Habían inaugurado el restaurante hacía pocas semanas. La decoración combinaba unas columnas y un techo de hormigón visto, muy al estilo de Paul Rudolph o Le Corbusier, con unas paredes pintadas de gris grafito, una iluminación cálida, anaqueles propios de una casa rural y un mobiliario de madera rústica que lo hacía verdaderamente agradable. El dueño había separado las mesas generosamente, de modo que era posible mantener una conversación íntima y tranquila.
Llegaron cuando el sol estaba ya marchándose y el cielo, que aquel día permanecía libre de nubes, comenzaba a enrojecerse. Hoy se verán hermosas las estrellas, pensó él mientras la miraba a ella.
Era una de sus noches, una de esas veladas que periódicamente robaban a sus vidas para contarse cosas, para recordar lo vivido, para mirarse de cerca. Un paréntesis en lo cotidiano que, por alguna razón desconocida, siempre resultaba memorable.
Se sentaron. El camarero, de marcado acento argentino, les saludó con amabilidad y trajo la carta. Pidieron de primero, y para compartir porque siempre compartían los primeros, una ventresca con pimientos asados a la leña; de segundo, ella ordenó costilla asada y él, un pescado. Ella, porque era era la que sabía de vinos, eligió un K-Naia aunque hubiese elegido carne como menú.
Ella estaba especialmente hermosa.
Y entonces ocurrió lo que ocurría siempre: la conversación no empezó, sino que continuó, como un río que se hubiera metido bajo tierra durante un tiempo y ahora resurgiera en el mismo cauce, con el mismo color de agua. Era así desde el principio: encuentros cortados por geografías distintas, por vidas que habían tomado direcciones que sólo se cruzaban en paréntesis —una ciudad, un restaurante, una merienda, un concierto, un whatsapp diario, o varios, porque uno de los dos había pensado en el otro sin razón, sin causa, como quien piensa en la lluvia—.
En realidad, nunca habían tenido, en ese sentido estricto que exigen las historias de amor convencionales, un principio. Habían tenido, más bien, un descubrimiento. Décadas de convivencia habían conducido a lo irremediable, a una conclusión predeterminada desde el origen de los tiempos. En la intermitencia de su relación, el tiempo les era ajeno, parecía no transcurrir cuando no estaban juntos de modo que el reloj se paraba al despedirse para arrancar al reencontrarse, sin solución de continuidad, como ocurre en esos cronómetros de ajedrez en que se aprieta el botoncito para que cuente sólo el tiempo de juego. Sí, es algo que se cuenta y parece una idealización, incluso una mentira. Pero no. Era una realidad. Existía la comprobación repetida y consistente de que el otro seguía estando ahí siempre, en alguna parte de la mente, incluso cuando la vida diaria lo cubría todo de urgencias menores.
Hablaron mucho. Como siempre. De sentimientos y de banalidades, de sueños y de añoranzas, de problemas y de viajes, de nietos y de cómo marinar el salmón. Se decían las palabras con la seguridad de que podían decirse cualquier cosa sin que nada se rompiera, con la certeza de que con dos apuntes el otro iba a comprender una historia completa y compleja, tan bien se conocían.
—¿Sabes una cosa? —dijo ella en un momento, cuando ya habían pedido el segundo plato y el vino empezaba a desdibujar los bordes de las frases—. Eres la persona que mejor me ha tratado en la vida.
Lo dijo sin dramatismo, como quien constata un hecho meteorológico, la temperatura de una tarde. Él la miró y no supo qué responder, porque no recordaba haber hecho nada extraordinario. No la había salvado de ningún naufragio, no le había regalado ninguna fortuna, no había estado, ni de lejos, presente en la mayoría de los días de su vida. Había estado, eso sí, en algunos, y en esos había intentado —sin proponérselo demasiado, sin estrategia— mirarla con atención, escucharla sin prisa, admirarla sin condiciones. Quizá eso era todo. Quizá eso era, después de todo, lo único que hacía falta. Admirarla.
En cualquier caso, se emocionó y sintió un desbordante deseo de abrazarla y besarla, algo que el caminar y las miradas del camarero impidieron que hiciera
—No sé qué he hecho —dijo él finalmente—, salvo estar aquí cuando he podido.
—Será eso —contestó ella, y no añadió nada más, y él comprendió que aquella frase incompleta era, en realidad, una explicación entera.
Hablaron de la vejez sin nombrarla, de cómo el deseo había ido cambiando de forma con los años, transformándose de urgencia en costumbre, de costumbre en necesidad de otro tipo: no ya la piel buscando la piel, sino el calor de un cuerpo conocido al lado en la cama, la seguridad de un abrazo antes de dormir, la simple comprobación visual —verse, nada más que verse— de que el otro seguía existiendo en el mundo, respirando, envejeciendo también, acompañándose a distancia en ese proceso que a nadie se le explica cómo afrontar. Se miraban y eso bastaba. Era como decir sin palabras, seguimos aquí, seguimos siendo quienes éramos, no hay nada que pueda separarnos; juntos, somos invencibles.
El camarero empezó a mirarlos con esa discreta impaciencia de quien tiene que cerrar. Pidieron la cuenta con un gesto.
Salieron a la calle. El aire de la noche tenía esa temperatura intermedia de las noches de verano dulces. Había luna llena, una luna grande y aún baja que parecía haberse instalado sobre los tejados a propósito, como una escenografía discreta que nadie había pedido pero que estaba ahí, disponible, apropiada para el momento.
Caminaron hacia el parking sin prisa. No hablaban ya. Las palabras se habían vuelto innecesarias, como ocurre a veces cuando dos personas han hablado tanto que el silencio se convierte en la última frase de la conversación, la que la cierra con más precisión que ninguna otra.
Había obras en un edificio y era necesario pasar bajo un andamio.
− Ven −, dijo él
− ¿Qué?
− Es el túnel del amor. Pasemos por debajo.
Ella río y le llamó moñas. Siempre eres un moñas, dijo. Pero él la besó bajo aquel improvisado arco de hierros y fue un beso dulce y correspondido.
Ella se colgó de su brazo. No dijo nada. No hacía falta decir nada. El gesto contenía toda la biografía compartida, todos los reencuentros que habían sido, en realidad, un único encuentro prolongado durante décadas, interrumpido y retomado, como quien cierra un libro sin marcar la página porque sabe que no lo va a perder, que en algún momento —no importa cuándo— volverá a abrirlo exactamente donde lo dejó.
El mundo, por un momento, bajo aquella luna hermosa que se resistía a subir al cénit, fue perfecto.



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