23/5/16

Engaños





Te la encuentras un día en medio de la calle. Apenas la conoces, tan sólo habéis coincidido en un par de ocasiones, con otros amigos comunes. No obstante, te saluda. Tienes prisa pero, por cortesía, te detienes y muestras tu mejor sonrisa. Das dos besos, uno por mejilla. Hace tiempo que no la veías, así que preguntas por cómo le van las cosas, si trabaja, si sigue acudiendo al gimnasio, comentas que está lloviendo demasiado, que parece que vamos a tener nuevas elecciones, en fin ese tipo de asuntos que rellenan una conversación.

- ¿Sabes que se van a Londres? – dice ella de pronto.
- ¿Quiénes? – preguntas con escaso interés.
- Pues Lidia y sus amigos. Un fin de semana, a un concierto de los PROMs. Ya lo sabrás ¿no? 

No, no lo sabes.  Te parece extraño que no te lo haya comentado pero tampoco tiene mayor importancia. Sabes que tiene una intensa vida social. 

- Sí, sí, creo que me lo comentó – mientes-, seguro que lo van a pasar muy bien. ¿Qué día van, que no recuerdo bien? – vuelves  a mentir.
- Dentro de un mes. Sí, seguro que lo pasan bomba. Está todo a reventar, debe haber un montón de eventos ese fin de semana, pero ya tienen las entradas del concierto, la reserva del hotel y los billetes de avión. De vez en cuando, conviene cambiar de ambiente, ¿no?
- Sí, no es cosa de estar todo el día pensando en lo mismo.
- Y, además, no veas lo que están disfrutando con los preparativos. Llevan ya un montón de días pensando en la excursión. No sé quién decía que viajar es también planificar el viaje.

Te despides tras unos minutos más de conversación. Saludas con la mano cuando se aleja. Vuelves a retomar tus pensamientos anteriores al encuentro. Demasiados frentes abiertos en lo personal y en lo profesional. Y, joder, llegas tarde a la reunión con el abogado. Te apresuras.

Lidia te telefonea al día siguiente. La invitas a cenar el viernes y ella acepta. Por un momento, recuerdas la conversación y estás a punto de preguntar por el viaje a Londres. Te contienes. Ella ya te lo dirá cuando lo crea necesario, es muy celosa de su mundo. Además, es un hecho intrascendente. Tú sólo le desearías que lo pasara lo mejor posible y, probablemente, luego, a su regreso, la invitarías a cenar para que te contara el viaje y te hiciera partícipe de lo bien que lo hubiera pasado. Te encanta que lo pase bien. Pero, al calor del vaso de vino blanco, se te olvida lo de Inglaterra y te dejas arrastrar por su siempre encantadora conversación.

Los días pasan. Has olvidado el asunto. Los problemas en la oficina se acumulan, los clientes están enfurecidos con los retrasos en la entrega de la mercancía, y la salud no funciona todo lo bien que debería. La velada con Lidia fue muy agradable. Quieres repetirla, para ser sincero, quisieras repetirla cada noche. Para que negar que estás chiflado por ella. Habláis cada día, por teléfono. Te gusta saber de ella, saber que está bien, que es feliz… vaya, que estás coladito.

Llegas a casa. Estás cansado, te tumbas en el sofá y colocas los pies descalzos sobre dos cojines. Revisas los whatsapps, nada importante, tan solo una decena de chistes y tres o cuatro pensamientos zen que hay que enviar a, por lo menos, quinientos de tus contactos si no quieres que caiga sobre ti la maldición de Gengis-Kahn. El aparato vibra y ves que es una perdida de Lidia. Se te alegra el alma. Bueno, el alma, el corazón y el cuerpo entero.

- ¡Hola!- dices. Te falta tiempo para llamarla y poder escucharla.
- ¿Qué haces? – Te preguntas por qué esa voz te hace sentir tan bien, tan en paz. 

Os contáis el día, las cuitas del trabajo, las gilipolleces de su jefe, habláis sobre lo hermosa que fue la cena del otro día y las ganas que tenéis de repetirla, sobre planes- que luego nunca se cumplen- para compartir en vacaciones.

- ¡Ah!- exclama Lidia- ¿Sabes? ¿Me voy a Londres?

Recuerdas, de pronto, la conversación con su amiga. Sí, se te había olvidado por completo. 

- ¿A Londres?- contestas, interesado. Te encanta que sea feliz, que esté ilusionada, que disfrute planeando el viaje, le comprarías una guía si hiciera falta …. ¿un mes llevaban preparándolo, te habían dicho? Intentas recordar….
- Sí, fíjate, ayer nos encontramos unos cuantos amigos y, en un arranque, ya sabes, cosas que pasan casi por instinto, nos decidimos a pasar el fin de semana en Londres. A ver si cogemos los billetes.

Ibas a decir algo pero te quedas callado. No sabes qué decir. Seguramente hay un malentendido. Tu cerebro echa vapor a las máquinas, intentando compaginar las contradicciones.

- Pero ir así a Londres es difícil, ¿no? Los hoteles llenos, los vuelos sin plazas… Supongo que lo habréis preparado ya con tiempo- preguntas, intentando borrar todo el desconcierto que te asalta.
- Seguro que podemos, vamos a mirar mañana en Internet.
- Ya….- es lo único que se ocurre responder. 
- Vamos seis .
- Tú ya conoces Londres, ¿no? … te vas a aburrir viendo otra vez los mismos puentes y los mismos casacas rojas con trombones y gorros de oso. – prosigues.
- Sí, por eso yo quiero ir a algún concierto. Les he preguntado que a ver si quieren ir- te dice.
- ¿Un concierto? – contestas como un autómata sin saber bien cómo seguir - ¿Pero a tan corto plazo ya tendréis entradas? 
- Bueno, tenemos que mirar. Ya te contaré si hay suerte- ella parece tan segura de lo que dice, ni un ápice de duda en el tono de la voz, ni la más remota idea de que sabes que te miente, te la imaginas con cara de póquer tras el auricular. ¿Qué pensará de verdad en aquel momento? ¿Por qué la farsa? ¿A cuento de qué? ¿Por qué hacer de algo intrascendente un asunto tan oscuro? Si no le apetecía decírtelo, bastaba con no hacerlo. No entiendes por qué te tiene que engañar.

Te declaras cansado. Es falso. Sólo quieres cortar la conversación porque estás aturdido. No sabes qué decir, estás abrumado por la frialdad que muestra. ¿La conoces, realmente la conoces?, te preguntas por un instante. ¿Estás hablando con la Lidia que conoces?

- Pasadlo bien, con concierto o sin él. Londres merece siempre la pena- concluyes. Te tiembla la mano. Eres tan idiota que de verdad le deseas que lo disfrute. Quieres decirle algo, protestar, gritar. No lo haces. Si acaso cuando regrese del viaje, no vayas a arruinárselo.

Os despedís como siempre, con las mismas palabras de costumbre, tan cálidas, tan cercanas. Tan falsas, piensas. 

Dejas caer el teléfono. Te sientes humillado, desconcertado, defraudado. En tu mente, sólo hay una pregunta que se repite: ¿Por qué?