22/5/11

Entonces, cuando era idiota


Yo creía en el amor. Entonces, cuando era idiota.

Tenía diecisiete años y mi rostro batallaba con un acné inmisericorde contra el cuál las infusiones de té, con las que mi madre me hacía lavarme, nada podían. Yo trabajaba de botones en el hotel Orleans, hoy desaparecido. Bastante céntrico, ocupaba un enorme caserón que antaño fuera palacio ducal. Sus habitaciones tenían un sabor barroco, con cortinones opacos policromados en las ventanas, muebles de gruesa madera hábilmente labrada y baños con grifería del siglo XIX. Su restaurante era célebre por la exquisita comida francesa que hacía honor al nombre del establecimiento. Las cinco estrellas que adornaban la placa dorada remachada sobre la pared de la entrada indicaban el tipo de clientela que podía hospedarse en él. Gentes de posibles, como por entonces se decía, o lo que es lo mismo personas de no tan probada reputación a las que el dinero disfrazaba turbios negocios o vidas disolutas. Por allá había pasado, o al menos eso se decía, el mismísimo zarévich Alexis y la misteriosa Ana Pinkerton de la que se afirmaba había sido amante de más de un primer ministro europeo.

El que yo hubiera llegado a aquel ambiente, siendo casi imberbe y de modesta familia, se lo debía a mi tío Avelino, funcionario del Ministerio de Trabajo y amigo del jefe de personal del hotel. Yo había recién terminado el bachillerato y, aún sin decidir si continuaría estudios de magisterio, mi padre habló con el tío para que, al menos durante el verano, estuviese ocupado y aportara algún beneficio a la economía familiar.

- El muchacho debe espabilar, Juan- le había dicho mi tío a mi padre- que yo a su edad ya estaba a punto de casarme, caramba. La culpa de que estos jóvenes sean tan blandengues es vuestra, que ya no hay mano firme como en nuestros tiempos.

Fue un dos de junio cuando me vestí por primera vez con el uniforme granate de botones dorados y un gorro que parecía un quepis de la legión extranjera con tendencia a caérseme en cuanto me descuidaba. Aunque eran días ajetreados, me acostumbré pronto al trabajo y debo decir, sin falsa modestia, que no había quejas de mi comportamiento y eficacia. Cargaba las maletas con diligencia, saludaba con humildad casi reverencial a los clientes cada vez que estos entraban y salían a través de la gran puerta giratoria y corría al mostrador de recepción en cuanto sonaba la campanilla que reclamaba un recadista. Me hice buen amigo de Claudio, otro chico de mi edad que llevaba ya más de un año trabajando de botones y que, en los primeros días, me enseñó todos los truquillos que ayudan a sobrevivir en un hotel. Cosas como qué conserje tenía malas pulgas o cuál era simpático, cómo colarse en las habitaciones del noveno – poco ocupadas por lo general- para fumarse un pitillo sin ser visto, o como hacerse con unos pastelillos de la cocina cuando el estómago apretaba a media tarde. Y, cómo no, un completo listado de con qué muchachas de la limpieza, camareras y lavanderas había alguna posibilidad. Para ser sincero, tras las dos primeras semanas de zozobra, aquel empleo me encantaba.

Matilde Barrionuevo llegó al hotel, maldita la hora, el día seis de agosto. Tenía dieciocho años, de eso me enteré más tarde, hija de un adinerado constructor sevillano, y era la mujer más maravillosamente hermosa que yo jamás hubiera visto. Una belleza como yo nunca hubiese pensado que podría existir. No es que se me dieran mal las chicas. Yo había tenido ya dos novietas y había hecho un par de estrenos sexuales en el puerto con una pelirroja que decía ser noruega pero a la que su acento delataba. Pero Matilde era distinta, un ángel que se movía como por encanto por el hotel y cuya sonrisa iluminaba hasta la más oscura de las estancias. Recuerdo que mientras colocaba las muchas maletas de su familia en el bellman ella me miró y nuestras miradas se entretuvieron la una en la otra durante un tiempo que a mí me pareció infinito. La mía, sin duda, por el impacto y el hechizo de aquel rostro que me abobó casi de inmediato. La de ella, probablemente, por pura casualidad. La chica se hospedó con sus padres en la cuarta planta, en una suite con dos habitaciones comunicadas y una gran terraza que daba al parque.

Si yo hubiera tenido otro puesto de trabajo es posible que aquella emoción se hubiese diluido como una nube de verano pero es que, estando allá parado en la puerta o en el recibidor, me la encontré todas y cada una de las veces que ella se dirigía al comedor, que entraba o salía, que bajaba a tomar tostadas con chocolate para merendar. Me las arreglaba para no dejar de observarla sin que fuera evidente, sin que mi jefe se percatara de que pudiera estar importunando a una clienta. Así, en cosa de una semana, creía conocerla como a mí mismo. Sabía de sus gestos, de sus gustos – le encantaba el pastel de cerezas-, podía reconocer su voz en la distancia, su hablar elegante, sus modales refinados, su cara de ángel y su vestuario tan a la moda americana, con aquellas blusas y aquellos pantalones ceñidos que yo había visto en las películas. Para resumir y no cansar con detalles, diré que todo en ella me parecía admirable, arrebatador. No lograba encontrar ningún defecto y diez días después era consciente de que estaba locamente enamorado de la señorita Barrionuevo, una mujer absolutamente inaccesible para mí. Algo que me desesperaba. Nos separaban tantas cosas que, hasta yo, joven inexperto y alocado, era consciente de ellas. Yo no tenía ni la clase, ni el estatus, ni el dinero, ni la cultura necesarias para siquiera soñar con arrimarme a ella.

Fue entonces cuando sucedió lo que yo interpreté como un milagro, aunque hoy sé que fui un idiota. Matilde salió de desayunar y se demoró en la recepción mientras sus padres subían a la habitación. Debía haber regañado con ellos porque se le notaba malhumorada aunque aquel ceño adusto la hacía aún más hermosa. Sea como fuera, salió al exterior del hotel, se acercó a mí y, sonriéndome ligeramente, me dijo de sopetón.

- Hola, me llamo Matilde y no quisiera importunarte pero, ¿tendrías un cigarrillo? Lo necesito, ¿sabes?

No sabría describir la sensación de aturdimiento que me atacó y la cara de tonto que puse debió alarmarla, pero sí me acuerdo que le dije que ahora mismo, que yo era Juan José, que podía llamarme Juanjo y que le traía el cigarrillo enseguida y que yo estaba allá para servirla en todo. Volé al almacén, agarré a Claudio por las solapas y le urgí a que me diera no un cigarro sino toda la cajetilla.

- Oye, chaval, ¡qué es mi tabaco!, ¡me debes dos!¡con intereses!

Corrí pasillo afuera y, aún con la respiración entrecortada, le tendí el tabaco a Matilde que me sonrió – y juro que la cara de ella cuando reía era la de algún ángel destinado a la tierra-, me dio las gracias y, tras un par de caladas, se volvió hacia mí y dijo:

- Gracias… Juanjo, has dicho, ¿verdad?, te lo agradezco de veras. No se lo digas a mis padres ni a nadie, ¿de acuerdo? Me tratan como una cría y ya estoy harta. Gracias, de veras. ¿Puedo quedarme con la cajetilla?

- Claro, y me puedes pedir otra cuando la necesites. A cualquier hora- repliqué.

Tiró el cigarro al suelo, lo aplastó con su pie delicado, me regaló otra sonrisa y desapareció dentro del recibidor.

A partir de aquel día, mi enamoramiento fue infinito, pasional, tierno, con la frescura de los primeros amores, con las expectativas vírgenes que se tienen antes de conocer el lado más oscuro del amor. Cierto era que todo nos distanciaba pero yo estaba seguro que acabaría casándome con ella. Una tarde, a la salida del trabajo, fui a la biblioteca y me leí todo lo que encontré sobre Sevilla. Si al cabo era de allá, yo me iría con ella al final del verano. Estaba decidido y sólo daba vueltas a cómo contárselo a mis padres. La veía todos los días y nos saludábamos. Incluso intercambiábamos algunas palabras y, en unas cuantas más ocasiones, le pasé más cigarrillos bajo manga. Ni que decir tiene que nuestra relación no pasaba de ahí. Yo no sabía qué contarle ni cómo decírselo y temía más que nada en el mundo que pudiera rechazarme. Cosa que me negaba a creer que pudiera suceder porque yo, entonces, creía en el poder del amor. Como en Romeo y Julieta o en Tristán e Isolda. Que yo la amaba estaba más claro que el cielo azul de aquel verano. Que ella sentía algo por mí, también. Porque, si no, ¿cómo explicar que yo fuese su confidente, la persona en la que confiaba más de todo el hotel? Claudio intentaba disuadirme sin ningún éxito.

- Déjate de leches, Juanjo. Esa chica no es para ti. ¿Pero no te das cuenta que baja la basura en bolsas de Loewe, joder? Tú no encajas ahí. Despierta, coño.

Yo le discutía que no, que yo iba a encontrar el modo de contarle mis sentimientos, que quería pedirle ir una noche a la discoteca, invitarla a cenar, que las diferencias sociales son gilipolleces que el amor derrota en un plisplás.

Nuestra rutina de encuentros continuó casi inalterada pero yo fui urdiendo un plan detallado para conseguir una cita con ella, una estrategia que confluía el domingo veintiocho de agosto, una semana antes de que dejara el hotel, fecha de la cual me había enterado espiando el libro de registro de la recepción. Sabía que ese día sus padres asistirían a una cena que el director del hotel daba en honor a sus huéspedes más selectos y a la que, según me contó Claudio, sólo acudían los adultos. Así pues, Matilde, estaría sola y yo iba a invitarla a cenar. Estaba tan convencido de que lo lograría que pasé noches planeando hasta los mínimos detalles. Nunca se es demasiado previsor cuando sólo el triunfo es aceptable. Lo mejor era la sorpresa. Ella estaría sola, aburrida. Me presentaría ante ella y la invitaría. Y ella diría que sí y sería la noche más maravillosa de mi vida.

Me gasté parte de la paga en una camisa nueva, lustré los zapatos como nunca lo había hecho y encargué un ramo de seis rosas en la floristería de la calle San Marcos. Tomé prestadas una corbata a rayas azules y una chaqueta de mi padre y reservé una mesa en un pequeño restaurante italiano al borde del río. Fui dos días antes a hacerlo y a inspeccionar el lugar. Me quedé de piedra al ver los precios de la carta pero la ocasión bien lo merecía. Había un problema que no estaba solucionado. Deberíamos pedir dos copas de vino, algo que yo había leído era imprescindible en una cita romántica, y confiaba en que el camarero no sospechara que yo no tenía la edad reglamentaria para beber. No sería lo mismo cenar con coca cola. Por si las moscas, reservé algún dinero para sobornar al mozo. En nuestro hotel funcionaba y así ocurriría en el restaurante.

- Estás como una regadera, chaval- me dijo Claudio el sábado- pero, en cualquier caso, te deseo suerte. ¡Demuéstrale lo que vale la clase trabajadora!

El día llegó. Al acabar mi turno al mediodía corrí a casa, tomé una ducha, me acicalé y me puse la corbata ante el asombro de mi madre.

- Vendré tarde- voceé al salir.

- ¿A dónde vas, Juanjo? ¿Trabajas de noche? – atinó a contestar mi madre pero para cuando terminó la frase yo ya estaba en el portal.

La floristería que había elegido habría los domingos hasta las tres por lo que hube de apresurarme para recoger el ramo que, hay que decirlo, era precioso. Deambulé un par de horas con las flores en la mano para hacer tiempo y noté que la gente me miraba como a un bicho raro. Un chaval adolescente, entrajetado y con un ramo, sólo causaba risitas en el personal.

Por fin, dieron las seis. Ya habría comenzado la recepción del hotel. Matilde ya estaría sola. Quizá en su habitación. Mejor si así fuera. Sería más íntima mi invitación.

Entré en el hotel por la puerta de servicio. No quería que el jefe me viese vestido de bonito y con un ramo en la mano. Crucé el pasillo y llegué al hall más allá de las curiosas miradas del mostrador. Tan bien peinado, lavado y perfumado, parecía uno más de los huéspedes. Los viejos, como preveía, estaban ya todos en la sala Benavente, brindando con el cocktail de bienvenida. Di una rápida ojeada al lugar y me dirigí hacia el ascensor para subir a la cuarta planta. La flecha indicadora del elevador mostraba que estaba ocupado
y que bajaba. Esperé y aproveché aquellos segundos para aspirar el aroma dulzón de las rosas, el aroma que Matilde iba a respirar dentro de nada.

Se escuchó el cling del ascensor al llegar al rellano y la puerta se abrió. Me quedé inmóvil, bloqueado de pies a cabeza. Allí, saliendo del aparato, justo enfrente mío, estaba Matilde- hermosa, el pelo echado hacia atrás, un vestido con escote que enmarcaba un cuello de diosa adornado por un collar que brillaba a la luz de las arañas del vestíbulo – del brazo de un muchacho emperifollado y con el pelo peinado con gomina. Ella me miró y al verme vestido con corbata y con flores en la mano, tuvo un segundo de incertidumbre hasta decir:

- Hola, Juanjo. No te había reconocido, chico. No sabía que además de botones trabajaras de repartidor de flores. Y son preciosas. ¿Verdad que lo son, Antonio? – y miró a su acompañante con una ternura que a mí me hirió en lo más hondo- Juanjo es el botones del hotel y me ayuda a fumar de vez en cuando- explicó al tontolaba de la gomina.

- Ah! pues gracias, hombre. Todo el que ayuda a mi chica, es mi amigo. Por cierto, te compro una rosa. Esta novia que tengo merece una, ¿no te parece?

Sin que yo fuese capaz de mover un músculo de mi cuerpo ni de articular una palabra ni de menear una pestaña, él tomó un clavel y continuó:

- ¿Cuánto es? ¿cien pesetas?

- Dale mil. No seas rácano. Que el chico me ha ayudado mucho. Anda, hazlo por mí – y la muy traidora volvió a ponerle ese mohín tierno que me destrozaba.

Tomó el clavel, me puso el billete de mil en el bolsillo y me dieron la espalda.

- Tenemos prisa, lo siento- dijo Matilde- tenemos mesa a las ocho. Muy bonita la flor. Te veo en la puerta mañana.

Si no hubiese sido por Claudio que me encontró aún rígido, con los cinco claveles restantes en la mano, aturdido, la mirada perdida en no sé dónde, incapaz de reaccionar y con un río de pena y odio inundando mi alma, el jefe me hubiera sorprendido y me hubiera despedido. Mi amigo sólo dijo:

- Te lo dije, idiota. Y recuerda que aún me debes dos cajetillas.

Yo asentí.