6/1/17

Diálogos



Le costó hacerse paso entre la multitud que abarrotaba las calles del sur de la ciudad y el ágora. Podía sentirse el aire henchido de tensión, miedo y esperanza a un mismo tiempo. Meses atrás, aquellos miles de ciudadanos se habían congregado en torno al templo de Oriases pero los rezos y las ofrendas no les habían saciado el hambre ni liberado de los impuestos, así que hicieron lo que el ser humano ha hecho siempre. Si Dios no responde, se crea un dios que sí lo haga.

Aeneas logró alcanzar por fin el portón trasero de la academia. Tocó con el soniquete acordado – tres golpes cortos, dos segundos de espera, otro golpe- y esperó. Pronto se escuchó el crujir del gozne de un cerrojo y la puerta se entreabrió.

- Soy yo, Aeneas. La maestra me está esperando.

El siervo le franqueó el paso y se apresuró a cerrar, no fuera que las turbas inquietas sintieran la curiosidad de entrar en el recinto. Aeneas caminó los sesenta metros que le separaban de la sala grande y entró sin llamar.

- Llegas tarde, Aeneas – se escuchó la voz de Idola, la maestra, que esperaba sobre el atrio, al fondo.
- Lo siento. El gentío me impedía pasar y he procurado ser prudente y no despertar sospechas, menos aún atraer a la muchedumbre hasta el portón.
- Sea. Son tiempos convulsos. Cuando la locura se derrama, lo hace de súbito, sin posibilidad de calma o razonamiento. ¿Comenzamos? – Idola dejó el pergamino que tenía en la mano sobre la mesa y miró a los alumnos detenidamente.

La Academia Parmona debía su celebridad a que en ella habían disertado Epiménides y Solón. Cierto que aquello sucedió por un breve periodo pero los maestros que durante décadas habían sucedido a los pioneros habían probado tener también un profundo sentido filosófico y un amor por la verdad incontestable. Había cinco alumnos en aquel curso, cuatro varones y una mujer, todos jóvenes inteligentes que provenían de familias acomodadas. A pesar de su procedencia, o quizá precisamente por ello, en la Academia se les exigía humildad, apertura de mente, empatía para con los desdichados y caridad para los necesitados. Todo aquel que mostraba orgullo o desprecio era expulsado. 

- ¿Qué pensáis de los convulsos días que vivimos? – preguntó Idola.
- El pueblo, en sus pocas luces, corre hacia el abismo cuando reclama que Soterios sea nombrado estratega general. Él sólo quiere el poder – contestó Hemelos, vehemente, alzando la voz más de lo que a la maestra le agradaba. Lo convertirán en un dios cuando es un demonio.
- En mi opinión, Soterios es un demagogo que sólo mira por él pero ofrece una esperanza al pueblo- replicó Tarasios -, y cuando hay desesperación cualquier esperanza es buena, por muy peregrina que parezca.
- ¡Esto pasa porque las mujeres no podemos votar! – la que hablaba era Helena.
- ¿Acaso piensas que cambiaría el resultado? – preguntó Idola con sincero interés.
- Por supuesto – contestó la joven con seguridad.
- ¿Pero no eres de la opinión que tanto hombres como hembras somos iguales en el mundo? –  interrumpió Aeneas, mirando a Helena con unos ojos que denotaban algo más que curiosidad.
- Así es, ¿acaso tú lo dudas? – le replicó, devolviendo la mirada con algo más que curiosidad.
- Sabes que no, lo sabes bien. Pero si como ambos opinamos, no existe diferencia alguna que justifique la segregación por sexos, habrás de convenir conmigo en buena lógica que tampoco habrá distinciones en las mentes y en los pensamientos y, por tanto, las votaciones serán, como media, similares cualquiera que sea el grupo que vote.
- Convengo, pero entonces acepta tú que voten sólo las mujeres y se prohíba hacerlo a los hombres, que tanto daría.
- Diferente asunto es si pudieran votar metecos y esclavos – terció Zeno, el mayor del grupo que había incluso participado en la guerra contra los macedonios y que mostraba siempre un aire resignado y pesimista.
- Obvio, amigo Zeno, estos tienen intereses ajenos a los nuestros. Los extranjeros velarán por su patria y los esclavos anhelan su libertad. Si Soterios se la promete, le seguirán aunque sea el mismo dios del inframundo disfrazado.
- ¿Así pues, pensáis que un extranjero ha de tener intereses diferentes a los nuestros, tan sólo por el hecho de serlo? – Idola gustaba de hacer avanzar el debate proponiendo preguntas que forzaran a sus pupilos a reflexionar-. Al fin y al cabo, todos somos seres humanos que buscamos lo mismo: felicidad, bienestar, amor y compañía. 
- Pero no existen los apátridas, maestra. O, al menos, son muy escasos, una anormalidad en la civilización. Será que perseguimos más ideales que los que has citado.
- El sexo, por ejemplo – Hemelos sonrió con picardía.


Desde fuera, llegaba el griterío del pueblo reunido en torno a Soterios. No sería extraño que la Asamblea pusiera en guardia a los soldados.


- Podría ser que la idea de patria sirviera solo para creer en la fábula de que aquí o allá, con estos o con los contrarios, cada uno va a encontrar más fácilmente el amor y el bienestar – volvió a hablar Idola- Porque nadie en el mundo ha seguido una patria que prometiera hambre y muerte.
- Soterios promete el paraíso, sí. Si debemos hacer caso de sus palabras, si él es elegido para liderar la Boulé, en cuanto se siente en la cabecera de la Asamblea, habrá pan, desaparecerá la sequía, llegarán riquezas de Oriente y las cosechas serán excelentes – era Tarasios el que hablaba.
- Dice lo que el pueblo desea escuchar – respondió Zeno.
- ¿Y acaso podemos reprochar que un político intente conseguir lo que el pueblo desea? ¿No es eso la democracia? – preguntó Idola - ¿o preferís el nepotismo?
- Eso es demagogia, maestra. – contestó Helena.
- Buscar el bien del pueblo como lo desea el pueblo no puede ser considerado como dañino, al contrario es lo deseable, ¿no? ¿Por qué hemos de decir que cada vez que un dirigente halaga el pueblo, está cometiendo demagogia? ¿No es acaso su misión halagar al pueblo que lo elige, satisfacerlo, darle los caprichos a los que aspira? – Idola miraba sucesivamente a cada uno de sus alumnos.
- Sólo si lo piensa de corazón. Entonces, es elogiable. Pero si miente, si sabe que lo que dice no puede ser conseguido o no sabe cómo conseguirlo, pero aun así lo manifiesta, entonces cae en la demagogia.
- Así es Helena- aceptó la maestra- pero, ¿quién puede saber a ciencia cierta qué siente o piensa el que promete? ¿Acaso podemos juzgar algo que no vemos o sólo las palabras que escuchamos? ¿Es justo prejuzgar sin otorgar la posibilidad del intento?
- El tiempo, maestra, el tiempo lo juzga. Basta esperar pocos meses para ver si lo que se decía es lo que se hace, o las promesas se las lleva el viento siempre cargando las culpas en otros. – afirmó Aeneas.
- Bien, entonces aún no podemos prejuzgar a Soterios – Idola paseaba entre los alumnos.


Comenzaban a llegar nubes desde el mar y una brisa ligera comenzó a hacer vibrar las ramas de los cipreses.


- Su caso es muy evidente, señora - Hemelos se levantó gesticulando- sus afirmaciones son evidentemente locas. Nadie puede hacer que las cosechas mejoren, controlar las tormentas, decir que donde hoy hay hambre dentro de tres meses habrá prosperidad, que la ciudad construirá casas y graneros para todos, que construiremos cientos de trirremes con lo que defenderemos la costa.
- ¿Por qué no? ¿No es el objeto del gobierno proveer a todos sus ciudadanos de bienestar y pan? – volvió a hablar la maestra.
- No puede sacarse de donde no hay – protestó Tarasios.
- No, pero puede repartirse equitativamente lo que existe y puede elegirse más sabiamente en qué gastamos lo que tenemos.
- Debo estar de acuerdo contigo, maestra- aceptó el muchacho.
- ¿Sí? ¿Entonces estarías también de acuerdo en que los esclavos tuviesen tanto como tú tienes?
- Eso es diferente- balbuceó el chico.
- O que los extranjeros compartieran tus pertenencias… es más, sabemos que los nubios pasan hambre, allá en el lejano sur… ¿habremos de mandarles gran parte de nuestras reservas de grano?
- La democracia es griega, maestra. Hablamos de “nuestra” democracia. 
- No estoy de acuerdo- habló Helena-, la democracia es universal o no es. 
- De acuerdo – Aeneas no supo si apoyaba a la joven con la razón o con el corazón.
- Entonces, debes convenir que los esclavos y los metecos podrían también votar, incluso los macedonios.
- Eso sería el fin de la democracia, señora – Zeno la miró fijamente.
- Al contrario. Un rasgo de la democracia es que, de tanto en cuanto, permite elegir a alguien que la destruye. Sólo la democracia tiene la grandeza de dejar que acaben con ella. La tiranía persigue a sus enemigos; la democracia les facilita su labor.
- Eso es horroroso- afirmó Aeneas.
- No lo es. La democracia puede permitírselo porque, a la postre, resurge siempre.