12/8/26

El eclipse

 


Después de comer, el abuelo miró el reloj y dijo que había llegado la hora.

—¿Ya? —preguntó el niño.

—Ya.

—Pero dijiste que era a las ocho y media, y son las cuatro.

—Tenemos que ir hasta la ermita para que podamos verlo bien sin que nos tapen los árboles. El camino es malo e iremos despacio, Además, tenemos que preparar la merienda y las bebidas.

El abuelo tenía sesenta y ocho años recién cumplidos y, con los achaques que inevitablemente atrae la jubilación, conservaba su buen humor y su eterna curiosidad científica. No recordaba ya desde cuándo le había gustado la astronomía pero, desde luego, fue antes de 1969, cuando Armstrong pisó la Luna. Para entonces, la semilla ya estaba crecida y vigorosa. Quizá se interesó en mirar las estrellas cuando apenas tenía seis o siete años, en aquellas pocas noches en las que iba con su padres a pasar noche en el campo con una precaria tienda de campaña, pero más bien siempre había pensado que el asombro al mirar una noche estrellada era algo innato. Por si no lo fuese, se había preocupado por inculcar esa misma emoción y unos mínimos conocimientos a sus nietos. 

Ayer mismo, por ejemplo, habían estado jugando a simular los eclipses. Él, con una linterna en su mano, ejercía de sol. Su nieto mayor, de seis años, hacía la función de la Tierra y su nieta de cuatro años daba vueltas pasando entre ambos y ocultando la luz que emitía el farol. Entonces, gritaba ¡se tapó. Hay eclipse! Luego, habían repetido varias veces el juego, alternando los roles, hasta que ambos chiquillos habían comprendido la mecánica de la danza celeste, con una precisión que para sí quisieran los astrónomos del MIT. Por la noche, ese momento tan dulce en el que se acuestan los pequeños, habían leído “El Templo del Sol”, de Tintín, especialmente la parte en que ocurre el eclipse sobre el palacio del inca. Pronto quedaron dormidos, quizá soñando con Zorrino, Raspar Capac, Huascar o el siempre irascible, pero enternecedor, Haddock

Preparó los bocadillos y los metió en la mochila junto a tres botellas de agua. Comprobó que estaban las gafas de cartón con su película de aluminio, que llevaba la cámara de fotos Nikon ya antigua y del todo insuficiente para fotografiar el evento, así como un mapa por si el navegador del coche no tenía la lejana ermita en su base de datos.  Dio una gafa a cada niño, repartiéndolas con solemnidad, como si fueran medallas olímpicas, una para cada nieto, una para él, y una de repuesto.

—¿Y esto? —preguntó la niña, cogiendo en su mano una brújula grandota que había comprado en un chino.

—Eso es para saber dónde la luna tapará al Sol.

—Mira, tiene una punta roja.

El abuelo sonrió y con algo de misterio y de teatro les explicó qué era el norte, qué era el sur y cómo el eclipse se produciría por el oeste.

—¿Qué es el oeste? — preguntó el niño.

—Tú mira hacia donde marca la aguja roja. Por ahí vas al polo norte, donde viven los osos blancos. En el culete, vas hacia el polo sur., donde habitan los pingüinos. Y por la izquierda, donde tenéis estas manos — se las movió— está el oeste. Hacia ahí vamos a mirar.

Los niños rieron.

Habían elegido un lugar a una decena de kilómetros del pueblo, una pequeña loma con una ermita aún en uso, desde la que se veía el horizonte sin casas delante. Se lo había recomendado el dueño del restaurante, que conocía bien la zona. El camino hasta allá era tan malo que no esperaba que hubiese mucha gente. Quizá una veintena de vecinos pero, desde luego, ningún turista. No había riesgo de atascos como con insistencia avisaban en la radio.

Entre una cosa y otra, sentar a los críos en las sillas del coche, revisar todo y buscar la dirección en el GPS salieron pasadas las cinco y media. El calor todavía hacía temblar el aire sobre la carretera. El abuelo condujo despacio, algo inusual en él, con una mano en el volante y la otra señalando las encinas y los sauces por la ventanilla.

Si había albergado esperanzas de que el camino no fuese una pista de ganado, estas se esfumaron al poco de comenzar el trayecto. Era una senda más para tractores que para coches. Dudó en algunos momentos si la suspensión de su utilitario iba a aguantar aquel pedregal. El polvo creaba nubes espesas como en esas películas del oeste donde la caravana se ve desde lejos por la polvareda que levanta mientras avanza hacia Colorado.

—Mirad ese campo. Dentro de un rato parecerá de noche.

—¿De noche de verdad?

—Casi.

—¿Y saldrán las estrellas?

—Algunas.

—¿Todas?

—No. Sólo unas pocas. 

Al llegar, los niños agradecieron salir de sus sillas y echaron a correr por la campa. El abuelo extendió una manta en el suelo y se instalaron mirando hacia el oeste. No lo hizo él sino que a propósito, pidió a los chavales que buscaran con la brújula dónde estaba el oeste, como habían aprendido.

La ermita estaba cerrada. A la derecha, una cancilla impedía el paso a un camino que iba hacia el norte. Unos manzanos daban fruto a unos metros de la torrecilla de la iglesia.

El Sol todavía estaba alto, cegador, y parecía completamente normal. Demasiado normal para todo lo que estaban esperando. Algunas nubes blancas y estiradas, que a aquella hora y fruto del calor del día llegaban desde el océano, amenazaban con estropear la tarde, pero respiró aliviado cuando comprobó que el viento las empujaba lentamente hacia el norte, lejos de la trayectoria de la estrella.

Pasó el tiempo con una lentitud extraña. De vez en cuando, su nieto le tomaba la mano y miraba el reloj, calculando cuánto faltaba. Ensayaron varias veces cómo ponerse y cuándo quitarse las gafas, asegurándose de no mirar al sol sin ellas.

Pasó el tiempo.

Al principio no ocurrió nada que los niños pudieran apreciar. El Sol seguía brillando como de costumbre, con ese amarillo platanero y aún brillante a pesar de la hora. Los pájaros seguían cantando. En la distancia, una mujer paseaba a su perro. Unas pocas familias fueron llegando y ocupando posiciones aquí y allá.

Entonces, la niña miró con sus gafas.

—Abuelo.

—¿Qué?

—Le falta un trocito.

Él se puso las suyas. Sí, allí estaba el primer mordisco de la luna al disco de luz. Una pequeña macha oscura en el borde del Sol. La luna llegaba sin ruido ni bataholas. 

—Ha empezado —dijo el abuelo.

Los tres niños se acercaron a él. Se pusieron las gafas, aplaudieron, esperaron con impaciencia.

Durante los minutos siguientes, que se hicieron eternos, el eclipse fue creciendo poco a poco. Un mordisco. Otro. Una sombra cada vez mayor. Los niños discutían sobre quién había mirado más tiempo y se avisaban uno a otro cada vez que descubrían algo. Narraban lo que sentían en voz alta con cada cambio de luz, como si fueran los únicos testigos del acontecimiento.

—¡Ahora parece una luna con cuernos!

—¡No, parece una galleta!

—¡Una galleta mordida!

El abuelo los escuchaba mientras ajustaba la cámara. Sabía que el resultado sería decepcionante sin disponer de un telescopio, pero aún así se afanó en la tarea.  Las nubes se habían ya movido lo suficiente para asegurar que no ocultarían el evento.

Cuando el Sol quedó reducido a un fino arco dorado, el mundo empezó a cambiar. La temperatura descendió. El viento se quedó quieto. La luz perdió su color. Los árboles proyectaron sombras extrañas y afiladas. En algún lugar cercano, los pájaros empezaron a callarse.  

—Abuelo…

El hombre bajó la vista.

—¿Qué, cariño?

—¿Está pasando de verdad?

Sonrió y colocó sus manos sobre los hombros de los chiquillos.

—Sí.

El niño no respondió. Miraba el cielo con la boca entreabierta. La niña, con sus manitas finas, aún apretaba las gafas contra sus ojos. El abuelo les dijo que ya podían quitárselas. Los chicos, a medida que la tarde se iba oscureciendo antes de tiempo se acercaban a él sin darse cuenta, buscando el hombro, la mano, algo firme a lo que agarrarse mientras el mundo hacía algo que no debía.

Y entonces llegó la oscuridad.

No fue como apagar una lámpara. No fue instantáneo. El día retrocedió rápida pero perceptiblemente, como si alguien estuviese moviendo un telón gigantesco sobre el mundo.

La niña gritó. No de miedo, sino de asombro, cautivada por aquel cielo mágico.

—¡Mira!

El Sol había desaparecido. En su lugar había un aro de puntitos rojos que titilaban inquietos sobre el disco negro que cubría el centro. Rodeando esas luminarias, una luz blanca y delicada, que él sabía que era la corona. Intentó explicar los detalles a los chicos con palabras sencillas, pero deseaba disfrutar él mismo de aquella maravilla. No era tiempo de hablar ni de tomar fotografías. Era tiempo de mirar al oculto sol y a sus nietos.

Los tres niños debieron pensar lo mismo, con ese instinto innato que comparten todos los seres humanos, y se quedaron completamente quietos, mirando al horizonte. Ni una broma. Ni una pregunta. Estaban admirados, asombrados.

Había pensado en hacer fotografías, en recordar los datos, en fijarse en la corona, en buscar Venus o alguna estrella. Pero no hizo nada de eso.

Miró a sus nietos.

El chico tenía los ojos muy abiertos. La niña, con la boca entreabierta, se había agarrado de la mano de su hermano. El abuelo sintió entonces una satisfacción que pocas veces en su vida había experimentado. Los miró a los dos, iluminados por esa tenue luz que llegaba desde ningún sitio, y se emocionó al ver su asombro puro, sin filtro. Los niños no estaban viendo un fenómeno astronómico. Estaban viendo magia, y la diferencia entre esas dos cosas era, quizá, la distancia exacta entre los seis años y los setenta.

El eclipse duró apenas un par de minutos. A todos les parecieron sólo segundos.

Cuando el primer hilo de luz apareció de nuevo, el abuelo mandó ponerse las gafas y los niños volvieron a hablar a la vez.

—¡Ha vuelto! ¡La luna ya ha pasado!

—¡Mira, mira!

—¡Otra vez hay Sol!

El día regresó de sopetón apenas la luna descubrió una fina línea brillante. Y con él volvieron los colores. El cielo recuperó su azul. Los árboles volvieron a su verde. Regresaron el viento y los pájaros, las conversaciones de las personas, el ruido lejano de la carretera.

A lo lejos, el Sol, ya bajo, empezaba a acercarse al horizonte y se volvía rojizo mientras la luna lo abandonaba más y más. La luz del atardecer había teñido de naranja los campos y las caras de los niños.

El abuelo recogió la cámara. No había hecho ni una sola fotografía durante la totalidad.

—Abuelo —dijo la niña—. ¿No has sacado fotos?

El hombre miró la pantalla apagada de la cámara y sonrió.

—No.

—¿Por qué?

Se quedó pensando.

—Porque estaba mirando otra cosa.

Lo miraron.

—¿El qué?

—A vosotros.

Los niños protestaron, se rieron y dijeron que eso era una tontería. El eclipse les había resultado fascinante. 

El abuelo lo recodaría siempre, pero no sólo por el cielo. Lo recordaría por dos pares de ojos abiertos como platos, por la mano de la chiquilla buscando la de su hermano, por la boca abierta de su nieto, por el asombro que les embargaba.  

Pensó que resulta extraordinario mirar el cielo con alguien que lo ve por primera vez.    

 



0 comentarios :