8/5/26

Los suicidas del fin del mundo

 

Los suicidas del fin del mundo (Tusquest, 2006), de Leila Guerriero, es una crónica periodística que puede considerarse una magnífica novela. La historia de una pequeña localidad, cuyos mejores tiempos, fruto de la extracción petrolera, ya quedaron atrás, y la tristeza de sus gentes, a medio camino entre el arraigo y la falta de oportunidades, que lleva a muchos a cometer suicidio.

Las ambiciones de hacer dinero rápido acarrean peligros devastadores cuando sus promesas de riqueza se desmoronan, dejando solo escombros donde antes prosperaba la ilusión. Este fenómeno marcó a Las Heras, un asentamiento que, previo a la irrupción de la industria petrolera en 1978, basaba su tranquila economía en el pastoreo y la venta de lana. 

Hasta allí se trasladó Leila Guerriero para documentar los sombríos eventos que componen su obra. Guerreiro se encuentra con una comunidad en retroceso social y sumida en una profunda desesperanza. El pueblo queda marginado de cualquier progreso social o económico, convirtiéndose en un depósito de afectos rotos. El imaginario colectivo, antes compartido, se ha fracturado en un conjunto de pedazos desunido donde la comunicación entre los sujetos se ha roto, dejando paso a una violencia seca y simplificada que la novela captura con precisión. En este escenario, las muertes por mano propia se convierten en el centro de una historia que parece hundirse en un vacío de sentido.  

La narración está basada en hecho reales. Entre 1997 y 2004, una incomprensible cadena de suicidios sacudió a esta localidad patagónica. Guerriero se instaló en el epicentro de los hechos en 2002, realizando un trabajo de campo de varios meses que dio como fruto este crudo testimonio. No faltaron impedimentos ya que muchas personas se negaron a hablar o inventaron razones que no existían.

Así pues, el libro se construye a partir de lo que sus habitantes cuentan a la periodista verbalmente; son sus voces, cargadas de  tragedia, las que dotan de volumen a la narración. El lenguaje aquí deja de ser un adorno para transformarse en un vehículo de incertidumbre. 

El texto es una joya del lenguaje sobrio. No sobran palabras. No faltan palabras. No se adorna, pero si hay sensibilidad antes situaciones tan terribles. No se remolonea, pero tampoco se escatima extenderse cuando es necesario. Se describe con precisión quirúrgica, sin miedo a las imágenes escabrosas y crudas de una vida desencantada, los hechos ocurridos. Nunca hay morbo, jamás sensacionalismo. Es una arquitectura de la memoria donde el minimalismo verbal potencia el horror de las situaciones. El núcleo de la obra son las voces de los familiares, de amigos de las víctimas o de suicidas que en el último momento desistieron. Lo que sucedió se reconstruye a través de esos diálogos, de la emoción de las conversaciones con una mesa de por medio. El lector debe unir los fragmentos que va leyendo hasta poder completar un cuadro completo y veraz. Nunca desaparece el interés y uno desea conocer más de lo acaecido en Las Heras.

Los testimonios están cargados de una intensidad verbal y una emoción cruda que convierte cada relato en un fragmento de la tragedia. Es a través de estos diálogos y reflexiones que el lector experimenta el dolor, la frustración y el desconcierto que envuelve a la comunidad que, en definitiva, no es sino la falta de futuro, lo que la autora llama "el síndrome de la valija", que hay que emigrar para cumplir las ilusiones. 

En paralelo, la autora argentina reconstruye el pasado del pueblo, de su ascenso y caída. La descripción de la naturaleza inhóspita, la dureza del trabajo en los campos petroleros y la súbita caída del negocio, por asuntos que ocurren en la otra punta del mundo pero que afectan radicalmente a la vida de sus habitantes, trazan un telón de fondo opresivo que parece justificar la cadena de desgracias que narra Guerreiro.

Y, además, todo ocurre ante la indiferencia del resto del país. El párrafo final es de una soledad profunda.


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