21/4/26

¿Continuar la literatura humana con IA (II)?

 

El mes pasado, en esta entrada, analizamos si un modelo de lenguaje, un LLM, puede continuar el inicio de una historia con calidad que pueda competir con un escritor humano.

Para ello, hicimos una prueba suministrando a Gemini y a ChatGPT fragmentos de obras de Baroja y de Pérez Galdós para comparar la continuación real ideada por los autores con las continuaciones que el LLM propone.

Repitamos aquel experimento, ahora, con Claude

Dejamos al lector comparar cuál de las respuestas, si la de Gemini o la de ChatGPT o la de Claude, es más literaria y comparar ambas con las reales.

Usaremos, por tanto, exactamente, los mismos prompts de entrada para que los resultados sean comparables.

Comenzamos con El árbol de la vida, de Baroja

Usuario: 

Crea la continuación de este texto que te doy: Serían las diez de la mañana de un día de octubre. En el patio de la Escuela de Arquitectura, grupos de estudiantes esperaban a que se abriera la clase. De la puerta de la calle de los Estudios que daba a este patio, iban entrando muchachos jóvenes que, al encontrarse reunidos, se saludaban, reían y hablaban. 

Claude:

Entre ellos destacaba un joven delgado, de unos veinte años, con el cuello de la chaqueta levantado contra el frío de la mañana. Se llamaba Javier Altuna y llegaba siempre el último, aunque raramente perdía la clase. Llevaba bajo el brazo un rollo de planos a medio terminar y una libreta con las tapas ya dobladas por el uso.

—Oye, ¿ha llegado ya Mendizábal? —le preguntó uno de sus compañeros al verle cruzar el patio.

—No lo sé. Vengo de fuera —respondió Javier sin detenerse, saludando con un gesto vago a los que le conocían.

El sol de octubre entraba oblicuo por encima de las cornisas, iluminando apenas la mitad del patio y dejando el resto en una sombra fría y húmeda que olía a piedra mojada. Los estudiantes que esperaban en la sombra se movían de vez en cuando, pisando el suelo con impaciencia, mientras los que habían tenido la suerte de dar con un rayo de sol permanecían quietos, como lagartijas, sin querer perderlo.

Sonaron al fin unos pasos apresurados en el corredor. Todos volvieron la cabeza. Era el bedel, un hombre grueso y calvo que abría las puertas con un manojo de llaves que tintineaba ruidosamente. Sin decir palabra, metió la llave en la cerradura, empujó la puerta con el hombro —costumbre suya, aunque la puerta no ofrecía resistencia alguna— y se apartó a un lado. Los estudiantes empezaron a entrar en tropel, hablando todavía, sin dejar de reírse de algo que ya nadie recordaba bien.

Javier entró de los últimos, buscó un sitio junto a la ventana y desplegó sus planos sobre la mesa inclinada. Miró un momento hacia la calle, donde pasaba un tranvía con gran estrépito de hierros, y luego bajó la vista hacia su trabajo. La clase iba a comenzar.

Aparte de la calidad literaria (que, en mi opinión es mejor y más elaborada que la de Gemini en el anterior experimento), el fragmento que el LLM propone es más largo y más direccional en la narrativa.

Ambas continuaciones difieren totalmente de la real de Baroja.



Pasemos, ahora, al fragmento de Trafalgar de Galdós.

Usuario:

crea la continuación de este texto que te doy: Se me permitirá que antes de referir el gran suceso de que fui testigo, diga algunas palabras sobre mi infancia, explicando por qué extraña manera me llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible catástrofe de nuestra marina.

Al hablar de mi nacimiento, no imitaré a la mayor parte de los que cuentan hechos de su propia vida, quienes empiezan nombrando su parentela, las más veces noble, siempre hidalga por lo menos, si no se dicen descendientes del mismo Emperador de Trapisonda. Yo, en esta parte, no puedo adornar mi libro con sonoros apellidos; y fuera de mi madre, a quien conocí por poco tiempo, no tengo noticia de ninguno de mis ascendientes, si no es  de Adán, cuyo parentesco me parece indiscutible. Doy principio, pues, a mi historia como Pablos, el buscón de Segovia: afortunadamente Dios ha querido que en esto sólo nos parezcamos.

Claude:

Aquí tienes la continuación, escrita en el mismo estilo decimonónico, con la voz del narrador de Trafalgar de Galdós —que es claramente el texto de referencia—:

Nací en Cádiz, en una callejuela angosta y umbría que desembocaba en el mar como si tuviera prisa por acabar. Era el año de gracia de 1791, y el mundo, que no sabía entonces lo que le esperaba, seguía girando con la misma indiferencia con que gira ahora. Mi madre, Francisca Pizarro —sin parentesco alguno con el conquistador, aunque ella no hubiera desdeñado reconocerlo— era mujer de ánimo resuelto y de escasos medios, viuda desde que yo tenía uso de razón, o quizás antes, pues de mi padre sólo conservé la más vaga de las memorias: unas manos callosas, olor a brea y el recuerdo de una voz que cantaba por lo bajo alguna copla marinera. Si vivió o murió en alguna de aquellas guerras que tanto gustaban a los reyes de entonces, nunca pude saberlo con certeza.

Mi madre me crió como pudo, que no era mucho, en aquel cuarto bajo que olía a salitre y a ropa húmeda. La vecindad era numerosa y bulliciosa: un cordelero que maldecía sin descanso, una vendedora de pescado que parecía haber heredado la voz de su mercancía, y el viejo don Marcial Morales, marino retirado que pasaba las tardes sentado a la puerta remendando redes que ya nadie iba a usar. Este don Marcial fue, a su manera torpe y brusca, algo parecido a un padre para mí. No era hombre de muchas letras, pero sabía de mares y de batallas como otros saben de sus propios sueños; y con él aprendí que el océano no es amigo de nadie, aunque algunos insensatos se empeñen en amarlo.

Tenía yo unos nueve o diez años cuando me llevó por primera vez al muelle a ver los navíos. Recuerdo que me quedé mudo ante aquellos cascos enormes, aquellos palos que se perdían en el cielo como campanarios de una catedral flotante. Don Marcial me puso la mano en el hombro y dijo con su gravedad de viejo lobo: Míralos bien, muchacho, que son tan hermosos como los ángeles y tan mortales como el pecado. No entendí entonces la profundidad de aquellas palabras; las entendería después, en el peor de los modos posibles.

Fue también don Marcial quien habló con el contramaestre Medinilla para que me tomara como grumete a bordo del San Agustín, allá por el otoño de 1804. Mi madre lloró, que era lo que hacían las madres cuando no podían hacer otra cosa, y yo partí lleno de una alegría sin fundamento, de esa alegría que sólo tienen los que todavía no saben lo que les espera.

Y así fue como un muchacho sin apellidos, sin herencia y sin más capital que unas piernas largas y una curiosidad indomable llegó a estar presente en el día más grande y más terrible que ha visto la marina española. Pero de ese día ya habrá tiempo de hablar. Por ahora baste decir que el mar me recibió como recibe a todos: sin ceremonia y sin piedad.



Primera sorpresa: Claude ha reconocido que la entrada suministrada pertenece a Trafalgar, de Galdós, cosa que ChatGPT no hizo. Y así, es capaz de proseguir el relato de modo más similar al original en el estilo. Esto implica que entre los datos de entrenamiento literario de Claude estaba la obra de Galdós.  

Continuemos con el mismo procedimiento del mes anterior. Ahora suministramos al modelo de lenguaje el texto original de inicio más la continuación que acaba de realizar, para ver cómo continúa.

Usuario:

continúa este texto que te doy: Se me permitirá que antes de referir el gran suceso de que fui testigo, diga algunas palabras sobre mi infancia, explicando por qué extraña manera me llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible catástrofe de nuestra marina.

Al hablar de mi nacimiento, no imitaré a la mayor parte de los que cuentan hechos de su propia vida, quienes empiezan nombrando su parentela, las más veces noble, siempre hidalga por lo menos, si no se dicen descendientes del mismo Emperador de Trapisonda. Yo, en esta parte, no puedo adornar mi libro con sonoros apellidos; y fuera de mi madre, a quien conocí por poco tiempo, no tengo noticia de ninguno de mis ascendientes, si no es  de Adán, cuyo parentesco me parece indiscutible. Doy principio, pues, a mi historia como Pablos, el buscón de Segovia: afortunadamente Dios ha querido que en esto sólo nos parezcamos. 

Nací en Cádiz, en una callejuela angosta y umbría que desembocaba en el mar como si tuviera prisa por acabar. Era el año de gracia de 1791, y el mundo, que no sabía entonces lo que le esperaba, seguía girando con la misma indiferencia con que gira ahora. Mi madre, Francisca Pizarro —sin parentesco alguno con el conquistador, aunque ella no hubiera desdeñado reconocerlo— era mujer de ánimo resuelto y de escasos medios, viuda desde que yo tenía uso de razón, o quizás antes, pues de mi padre sólo conservé la más vaga de las memorias: unas manos callosas, olor a brea y el recuerdo de una voz que cantaba por lo bajo alguna copla marinera. Si vivió o murió en alguna de aquellas guerras que tanto gustaban a los reyes de entonces, nunca pude saberlo con certeza.

Mi madre me crió como pudo, que no era mucho, en aquel cuarto bajo que olía a salitre y a ropa húmeda. La vecindad era numerosa y bulliciosa: un cordelero que maldecía sin descanso, una vendedora de pescado que parecía haber heredado la voz de su mercancía, y el viejo don Marcial Morales, marino retirado que pasaba las tardes sentado a la puerta remendando redes que ya nadie iba a usar. Este don Marcial fue, a su manera torpe y brusca, algo parecido a un padre para mí. No era hombre de muchas letras, pero sabía de mares y de batallas como otros saben de sus propios sueños; y con él aprendí que el océano no es amigo de nadie, aunque algunos insensatos se empeñen en amarlo.

Tenía yo unos nueve o diez años cuando me llevó por primera vez al muelle a ver los navíos. Recuerdo que me quedé mudo ante aquellos cascos enormes, aquellos palos que se perdían en el cielo como campanarios de una catedral flotante. Don Marcial me puso la mano en el hombro y dijo con su gravedad de viejo lobo: Míralos bien, muchacho, que son tan hermosos como los ángeles y tan mortales como el pecado. No entendí entonces la profundidad de aquellas palabras; las entendería después, en el peor de los modos posibles.

Fue también don Marcial quien habló con el contramaestre Medinilla para que me tomara como grumete a bordo del San Agustín, allá por el otoño de 1804. Mi madre lloró, que era lo que hacían las madres cuando no podían hacer otra cosa, y yo partí lleno de una alegría sin fundamento, de esa alegría que sólo tienen los que todavía no saben lo que les espera.

Y así fue como un muchacho sin apellidos, sin herencia y sin más capital que unas piernas largas y una curiosidad indomable llegó a estar presente en el día más grande y más terrible que ha visto la marina española. Pero de ese día ya habrá tiempo de hablar. Por ahora baste decir que el mar me recibió como recibe a todos: sin ceremonia y sin piedad.


Claude:

Aquí continúa el texto, manteniendo la voz de Gabriel Araceli —el narrador de los Episodios Nacionales de Galdós— con su registro confesional, irónico y vívido:

Dije que el mar me recibió sin ceremonia y sin piedad, y así fue, aunque la falta de piedad no se manifestó de inmediato. Los primeros días a bordo del San Agustín fueron para mí una embriaguez continua. Todo era nuevo, todo era asombroso: el crujir de la madera bajo los pies, el modo en que el horizonte sube y baja como si el mundo entero estuviera mal apoyado, el olor a pez podrido y a alquitrán que, mezclado con el viento del Atlántico, producía una especie de perfume que ningún boticario podría reproducir aunque lo intentara toda su vida.

El contramaestre Medinilla era hombre de pocas palabras y ninguna contemplación. No sabía enseñar; sabía mandar, que no es lo mismo, y a veces ni eso, pues su método pedagógico consistía principalmente en un coscorrón bien dado en el momento oportuno. Pero debo reconocer, en justicia, que aquellos coscorrones me enseñaron más de lo que hubiera aprendido en cualquier academia: a atar un nudo en la oscuridad, a distinguir por el color del cielo lo que el tiempo traía, a no soltar nunca lo que se tiene asido cuando el barco corcovea. Son lecciones que no se olvidan, entre otras razones porque vienen acompañadas de un dolor que les sirve de firma y rúbrica.

Los demás grumetes me miraban al principio con la desconfianza que los marineros tienen hacia todo lo que no conocen, que es mucho, pues el marinero es hombre curioso del mar y ignorante del mundo. Pero pronto hallé la manera de ganarme su estimación, que fue la única que ha estado siempre al alcance de los que no tenemos linaje ni dinero: hacerme útil. Tenía buena memoria, sabía leer —don Marcial me había enseñado las letras con paciencia de santo—, y leía en voz alta para quienes no podían, que eran casi todos. Esto, que en tierra firme habría parecido poca cosa, en un navío de guerra equivalía poco menos que a un título de nobleza.

Así transcurrieron varios meses de aquella vida errante entre puertos y mares, de Cádiz a Cartagena, de Cartagena a Tolón, de Tolón a no sé dónde, siguiendo las órdenes que venían de tierra y que nosotros recibíamos sin entender —ni preguntarnos— las razones que las dictaban. Los marineros rara vez saben por qué hacen lo que hacen; saben cómo hacerlo, que ya es bastante. La política, los tratados, las alianzas entre reyes: todo eso ocurría muy por encima de nuestras cabezas, en esas alturas donde se respira un aire que a nosotros no nos llegaba nunca.

Fue en aquel otoño de 1805 cuando empezamos a notar que algo grande se preparaba. No lo decíamos con palabras, porque los marineros, ya lo he dicho, son poco dados a la palabra; pero lo sentíamos en la manera en que los oficiales miraban los mapas, en el número de cañones que se revisaban y se limpiaban y se volvían a revisar, en el tono con que Medinilla daba las órdenes, que había perdido su habitual desgana y adquirido una gravedad que me puso la piel de gallina la primera vez que lo noté.

Don Marcial, en una de sus cartas —me escribía de vez en cuando, con una letra temblorosa y una ortografía que habría escandalizado a cualquier maestro de escuela—, me había advertido: Muchacho, si oyes hablar de un tal Villeneuve, aléjate cuanto puedas. No pude alejarme, porque los grumetes no eligen su destino, y porque el destino, en este caso, tenía el nombre de un cabo portugués que yo aprendería a pronunciar con el mismo respeto con que otros pronuncian el nombre de Dios: Trafalgar.

Pero de Trafalgar hablaré en su momento, que para eso escribo estas páginas.



Nuevamente, como se ve, reconoce la obra, el autor e incluso el personaje. Definitivamente, mucho más centrado que el LLM previo.

Hay que precisar que borro la sesión a cada paso para evitar que el LLM mantenga el contexto. Asún así, vuelve a reconocer correctamente la obra de la que hablamos.

Continuemos de la misma manera. Ahora, recordaremos, que repetíamos el proceso pero introduciendo un párrafo más largo de Trafalgar. 

Usuario:

continúa este texto que te adjunto: Se me permitirá que antes de referir el gran suceso de que fui testigo, diga algunas palabras sobre mi infancia, explicando por qué extraña manera me llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible catástrofe de nuestra marina.

Al hablar de mi nacimiento, no imitaré a la mayor parte de los que cuentan hechos de su propia vida, quienes empiezan nombrando su parentela, las más veces noble, siempre hidalga por lo menos, si no se dicen descendientes del mismo Emperador de Trapisonda. Yo, en esta parte, no puedo adornar mi libro con sonoros apellidos; y fuera de mi madre, a quien conocí por poco tiempo, no tengo noticia de ninguno de mis ascendientes, si no es  de Adán, cuyo parentesco me parece indiscutible. Doy principio, pues, a mi historia como Pablos, el buscón de Segovia: afortunadamente Dios ha querido que en esto sólo nos parezcamos.

Yo nací en Cádiz, y en el famoso barrio de la Viña, que no es hoy, ni menos era entonces, academia de buenas costumbres. La memoria no me da luz alguna sobre mi persona y mis acciones en la niñez, sino desde la edad de seis años; y si recuerdo esta fecha, es porque la asocio a un suceso naval de que oí hablar entonces: el combate del cabo de San Vicente, acaecido en 1797.

Dirigiendo una mirada hacia lo que fue, con la curiosidad y el interés propios de quien se observa, imagen confusa y borrosa, en el cuadro de las cosas pasadas, me veo jugando en la Caleta con otros chicos de mi edad poco más o menos. Aquello era para mí la vida entera; más aún, la vida normal de nuestra privilegiada especie; y los que no vivían como yo, me parecían seres excepcionales del humano linaje, pues en mi infantil inocencia y desconocimiento del mundo yo tenía la creencia de que el hombre había sido criado para la mar, habiéndole asignado la Providencia, como supremo ejercicio de su cuerpo, la natación,  y como constante empleo de su espíritu el buscar y coger cangrejos, ya para arrancarles y vender sus estimadas bocas, que llaman de la Isla, ya para propia satisfacción y regalo, mezclando así lo agradable con lo útil.


Claude:

Éramos, en aquella dichosa época de mi vida, una banda de rapaces que ni el hambre nos vencía ni el frío nos acobardaba, pues teníamos por techo el cielo de Cádiz, que es el más hermoso del mundo, y por sustento la sal del mar y la generosidad de los tenderos del barrio, a quienes robábamos con una destreza que hoy me avergüenza confesar, aunque entonces nos parecía arte de primera necesidad. El cabecilla de nuestra cuadrilla se llamaba Machín, muchacho de doce años cumplidos que presumía de haber visto ya dos tormentas y un naufragio, lo cual le otorgaba entre nosotros una autoridad casi militar. Yo, que era el más pequeño y el más delgado, compensaba estas desventajas naturales con una viveza de ingenio que Machín supo apreciar desde el primer día, nombrándome su consejero particular en las empresas que requerían más astucia que músculo.

Pasábamos las mañanas en la Caleta y las tardes rondando el muelle, donde el espectáculo de los barcos nos tenía suspensos durante horas enteras. No había navío que entrase en la bahía sin que nosotros disputásemos sobre su procedencia, su carga y la vida de sus tripulantes, inventando con alegre libertad todo aquello que la ignorancia nos impedía saber. Yo sentía entonces por el mar una mezcla de amor y de terror que nunca he podido sacudirme del todo, ni aun en mis años maduros; una atracción semejante a la que ejerce el abismo sobre quien se asoma a su borde, sabiendo que puede caer y sin embargo mirando, siempre mirando.

Mi madre, a quien he mencionado ya y de quien poco más diré porque poco más sé, era una mujer de carácter recio y fortuna escasa que malvivía vendiendo pescado en el mercado de la Viña. Tenía la piel curtida por el salitre y los ojos del color del mar en invierno, es decir, de un gris que no prometía bonanza. Me quería a su manera, que era una manera brusca y sin adornos, como quieren las cosas sencillas a las otras cosas sencillas; y yo la quería a ella con esa fe ciega e irreflexiva con que los niños quieren a quienes los han traído al mundo, sin preguntarse si lo merecen o no. Murió cuando yo tenía ocho años, de una calentura que se la llevó en menos de una semana, y desde entonces quedé librado enteramente a mi propio gobierno, que no era gobierno sino abandono con otro nombre.

Fue a raíz de esta orfandad cuando don Álvaro de Uría, capitán de navío retirado que vivía en la calle Ancha con sus libros y su gota, se fijó en mí de aquella manera inexplicable en que los hombres solitarios se fijan a veces en los niños abandonados, viendo en ellos quizás el reflejo de lo que ellos mismos fueron, o quizás simplemente el remedio contra el silencio. Me recogió en su casa, me enseñó a leer con una severidad que agradezco, y me habló del mar no como yo lo conocía, que era el mar de los cangrejos y los chapuzones, sino como él lo había conocido, que era el mar de las batallas y los imperios. Gracias a él supe lo que fue Trafalgar antes de haberlo visto; y gracias a él, también, me hallé presente en aquella jornada que cambió para siempre el destino de España y que aquí me propongo referir con la mayor fidelidad que me sea posible.



Curiosamente, en esta sesión no ha reconocido el fragmento (prueba evidente de que el proceso es, como siempre insistimos, probabilístico. Un LLM no es un buscador que siempre encontraría el texto original en su base de datos) y genera personajes y situaciones diferentes a las de la historia original pero, aun así, con un estilo más que razonable y coherente y con detalles compatibles con Trafalgar (como la mención a Caleta)

Por fin, siguiendo la entrada anterior, introducimos la misma pregunta pero añadiendo que el texto es Trafalgar de Galdós. Recordemos que para ChatGPT esto no significó nada. 

Usuario:

crea la continuación de este texto que pertenece a Trafalgar, de Pérez Galdós: Se me permitirá que antes de referir el gran suceso de que fui testigo, diga algunas palabras sobre mi infancia, explicando por qué extraña manera me llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible catástrofe de nuestra marina.

Al hablar de mi nacimiento, no imitaré a la mayor parte de los que cuentan hechos de su propia vida, quienes empiezan nombrando su parentela, las más veces noble, siempre hidalga por lo menos, si no se dicen descendientes del mismo Emperador de Trapisonda. Yo, en esta parte, no puedo adornar mi libro con sonoros apellidos; y fuera de mi madre, a quien conocí por poco tiempo, no tengo noticia de ninguno de mis ascendientes, si no es  de Adán, cuyo parentesco me parece indiscutible. Doy principio, pues, a mi historia como Pablos, el buscón de Segovia: afortunadamente Dios ha querido que en esto sólo nos parezcamos.

Yo nací en Cádiz, y en el famoso barrio de la Viña, que no es hoy, ni menos era entonces, academia de buenas costumbres. La memoria no me da luz alguna sobre mi persona y mis acciones en la niñez, sino desde la edad de seis años; y si recuerdo esta fecha, es porque la asocio a un suceso naval de que oí hablar entonces: el combate del cabo de San Vicente, acaecido en 1797.

Dirigiendo una mirada hacia lo que fue, con la curiosidad y el interés propios de quien se observa, imagen confusa y borrosa, en el cuadro de las cosas pasadas, me veo jugando en la Caleta con otros chicos de mi edad poco más o menos. Aquello era para mí la vida entera; más aún, la vida normal de nuestra privilegiada especie; y los que no vivían como yo, me parecían seres excepcionales del humano linaje, pues en mi infantil inocencia y desconocimiento del mundo yo tenía la creencia de que el hombre había sido criado para la mar, habiéndole asignado la Providencia, como supremo ejercicio de su cuerpo, la natación,  y como constante empleo de su espíritu el buscar y coger cangrejos, ya para arrancarles y vender sus estimadas bocas, que llaman de la Isla, ya para propia satisfacción y regalo, mezclando así lo agradable con lo útil.

Claude:

Aquí tienes la continuación, escrita en el estilo de Pérez Galdós —primera persona, tono memorialístico, humor costumbrista y esa cadencia larga y rica en digresiones que caracteriza el Trafalgar:

En aquel dichoso estado de ignorancia y de sal marina transcurrieron para mí los primeros años, sin que persona alguna se tomase el trabajo de instruirme en materias más elevadas que las relativas a la pesca del morrillo y el arte de escabullirse de las riñas que menudeaban en aquel barrio con la misma frecuencia que las gaviotas sobre el muelle. Mi madre, que Dios haya, era mujer de corto entendimiento pero de grande y generoso corazón, y se llamaba Josefa Doce, aunque todos en la Viña la conocían por Frasquita la Gallarda, apodo que en su mocedad debió de ser exactísimo, y que en la época de que hablo conservaba todavía algún fundamento. Vivíamos en una casita de la calle del Baluarte, cuyo piso bajo olía perpetuamente a brea y a sardinas, y cuyos dos pisos superiores habitaban sucesivamente, según los vaivenes de la fortuna, marineros retirados, viudas de galeras y algún que otro contramaestre con más hijos que pagas.

No recuerdo haber conocido a mi padre. Si existió, debió de ser hombre de gran prisa, pues no dejó rastro apreciable en nuestra vida, como no sea cierta inclinación mía hacia el mar que acaso sea hereditaria, y un temperamento que mi madre calificaba de muy vivo, con voz en que se mezclaban el orgullo y la resignación cristiana. Las vecinas, cuando me veían saltar de los cajones del pescado o tirar piedras a los gatos del convento, decían a Frasquita: Ese chico tiene sangre de marinero. Y mi madre asentía con una sonrisa que yo no supe interpretar hasta muchos años después.

La segunda figura de mi infancia —después de mi madre y antes del océano, que fue siempre la tercera y más imponente— fue un hombre a quien llamábamos el tío Paco Déjame, apodo que se había ganado por su costumbre de pronunciar dicha locución en cuantas ocasiones se le presentaban, lo mismo para despedir importunos que para rechazar el aguardiente que le ofrecían, aunque en este último caso el déjame se convertía con frecuencia en un dame acá de lo más expedito. Era este hombre marinero de oficio y de alma, con las manos encallecidas como corteza de alcornoque y los ojos de ese azul desteñido que tienen quienes han pasado muchos años mirando el horizonte sin encontrar en él nada que los sorprenda. Había servido en la Armada en tiempos del rey Carlos III, y guardaba de aquella época un amor sincero hacia Su Majestad y una desconfianza no menos sincera hacia todos sus ministros, generales y demás servidores de la Corona, a quienes atribuía cuantos males habían sobrevenido a España desde que él tenía memoria.

Fue el tío Paco quien me habló por primera vez del combate del cabo de San Vicente, y lo hizo con tan viva indignación, con tan expresivos gestos de sus manos sarmentosas, que la escena quedó grabada en mi memoria como si yo mismo hubiera estado presente en la refriega. Nos cogieron dormidos, Gabriel, me decía, aunque yo me llamaba Araceli y no sé por qué él se empeñaba en llamarme de otro modo. Nos cogieron dormidos, y aun así nos costó Dios y ayuda rendirnos. Que le pregunten al inglés lo que le costó. Y en esta última frase ponía una especie de feroz satisfacción, como quien, habiendo perdido la batalla, se consuela con haber hecho pagar cara la victoria al enemigo.

Yo le escuchaba con la boca abierta, sentado a sus pies en el umbral de su puerta, mientras el sol de Cádiz caía sobre las piedras blancas de la calle con esa brutalidad luminosa que es propia de Andalucía y que los extranjeros confunden a veces con la alegría, sin reparar en que también puede ser el rostro de la fatalidad. Y fue escuchando aquellos relatos del tío Paco como nació en mí, sin que yo lo supiera ni lo buscara, ese interés por las cosas de la mar y de la guerra que habría de llevarme, pocos años después, a ser testigo de un espectáculo ante el cual los combates que el viejo me contaba parecerían escaramuzas de poca monta.

Pero no adelantemos los sucesos, que la vida no los adelanta nunca y siempre llegan en su momento, que es casi siempre el menos oportuno.


En mi opinión, Claude hace un trabajo mucho mayor que sus competidores.

¿Qué opinan ustedes?








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