4/2/17

Te veo como si te estuviera viendo




Dicha como advertencia o provocación amistosa, la expresión «peligro de muerte» siguió dándome vueltas en la cabeza durante horas. La tengo aún dentro, la mosca atrapada en la botella que intenta levantar vuelo y choca con los infranqueables cristales, con la barrera invisible. Me ocurre frecuentemente en los últimos tiempos, esto de quedarme atascado con la palabra «muerte». No era así antes. Aunque del rango más modesto, siempre me he tenido por un científico. Y precisamente la ciencia busca establecer certidumbres, de modo que la muerte -lejos de ser un enigma o un misterio- es la evidencia científica por excelencia. Así lo he creído hasta hace bien poco. Si hace un año alguien me hubiese preguntado «¿Qué será de mí tras la muerte?», le hubiera respondido sin vacilar: «Primero serás una efigie lamentable y exánime que después se convertirá poco a poco en algo abominablemente hórrido, que más tarde se desplomará en cascotes, para hacerse luego polvo y finalmente acabar en nada.» No hay mucho más que añadir. Y sigo pensando así, créeme: mantengo esta versión científica de la muerte.
      Y sin embargo, junto a ella, desde hace un año atisbo algo más… Se me impone otra evidencia: inexplicable, incomprensible, negra y también escandalosa y opacamente consoladora. Si es que se puede llamar consuelo a que el dolor siga vivo y no se resigne al acatamiento final de lo necesario. De esta perplejidad contradictoria, como de tantas otras dulces o amargas de mi vida, eres la responsable. Para entendernos: yo sé que has muerto, Lucía, asistí a la devastación del cáncer y a su culminación lógica, irresistible, fatal. También estoy seguro -estremecido, escalofriantemente seguro- de que ahora sigues los diversos estadios degradantes que establece para cualquiera de nosotros y para todos el concepto científico de la muerte. No quiero imaginarte hoy, ahora, no puedo, no lo soporto. Todo eso lo sé, lo comprendo, doy razón de ello. Pero hay algo más, que se opone a toda mi acrisolada sensatez. Te sigo viendo, Lucía. Sí, te veo. Ni mejor ni peor de lo que siempre fuiste, tan imprescindible para mí como en cualquier otro momento desde que nos conocimos, atenta, irónica, enfurruñada, a veces displicente aunque sabes que eso no me gusta. Conmigo, no. Te veo y te hablo. Tú lo sabes muy bien y me comprendes, ¿verdad? Claro que sí.
      Por supuesto que no estoy loco ni tengo nada de místico, de modo que ya sé que esto no puede ser. Pero precisamente porque soy hombre de formación científica no quiero negar la evidencia de mis sentidos: no digo ni mucho menos que lo imposible pueda ser, sólo me limito a constatar que lo imposible es. Llego a casa y me esperas sentada en tu sillón favorito, en el que leías una tras otra novelas policíacas, o en la cocina, o incluso un par de veces te he encontrado en el retrete y me he retirado tras cerrar de prisa la puerta, murmurando «¡Huy, perdón!».
      Entonces… ¿la muerte? Y que conste que no pienso ahora mejor de ella que antes. Pero, claro, resulta que te veo y por tanto puedo hablar contigo. Me respondes asintiendo o negando con la cabeza, sonriendo, amenazándome con el dedo, sacándome la lengua… No sé si podría evitar verte, pero desde luego no quiero. ¡Hace tanto que no sé vivir sin tu compañía! Quizá se trata de eso: lo mismo que una tira de papel enrollado guarda cuando se lo alisa la tendencia a recuperar su formato anterior, puede que el alma también adquiera el pliegue de las frecuentaciones y los afectos que le han sido imprescindibles. Entonces eso quiere decir que tú sigues conmigo por costumbre, y por dulce y menesterosa costumbre te sigo viendo yo. Ahora mismo, ahora mismo te veo: igual que siempre, intacta y cotidiana, un poco despeinada, algo impaciente por mi manía de darle tantas vueltas a las cosas. Te veo como fuiste, es decir como eres, o sea como estoy convencido de que nunca dejaras de ser, aunque lo demás haya cambiado por fuera horriblemente. Te veo así, tal cual, tú misma. Te veo como si te estuviera viendo.


Fernando Sabater, "La hermandad de la buena suerte"