Estos días de Semana Santa, por pura coincidencia, las redes
sociales muestran un vídeo estremecedor. No conozco el autor para darle su crédito.
Está grabado en África, unos dicen que en el Congo, otros que en Kenia. Tanto da.
En un campo de refugiados, una larga fila de niños pequeños,
de unos cinco o seis años, esperan bajo un aguacero torrencial, tiritando de
frío, a que les den algo de comida, el único alimento que tomarán, si les llega,
en el día.
Con su platito se tapan la cabeza para guarecerse del
incesante chubasco. Tiemblan de desamparo y tiritan con la humedad inclemente. Porque también el mundo, la
naturaleza, se une a la codicia humana
para torturar a esos preciosos niños. No es un día soleado, azul, optimista. Pareciera
que todo ha de ser malo, triste, oscuro, horrible.
Pacientes, hambrientos, aguardan en orden, en calma, congelados,
probablemente enfermando de constipados y desnutrición, manteniendo su posición
en la fila frente a unos grandes pucheros de los que saldrá el escaso sustento,
porque la comida es poca y el hambre es mucha. Algunos, con suerte, llevan sandalias;
la mayoría van descalzos; todos con ropas ajadas y precarias, sucios.
No pelean entre ellos, no quieren colarse, son solidarios los
unos con los otros. Mucho mejores que todos los adultos de allá y de acá.
Esperan, sufren con resignación, pensando que es lo único que existe.
Te veo en la cruz. Los mismos, o sea nosotros, que dejamos
desamparados a los niños de la fila que tiemblan bajo la lluvia te han clavado
en los maderos.
Pero no es eso lo peor.
Lo peor es que al que llamas padre, a ese Dios al que gritas
“¿por qué me has abandonado?”, ha olvidado también a los chiquillos que esperan
su comida, calados hasta los huesos. Tú gritas “Elí, Elí, lamá sabactani”, ellos
dirán “papá, tengo hambre, tengo frío”. Y Él, sordo, no responde. Les ha
olvidado, te ha olvidado.
Cierto, nosotros, podemos y debemos hacer mucho más,
infinitamente más, y no merecemos llamarnos seres humanos ni dominar el mundo mientras
haya un solo pequeñín hambriento bajo la lluvia.
¿Pero, y ese que se dice padre? ¿Lo es? Se supone, según
dicen los teólogos, que es omnipotente, que todo puede hacerlo en un instante.
Pero, ni te salva a ti del martirio de la cruz, ni salva a los ángeles que
esperan en la fila, ni salva a la humanidad de toda la inmundicia que nos consume.
No, que no digan los filósofos que no puede hacerlo porque interferiría
con el libre albedrío, que impediría un bien superior, que de hacerlo no existirían
la compasión, la caridad, la bondad y la empatía entre nosotros. ¡Y una mierda!
No pido, no rezo, ya pasó el tiempo de hacerlo.
Exijo que esos niños tengan comida, casa, vestimentas y amor
cada minuto de su vida. Que hoy, no mañana, multipliques los peces y los panes.
Que no piensen sólo en subsistir un día más sino que rían y jueguen, que les narren cuentos, que les
cubran de besos y que disfruten de la existencia.
Exijo que bajes al que es tu propio hijo de esa cruz, ahora.
No dentro de tres días, no, sino ahora mismo sin permitir su sufrimiento ni un
segundo más. Quiero que no le claven la
lanza en el costado, que le quiten las espinas, que le sanen las heridas, que no haya más viernes santos.
Estoy enojado, muy enfadado. No puedo ni quiero aceptar un
Dios menos compasivo que yo. No quiero ver más cruces. No quiero ver más hambre.
No quiero ver más filas de maravillosos chiquitines. No quiero.
Para mí, no pido nada. Para ellos, sí.
Demuestra que eres padre, "abbá". ¡Ya toca, por Dios!



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