6/2/17

Campanas bajo las aguas





Lisboa, mediados de enero de 1582

Desde primeras horas de la mañana, una muchedumbre ocupaba la orilla del estuario del Tejo. Las plazas que daban al río se habían poblado de tenderetes en los que se vendían hogazas recién horneadas, verduras, abalorios, jarras con buen vino y potajes espesos. Al pasar de las horas, todas las callejas que subían hasta casi el Castelo de São Jorge estaban repletas de una multitud encantada con que una novedad la sacara de la rutina de sus labores. La causa de aquella jornada casi festiva, en la que hasta el invierno se había conjurado con un inusual cielo azul y una suave temperatura, se encontraba en el puerto pero pocos conocían de qué se trataba en realidad.

En el extremo este del muelle de Alfama, una compañía de soldados impedía el paso a la explanada en donde se situaba el fardo, de momento cubierto por una lona tupida, colgado de unas sogas sobre las aguas. Unos afirmaban que se trataba de un tesoro traído de África; otros, que el bulto ocultaba un ajusticiado, un capitán del huido rey Sebastián; los menos, que se trataba de una máquina misteriosa capturada a los turcos.

Justo al mediodía, un séquito se aproximó al muelle. En cabeza, un jesuita, vestido con casulla dorada que demostraba lo especial del evento y dos monaguillos, uno con un acetre lleno de agua bendecida y otro bamboleando un turíbulo de plata. Detrás, alineados de a cuatro, comisionados de la Casa de Contratación, algunos militares, diez o doce clérigos y el enviado del rey Felipe, don Enrique de Almeida, con sus ayudantes. Junto a ellos, un siciliano de Palermo, un tal José Bono, no paraba de hacer reverencias a todas las personalidades. El padre rezó el ángelus y el cortejo se acomodó en las sillas que habían situado cerca del bulto. Entonces, Bono se adelantó y de un tirón descubrió lo que la tela cubría. Un “ohhh” de admiración se transmitió como una onda a través del muelle, aun cuando nadie comprendía lo que estaba viendo. Se trataba de una especie de tonel de madera, bien reforzado con zunchos de cobre, con cuatro ojos de buey encastrados regularmente a lo largo de su diámetro.

      He aquí, excelencia, señores, la máquina que, en mi modestia, he diseñado y que habrá de permitir a nuestro amado Rey explorar los mares y recuperar los tesoros de los pecios. Veréis ahora su sencillo uso y los beneficios que aporta – declaró Bono con orgullo.
      ¿Qué hay dentro? – preguntó don Enrique.
      Una banqueta para el tripulante y un estante para las herramientas que porte. El hombre, lo veréis pronto, no ha de mojarse en absoluto.

Movieron el tonel hacia el muelle y un búzano, portando vestidos ligeros, apenas una camisa de lino y un pantalón corto de los que los marinos usaban en alta mar, se introdujo por debajo y desapareció bajo el artefacto. Un minuto después, los servidores volvieron a girar la máquina hacia el río y comenzaron a bajarla lentamente. Los espectadores más ágiles se habían subido ya sobre muros y tejados para poder tener la necesaria perspectiva que les permitiera ver qué ocurría en las aguas. El tonel fue introduciéndose en la corriente del Tejo hasta desaparecer a la vista. Se hizo el silencio hasta que, de pronto, el buceador emergió palmoteando y maldiciendo, mientras que el aparato aparecía entre un barboteo de espuma y quedaba flotando, abiertas sus tablas, volcado y a la deriva. La muchedumbre comenzó a reír pensando que se trataba de una comedia escrita por alguno de los autores teatrales que tanto triunfaban en Lisboa, creando al momento, con la inteligencia propia del pueblo llano, decenas de chanzas a cada cual más ingeniosa. No tenía, sin embargo, cara de alegría don Enrique de Almeida, que amonestaba severamente al siciliano Bono:

      Excusas y más excusas. El ridículo, eso es lo que habéis hecho. Os doy un mes, ni un solo día más. El tiempo del rey y de sus servidores no está para desperdiciarlo.  ¿Así que el buzo siquiera iba a mojarse? ¡Miradle! – bramó el valido- casi se ahoga. Mejor hubiera bajado a pleno pulmón que en vuestra máquina endiablada.

Bono quedó cabizbajo frente al Tejo, humillado en su persona y arruinado su futuro. Estaba convencido que la invención podría funcionar, que se trataba de una buena idea. Un receptáculo con el que los hombres pudieran descender bajo las aguas y, sin depender del poco aire de su pecho, permanecer largos periodos recuperando objetos o realizando reparaciones en los navíos de la flota. La vasija debería haber mantenido el aire en ella pero, casi con seguridad, las juntas de  madera habían cedido por la diferencia de presiones dejando entrar el agua y llevando la empresa al desastre. Para el desgraciado buzo, salir por su parte inferior debía haber resultado harto complicado. El error era grave, no sabía cómo solucionarlo y no le quedaba dinero para volver a construir otro dispositivo.

Fue entonces cuando escuchó a sus espaldas:

      Disculpadme, excelencia, pero creo que puedo solucionar vuestro problema.

El siciliano se volvió y vio frente a él a un joven, moreno y espigado, delgaducho, con manos gruesas que denotaban que estaba acostumbrado al trabajo, algunas picaduras de viruela en el rostro y ojos alegres.

      ¿Sí?, ¿así lo crees, muchacho? – dijo con un tono entre burlesco y jocoso− ¿Sois acaso maestro naval o somormujo experto?
      Construyo campanas para las iglesias – replicó el joven sin inmutarse apenas−, de bronce para ser exacto. Lo hacían también mi padre y mi abuelo. Me llamo Fernão Goncalvez.

Lisboa, finales de enero de 1582

El invierno había llegado por fin a Lisboa. Había traído días de lluvia persistente y un viento helado bajaba directamente desde el norte. El mar se había revuelto con galernas y las aguas se poblaban de borreguitos cada tarde, impidiendo la pesca de los cayucos y los moliceiros de alta proa. Un galeón que llegaba de Madeira había casi embarrancado a la entrada de la bahía y los bateles de socorro, con sus fuertes remeros, habían debido batallar contra las olas durante horas hasta lograr amarrarlo a salvo al oeste de Ginjal.

Los dos hombres estaban sentados en la taberna grande de la rua das  Flores, cada uno de ellos frente a un plato de chanfaina y un vaso de vino.

      Me alegro que hayáis decidido escucharme – dijo el joven.
      Os he de ser sincero. Me parece una locura pero vos - ¿me habéis dicho que os llamáis Fernão, verdad?- sois mi última opción. He tardado días en decidirme a encontraros, tan loco me parecéis.
      Os aseguro que puedo hacerlo. Al cabo, lo que vos necesitáis construir no es muy diferente a las campanas que fabrico cada día.
      Mas la forma habrá de cambiar en mucho. Y habéis de conformar los ojales por donde pasaremos los cabos de izada. Sea que quitemos los ojos de buey para observar, si decís que ellos debilitarían la fundición – Bono colocó el dibujo que había hecho frente al otro hombre.
      Lo sé, la geometría algo más abultada en la cabeza que en la base, me preocupa. Dará problemas de moldeo, pero podemos intentarlo.
      Así debe ser – confirmó el siciliano – la parte de arriba es de más diámetro para que quepa más aire. ¿Estáis seguro de que no os burláis de mí? Podrían incluso encarcelarme.
      Me habéis prometido el veinte por ciento de lo que vos ganéis y os prometo que necesito el dinero para poder establecerme en las Indias…. ¿Habéis oído hablar de ellas? Los que van se enriquecen casi al instante. No quiero morir pobre como mi padre. Soy el primer interesado en triunfar en este envite.
      El rey me ha prometido un privilegio por el que, si mi invento funciona, me otorgará el diez por ciento de todas las riquezas que pueda sacar de las aguas durante diez años. ¿Sabéis los pecios que pueblan las costas, la cantidad de galeras y urcas que han ido al fondo con oro, perlas, joyas y otros bienes preciosos? Con cada batalla, con cada asedio, con cada pirata, con cada galeón de las Indias que hunde el inglés, el imperio pierde enormes riquezas, no ha de ser extraño que el rey Felipe esté interesado en recuperarlas. Amén de poder atacar los cascos de nuestros enemigos desde su panza sin que siquiera se aperciban de la amenaza.
      Pues sea, señor Bono. Os espero en mi taller dentro de quince días.

Calhandriz, primeros de febrero de 1582. Taller campanero.

Fernão Goncalvez había dedicado dos días a pensar en la obra que iba a acometer. Dominaba la construcción de campanas de bronce y, con orgullo, podía decir que recintos venerables contaban con las suyas: Santa María d’Oporto, el Convento de Graça, el monasterio del Bom Jesús o la iglesia de Nossa Senhora da Paz repicaban cada día con las obras que de sus hornos habían salido. Sin embargo, la forma del vaso de buceo que José Bono había diseñado obligaba a variar el proceso. Si, como era habitual, introducía adobes en la parte hueca, sería complicado sacarlos al tener su boca inferior menos dimensión que la superior así que, tras varias noches dándole vueltas al problema, decidió usar una mezcla de arena y polvo de granito, un truco que había oído citar a su padre. Nunca lo había probado y corría el riesgo de que el bronce fundido colapsara hacia dentro pero no había tiempo para pensar algo mejor. Rezaría a Santa María para que saliera bien y prometió dadivosa caridad si salía triunfante de la empresa. Decidió, asimismo, crear el molde en cuatro partes en vez de las dos habituales, dos arriba y dos abajo.

Lo primero que hizo fue dibujar y aserrar las terrajas sobre una buena tabla de madera de roble. Tanto la interior como la exterior las hizo siguiendo las instrucciones del maestro siciliano que exigía un perfil determinado, al parecer el idóneo para soportar la presión del agua. Observó cuán distinta era la silueta a la de las campanas que él fabricaba. Si lo que estaba construyendo hubiera de sonar algún día, su tañido sería pobre y mate, por muy buen bronce que utilizara. Pero no era un sonido musical lo que se pedía, sino robustez.

Le costó un día completo amontonar la arcilla necesaria que tenía una altura de ocho pies y pesaba 50 arrobas. Luego de remojarla copiosamente, colocó la pasta de tierra sobre el torno y azotó a la mula para que lo hiciera girar. Mientras, él apretaba las terrajas con fuerza sobre la arcilla, la cual, en su tornar, iba conformándose de acuerdo a la forma de aquellas. Después, aplicó una capa de cera en la parte superior y sobre ella labró con cuidado algunos dibujos decorativos. Más tarde, añadió con arcilla los aros que moldearían los aretes de amarre de los cabos, tanto arriba como en la base.

          Dos días más tarde, Fernão abrió el horno y, con mucho esfuerzo y sudando copiosamente, fue introduciendo las 50 arrobas de carbón (era su secreto usar tan poco carbón para que el metal se fundiera sin poros) y las 600 de leña de encina que estimó precisas para crear el fuego necesario y la temperatura buscada, una tarea que le llevó otros dos días. Era domingo por la mañana cuando ya las paredes se habían vuelto rojas y la luz del fuego molestaba a la vista. Tras rezar unas oraciones comenzó a colocar con su pala, poco a poco, con un cariño impropio de tan duro trabajo, el cobre y el estaño, en bien medidas proporciones de 80 a 20. Avivó las llamas del hogar con el aire de los fuelles y el calor salió desviado hacia el lecho donde reposaba el metal a fundir mientras que la chimenea, a la derecha, comenzaba a exhalar un humo gris y denso. Necesitaría todo un día completo para obtener el bronce líquido con el que rellenar el molde, una larga jornada en la que sólo podría dormir a ratos, vigilando que el fuego se mantenía siempre vigoroso.  Mientras, fue abriendo el pozo de colada, sito bajo tierra, e introdujo el molde inferior interno de arcilla relleno de arena mezclada con granito. Luego, colocó el molde externo y repitió la operación con los dos de arriba. Dedicó unas buenas horas a apelmazar con tierra la zona asegurándose que nada podía moverse.

Llegaba el momento que más le hechizaba, el que ya de niño le había cautivado. Abrió la piquera del horno y un caldo ardiente, brillantemente amarillo y rojizo, comenzó a caer por el embudo. Fernão sabía que se trataba de una operación crítica, que el metal se solidificaba muy rápido y que si el flujo encontraba alguna obstrucción, el trabajo quedaría arruinado. Miro al cielo, esperando una confirmación de que todo iba bien pero sólo vio aves que volaban inquietas.

Seis horas después, temblando de inquietud, comenzó a remover la tierra, dejando al descubierto la parte exterior del molde. Lo rompió con facilidad pues sólo arcilla era y vio, para su satisfacción, que el metal estaba completo, sin agujeros, bien conformado, sólido, hermoso. Hasta los ojales de las sogas presentaban un redondeado exquisito. Sonrió y se santiguó. Luego, con cuidado, amarró el anillo superior a una cuerda  e hizo que el asno tirara del artefacto hasta dejarlo tumbado y asegurado sobre el suelo. Con  paciencia fue vaciando el interior, siempre con la incertidumbre de si iba a encontrarse con un poro, con un defecto en la cara interior.

Lisboa, 16 de febrero de 1582

La misma muchedumbre ocupaba la orilla del Tejo, a lo largo de todo el muelle de Alfama. Habiéndose corrido la voz de que el intento anterior había resultado un burdo fracaso y del enojo del enviado del Rey, quien más quien menos pensaba que todo aquello acabaría en un buen castigo para el siciliano, quizá azotado en su espalda para regocijo de las gentes.

Se repitió el ritual y los dignatarios ocuparon sus lugares frente al escenario de la prueba. La vasija de buceo estaba a la vista de todo el mundo, no hacía ya falta secreto alguno tras la experiencia de enero, y esta vez eran varios bueyes los encargados de izarla y bajarla por cuanto que el peso era considerable y pendía de 4 sogas dispuestas perimetralmente.

      Bien, Bono, espero que no haya tenido que venir desde Madrid para nada – dijo don Enrique con una sonrisa que a los ojos del de Palermo parecía una sentencia de muerte.
      Pienso que esta vez, con la ayuda de Dios nuestro Padre, podré servir a nuestro amado Rey con prontitud – contestó Bono sin levantar la vista y rezando al Altísimo para que Fernão Goncalvez hubiera hecho un buen trabajo.

El búzano, de manera similar a la vez anterior, se introdujo en la campana y el artilugio fue girado hacia el estuario, haciéndolo descender con lentitud. La vasija, al quedar oculta por las aguas, hizo emerger grandes burbujas como si de pronto el mar hirviera. Los asistentes miraban hacia abajo esperando que, de un momento a otro, saliera el desgraciado buzo pero nada ocurrió pasados diez minutos.

      Bien, Bono, posiblemente nuestro hombre ha muerto encerrado en esa mole diseñada por vos. No habrá podido mover el pesado bronce para escapar con vida– dijo don Enrique.
      Dadle tiempo, excelencia. Debe hacer su trabajo – contestó Bono sorprendiéndose a sí mismo de su osadía pues tenía las mismas dudas que el enviado real.

Por fin, a los 20 minutos, la delgada soga de señales que bajaba paralela a las de amarre, vibró. El hombre estaba vivo y pedía ser izado. Voces de admiración corrieron por los muelles. Al cabo de unos minutos, la campana asomó y atada a ella un gran ancla que los presentes reconocieron como la que obstruía la desembocadura desde que hacía varios lustros una galera había embarrancado durante una noche de tormenta. Los gritos y aplausos se contagiaron de unos a otros con tal rapidez que parecía que hubiérase ganado una batalla al turco.

      Bien, bien, amigo Bono – el tono de Almeida era ahora muy diferente, amistoso de veras – Vos habéis cumplido, el Rey lo hará también.

Lisboa, 27 de febrero de 1582

A primera hora de la tarde, llamaron a la puerta de José Bono con insistencia. Abrió este y se encontró frente a un alguacil de la corte.

      Firmad aquí el recibido. Es para vos el expediente con privilegio firmado por su majestad y es vuestro el derecho de explorar costas de ríos y mares durante diez años. Habréis de estar a disposición del almirante cuando se os requiera para utilizar vuestro ingenio en labores militares.

Al cerrar el portón, Bono se volvió satisfecho y, en voz alta, exclamó:

      Ya podéis salir, Fernão. Creo que las Indias os esperan.

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(El documento original del privilegio concedido a Bono se guarda en el Archivo General de Indias)