20/7/12

Encuentro en Colonia




El rojizo display que indicaba la velocidad del tren rápido ICE dejó de señalar los doscientos kilómetros por hora para apenas marcar cincuenta. Aunque no sabía alemán, creí entender en la metálica megafonía que nos acercábamos a Colonia, impresión que corroboré con el inquieto movimiento de los pasajeros cuando empezaron a coger sus maletas y situarse en el pasillo.

Estaba nervioso. Y, a ciencia cierta, no sabía muy bien cómo debería actuar. Sólo tenía un nombre, un número de teléfono y unas memorias que señalarían un antes y un después en mi vida.

He de reconocer que nunca se me hubiese ocurrido comenzar este viaje si no llega a ser por el ineludible deber que me impuso mi abuelo materno poco antes de fallecer. Yo siempre había estado muy unido a él de modo que, cuando me llamó al hospital y me entregó el sobre que habría de hacer llegar a una tal Helga Hinsmayer, no hice preguntas y me sentí dichoso de haber sido yo el elegido para cumplir una de sus últimas voluntades. Tampoco puse en cuestión su petición de que no dijera nada a mi madre. Poco más pudo explicarme ya que su corazón decidió que era el momento de abrazar las nubes y navegar al cielo. Mientras las enfermeras intentaban infructuosamente amarrarlo al bolardo de la vida, me senté en uno de los bancos del hospital acariciando el paquete y preguntándome por qué sería tan importante para mi abuelo.

Con los nervios del funeral, el sobre quedó olvidado sobre la cómoda de mi habitación al menos durante una semana hasta que, una tarde, me percaté de que estaba allá, esperando a que yo cumpliera la promesa hecha en la clínica. En su exterior, aparecían sólo un nombre de mujer, un teléfono y una ciudad: Colonia.

Encendí un pitillo y observé las nubes plomizas que llegaban del oeste y que anunciaban tormenta. Comenzaba a oscurecer y las luces de los apartamentos iban dibujando figuras caprichosas sobre las paredes de los edificios. Encendí la lámpara de la mesita y me senté en el sofá, junto a la ventana. Abrí el sobre casi con reverencia y sentí una cierta desilusión cuando comprobé que era un bloc sencillo, amarillento de tiempo y polvo. Se trataba de un diario manuscrito por mi abuelo. En la primera de sus hojas había una dedicatoria: “A Helga, mi compañera tierna”.

Quedé tan sorprendido que tardé en reaccionar. Mi abuela era aragonesa y, por descontado, no se llamaba Helga. Quise suponer que aquel nombre correspondería a alguna novia de juventud. Siempre había oído que mi abuelo, de joven, fue apuesto y avezado galán. Mas la segunda página me sacó de toda duda. Comenzaba con una fecha. Diez de mayo de 1966. Y hasta donde yo sabía, mis abuelos se casaron a mediados de los cincuenta. Así, pues, mi abuelo había tenido una doble vida de la que ni yo ni nadie de mi familia conocíamos nada. Entendí por qué el muy puñetero me había pedido que no le contara nada a mi madre. De hacerlo, se moriría del disgusto. Debió ocurrir en aquellos años en que su empresa – era ajustador mecánico- lo envió a unos cursos trimestrales en Alemania. Era una anécdota en su vida y apenas la había mencionado. Según él, un trabajo más. Sentí una especie de vómito interior, como un efluvio de rabia que me amargaba el paladar y el alma. Me sentía engañado, traicionado. La idea que yo tenía de él era un espejismo. De pronto, aquel hombre se me antojaba un desconocido. Pensé en mi abuela, en si ella llegó a saber algo de aquellos cuernos inmerecidos, en si aquel romance fue pasajero o perduró por muchos años. Sabía la respuesta. El sólo hecho de que me hubiera encargado llevar el diario a la señora Hinsmayer denotaba que, aún en su lecho de muerte, mi abuelo estaba pensando en ella.