22/3/13

Dos días de permiso






El tren estará ahora serpenteando por entre el bosquecillo de olmos y la nube de vapor de la locomotora se expandirá hacia atrás como si se tratara de la cola de un cometa. Conoce bien el trayecto porque ella misma lo ha hecho en otras ocasiones. El cielo está azul y, para ser otoño, la temperatura es agradable. Ruth está feliz de que llegue, de que venga entero, sano y salvo. Parece mentira que el día pueda ser tan hermoso cuando en la frontera hay una guerra con el país vecino. Pero, por ahora, el cielo ha sido misericordioso y Paul viene de permiso por sólo dos días antes de regresar al frente.  Le ama, siente que le ama con todas sus fuerzas, más ahora que está lejos y en peligro.
Aún no se ve la silueta del tren a lo lejos, tiene un poco de retraso aunque en el cartelón grande que cuelga de la cercha que cubre el andén sigue poniendo que llega en hora. Le ha comprado dulces de leche porque sabe que le encantan y porque llegará hambriento y asqueado del rancho que dan en el ejército. Se pregunta si vendrá muy demacrado, la última carta la recibió hace ya un mes cuando le anunciaba lo del permiso. El cristal de una ventana le devuelve su imagen. Se ve a sí misma feucha y se maravilla de que un hombre como Paul, apuesto a decir de todas, la eligiera pocos meses antes de que le llamaran a filas. Un hombre de la capital que se enamora de una chica como ella en un viaje de turismo es un sueño que nunca había esperado.
Un traqueteo lejano hace vibrar los raíles y la gente que espera se acerca inconscientemente al bordillo del andén. Primero llega el sonido, luego la parte alta del humo de la máquina y, por último, la imagen del convoy que ya está frenando, allá en la linde del camino.
Los vagones se detienen entre el chirrido agudo de los frenos rozando contra las ruedas. Las ventanas están repletas de soldados, todos vestidos con el mismo uniforme verdusco y raído. Qué diferentes están de cuándo marchaban a la guerra con sus trajes recién estrenados y la inconsciencia marcada en sus sonrisas.
-        Volveré héroe- recuerda que gritó un muchacho. Quizá esté ya muerto.
Ahora regresan con caras tristes, barba sin rasurar, pelo sucio y sin aspaviento alguno. Sólo miran como si eso les fuera suficiente. Observan y piensan en sabe Dios qué. Ruth recorre cada cara, cada figura, cada gesto hasta que, por fin, ve que Paul baja por la escalerilla del cuarto vagón. Lleva un macuto al hombre y le sonríe mientras agita la mano.
Corre hacia él y se encuentran a medio camino. Se abrazan y se besan. No se le ve mal.
-        Estás mucho más guapo que nunca- le dice cariñosa-, mucho mejor que los demás.
Él la besa de nuevo y palpa con su mano su silueta. Ella ha alquilado una habitación en el Londinense, un hotel de tres estrellas, limpio y con camas amplias, que conocieron antes de que a él le llamaran a filas. Dan servicio de comidas en la habitación y se sonroja cuando recuerda que Paul, en su carta, le pedía que buscara un sitio con servicio de habitaciones incluido y que no fueran pelmas con la limpieza de los cuartos. Ella sabe lo que eso significa. Ella también le desea porque le quiere muchísimo.
Piden un taxi y media hora después están haciendo el amor. Se han subido una bandeja con un par de bocadillos y ya se han comido dos dulces. Fuera, la noche está envolviendo la ciudad pero Ruth sabe que no van a dormir porque quiere conocer sus desventuras en la batalla, quiere sufrir con sus penurias, desea que la posea porque quizá sea la última vez que lo tenga junto a sí; conocer todo por si, cuando se le escape de sus brazos, esas memorias sean lo último que le quede.
-        Sólo dos días- dice ella mientras le acaricia el pecho desnudo.
-        La guerra es así- contesta él- Además, son tres noches porque me voy el jueves a la mañana.
-        Cuéntame cosas de la guerra- pide ella- quiero saber lo que tú sabes, sentir lo que tú sientes, ayudarte si puedo.
-        No es agradable.
-        Pero quiero saber.
-        Y yo no quiero que sepas.
-        ¿Es duro?
-        Claro que lo es, uno acaba pensando sobre todo en sí mismo.
-        Sí, debe ser muy duro- ella le da un beso en la mejilla- Te adoro, Paul.
Ruth vuelve a dejar que la posea, que la ame, sabe que la necesita. Sólo dos días, vaya mierda de permisos que dan a los soldados. Ha estado en las trincheras por seis meses y deberían permitirles estar más junto a sus seres queridos, le dice, pero él contesta que están escasos de hombres, que el enemigo está fuerte y que los batallones más veteranos son los que soportan el empuje de la acción, que los relevos de larga duración son imposibles. Ella le escucha como si Paul fuera un general ducho en estrategias y arte militar.
Para Ruth, los dos días transcurren como si todos los relojes del mundo se hubieran vuelto locos y giraran a la triple velocidad que lo habitual. Se pregunta cómo él puede soportar la presión y el miedo. La última noche, Paul duerme tranquilo mientras ella vela sin poder conciliar el sueño. Deben madrugar porque a las cinco sale el tren. Le ha contado que, primero les llevan a la capital, luego al frente. De tanto en cuanto, le acaricia para atesorar sensaciones y momentos. Le musita que le ama continuamente aunque él sólo lo oiga en sueños. Sólo dos días, vaya mierda de permiso.
Aún no ha amanecido mientras se besan en el andén. Varios soldados están ya subiendo al convoy militar.
-        ¿Me escribirás?- pregunta Ruth.
-        Sabes que todo cuanto pueda pero las comunicaciones no son fáciles allá.
-        Lo sé. Te quiero mucho.
-        Y yo a ti- dice él mientras se acercan a la portezuela del vagón.
El jefe de estación está ya levantando la banderita roja y Paul sube al tren. Se asoma a la ventana y lanza un beso con su mano. Ruth intenta no llorar pero le es difícil. Se escucha un silbato a lo lejos y la profunda respuesta de la bocina de la locomotora casi de seguido. Lentamente, el tren se pone en marcha y Ruth permanece inmóvil hasta que deja de verse el último coche. Tiene que pasar a pagar la cuenta del hotel porque salieron a toda prisa. Luego, irá a su casa del pueblo hasta que, Dios lo quiera, le den otro permiso o la guerra acabe. Sólo dos días, vaya descansos más cortos que dan a los soldados. Cuánto le ama.
El tren serpentea por entre el bosquecillo de olmos. Paul lee un periódico cuando alguien se le sienta al lado.
-        Hombre, Paul, ¿de permiso? – es otro soldado, largilucho y lleno de acné, que parece conocerle.
-        ¡Marc! - le tiende la mano para saludarle- ¿qué cuentas, chaval?
-        Por fin, el mes de mes de permiso, ya era hora. Voy a casa y pienso pasármelo durmiendo y comiendo bien.
-        Apuesto que sí- contesta Paul.
-        ¿Y tú? ¿También de permiso?
-        Sí, un mes, como a todos. Empecé hace tres días.
-        ¿Sigues con aquella novia en la capital, la de las tetas enormes?
-        ¡Claro! ¿Quién puede dejar unos pechos así?- ríe- para allá voy. Me espera impaciente.