27/12/16

Cuento de Navidad




Huele a caldo de verduras en el pequeño ático. Un puchero rojo se calienta sobre la plancha de la cocina, alimentada con carbón y leños por debajo. Hay un atizador para revolver las cenizas apoyado junto a la portilla de la caldera. En una esquina, un brasero para caldear la estancia. Está atardeciendo y, fuera, nieva ligeramente.

Dos niños pequeños - quizá seis y cuatro años- están sentados en sillas, charlando, con las piernas colgando sin que alcancen el suelo. La madre los vigila de reojo mientras prepara unos muslos de pollo, una comida de fiesta porque es Nochebuena.

Se escucha el ascensor y los niños se levantan alborozados y van a la puerta. Viene el padre.

-       -  ¿Has traído? ¿Has traído? – gritan entusiasmados.

Y él, se agacha y los acaricia con una de sus manos mientras que con la otra esconde una bolsa tras su espalda.

-       -  ¡Dánoslas!, ¡ya, ya! – insisten los chiquillos.

Abren la bolsa y encuentran lo que llevaban esperando toda la tarde. Decenas de cajitas de todos los tamaños. El padre las ha ido guardando durante semanas en el trabajo. Son los paquetes con componentes y adornos que tiran en el taller donde trabaja, una vez vacíos.

Un rato después, los cuatro están sentados en el suelo y hay una ciudad construida con cajas apiladas. Forman parques y edificios, calles y trolebuses que circulan por ellas. Huele a caldo de verduras. Nieva afuera. En la radio suenan villancicos.

Uno de los niños se siente feliz, piensa que la navidad es hermosa, que la vida es maravillosa.


Ese niño era yo. Fue una navidad preciosa.