29/11/09
Meditation on a Bar Stool
27/11/09
Quizá, afuera, llueva
Quizá, afuera, llueva. O quizá no. Tanto da porque el mundo acaba en la pared de la alcoba, en ese ventanal por el que –cuando tú estás- siempre alumbran estrellas aunque haya nubes espesas o la cortina nos proteja de miradas indiscretas. Quizá no llueva, pero yo oigo igual el repiqueteo de las gotas porque, ya se sabe, no hay nada más bello que la lluvia para envolverse entre mantas y dejarse amar.
La sábana, buena amiga, resbala de tu espalda para que yo pueda dibujar, en tu piel tersa, arabescos pintados con besos suaves de mariposa, buscar lunares, recorrer caminos de sirenas. Tu cabello es mi cómplice y siempre se hace a un lado para que yo pueda embelesarme en los lóbulos deseados de tus orejas, en tu nuca anhelada, en el dulce sabor de tus mejillas de rocío y lluvia fresca. Quiero sentir tu escalofrío, esas burbujitas inquietas que te inundan, cuando abandono mis labios y mi lengua y mi aliento en tu cuello de nácar. Es dulce el tenue gemido, un murmullo apenas, con que me guías mientras exploro tu cuerpo.
Quizá, afuera, llueva. O quizá no. Tanto da porque el universo se curva y se abraza a sí mismo hasta envolvernos en una crisálida de palabras inconexas, de jadeos, de miradas ansiosas, de rendiciones absolutas. Es entonces cuando tus brazos juegan en mi espalda o en mi pecho, cuando tus muslos suaves me enredan entre ellos y me embarcan hacia el húmedo mar de tu necesidad. Y de la mía. La de nosotros. Somos uno, a tal punto que no es posible concebir nada más allá de tu rostro.
Quizá afuera, llueva. O quizá no. Tanto da, porque cuando caigo desnudo y rendido a tu lado, con la respiración agitada, perdido en el hechizo de tu sonrisa, hueles a hierba recién mojada por el aguacero.
26/11/09
In my Gash
¿E-ink vs LCD?
Las ventajas de la tinta electrónica son evidentes pero esta tecnología aún está poco desarrollada y presenta algunas deficiencias entre las que caben destacar la falta de color, la lentitud de refresco y el tamaño pequeño de las pantallas. Sin embargo, hasta el momento, parecía evidente que, a pesar de todo, el desarrollo de los lectores electrónicos se iba a hacer sobre la e-ink ya que resolver tales problemas es sólo cuestión de tiempo.
Ahora, Aluratek presenta el Aluratek Libre Reader que es un pequeño lector de libros digitales que usa una pantalla LCD en vez de la novedosa tinta electrónica y que soporta formatos muy variados (PDF, TXT, FB2, EPUB, MOBI, PRC, RTF). ¿un paso atrás en la tecnología o una nueva vía para los lectores electrónicos.
E-books profesionales vs ficción
Digital Opportunities and Challenges ha sido un seminario recientemente celebrado en la Society for Scholarly Publishing. En él, el profesor Al Greco, de la Fordham University’s Graduate School of Business Administration de Nueva York expuso sus estudios sobre la venta de e-books en los Estados Unidos.
Según estos datos, la industria total del libro de los EEUU alcanzará este año los 35.000 millones de dólares, cantidad de la que alrededor de un 5% serán e-books. Lo más relevante es que de esta cantidad, el 75% corresponde a libros profesionales o educativos (principalmente universitarios) mientras que los e-books de ficción – a pesar del ruido mediático existente- sólo representan el 25%, es decir un 1.25% del total de la industria en aquel país. Greco estima que esta tendencia se mantendrá, al menos, hasta el 2013.
Mapas de hipertextos
Una forma- no nueva, pero sí un tanto diferente- de literatura digital es la basada en mapas de hipertextos.
Para explicar este tipo de obras imaginemos primero un mapa del mundo en que todos los países estuvieran desordenados. España en el lugar de Australia, Francia en el de Argentina, Marruecos en el polo, Japón sobre la India, China haciendo frontera con Texas. Un viajero que dispusiera de tal mapa tendría serias dificultades para encontrar su destino. Si ese navegante quisiera hallar la ruta más sensata para marchar de Madrid a Moscú y encontrara que, entre medio, debiera pasar por Caracas, Toronto y Nairobi, probablemente no encontraría jamás el camino o bien tardaría años en recorrerlo. En vez poder trazar en el mapa un recorrido lógico (Madrid-Paris-Frankfurt-Varsovia-Minsk- Moscú, por ejemplo) se encontraría con que, al estar desordenado, la línea que él dibujaría sería Madrid-Caracas-Toronto-Nairobi-Moscú. Iría presto al aeropuerto y pediría un billete para Caracas. Cuando aterrizase no estaría más cerca del objetivo (como cabría suponer) sino mucho más lejos.
Supongamos, ahora, un hipertexto en el que sus diversas partes (capítulos, parágrafos, frases) están interconectadas entre sí (como si de ciudades unidas por autovías se tratara), por enlaces. Pero que estos enlaces están enmarañados o mezclados a la manera del mapa de países cambiados de lugar. Un lector empezaría a tentar enlaces según los fuera encontrando pero, al estar la estructura del libro totalmente descompuesta, se iría perdiendo dentro de la historia, incluso desorientándose.
Un mapa de hipertextos es, precisamente, eso. Las hojas, los fragmentos de texto están situados en la obra de forma desordenada a propósito. O bien, por el contrario, presentan una estructura lineal y nítida que es falsa, que constituye una trampa, que esconde una historia real que no debe seguir ese camino aparente tan lineal. Un lector poco curioso o poco avispado podría leer los capítulos en orden sin entender nada porque, antes, no ha reordenado la historia y los enlaces.
La forma práctica de realizar un mapa de hipertextos es gráfica.
Las hojas, los párrafos pueden mostrarse en forma gráfica, incluso escondiendo los enlaces bajo esos dibujos. El usuario debe mover con el ratón cada uno de los textos para colocarlos en las posiciones correctas donde pueda verse la estructura de enlaces. Sólo entonces podrá leer la obra de manera razonable y podrá seguir un camino lógico que haga atractiva la historia y que la convierta en algo comprensible y emocionante. Estas obras, así planteadas, añaden al placer de la lectura el interés por el descubrimiento, el enigma de hallar la idea del autor que había quedado oculta en un inicio. Evidentemente, y como siempre, si luego la historia es aburrida o está mal redactada, la obra fracasará. Pero si la obra es interesante y emociona, el concepto de mapa de hipertextos la enriquece de forma muy interesante.
Un clásico trabajo de este tipo es Cyborg, de Diane Greco (que puede adquirirse aquí). Se trata de una ensayo (en diskette de 3.5”) que trata sobre la combinación del cuerpo humano con elementos tecnológicos que harían del hombre un ser más poderoso, un cyborg . Es ya bastante antiguo y está escrito en StorySpace con las ventajas y limitaciones de este software. Probablemente, hoy en día podría rescribirse con una parafernalia multimedia e interactiva mucho más espléndida, llenando un DVD de efectos especiales. Pero, conceptualmente, nos sirve muy bien como ejemplo.
El libro se inicia con un índice que, a priori, pudiera parecer el camino a seguir en la lectura. Este índice puede visualizarse gráficamente tal como se ve en la figura. Las secciones de este índice (los países del mapa), son:
— Introduction
— Your Body is Meat
— Machine Dreams
— Mind, Body, Anti-Body
— Cyborg Visions
— Communication & Control
— Writing the Cyborg— What Do Cyborgs Know?
Y pueden apreciarse una serie de enlaces gráficos entre los capítulos. Esto puede considerarse un "mapa de hipertextos".
Pero ¿es este el índice real, es el mapa real que representa el mundo del ensayo? Pues no. Si el lector se preocupa de reordenar los elementos que constituyen el ensayo aparece una red mucho más rica de enlaces a seguir. Este entramado literario estaba escondido y no hubiera sido encontrado si el usuario no hubiera dedicado tiempo a componer el esquema que estaba desordenado. Ahora, el mapa de hipertextos ha cambiado.
De hecho, Greco presenta el índice inicial – tan pulcro y evidente- con el único propósito de desorientar. Pobre del lector que tome ese mapa sin más, sin preocuparse de buscar la arquitectura interior del ensayo. Uno debe reordenar el ciberespacio antes de penetrar en él. Combinando la narración y la tecnología, Greco logra crear un cyborgtext, un híbrido entre texto y digitalidad.
En una novela, por ejemplo, este método de mostrar la obra obliga al lector a reconstruir primeramente la idea del autor, a descubrir el orden correcto del mapa, del rompecabezas, para que los enlaces tengan sentido, para hallar –en palabras de C. Dena- “how the drama should rise”, cómo el drama debe ir en crescendo. La técnica puede repetirse recursivamente, además, dentro de cada capítulo. No hay que creer, sin embargo, que tras reordenar el caos debe forzosamente existir una única línea a seguir. Puede haber varias, puede empezarse por diversos puntos de la narración pero siempre en secuencias que hagan la obra “appealing”.
22/11/09
El sorteo
La mayoría de sus vecinos pensaba que Julio era un viejo cascarrabias, irritable y algo asocial. Los estudiantes que tenían alquilado el piso del sexto se habían, incluso, reído de la forma en que vestía. Viejo sucio, le habían llamado los muy idiotas. Viejo, podía ser. De sucio, nada. Claro, ellos no podían entender lo difícil que era subsistir con los quinientos euros de pensión que le habían quedado. Casi no le daba para comer. Alguna noche, cuando la oscuridad se aliaba con la nostalgia de los tiempos pasados, había llorado. Pero eso ocurría sólo cuando volvían a su memoria, cada vez más floja, las imágenes de María, su compañera por veinte años. Ya no estaba con él. Había marchado al cielo con el frío del invierno pasado. Y, encima, debía ya tres meses de alquiler. Sólo faltaba que le desahuciaran. Estaba jodido, vamos. Jodido y solo. No era extraño que se rieran de él. Ahora, eso sí, a Julio no le achantaban los convecinos. Si ellos le miraban raro, él les sostenía la mirada con orgullo. Si se avergonzaban de tenerle en el portal, él les desafiaba. En fin, que el viejo no se hacía querer y no gozaba de buena fama en la vecindad.
Quizá por eso se sorprendió tanto cuando Marta, la vecina del rellano, llamó a su puerta el lunes por la mañana. La observó por la mirilla y estuvo a punto de no abrir pero, como insistió varias veces con el timbre, acabó entornando la puerta. La mujer le sonreía y realmente parecía que necesitaba alguna cosa. Abrió y le preguntó qué deseaba.
- Hola, don Julio – hacía mucho tiempo que no le llamaban así- ¿puedo robarle un minuto?
Julio refunfuñó pero le dijo que la escuchaba. Ella le explicó que trabajaba como limpiadora en unas oficinas comerciales y que su sueldo no era muy alto – qué le iba a contar a él, musitó el viejo -. Y que, para sacar un dinerillo, las compañeras habían montado una rifa. Querían hacer un viaje en vacaciones. Que si podía comprarle un numerito por un euro. Que podía ganar 6.000 euros por sólo uno. Que le haría un gran favor porque tenía que vender todos aquellos boletos y no sabía cómo. Que era la única que aún no los había colocado todos.
Julio estuvo a punto de darle con la puerta en las narices. La muy descarada, pensó. Pero ella le sonreía con una expresión que le recordaba tanto, tanto, a la de María. E insistía. Una pelma. La hubiese mandado a paseo pero, sí, se parecía a su esposa. Mucho. Demasiado. Quizá por eso se ablandó. El caso es que acabó entrando en la cocina, tomó una moneda y le aceptó un número- el 2.104- que ella le entregó entre miles de gracias. Nada más cerrar la puerta se llamó a sí mismo idiota y sintió el rubor de quien se siente engañado. No quiso hacerse mala sangre y trató de olvidar el incidente, prometiéndose a sí mismo no picar nunca más.
Julio creyó que la mujer estaba jugando con él cuando, al día siguiente, volvió a sentir el timbre y la vio frente a la puerta. Seguía convencido que se había aprovechado de él con la rifa y pensó que usaría esta nueva oportunidad para decirle cuatro cosas. Abrió con cara de malas pulgas y decidido a cantarle las cuarenta. No estaba bien engañar a pobres jubilados.
- ¡Don Julio!- gritó ella a la par que se le lanzaba al cuello y le estampaba dos besos en la cara.
El anciano quedó paralizado preguntándose si habría alguna de esas cámaras de televisión ocultas que graban a inocentes víctimas.
- ¡Ha ganado!¡Ha ganado!¡Hemos ganado! – gritaba ella con alegre entusiasmo.
Cuando se calmó, le entregó un cheque por 6.000 euros. Le explicó que una vez realizado el sorteo le había tocado justamente a él. Y que a ella también le había tocado un pico. Qué vaya casualidad, por Dios. Que era feliz por haber sido ella la que entregara el premio. Que se alegraba mucho por él. Que podía retirar el dinero en el banco hoy mismo. Que qué suerte tenían ambos. Que lo disfrutara. Que a ver si repartía algo con los demás vecinos. Se la veía tan contenta.
Marta marchó y Julio se sentó, con el cheque en sus manos, atónito ante lo ocurrido. Le costó una hora darse cuenta de la dicha que le asaltaba, de que podía pagar sus deudas, de que se permitiría gastar unos billetes en adornar con claveles la tumba de María, en que quizá haría caso a los niñatos y se compraría un traje nuevo.
Bajó a la sucursal del banco. No estaba lejos. Casi todos los vecinos tenían sus cuentas en él. Más por cercanía que por otra cosa. Y, además, el empleado les conocía a todos y era simpático. Entró y presentó el cheque. Le explicó al cajero que había ganado el dinero en un sorteo. Que por una vez en la vida, la suerte le acompañaba. Se emocionó cuando le pusieron en la mano los sesenta billetes de cien euros.
- Mire por dónde- le dijo Julio al cajero- cómo cambia la vida. Ayer sin un duro y hoy soy casi rico. Bueno, yo y Marta, mi vecina.
- ¿Se refiere usted a Marta García?- preguntó el banquero, más por cortesía que por interés.
- Sí, la misma. Tengo entendido que también ella ha ganado algo.
- No, amigo, no lo creo. De hecho tiene bastantes deudas. Hoy mismo ha solicitado un préstamo de 6.000 euros que le va a costar bastante pagar.
21/11/09
Creación de comic digital
Strip Creator (http://www.stripcreator.com/make.php) es un software de ayuda para componer sencillos comics con el ordenador. El programa permite introducir fondos y caracteres en diversas posiciones y actitudes, así como la de crear los textos y los "bocadillos" que los contienen. Destinado a principiantes.
20/11/09
Junto a la ventana
No sabía la hora que era. Noche cerrada. Una de esas horas tranquilas hechas para amantes o para insomnes. Estaba tumbado en la cama que, sin ella, era un inmenso mar de soledad. La observaba con todo el detenimiento del universo. Le gustaba hacerlo. Le hechizaba verla y escucharla. La luz de alguna farola lejana dibujaba su silueta junto a la ventana. Estaba sentada en el alféizar interior de la habitación del hotel. Algún problema con la reserva les había impedido alojarse en un cuarto de fumadores. El detector de humos, amenazador, parpadeaba con una lucecita verde en el techo y ella necesitaba dar una calada. Se había levantado, vistiendo sólo la chaqueta del pijama y dejando que él se deleitara con la perfección de sus piernas. Se había acomodado en la esquina del marco, despreocupada, una pierna encaramada sobre el pretil y la otra descansando sobre el suelo. La mano derecha, asomando fuera, sostenía el pitillo. De tanto en cuanto, miraba la quietud de la calle mientras aspiraba el aroma del tabaco. De tanto en cuanto, dejaba que las volutas del humo grisáceo la envolvieran en una niebla que a él se le antojó un aura del cielo. De tanto en cuanto, ella le miraba a él y, a pesar de la tenue iluminación, se estremecía al sentir la caricia de sus ojos tiernos. Una mirada que le dejaba indefenso y rendido. La amaba. Mucho. Le encantaba amarla. Se dejaba embrujar por su amor.
Una brisa ligera acunaba la cortina y ondulaba el cabello de la mujer. Mientras fumaba, le hablaba. Con parsimonia, como si buscara lentamente las palabras, como si quisiera decirle sólo aquello que le era muy importante. Le hablaba de cosas íntimas, de sus sentimientos, de sus temores, del futuro que anhelaban juntos. El mundo terminaba en aquella ventana. Abajo, seguramente, habría automóviles y transeúntes noctámbulos, semáforos que bailaban entre el rojo y el verde. Quizá el botones del hotel, aburrido de su guardia nocturna, canturreaba una canción. Arriba, ocultas por la difusa luminosidad de la ciudad, habría estrellas. Nada de eso importaba. El universo empezaba y acababa en aquel alfeizar, en aquel muslo deseado que se le mostraba bello, en el perfil del rostro amado y en el cuerpo vislumbrado tras el amplio pijama. Por un momento, él se puso triste. Le hubiera gustado abrazarla junto a la ventana, besarla sin preocuparse de que todos les vieran, gritar al mundo que estaba enamorado de ella. Fue un instante porque las últimas orlas de humo volaron a la calle y la brizna ardiente del cigarrillo se extinguió. Le hizo un gesto invitándola a acostarse junto a él . Un minuto después el pijama resbalaba hasta el suelo y un océano de besos les envolvía.

