13/6/10

Los viernes

Fuensanta Sanguineri era una joven agraciada e inteligente pero, a sus veinticinco años, permanecía soltera, hecho que causaba asombro entre sus amistades y enojo a sus padres que hacía ya años que deseaban casarla en un matrimonio de provecho.

Los Sanguineri eran oriundos de Padua pero la familia se había trasladado a Venezuela cuando los ejércitos austrohúngaros arrollaron a los italianos en Caporetto. Entonces, Marco Sanguineri, el abuelo de Fuensanta, había reunido a la familia e informado con voz grave y serena que había tomado la decisión de emigrar a América junto a su esposa, su hijo Giuseppe, su nuera Isabella y la hija de ambos, Fuensanta, de apenas seis años de edad. No hubo peros ni preguntas. Dos meses después, arribaron a Maracaibo y, desde entonces, la chiquilla fue educada como venezolana hasta el punto de que su italiano era mediocre. Unos años después, y tras la muerte de Marco, los padres de la chica se mudaron a Caracas donde la fortuna comenzó a sonreír a Giuseppe ya que su negocio de importación de zapatos italianos iba viento en popa.

Fuensanta era adicta a la literatura y a la música. Se la consideraba, dentro de los selectos ambientes de la alta sociedad caraqueña, una intérprete avezada en Schumann y sus relatos y poemas se publicaban con cierta asiduidad en la gaceta del Ateneo Bolívar del que ella y sus padres eran socios desde hacía muchos años. Además, a juicio de los jóvenes que la cortejaban, era una mujer deliciosamente encantadora, de conversación vivaz e interesante, de talle esbelto y elegante, con unos ojos miel que hechizaban y una expresión dulce que atraía como un imán a los pretendientes. Era difícilmente comprensible, por tanto, que no acabara de encontrar a ningún galán que la interesase. Descartados problemas médicos, Isabella había incluso recurrido a las malas artes para lograr verla esposada. Primero, y por consejo de su comadre Antonia Juana de Fuentes, viuda del conde de Martens, contactó con una bruja que tenía buena fama de casamentera. No era ella mujer dada a misterios y supercherías pero pensó que, por intentarlo, no se perdía nada. Tras unos meses de rituales ridículos, compra de hierbas de nombres impronunciables en la botica, y de diluir a escondidas en el té de Fuensanta diversas pócimas, llegó a la conclusión de que la vieja sólo le sacaba la plata sin beneficio alguno. Después, fijó su interés en San Antonio, santo milagrero y casamentero, cuyos dones celestiales no fueron suficientes para doblegar el rechazo de la chica a abandonar la soltería.

- Estás poniéndote en ridículo, madre – le había regañado en más de una ocasión- Ya os lo he dicho. No tengo tiempo ni ganas para el matrimonio. Tengo tantas cosas que leer, tanto que aprender…

En esos momentos, Fuensanta entraba en una especie de letargo melancólico, se quedaba observando el jardín que se extendía al frente de la casa y nadie conseguía arrancarla de sus pensamientos.

Como que la joven había ya llegado a una edad en que los rumores comenzaban a hacerse insoportables, sus padres habían decidido forzar su voluntad por vía de la compasión. Durante meses, inventaron historias sobre la mala marcha de los negocios familiares, sobre la repentina bajada del interés por la moda italiana y por las dificultades que las convulsiones que vivía Europa a mediados de los años treinta estaban originando en el mercado mundial. Las exportaciones europeas, explicaba Giuseppe, se detendrían de un momento a otro a lo que Isabella, fingiendo unas lágrimas que le costaba aflorar, contestaba con un qué va a ser de nosotros. Con estas tretas, ambos lograron que se instalara en la finca un ánimo lánguido, temeroso del futuro y, sobre todo, de cierta recriminación hacia su hija. De tanto en cuanto, y como si surgiera por casualidad, le decían sotto-voce:

- Claro que si te casaras con ese joven, ¿cómo se llama?, Pedro Valerde, sí, eso es… bueno él es de muy buena familia, acaudalada con sus negocios en los Estados Unidos. Con él como esposo, no deberíamos temer por el futuro.

Fuensanta no pareció afectarse por las intrigas de sus progenitores. Intentó continuar con su vida, negándose a cualquier idea de matrimoniar. Perfeccionó su inglés durante un viaje de dos meses a Nueva York y consiguió un empleo como profesora ayudante en el Conservatorio. Asidua de la Biblioteca Nacional, era capaz de leer tres libros completos por semana y en el Ateneo le pidieron que escribiese una columna semanal para un diario de provincias que editaban. Giuseppe e Isabella continuaron, ajenos al desánimo, apelando a los remordimientos de la chica por no ayudar lo suficiente a las necesidades familiares.

Casi habían ya desistido cuando, una tarde, de pronto, Fuensanta se sentó junto a ellos en el salón con una expresión misteriosa, distinta de todas.

- Me he prometido.- soltó de sopetón- No le conocéis. Es norteamericano. Le conocí durante mi viaje a Nueva York…
- ¿Pero cómo no nos la habías dicho antes?- exclamó la madre, que se debatía entre la alegría de ver sus rezos atendidos y la desazón de no saber nada del hombre que pretendía casarse con su niña.
- Su nombre es Peter Wilson. Tiene prósperos negocios de comercio marítimo y ha estado viniendo cada mes a Caracas. Nos hemos visto a solas…

Los padres de Fuensanta fruncieron el ceño. No les gustaba en absoluto saber que su retoño estuviese con un hombre del que no sabían sus intenciones.

- Estad tranquilos. Es un caballero y sus intenciones son sanas. Hablamos, hablamos mucho, y eso fortalece nuestro amor.

Durante una hora, la asaetearon a preguntas de todo tipo y ella, dócil, contestó a todas ellas hasta convencerles de que el señor Wilson era una persona digna de su hija y de ellos mismos, acaudalado para calmar las supuestas penurias económicas por las que atravesaban y con intenciones de formar una familia cristiana. Aquí surgió el primer contratiempo:

- Veréis. Él es cristiano pero no católico. Su padre es un pastor presbiteriano, bastante fanático en sus creencias, y él no sería capaz de renunciar a su fe porque le mataría de un disgusto. De momento, preferimos llevar nuestra relación con discreción para no dar pábulo a habladurías y para preparar con cautela a su familia. Él va a necesitar un tiempo un tanto largo para convencerles por qué no ha elegido a una joven de su Iglesia como todos en su círculo hubieran deseado. Además, nuestra relación, aquí y allá, podría verse como pecaminosa por la reserva que estamos obligados a mantener. Os ruego que lo comprendáis y me apoyéis.

Por supuesto, no lo comprendieron. Querían conocerle ya, verle y dar una aprobación que estimaban obligatoria. Temían sinceramente por su Fuensanta y todo aquello, aunque era una solución a lo que tanto habían suspirado, era tan extraño que no les agradaba en absoluto. Con todo, para cuando la noche era ya cerrada y los grillos cantaban junto a las antorchas que iluminaban el jardín, Fuensanta les había convencido para que fueran pacientes y confiaran en ella. Se verían un día al mes, cuando su paquebote arribaba desde Nueva York. Eso sí, con la presencia de la mulata Berta, la criada que había cuidado a Fuensanta desde que llegaran a América y que para la joven era como una madre. Ya que la chica rechazaba totalmente el que sus padres conocieran aún al novio, al menos, la criada sería un parapeto contra el pecado y lo imprevisto. La joven había aceptado las condiciones.

Desde entonces, cada tercer viernes, ella se engalanaba y se dirigía al encuentro de Peter Wilson. Pasaba el día con él y regresaba feliz al anochecer con Berta de chaperona.

Fuensanta contaba, para tranquilizarles, de lo que habían hecho. Pasear por el centro y tomar un chocolate en la cafetería del parque Los Caobos. O visitar el museo de pintura de la Avenida Boyaca donde ella le había explicado la belleza de los cuadros impresionistas que se cuelgan en sus paredes. Él- dijo- conocía poco de arte y a ella le encantaba abrirle a un nuevo mundo de inspiración que, según le decía, era tan hermoso como su risa. Otras veces, contaba que se sentaba frente a los estanques de la Plaza Bolívar, junto a los dos grandes monolitos, y disfrutaban de los gorriones que jugueteaban entre los parterres de flores y de dos cigüeñas que trasladaban ramitas entre lo alto de las columnas y la islita central. Algún día, contó de cómo echaron migas de pan a las palomas que rodeaban la estatua ecuestre de la plaza Caracas y en ocasiones deambulaban por el mercado de San Jacinto, donde compraban ciruelas que luego comían sentados en el parque de Santa Cruz. O de las tardes de confidencias junto a las Tres Gracias, en esas tardes en que la brisa era dulce y buena y parecía susurrar melodías de bolero a las parejas. Viajaban en el tranvía, pintado de rojo chillón, con sus troles chisporroteando en lo alto, y deban vueltas y vueltas por la ciudad. Incluso, fueron a ver la estatua de Washington para que Peter se sintiera un poco más cerca de su patria.

Un año transcurrió y durante cincuenta y dos viernes, Fuensanta contó de Peter y de sus paseos. A pesar de la insistencia de sus padres, nada dijo de cuándo sería el matrimonio, ni de si Wilson había ya transmitido de manera suave a sus padres sus intenciones de desposar con una católica. Ni que decir tiene que Isabella se encargaba de someter a un tercer grado a Berta tras cada regreso pero esta, que siempre había sido parca en palabras, sólo ratificaba lo contado por la chica.

- Tienes que traerlo a casa y presentárnoslo. Compréndelo. Tu padre y yo estamos preocupados. Tanto secretismo no es normal y los amigos comienzan a murmurar – le espetaba con malos modos su madre más de una tarde.
- Todo a su tiempo, madre. Todo a su tiempo. Es un asunto delicado- contestaba ella.

Llegó la primavera y, con ella, una nueva sorpresa: la noticia de que Fuensanta se marchaba a los Estados Unidos. La Escuela de Artes de Nueva York la había contratado como profesora senior de teoría pianística. Además, así, tendría oportunidad de estar más a menudo con Peter.

Hubo lloros de la madre, malas caras del padre, amenazas de desheredarla, súplicas cuando todo lo demás falló y, finalmente, aceptación de lo que la obcecada chica había ya decidido y aceptado.

- Es tu culpa- había aseverado Giuseppe con irá frente a su mujer-. Tiene tu carácter indomable. Inapropiado para una dama. Esta hija nuestra siempre ha sido intratable y sólo me ha traído disgustos.

El vapor salía a las diez, con la marea alta. Su baúl estaba ya a bordo. Fuensanta se había ya despedido de sus padres. Ellos estaban en la dársena saludándole con la mano en alto. Fingió que había olvidado algo y llamó con un gesto a Berta que se acercó hasta la pasarela por donde la chica subía al paquebote.

- Gracias, Berta. Nunca podré pagarte lo que has hecho por mí. Quiero que des esta carta a mis padres dentro de unos días, cuando yo ya esté muy lejos.
- Así lo haré mi niñita,- contestó la mulata al tiempo que las lágrimas le inundaban los ojos- sabes que has sido una hija para mí. Yo te crié…
- Lo sé- contestó Fuensanta al tiempo que se abrazaba a ella- Lo sé y por eso sabes que no puedo atarme a un hombre, que necesito mi libertad para aprender, para vivir, para ser yo misma.
- Lo sé.
- Toma, aquí está la carta. En ella les explico que Peter nunca ha existido y que les he engañado, con todo mi pesar, para ganar tiempo y lograr un buen empleo que me permita vivir por mí misma. Y ten, acepta este dinero. Lo necesitarás. Es probable que te despidan…

Berta la apretó contra su pecho, estrechando el abrazo.

- Mi hijita. Mi hijita. Te echaré de menos.

La bocina sonó tres veces y un marinero hizo que Fuensanta entrara dentro. Retiraron las amarras y el traqueteo de las máquinas hizo que el barco se deslizada con suavidad hacia la bocana del puerto.