29/7/12

Tokio Blues

Cuando se lee un libro que ya tiene muchos años de vida (fue escrito en 1987) es difícil abstraerse de lo que sobre él se ha escuchado. Y si la novela es Tokio Blues (Maxi Tusquets, edición 2011), de Haruki Murakami, uno ya ha leído las más numantinas defensas del libro o las más ácidas críticas. Si algo parece tener Murakami es que atrae el extremismo en el comentario. Cuando este es negativo, además, da pie a que los críticos nos den una lección magistral sobre literatura japonesa (“lo que hay que leer es a Mishima o a Kawabata”) o sobre literatura comparada (con Kafka, con Gilliam o Salinger, con Pynchon o Lynch). Por eso, inicié la lectura de Tokio Blues (originalmente titulado Norwegian Woods, como la canción de Los Beatles) con una sensación desagradable: la de tener que racionalizar la lectura, criticarla inconscientemente en cada frase, enfrentando los comentarios ya escuchados, en vez de simplemente leer y sentir, - lo que Salinger llamaba "as an amateur reader", de eso se trata en la literatura, de sentir- el efecto que las palabras provoca en uno. Y, tras terminarlo, me sitúo entre los defensores de la novela.

Tokio Blues es un acercamiento delicado a la muerte y al amor que, aunque escrito en un marco adolescente, es perfectamente extrapolable a cualquier edad y a cualquier tiempo. Me interesa la metáfora del triple amor que Murakami ofrece a través de las tres mujeres que tienen presencia importante en la vida de Watanabe: el amor idealizado, inalcanzable por inhumano, eternal, casi el primer amor que nunca se completa, que representa Naoko; el amor del goce, que acaba y comienza en darse amparo ante la soledad (pero que no es simple sexo porque involucra sentimientos profundos) simbolizado en Reiko;  y el amor realista, cotidiano, el amor posible, rutinario posiblemente, que representa Nadori. Una trinidad que se nos presenta a todos en nuestra vida. Y lo mismo ocurre con la presencia sutil y constante de la muerte, no como un hecho dramático orquestado con trompetas y timbales, sino como una lluvia persistente que siempre está ahí, que nos rodea casi continuamente, engarzándose con las más cotidianas actividades. Las páginas de la novela son un recorrido constante entre la muerte sin grandilocuencia (Kizuki, el padre de Midori, Naoko) y los intermedios que conceden el amor y la nostalgia. Esa idea de la muerte como compañera insignificante, anodina, cercana, como una componente diaria de la vida, es omnipresente en la novela. Una elegía acerca de cualquier ser humano. En Tokio Blues es un joven el que se enfrenta a esa muerte, a los golpes de la vida, pero Murakami describe sus reacciones, en realidad, como las de un adulto bien formado ya que, aparte de las juergas del Colegio Mayor, sus emociones son más propias de otra edad.

 Aunque el mismo escritor señalaba que esta es una novela realista, no lo es tanto. Es verdad que  cada capítulo está repleto de llamadas a hechos reales (canciones, sucesos, calles, acciones cotidianas… incluso con pasajes claramente cómicos) pero también  incluye situaciones de clara ambientación mágica, como el propio hospital donde Naoko está recluida, el pozo imaginario del bosque, la huida de Watanabe huyendo de su propio remordimiento, el incendio visto desde la azotea. No es cierto que sea un trabajo superficial (aunque también puede leerse sólo así) porque la narración revela una forma de enfrentar el mundo armado sólo con el conformismo ante lo inevitable, con la conciencia siempre presente de que la vida acaba en la muerte y que los deseos se doblegan siempre a la realidad de los acontecimientos, sin dioses que nos salven, con esa certeza, casi de tragedia clásica, de que la vida hará lo que le venga en gana y nosotros sólo seremos actores forzados de sus actos.

La prosa del japonés está saturada de detalles, de colores, de impresionismo escrito, siempre con un halo irreal incluso cuando describe un bar o un revolcón a deshoras. Especialmente, en los capítulos iniciales o en las descripciones del hospital donde Naoko está recluida. Un estilo que construye simbolismos, detallista, introspectivo, melancólico, deliberadamente lento a veces, que se recrea en la inacción (los silencios entre los personajes siempre muy presentes), en lo particular más que en la visión general. Las reacciones de los personajes no son previsibles, no son planas, están llenas de contradicciones y crean una tensión narrativa interesante.

Como ya indicaba al hablar de Al sur de la frontera,al oeste del sol, es cierto que Murakami repite códigos en sus novelas. La ambientación, la forma de expresar, las imágenes simbólicas, las atmósferas de los lugares, el sentir de los personajes son similares a otras novelas del japonés.