25/12/08

Uhayú

Los campos de la Lorena, en Francia, se hallaban cubiertos de trincheras, huellas profundas que la Gran Guerra del 14 había dejado en la Tierra. Heridas que aún olían a la sangre de los millones de soldados caídos en las batallas. Cerca de allá, en St. Maurin, la escuela había quedado reducida a cenizas. Bombas alemanas, francesas, inglesas y americanas la habían alacanzado. Qué mas daba. Todas eran igual.

Lionel Dornaux, el Padre Lionel para los chicos que antes de la contienda asistían a las clases, miraba desde su casa semiderruida las largas filas de deportados que marchaban hacía lugares lejanos. En sus manos, estrujándola, aún tenía la carta de su Superior que le pedía una misión muy especial. En la Francia de 1919, sobraban curas en el continente pero faltaban en otros lugares y él era requerido muy lejos, demasiado lejos. Pocas colonias le quedaban a su país pero una de ellas estaba en Sudamérica, en un lugar que él solo conocía por los mapas. Un lugar al parecer lleno de cocodrilos y pegajosos mosquitos. Un lugar llamado Guayana Francesa.

No estaba muy convencido. El encargo de construir una escuela en un lugar remoto le parecía insignificante comparado con la titánica reconstrucción a la que Francia debía someterse. Francia, y toda Europa. ¿Por qué se le había elegido a él? Aquella orden truncaba toda su carrera. Acallando sus pensamientos con su lealtad a la Orden, acabó de empacar su maleta. Poca cosa. Si, ya de por sí, no tenía muchas pertenencias, tras una guerra mundial nadie poseía mas que lo imprescindible. Cuando, quizá por última vez , miró las colinas de Notre Dâme de Clion, unas lágrimas recorrieron sus mejillas. No era el padre Lionel un ser sensiblero pero el dejar atrás 36 años de su vida le emocionó.

Tras una semana de viaje en carreta – no quedaban muchos camiones en uso- llegó al puerto de L’Havre donde embarcó en un viejo barco que iba a la Guayana a recoger madera, ahora tan necesaria en la destrozada Francia. El viaje fue tranquilo. Cada noche, el Padre Lionel miraba un cielo antes nunca visto, lleno de estrellas que brillaban sobre un mar inmenso. Estrellas que le decían que su tarea en la Guayana debía ser importante aunque a él no se lo pareciera. Estrellas que le decían que quizá, allá, otros niños esperaban su ejemplo.

Llegó al puerto de Constantine el 19 de Noviembre. Era invierno pero hacía un tiempo maravillosamente apacible. La luz del sol, esa luz a la que mas tarde nunca podría ya renunciar, era intensa. Las sombras cortas, como ocurre cerca del Ecuador. El aire lleno de sonidos nuevos. Y sobre todo, niños, niños que sonreían felices, contentos. Tan alejados de la profunda tristeza de los niños franceses que había dejado atrás.

Le recibió el padre Arnoux, un jesuita ya viejo que llevaba muchos años viviendo allá. Fue él el que le consiguió la ayuda de unos cincuenta lugareños para construir la escuela y la capilla.

- Ah, una cosa, Padre Lionel – dijo Arnoux- tendrá que cambiarse el nombre
- ¿Qué? – esto es lo que me faltaba, pensó Lionel – ¿Por qué?
- Una costumbre de esta tierra. Hay que tomar un nombre local. Yo, por ejemplo, soy el padre Ahauná. Nadie me conocé por Arnoux. ¡Demasiado difícil de pronunciar para ellos!
- Ahau… ¿qué?….- dudó – ¿y qué nombre elijo? No tengo ni idea de los nombres de la Guayana.
- Ya lo he pensado yo por usted, padre…..se llamará Padre Uhayú. Ya se lo he dicho a los nativos que le ayudarán.

Lionel – Uhayú ahora – se pasó refunfuñando por lo menos una semana pero , poco a poco, se fue acostumbrando a su nuevo nombre.

Dos meses después la escuela estaba construida y la capilla tenía ya techo. Muchos niños – todos preciosos- habían empezado ya a ir a la escuela. Lionel no tenía horas suficientes para atenderlos a todos. Padre Uhayú por aquí, Padre Uhayú por allá. Que cómo son los barcos, Padre Uhayú. Qué por qué sale el Sol, padre Uhayú. Qué cómo es el país de donde vienes,…. Millones de preguntas.

Un año después , la escuela tenía ya 35 alumnos de edades desde los 4 a los 12 años. Lionel, el Padre Uhayú, estaba feliz. Todas sus pasadas dudas habían quedado atrás. Había olvidada su ‘carrera’ en Francia. Cuatro años después tenía ya tres escuelas y planeaba construir tres más.
Su mejor carrera ahora, su mayor éxito, era la sonrisa de aquellos pequeños, los conocimientos que iban aprendiendo, su capacidad para una vez crecidos, hacer progresar cada una de sus aldeas. Uhayú estaba plenamente inmerso en la Guayana.

Muchos años después, sentado en la arena frente a un sol rojo que se acostaba en el horizonte, se acordó de su vieja vida en Francia y de su antiguo nombre. Pensó en las navidades que hacía lustros que no celebraba y recordó que hacía mucho tiempo que no rezaba. Un chiquillo de una de sus clases pasó corriendo– tenía que hacer un castillo de arena, le dijo con una sonrisa enorme y unos ojos que brillaban ilusionados- y se dio cuenta que no hacía falta.