- era Nochebuena y yo puse una figurita de un cohete en el nacimiento que poníamos en la cocina- el mundo, y yo con él, quedó maravillado al ver la foto de la Tierra vista desde la órbita lunar. Por primera vez, apreciábamos nuestra casa. Azul, brillante, en cuarto creciente, volando a través de un cielo negro como el carbón. Creo que fue entonces cuando yo decidí que debía ser astronauta. Aunque, por entonces, también debatíamos sobre el nombre que debía darse a los exploradores espaciales. Astronautas los llamaban los americanos. Cosmonautas los soviéticos. Y la población – y yo- se decantaba entre una y otra denominación en función de la adscripción política. Franco vivía aún y llamar a Borman o a Armstrong cosmonautas nos parecía un pequeño e inocente desquite en nuestro casa.

No hacía mucho que habíamos podido, por fin, comprar una televisión y yo me quedaba maravillado con las imágenes en gris desvaído. Mis intereses pasaban de Locomotoro y el Capitán Tan al espacio con una velocidad inusitada. Era un aparato casi mágico, hecho a mano y comprado a un señor que se dedicaba a fabricar televisores en sus ratos libres a precios más económicos que los que ofrecían las marcas comerciales, con un estabilizador de tensión casi más grande que el propio monitor, no fuera a ser que el inestable voltaje de aquella época fundiera los circuitos. Recuerdo que, muchas veces, me quedaba embobado mirando por las ranuras de ventilación de la tapa trasera de cartón, cómo las válvulas de vacío se encendían y apagaban. También, fue por entonces cuando decidí que estudiaría electrónica aunque eso se me pasó pronto.

Era Navidad y, como regalo de Reyes, mis padres me compraron un Lunik de plástico chiquitito. Un juego con una caja preciosa adornada con fotos de la luna. Dentro, una placa que simulaba la superficie llena de cráteres del satélite con un pequeño botón de acero en el punto de llegada; el vehículo espacial ruso de grandotas ruedas con un pequeño imán; y unos garfios con los que se le colgaba para intentar alunizar justo en el lugar elegido, a pesar del bamboleo que el largo hilo provocaba y los empujones que mi hermano le daba para hacer fracasar la misión. Ni que decir tiene que, en un par de días, atinaba con el imán en el destino exacto con una precisión que ni la NASA podía conseguir. Si debía ser astronauta en el futuro – y estaba convencido de ello- debía saber manejar con maestría cualquier nave espacial.

La primavera de 1969 pasó entre un tumulto de sensaciones. El Apolo 9 probó el módulo lunar en órbita terrestre. Fue un vuelo más bien soso pero yo aproveché para hacer unos dibujos gigantescos del aparato y de los chismes que llevaba, o yo creía que llevaba, por dentro. El Apolo 10 repitió las pruebas pero ya en órbita lunar y llegó a bajar hasta pocos cientos de metros de la superficie. Yo casi sentía la frustración que aquellos astronautas sentirían por haber estado tan cerca pero no haber podido ser los primeros en aterrizar. La heroicidad no estaba destinada a ellos sino al siguiente Apolo. El 11.

Me aprendí de memoria todos los instrumentos que llevarían en la misión. Sabía cómo funcionaban y conocía sus nombres aunque como yo no sabía de inglés, los pronunciaba a mi estilo: tepasiveseismoexperimento, telunardusto y cosas por el estilo. Eso sí, dicho con un acento copiado de los actores de las películas que cada domingo veía en el cine del barrio.

Con cartulina, construí un Apolo tan alto casi como yo. Me llevó bastante tiempo porque curvar la cartulina parecía fácil pero no me acababa de quedar circular. Y las secciones cónicas que unían cada fase me dieron muchos quebraderos de cabeza. Mas finalmente, entre un olor a pegamento que asfixiaba, la nave cobró altura y dediqué muchas horas a correr por la casa con ella en la mano.

Julio se acercaba y yo compaginaba la playa con la lectura de revistas (incluso, me entró el gusto por ir a cortarme el pelo ya que en la peluquería había siempre algún impreso con noticias sobre el proyecto Apolo) y me hice una carpeta, de esas de anillas grandes, en las que iba coleccionando todo lo que podía obtener. Recortaba las fotos con cuidado, las pegaba sobre hojas en blanco y añadía unos textos describiendo lo que era aquello. Empecé, por entonces, a escribir mi propia enciclopedia del espacio que llegó a ocupar mi tiempo por varios años y de la que aún guardo mucho de ella entre los arrumbados trastos del camarote de arriba.

Era un pelma. Ahora lo sé. Machacaba a todos con mis historias sobre la carrera espacial y les contaba qué ocurriría, paso a paso. Mi abuela- santa paciencia la suya- me escuchaba con atención y jugaba a hacerse la escéptica. Nunca supe si realmente creía que el llegar a la luna era imposible o si, simplemente y probablemente, se divertía haciéndome rabiar. ¡Pero cómo no iba a ser posible llegar!, yo me indignaba. Y volvía a explicar, paso a paso, todas las maniobras previstas, el lanzamiento, el desacople de la última fase, el viaje de tres días, la bajada del módulo lunar mientras Collins vigilaba desde la órbita el que todo fuera bien, el alunizaje, la salida por primera vez en la historia al suelo de otro astro, los experimentos, el regreso, la reentrada. Me lo sabía todo y tan bien que, aún hoy tantos años después, lo sé recitar de carretilla. Pero mi abuela decía que no. Que no llegarían. Y se apostó cinco duros a que no llegaban. Apuesta que recogí con la total certeza de ganarla aunque no sabía cómo podría yo pagarle a ella las veinticinco pesetas si por un casual el vuelo se cancelaba. Esa cantidad, para mí, era una fortuna.

Cuando el Apolo XI despegó, un rumor se extendió entre los entendidos. Los rusos no estaban dispuestos a dejarse ganar la partida. Habían lanzado el Lunik 15 y su misión era llegar antes que los americanos a la luna, recoger muestras y traerlas de regreso antes que los astronautas lo hicieran. Si los soviets no podían ser los primeros en pisar el polvo lunar, sí lo serían en traerlo a la Tierra. Y es que, claro, ya se decía que ellos habían sido los primeros en mandar a un cosmonauta allá arriba y debían ser los primeros en traer rocas del espacio. Poco duró la expectación porque el Lunik fue efectivamente lanzado pero se estrelló sobre la superficie de nuestro satélite unos días después. Así pues, el interés quedó centrado exclusivamente en el Apolo XI.

Eran más o menos las 9 de la noche del día 20. Estábamos todos juntos ante al televisor. Realmente, se vio poca cosa. Una superficie de cráteres redondos que se asomaba a través de una ventanilla triangular. En el audio se confundían las voces reales en inglés de los astronautas con la efusiva transmisión en español del locutor. De pronto, todo se nubla. La pantalla queda casi blanca. Es el polvo que sale despedido por el flujo del motor al chocar contra la superficie, comenta el narrador. Ha alunizado en el mar de la Tranquilidad y se oyen aplausos. Es hora de ir a la cama. Es tarde. Pido, pido y pido –porfa, porfa, porfa- a mi padre que me levante cuando Armstrong vaya a salir. No se sabe muy bien a qué hora será pero sí que ocurrirá en plena noche. Me voy a la cama no muy convencido mientras veo sonreír a mis padres. El sueño me vence. Caigo dormido.

Alguien me sacude cariñosamente en el hombro. Es mi padre y son cómo las dos de la mañana. Me dice que el astronauta está a punto de salir. Mi hermano, más pequeño, duerme y no le despiertan. Me siento el rey de la casa. La televisión está encendida en la cocina. Me levanto en pijama. Es difícil ver qué ocurre porque los grises son tan grises que casi no hay contraste. Se ve una escalerilla y, abajo, un terreno polvoriento con pocas rocas. Una sombra indica que la portezuela se abre y se ve medio hombre en escafandra, grabado desde lo alto, descendiendo por la escalera. Me sé de memoria cómo es aquel zapato espacial, de qué material está hecho el traje blanco que reluce bajo un sol que ninguna atmósfera atempera. Armstrong baja y pisa. Se ve la huella. El primer paso de un humano en un astro diferente a la Tierra. Ahora sí que son astronautas de verdad. El locutor recita varias veces lo que el comandante acaba de decir: un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la Humanidad. No tengo sueño. Quiero ser astronauta, quiero ser astronauta. Ya lo he calculado. Dada mi edad, podré volar en el Apolo 53. Armstrong y Aldrin corretean por nuestro satélite, ponen una bandera rígida, hablan con el presidente.

Me obligan a ir a la cama. No quiero, pero finalmente mi madre y la emoción acumulada me vencen. Me duermo y sueño con planetas y cohetes. A la mañana siguiente me falta poco para reclamar mi triunfo a mi abuela pero ella, sabia, me dice que aún deben regresar. No me cabe ninguna duda de que lo harán. Sí, hay debates en la radio sobre si la nave acertará con el ángulo adecuado para amerizar a salvo. Si el ángulo es muy grande, el rozamiento excesivo incendiará la nave; si es muy bajo rebotará sobre el agua. Explico el fenómeno a todo el que quiera oírme, lanzando piedras planas sobre el agua y viendo cómo rebotan y caen muchos metros más allá. Pero, les digo, si ocurre ese desgraciado rebote sobre las capas altas de la atmósfera el Apolo XI no tendrá donde caer. Se perderá en el espacio. Habrá, además, unos minutos de ruptura de comunicaciones en los que el mundo deberá contener la respiración sin saber si la reentrada ha sido exitosa.

Afortunadamente, todo marcha bien. Amerizan sanos y salvos. Lo veo en directo. Casi me siento en el portaviones que espera en el océano, aplaudo cuando vemos abrirse los grandes paracaídas y creo saltar con los buceadores cuando desde los helicópteros se lanzan a por los héroes. Ahora sí, mi querida abuela me entrega mis cinco duros.




The midnight ride





The Midnight Ride es una narración hipertextual que incluye algunas imágenes. Sobre un interface muy sobrio, cada frase constituye una página cuya historia puede avanzar por uno o varios caminos hasta llegar al final, de modo que la lectura varía en función de las elecciones que el lector haga. Narra el viaje real de Paul Revere en 1775 y sólo si el lector toma las mismas decisiones que el personaje real, llegará al buen final. 


Programado en Twine.


Puede leerse desde este enlace.


18/7/16

Pokemon Go



Pokemon Go, el nuevo juego de Nintendo, no es literatura digital pero merece una entrada porque aporta una técnica que bien podría aplicarse en literatura digital, la realidad aumentada en escenarios reales.

El juego es gratuito y, en este momento, sólo está disponible en su versión final en los Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda y algunos países europeos (entre ellos España desde el pasado día 15) aunque hay versiones betas para otros lugares. El objetivo del mismo es el clásico de los Pokemons, buscar y coleccionar pokemons. Pero, en este caso, los escenarios donde estos muñequitos pueden esconderse no son diseños en pantalla, sino el mundo real. Aprovechando la capacidad de geolocalización de los teléfonos móviles, el usuario va enfocando con la cámara el lugar en donde él se encuentra y la aplicación conoce las coordenadas de dicho lugar sobre la superficie terrestre. Si esa coordenada está en la base de datos, aparece en pantalla, sobre impresionado sobre la escena real, el pokemon que allá se esconde. Y los pokemons pueden esconderse en cualquier lugar, donde los programadores los hayan situado (pueden ser posiciones predeterminadas, o calculadas al azar a medida que se juega), bien sea una playa, el último piso de un rascacielos o en la mitad de un lago (para lo que habrá que tener una canoa para desplazarse hasta allá). Además, hay lugares específicos que los programadores han designado como "gimnasios", en donde pueden "entrenarse" en nuevas habilidades a los pokemons. Ya ha habido incidentes al respecto porque, por ejemplo, las coordenadas de una casa de Massachusetts, en USA, han sido programadas como gimnasio y los propietarios se han encontrado invadidos por una multitud de jugadores que buscan entrenar a sus monigotes. Hay ya también denuncias por haber elegido lugares poco apropiados para un juego como el campo de concentración de Auschwitz (en versiones beta) o la Casa Blanca. En algunas ciudades de Estados Unidos, se ve a mucha gente paseando por parques  o calles, enfocando con su teléfono a los edificios o a los árboles para ver si se les superpone un dibujito que cazar. Una manera como otra cualquiera de pasar el tiempo. Al menos, se hace ejercicio.

La técnica puede servir bien en literatura digital, introduciendo la historia en escenarios reales, haciendo sentir al lector con más intensidad lo que los personajes viven. Podría pensarse, por ejemplo, añadir a la geolocalización, el control del tiempo de modo que un cierto texto, una escena determinada, se pudiera leer solamente de noche. Seguro que leer un capítulo de terror en una calle desierta en medio de una zona poco recomendable de la ciudad, espanta más que hacerlo sentado en un sillón de la sala.









  

16/7/16

Textos magnéticos



José Aburto es el artista que ha creado dos instalaciones que, basándose en las propiedades electromagnéticas de ciertos materiales, permiten que el lector descubra una serie de poemas mediante su interacción.


En la primera de las instalaciones, denominada Paper alive, la superficie está en constante vibración, de mayor frecuencia y amplitud a medida que el lector se aproxima a ella. Sobre dicha superficie, hay un fluido que se mueve impelido por la vibración y va descubriendo, en su ir y venir, el texto que se esconde bajo el líquido.


En la segunda instalación, Blot alive, existen limaduras magnéticas que se mueven en función del campo electromagnético creado por una serie de circuitos e imanes, de modo que el texto va siendo mostrado y cubierto de manera aleatoria, sin poderse leer nunca todo él de un solo vistazo.

Para más información sobre estos trabajos, puede accederse a este enlace.




14/7/16

Mapas meteorológicos animados



Ventusky es un conjunto de mapas meteorológicos animados e interactivos que ofrecen información a nivel mundial (pero también local) sobre las temperaturas en el globo, las precipitaciones, dirección y velocidad del viento, existencia de ráfagas ventosas, las formaciones nubosas, presión atmosférica y otros parámetros en mapas que verdaderamente nos hacen comprender mucho mejor la complejidad de los fenómenos atmosféricos.  Particularmente, los flujos animados de los vientos muestras muy bien el movimiento general en el planeta. Permite, asimismo, ver previsiones para fechas cercanas. La personalización que permite es elevada. 

Puede verse en este enlace.