13/8/26

Irene

 


A pesar del secreto que todos deseaban saber pero que nadie conocía, era de esos hombres que parecen fabricados con la misma tela que los días nublados. Resultaba inverosímil pensar que aquel ser de mirada mansa, vestido siempre con un traje color ceniza, zapatos sin lustrar, y una manera de caminar como quien pide disculpas al aire por ocupar espacio, pudiera ocultar enigma alguno. 

Trabajaba en un despacho de seguros, en un cubículo con una orquídea de plástico que, ciertamente, estaba hábilmente simulada. Era un tipo al que todos presuponían como un solterón aburrido, lleno de manías, que pasaba su vida durmiendo, trabajando y comiendo, por este orden. Algunos afirmaban haberlo visto una vez, hace ya mucho, en un concierto sinfónico. Quizá fuera cierto, pero no había pruebas ya que nadie era capaz de recordar, cuándo o dónde, menos aún el programa que se interpretó.

A pesar de todo, sus compañeros estaban convencidos de que tenía una segunda vida, una enigmática segunda vida, que no era la mosquita muerta que parecía. Y así lo pensaban porque cuando le proponían, de tanto en cuando, más por pena que por ganas, asistir a una despedida o a una merienda organizada en el departamento, o regalaban entradas para ir en grupo a la cancha de basket, o un vecino le pedía que asistiera a la Junta vecinal, siempre declinaba la invitación amablemente, bajaba la vista, sonreía apenas, y decía, con una firmeza que sorprendía en un hombre tan hecho de niebla:

—No puedo. He quedado con Irene.

Lo decía a las cinco de la tarde de un martes cualquiera, y lo decía también un sábado de julio, y lo dijo en Nochebuena, cuando su hermana lo llamó para que fuera a cenar con ellos. Irene, Irene, siempre Irene. La gente, con el tiempo, dejó de preguntar quién era esa siempre presente mujer. Algunos imaginaban una amante secreta, escondida en un piso con visillos azulados. Otros, más crueles, sospechaban que Irene no existía, que era apenas una cortina de humo que el hombre tendía entre él y el mundo, una forma elegante de decir que no quería a nadie cerca. Otros, quizá honestamente preocupados, afirmaban que podía tratarse de una demencia senil prematura.

Estos son los peores. Parecen unos benditos de Dios y cuando menos te lo esperas te meten mano en el ascensor −había afirmado Estela, la de Compras, mujer que no destacaba por su don de gentes.

Pero Irene existía. Y esta es la parte que nadie supo, porque nadie tuvo jamás la curiosidad —o el valor— de seguirlo.

Todas las tardes, a las cinco y cuarto, el hombre entraba en un café recoleto de la calle Bustamante, un lugar con manteles tú y yo, lámparas colgantes, y un ventilador que giraba como si se pensara cada vuelta. Se sentaba siempre en la misma mesa, la del rincón, al lado de la pared con un cartel descolorido de Nina Simone. 

Unos minutos después llegaba Irene.

Tenía el pelo canoso, a media melena, las manos moteadas por el tiempo y un jersey pasado de moda pero elegante. Pedía siempre un chocolate con una porción de pastel de limón,  y abría el libro que llevaba en la mano, pues al parecer era una lectora empedernida, mientras esperaba a que le trajeran la merienda. Un día vino con una amiga que no paraba de decirle ‘Irene, hazme caso’, ‘Irene, llámame’. 

Ella se sentaba en la mesa junto al ventanal, aunque en ocasiones, por estar lleno el local, se había colocado justo en la mesa contigua a la de él. 

Tras verla leer y terminar el chocolate, pagaba y se marchaba a casa, con la secreta ilusión de encontrarla al día siguiente, a la misma hora.



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