23/4/26

Ahora. Antes.

 


La calle olía a piedra húmeda y a flores. Él caminaba deprisa porque abril estaba siendo frío y lluvioso pero, con el cambio de hora, ya había amanecido hacía un buen rato y la floristería de Prat de la Riba tenía la persiana a medio alzar y el dependiente, alto y con barba mal rasurada, colocaba los ramos sobre los estantes que había sacado a la calle. Era muy temprano. Era el día.


Veinte años después él caminaba por la misma avenida. El frío era el mismo. La luz era la misma. Él era otro. 


Entró en la floristería y el hombre lo reconoció, no porque fuese un gran cliente sino porque, ese día, siempre era el primero en aparecer, como si hubiese estado la noche en vela esperando el instante de la apertura, como esa gente que hace cola para un concierto de rock junto a la taquilla para ser el primero cuando la abran. Eligió una rosa roja, grande, con el tallo largo y sin espinas porque ella odiaba pincharse. El florista la envolvió en celofán transparente y le hizo un lazo  de dos arcos. Él pagó sin regatear y dio una propina. Siempre lo hacía ese día.

El florista le tendió la rosa sin decir nada. Él la cogió. Dijo gracias. Salió a la calle. 

Ella había pasado dos días visitando librerías, arrancando momentos de su vida cotidiana, de sus deberes familiares. Había entrado en la del Carrer Vallcalent y había preguntado por novedades. El librero le había hablado de un libro de Javier Marías que acababa de salir, Tu rostro mañana, la segunda parte. Ella lo hojeó pero no le pareció el más apropiado para él.  Después, había entrado en otro establecimiento y había visto El hijo de la bruja de Ken Follett pero no, eso no. Y se fijó también en Shalimar el payaso, de Salman Rushdie. Lo había sostenido en las manos un momento largo, mirando la cubierta, y luego lo había dejado.  

Era una gran lectora y sabía elegir obras interesantes, bien escritas, de literatura elevada, pero pensó que a él le haría más ilusión otro libro totalmente diferente que había visto el día anterior. Un compendio de las máquinas que había inventado Leonardo da Vinci. Uno de esos volúmenes pesados, en tapa dura, de tamaño muy grande, de los que ocupan un lugar relevante en el mueble del salón, lleno de gráficos y dibujos del italiano. Sí, le gustaría, pensó. A él le gustaban esas cosas. 

Ahora, tenía el libro en casa, sobre la cómoda, envuelto en papel azul con una pegatina que decía Feliz San Jordi. T’estimo molt.  


Él entró en el piso. Era pequeño y silencioso. Puso la rosa en el búcaro de cristal que estaba sobre la mesa del comedor. El jarrón siempre estaba limpio porque él lo lavaba cada año antes del día. Había puesto agua fría por la mañana temprano  y echó una aspirina porque alguien le había dicho que, haciéndolo así, las flores duraban más. Observó las burbujitas que subían finas y rápidas. 

La rosa quedó en el agua. Era una rosa muy hermosa, con sus pétalos aún algo cerrados. Mejor así, se abrirían en los días siguientes y él la sentiría más cerca. Qué estupidez, pensó. ¿Más cerca? Aunque, racionalmente imposible, ella siempre estaba cerca. Siempre. Y siempre era siempre, cada segundo.

Él miró la flor un momento. Luego fue a la cocina a hacer café. 


Ella apareció en la esquina de la calle y él la vio desde lejos y sintió en el pecho lo que siempre sentía cuando la veía acercarse, que era algo parecido a no poder respirar bien. Llevaba el pelo suelto, un abrigo beige y el libro bajo el brazo. Le encantaba aquel negro profundo de su cabello, su frente amplia, su naricita pequeña y esa sonrisa que significaba tantas coas: te quiero, te deseo, estoy bien junto a ti, ámame, no me dejes nunca, qué bonito sería si pudiésemos…

Se besaron en la mejilla primero y luego en la boca.

—Has madrugado —dijo ella.

—La rosa no espera —dijo él.

Ella cogió la rosa, se la acercó y dijo que olía bien. Entonces, él la abrazó y la acarició el rostro. Tú sí que hueles bien, le dijo. Extraño tu aroma cada noche.

Le dio el libro. Él lo miró y sintió que era realmente pesado. Soltó el papel con cuidado porque quería guardarlo. Era una ñoñez, pero saber que ella lo había envuelto le daba un valor casi sagrado. Ella nunca dejaba que lo envolviera el dependiente de la librería. Gustaba de hacerlo por sí misma, con sus manos.

Lo dio la vuelta. Leyó la contraportada despacio. Volvió a girarlo.

Máquinas de Leonardo —dijo. Sonrió de aprecio y gusto — ¿Cómo es que aciertas siempre?

—Es muy técnico. Lo tienes que leer despacio.

—Sí —dijo él. La besó con ternura. 


Se tomó el café de pie junto a la ventana. Abajo en la calle ya había mucha gente. Había hombres con rosas y mujeres con libros. No habían madrugado como él. Compraban las rosas después de desayunar o al ir a almorzar. El día se repetía igual cada año y él lo miraba desde la ventana pensando que la ciudad seguía funcionando de manera bastante ordinaria para estar en un mundo que la había perdido.

Había muerto en febrero. Hacía veinte años. El cáncer se la había llevado en apenas dos años y poco más. Hizo lo que pudo y siempre le pareció poco. Él pensaba en eso a menudo, aunque no servía para nada y dolía como si a uno le sacaran las entrañas. Pensaba en ella todos los días. Y no porque se hubiese auto impuesto tal cosa. Nada de eso. Ella le venía seis o siete veces cada día a su memoria por pequeños detalles: una luz que parecía la que habían visto en el atardecer del que cenaron en el italiano de Igualada; un gesto de alguien que le recordó su andar; una risa a sus espaldas que, curiosamente, sonaba similar; un escaparate semejante al que vieron cuando fueron a comprar una chaqueta de invierno. Una vez, escuchó en la radio que eso era sinestesia, un no sé qué neurológico que dispara recuerdos por sensaciones insignificantes. Aunque no habían dicho que siempre fueran recuerdos de una única persona como a él le ocurría.

Pensaba en ella cuando hacía café, cuando abría una ventana, cuando llovía. Cuando se acostaba y alargaba su mano sin encontrarla. Cuando se despertaba y tampoco estaba junto a él. 


Fueron a desayunar a un bar de la plaza. Pidieron café con leche y croissants. Ella tenía las manos frías y él las cogió entre las suyas y las frotó despacio hasta que se calentaron. Ella lo dejó hacer.

—¿Qué haremos esta tarde? —preguntó ella.

—Lo que quieras.

—Podríamos ir al cine.

—Bien.

—O pasear por el parque.

—También bien. Mientras tomes mi mano con la tuya, estará bien.

Él la miraba y pensaba que era hermosa de la manera en que son hermosas las cosas que uno conoce muy bien, que no es la hermosura del primer día sino otra cosa más difícil de nombrar.  Cuarenta y tantos años, con la cabeza asentada y la vida encarrilada, pero todavía le costaba respirar como un adolescente cuando la tenía cerca. Todo era difícil, ninguno podía romper con su pasado, con sus obligaciones. Pero, a la vez, era una paz infinita el tenerse. Lejos, sí, y tan cerca, sí.


Él intentó imaginar qué libro le habría regalado ella ese año. Pensaba en eso cada veintitrés de abril. Era un ejercicio inútil pero lo hacía igual.

Quizás Martí i Pol. A ella le gustaba Martí y Pol. Quizás Fantasmas, de Auster. Quizás algo que él no conocía, porque ella siempre encontraba libros que él no conocía. A menudo, ella hallaba historias extraordinarias que leer. Como la que ellos vivían a ratos robados, entre pasión desatada y ternura infinita. Y ahora no encontraba nada porque estaba muerta y los muertos no encuentran nada.

Ella creía en Dios. Mucho. Él, que también creía, pasaba por esa noche del alma de la que hablaban los místicos. Llevaba así veinte años. Veinte años de rabia, de incomprensión, de reproches a ese dios sordo que nunca escuchó plegaria alguna.  Era una rabia que a veces se le subía a la garganta. En esos momentos, él cerraba los dientes y esperaba a que pasara.

Pasaba, sí… pero regresaba a las pocas semanas.  


Salieron del bar y caminaron por la calle llena de puestos de rosas y de libros. Ella le cogió del brazo. La rosa iba en su otra mano y el libro en la otra de él. Hacía menos frío que por la mañana.

—¿En qué piensas? —preguntó ella.

—En nada —dijo él.

Era mentira. Pensaba en que era un buen día y en que los buenos días también se acaban, en que había que disfrutar de ellos mientras duraban y no inquietarse por  cuándo se iban a terminar. Pensaba en que la amaba. No lo dijo. No hacía falta hacerlo. Aunque se lo decían decenas de veces al día, en realidad nunca hizo falta expresarlo. Bastaba con que se miraran. Bastaba un roce de manos.


La rosa en el búcaro era perfecta. Perfecta e inútil.

En cuatro o cinco días se pondría marrón por los bordes y los pétalos caerían sobre la mesa uno a uno y él los recogería y los tiraría. Después, lavaría el búcaro, lo pondría a secar y lo guardaría hasta el año siguiente.

Así, todos los años.

Él se terminó el café, fregó la taza y la dejó secando. Abrió su cartera y sacó un lacito a rayas rojas y amarillas, de colores ya desvaídos, arrugado, ajado por el tiempo. Lo besó y volvió a guardarlo. Se levantó y acarició el lomo de Máquinas de Leonardo que ocupaba el centro de balda inferior del armario. 

Más tarde, se puso el abrigo y bajó a la calle para tomar un plato combinado en el bar de la plaza Europa. Quizá el número seis, el de croquetas y pollo, que incluía la bebida.

Había rosas por todas partes. Había parejas cogidas del brazo. Había hombres con libros y mujeres con flores en la mano.

Él caminó entre ellos con las manos en los bolsillos.

No era un día como siempre. Fue un buen día. Antes. Era un mal día. Ahora.

La fragancia de la rosa no era como las de antaño. 




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