5/9/14

La cena





 Se demoró unos segundos saboreando la textura tostada del vino mientras la miraba fijamente. Aurora no había cambiado en los dos años que llevaban sin verse, sus ojos negros continuaban siendo como un imán, su cabello ligeramente ondulado sobre los hombros seguía pareciendo especialmente sedoso y su mirar le turbaba igual que antaño.
-        Es un buen vino, – dijo, por fin, Martín- Veo que no has perdido tu buen gusto. Se parece al que hicimos en el dos mil cuatro, ¿recuerdas?

 
 
Aquel 7 de noviembre del 2004, el telediario estaba lleno de imágenes del ataque americano a Fallujah. La mesa, en la casona sobre la colina, estaba iluminada con luces tenues y amarillas, como le gustaban a Aurora.
-        Quita las noticias. Es nuestra noche. No quiero nada triste. Hoy hay que celebrar el triunfo – él la besó en el cuello, con delicadeza, mientras la rodeaba por la cintura y le acercaba una copa de tinto. Su tinto.
-        Estoy feliz- ella se volvió y levantó su copa sonriéndole.
Había sido duro. Montar un negocio desde cero, siempre lo es, crear una bodega aún más. Se habían conocido en Pamplona, en una cata que habían organizado en la biblioteca. Aurora acaba de terminar sus estudios de enología. Él, un cabeza loca a juicio de ella, disfrutaba abriendo negocios que luego dejaba a medio desarrollar. No fue un flechazo instantáneo, hubieron de pasar varios meses pero un día, sin apenas percatarse de lo que ocurría, despertaron en una habitación de hotel, sus piernas enlazadas, las sabanas plenas de sentimientos. Luego, todo fue un frenesí.
-        Compremos un viñedo- había gritado él mientras echaba a correr por el sendero, una tarde que fueron al río, más a encontrar soledad que a ver los campos cargados ya de uva.
-        No tienes ni idea de cuánto cuesta eso – contestó ella.
-        Conseguiremos dinero y tú eres una gurú del sector, ¿no?- le sonrió.
Cómo Martín logró convencer al de la Caja de Navarra, cómo consiguió convencerla a ella de que serían capaces de pagar el préstamo y cómo un día estaban firmando las escrituras con toda la inconsciencia del mundo, era algo que Aurora nunca había entendido.
Pero, había salido bien. En la pedregosa tierra de la finca, se enraizaban viñas fuertes, Merlot en la zona sur, Tempranillo en la norte, un poquillo de Mazuelo. Trabajaban de sol a sol con la ayuda de algunos jornaleros cuando su precaria economía se lo permitía. Los primeros meses hubieron de echar mano de las huchas, de los ahorros y de sus padres para pagar los créditos. Vino de terruño- decía ella- ahí nos tenemos que especializar. Para establecimientos selectos. Compraron las barricas de roble para añejar el líquido bermellón, una prensa de segunda mano – sólo para empezar, dijo Aurora-, dos cubas de acero inoxidable y una embotelladora que encontraron en Olite.
Allí, estaban, celebrando su primer trabajo, un tinto de aroma intenso, carnoso en la boca, de un rojo con ribete teja en la copa, concentrado, sabroso.
 
Cuando les sirvieron los solomillos, Aurora bajó la vista, sabiendo que debían abordar lo que allí les había llevado.
-        Aquí están los documentos- sacó de su bolso un portafolio y se lo alargó. Supongo que querrás mirarlos…
-        No hará falta – el tomo  el fajo de papeles y lo puso a un lado- me fío de ti. A pesar de todo.
-        ¿Sin rencores? – musitó Aurora.
-        No podría tenerlos. Fue lo mejor que me ha ocurrido en la vida. Fuiste…– una nube de añoranza se abrazó a sus ojos.
-        La vida es así, es lo que hay – suspiró ella de modo casi imperceptible.
-        Pero a veces todo es una mierda –Martín sorbió un poco de vino.
-        Oí que vuelves a estar enamorado – le sonrió, intentando cambiar de tema. Su cabello se movió justo como a él le gustaba hacía años.
-        ¡Qué pronto vuelan las noticias¡
-        Me lo dijo Esteban – replicó ella.
-        Sí, es una mujer estupenda. Sonia, se llama- y no se atrevió a decir que nunca nadie podría ser como ella, que en el fondo de su alma, Aurora era todavía la mujer de su vida.
-        ¿Te va bien?
-        Sí, sí, somos felices. ¿Y tú?
-        No tengo tiempo para nada. Ya sabes, la viña, el negocio, viajar aquí y allá a ferias. Y ya me conoces – hizo un mohín cómplice-, no trato bien a los hombres.
 
 
El 23 de mayo del 2006 fue un día caluroso, anunciando un verano que llegaba árido y seco, y la noche que le siguió fue más tórrida todavía. El Ford azul que conducía Aurora se detuvo frente a la casa cuando ya había anochecido. Estaba cansada, sudorosa, habían sido casi quince horas de viaje desde Miami a donde había ido a promocionar sus caldos. Entró deseando darse una ducha rápida y tumbarse desnuda en la cama para dormir diez horas seguidas.
Se sorprendió. La mesa del comedor titilaba a la luz de una vela inquieta que se reflejaba en las copas de vino ya servidas, Martín la esperaba con una amplia sonrisa y una mirada que pedía a gritos amor y sexo.
-        Bienvenida- le dio un beso- tengo grandes planes para esta noche.
Supo que iban a discutir en cuanto sintió el frío de sus labios. Aquella fue la primera de sus muchas discusiones, de sus muchos desencuentros.
-        Tenemos un negocio ¿sabes?, hay que crecer, exportar, buscar nuevas combinaciones, sacar adelante ese “coupage” por el que tanto hemos trabajado – gritaba ella- Y estoy harta de ser yo la que me ocupo de todo.
-        ¿De qué nos sirve el dinero, la viña, el negocio y la madre que los parió si no vivimos, Aurora? ¡¿De qué coño nos sirve?! – se exasperaba él- ¡No te quiero lejos en ferias, te quiero conmigo!
 
-        ¿Sigues sin tomar postre? -preguntó él. 
-        Claro- sonrío con coquetería- hay que cuidar la línea. 

Martín recordó su cuerpo, la sinusoide de su espalda y de sus piernas, el sabor de sus pechos y el aroma de su perfume. Joder, - pensó- cómo los recuerdos se resisten a morir. A la mínima aparecen, reviven con una mirada, con un roce de una mano.
-        Creo que es un trato justo- dijo ella, señalando el dosier-, es lo que acordaron nuestros abogados.
-        Ahora podrás hacer todos los buenos vinos que siempre has deseado sin que yo te entorpezca. Seguro que la bodega marcha mejor sin mí dándote guerra.
Aurora quedó pensativa. Ciertamente, desde que habían roto, el negocio iba mejor. Se había concentrado en el trabajo, en buscar nuevos canales de venta, vigilaba sus viñas como si fuesen sus hijas al punto de que los trabajadores pensaban que sabía de memoria la carga de cada una de ellas. Presentía la calidad de la añada con meses de antelación y había presentado un par de reservas que habían obtenido críticas muy favorables. Mantenía una actividad frenética. Tan pronto estaba comprobando la acescencia o la concentración del tartárico en el pequeño laboratorio de que disponía, como palpando las bayas o caminando entre las vides. Ahora, todo iba bien, sola, dedicada a su trabajo, al vino, a su carrera. Pero, si había de ser sincera, Martín nunca le había entorpecido. Simplemente, la vida les había separado. Ahora lo tenía enfrente y lo único que todavía les unía eran aquellos papeles sin firmar. Una vez que lo hiciera, sería mucho más complicado volverle a ver.
-        ¿Más vino? – preguntó él y la sonrisa que un día la enamorara apareció de nuevo en su rostro.
-        Joder con la sonrisa- pensó ella, y se obligó a pensar que el pasado no vuelve, que Martín estaba ya con otra mujer, que la bodega estaba por encima de todo, que le esperaban días de sol duro y tierras asfixiadas, jornadas largas de prensado de mosto, de emociones al probar la primera cata. Era su vida. Lo malo es que aquel hombre estaba también anclado a su vida.
Martín tomó los papeles y, sin apenas hojearlos, fue directamente a la última página.
-        ¿Firmo aquí?
-        Sí, ahí.
Sacó la pluma de su bolsillo y se dispuso a hacerlo.
-        La tienes aún.
-        ¿Qué? – él levantó la vista.
-        La pluma. La que te regalé- le miró tan fijamente que él se estremeció.
 
El ocho de octubre, el día del cumpleaños de él, cenaron en el restaurante de la ciudadela. Pidieron, como no podía ser de otra manera, una botella de su propia bodega y se sintieron reconfortados cuando el sumiller alabó su elección. Llevaban algunas semanas en paz, sin enfrentamientos, habían hecho el amor con cierta frecuencia y ambos comenzaban a darse una oportunidad. Ella le regaló la pluma y él le dio un beso largo y cálido para agradecérselo. Aquella noche, pasearon por la avenida cogidos de la cintura, como chiquillos, y se durmieron muy tarde, cuando ya los cuerpos se habían saciado. A las ocho de la mañana sonó el teléfono.
-        Déjalo- protestó él- Durmamos.
Pero Aurora contestó. Un problema importante con uno de los pedidos, uno para Francia, un proyecto que le había costado mucho conseguir. Saltó de la cama y se vistió a toda prisa.
-        ¿Dónde vas?
-        Hay problemas y gordos. Los de Banteau, que quieren dejarlo. Mierda, mierda, mierda.- se movía agitada por la habitación.
-        Aurora, es sólo una venta. Ven aquí- le llamó con sus brazos y se revolvió en las sábanas.
-        ¿Y quién trabaja? ¿Quién coño trabaja?- gritó de pronto ella, enfurecida con los franceses y con aquel hombre.- ¡Estoy harta de verte gandulerar y vivir a mi costa!
Él se marchó unas horas después con una maleta liviana. Ella no le llamó en semanas y cuando lo hizo fue para proponerle una separación legal en la propiedad. Él aceptó sin pensarlo. Juan Abregó, abogado de ella, llamó a Pedro Martínez, letrado de él.
 
No tomaron café. Degustaron el vino que aún les quedaba en la botella. No hablaban. ¿Para qué? ¿Había algo qué decirse? Cada uno tenía su vida, una nueva oportunidad.
-        Martín…- ella tomó la iniciativa.
-        ¿Qué?
-        ¿Tú crees que….?
-       Quizá – contestó él, entendiendo sin más palabras. Confuso.
-        Has firmado…
-        Ya, pero…
Sonó el timbrazo agudo del móvil de Martín pero él no lo cogió
-        Cógelo, por favor- dijo ella.
-        No te preocupes, es un SMS.- replicó él
-       Venga, puede ser algo importante- Aurora necesitaba tiempo para ordenar sus pensamientos. Que leyera mientras calmaba su pálpito.
-        Vale, un segundo. Perdona.
Quizá sí, quizá sí- pensó ella. Su piel todavía recordaba la suya. Cómo se pegan los recuerdos al cerebro, cómo se quedan.
Le miró, pero él no le dijo nada. Estaba leyendo y no se movía. En la pantallita de su celular, un mensaje de Sonia, la mujer con la que vivía ahora. Dos líneas.
Cariño, buenas noticias, estoy embarazada.
¿No es maravilloso?
-        Se hace tarde- dijo Martín.