8/9/09

Las extrañas y nunca bien aclaradas desapariciones de Elvira


Santiago Solano de Escritores en Red
nos sigue animando a continuar el relato colaborativo digital sobre la historia de Elvira (http://santiagosolanogrande.blogspot.com/2009/09/el-retorno-del-yedi.html) creando historias sobre la vida de la protagonista. Aquí añado mi aportación y aprovecho para felicitar por su iniciativa a Santiago.




No recuerdo bien cuándo Erasmo H.H. (debo omitir la identificación precisa del individuo por deber de amistad hacia él) me contó acerca de las extrañas apariciones de la dama. Pero debía ser invierno porque no paraba de frotarse las manos para entrar en calor y porque, mientras me relataba los acontecimientos, teníamos un café caliente frente a nosotros. Quizá no me acuerde bien del momento pero el aroma fuerte y humeante de las tazas permanece aún nítido en mi memoria.

El caso es que Erasmo H.H. se inclinó hacia mí y me miró a los ojos. Puse expresión de interés, pensando en que contaría algún chisme del barrio o quizá alguna faena taurina a las que era tan aficionado. Erasmo alargó el silencio todo lo que pudo para, finalmente, susurrarme con extremado sigilo:

- Usted conoce el caso de Elvira, ¿no es cierto? – sentí su aliento en mi cara, entremezclado con el vapor del café.

Aunque no dio explicación alguna más, supe inmediatamente que se refería a esa Elvira y no a ninguna otra. Efectivamente, sabía quién era. Como psiquiatra en activo, el caso había sido ampliamente comentado cuando los hechos ocurrieron. Una niña inocente que creía ver a una dama de negro que la impelía a cometer asesinatos. Un caso evidente de esquizofrenia bipolar. Mi colega, el Dr. XX (permítanme que continúe siendo discreto) había presentado el asunto en varias de las reuniones que mensualmente realizábamos en el Colegio de Médicos. Su método, ingenuo pero ingenioso, de utilizar bolsas de basura para encerrar las fobias de una niña asesina había sido analizado y celebrado, escribiéndose incluso un par de ensayos sobre su potencial utilización en enfermos de patología similar. Al cabo de pocos meses, la criatura había mejorado tan claramente que no fue necesario su internamiento en ninguna institución mental y el interés por el hecho fue decayendo, pero el recuerdo de aquella pobre niña desquiciada perduró entre la profesión y particularmente en mí, que no podía comprender lo injusta que puede ser la vida cuando se ceba en inocentes pequeños. No obstante, pensaba que la paciente estaría ya plenamente curada porque de todo aquello habían pasado ya veinte años y había oído que incluso había contraído matrimonio.

- Sí, la conozco- respondí y no pude evitar mostrar un gran interés- Tengo entendido que la chica sanó, se casó y hace una vida normal.
- Querido amigo, – continuaba susurrando- he de decirle que aquel asunto no ha terminado como todo el mundo supone.
- ¿Ah, no? , ¿Por qué lo dice usted? – pregunté por preguntar porque era evidente que Erasmo H.H. me lo iba a contar de cualquier modo.
- Porque la dama de negro sigue apareciéndose.

Pasó entonces Erasmo a relatarme los hechos que él conocía y que, al parecer, le habían sido comunicados por un inspector de policía con el que jugaba al chinchón los sábados por la tarde. Prefiero, al igual que en los anteriores casos, no dar el nombre del sujeto.

Cuando ocurrió el asesinato, veinte años atrás, nadie prestó ninguna atención a la fantasiosa locura sobre la dama de negro. Mucho menos la policía, que no tenía ni tiempo ni recursos para dedicarlo a verificar por qué una niña loca había matado a otra persona. Era un asunto médico, no policial. Archivaron el dossier y se olvidaron de ello. Sin embargo, para el inspector amigo de Erasmo- el de las timbas de chinchón- fue un caso que no pudo olvidar, aunque nunca supo muy bien el porqué. Así que, cuando comenzó a recibir informes de ciudadanos que decían ver a una señora vestida de negro, con un traje inusualmente anacrónico y raído, paseándose por las calles de cierto barrio a altas horas de la noche, al inspector se le encendió una bombillita en su cabeza. Quizá todo fuese casual. Probablemente, fuese casual. Pero, ¿y si existía de veras una asesina vestida en negro tal como había asegurado aquella niña en aquel caso que aún recordaba? ¿Y si la criminal seguía haciendo de las suyas? No había habido más muertes pero el aguzado olfato del policía le hizo intentar averiguar un poquito más. Sin preguntar a la superioridad porque era un caso cerrado y había otros muchos más actuales e importantes. Consultó en el archivo central y pudo localizar la situación de la que otrora fuese la chiquilla Elvira. Era ya toda una mujer. Se había desposado con un ingeniero sevillano que pasaba más tiempo fuera de casa que dentro ya que era responsable de organizar obras en países lejanos. No les iba mal porque el tipo ingresaba unos buenos dineros anuales. Elvira se había convertido en una dama y, al comprobar la fotografía archivada con la ficha del carnet de identidad, observó que era muy hermosa. No tenía ocupación conocida ni hijos y, tras unas pocas pesquisas más, supo que sus problemas mentales habían quedado muy atrás y que su comportamiento era el de cualquier dama de la alta sociedad de la capital. Asistía a los más distinguidos eventos sociales y era considerada una invitada brillante en la conversación y amena en la diversión. Algún recorte de prensa que halló en el archivo la definía, asimismo, como una excelente jugadora de golf y partícipe en varias obras caritativas promovidas por la diócesis. Si la dama de negro existía era evidente que nunca más había molestado a Elvira. Podía ser que los testigos que llamaban asustados al ver vagabundeando a la figura de negro mintieran o estuvieran bajo los efluvios del licor. Pero eran seis y difícilmente podía suponerse que estaban conchabados.

- Así que mi amigo el inspector se decidió a vigilar el paseo durante una semana – Erasmo H.H. sorbió del café antes de continuar – y a punto estuvo de mandarlo todo a paseo hasta la noche del sábado de hace cuatro semanas.
- Continué usted. Me tiene el alma en vilo- le urgí a seguir porque el asunto me estaba interesando más de lo que quería admitir.
- Estaba ya convencido de que era una estupidez perseguir aquella corazonada cuando, a eso de las dos de la madrugada, mi amigo vio una dama de negro caminar apresurada por la avenida de Malzagaña. Efectivamente, y tal como habían afirmado los testigos, vestía un traje anticuado, todo en negro. Fue tal su sorpresa que para cuando intentó seguirla, la mujer – u hombre disfrazado, porque ya uno no puede estar seguro de nada- había desaparecido. La buscó por las calles aledañas e incluso entró en varios portales. Nada de nada. Esfumada, como si todo hubiera sido un sueño.
- Pudo ser una casualidad o sólo fruto del frío y el aburrimiento- argüí.
- No, querido amigo. Porque el hecho ha vuelto a ocurrir cada sábado desde entonces y en el mismo lugar. Y, siempre y a pesar de que el inspector está ya preparado y dispuesto a abordar a la figura y pedirle su documentación, esta se le escapa, se le evapora para desesperación del agente. Supone que le ve y eso previene a la mujer para escapar. Él estaba muy entusiasmado con el caso pero a sus superiores, sin embargo, no les ha hecho ninguna gracia. No es cosa de que la policía vaya persiguiendo quimeras aún cuando estas vistan de negro. Cada uno se pone la ropa que le da la gana y le han mandado a seguir a unos proxenetas a unos cuarenta kilómetros. Si esa vieja de negro existe, podrá seguir tranquila paseando su vestimenta.

Poco más sabía Erasmo H.H. del asunto y, además, las tazas de café estaban ya vacías. Intenté sonsacarle alguna cosa más pero cambió de tema de conversación y tuve que soportar media hora acerca de lo mal que estaba la feria del toro y de lo afeitados que salían los astados al ruedo.

Volví a casa intrigado. Casi estuve a punto de llamar al Dr. XX a tal hora de la noche pero me contuve. Todo aquello no era sino un chisme de taberna que rozaba la vulgaridad. Yo era un doctor, no un echador de cartas o un parasicólogo. Cené frugalmente y me acosté. Soñé con Elvira, con el asesinato de años atrás, y tuve pesadillas con una dama de negro que se reía ante mí. Me mantuve firme por un par de semanas sin intentar conocer detalles pero, una mañana, no aguante más y llamé a XX. Con una excusa banal, que ni siquiera recuerdo, conversé con él y, en medio de la conversación y como quién no quiere la cosa, le pregunté por el viejo caso de la niña Elvira.

- Pues fíjese- me contestó con un tono sombrío en su voz- que hacía años que yo pensaba que la mujer estaba sanada pero hace un par de meses su esposo, un afamado ingeniero, me llamó preocupado. Al parecer la señora desaparece algunos días. Él lo sabe porque algunos amigos se lo han dicho. Elvira ha dejado de asistir a algunos actos a los que se había comprometido sin razón aparente e incluso un par de veces temieron que hubiese tenido un accidente. Le hice un chequeo recientemente y no encontré la más mínima sombra de su fobia pasada. Juraría que está tan cuerda como yo mismo – hizo un chiste sobre si su esposa pensaba de igual manera- pero esas escapadas nos han puesto en alarma.

Aquello era suficiente para que, al día siguiente, hubiera decidido que yo tomaría el lugar del inspector. Pasé la semana en vilo, atendí mal a mis pacientes- algo de lo que posteriormente me arrepentiría- y conté cada hora hasta que llegó el sábado. Salí pronto, no fuera a ser que la extraña persona cambiara de hora justo ese día. Era una tarde grisácea, con viento del norte, pero al menos no llovía. Me aposté – y por algún motivo que ahora no sé explicar, yo también me vestí de negro- en los soportales de enfrente. Para las once ya estaba aburrido y a las doce estaba helado de frío. Mi curiosidad y mi voluntad de averiguar qué era todo aquel misterio menguaron rápidamente. Tanto que para la una (lo sé, porque escuché el campanazo de la iglesia de San Anselmo) me refugié en el coche y encendí la calefacción. Ahora sé que este hecho, lejos de perjudicar mi misión, fue una bendición porque la calle quedó desierta y nadie podía suponer que yo estaba dentro del vehículo. Casi me había adormilado cuando percibí una sombra, apenas delineada por las farolas amarillentas de la calle. La puerta de un portal – el número siete, ahora lo sé- se abrió. Mis sentidos se despertaron de sopetón y una tonelada de adrenalina corrió por mi sangre. Me agazapé en el coche procurando que nadie se percatara de mi presencia. La sombra se hizo forma. Al principio, indefinida. Después, se fue agrandando. Demasiado para que correspondiese a una única persona. Era claramente perceptible una falda negra, que ondeaba con el viento, y podía atisbar una figura atractiva bajo ella. Pasaron unos segundos y la sombra se movió hacia fuera. Entonces me percaté. No era una persona sino dos. Sus manos estaban entrelazadas y sus bocas también. Me sentí como un idiota. Eran sólo dos amantes, amándose en secreto. Probablemente, ambos casados, disfrutando de una aventura ilícita pero vibrante. Me avergoncé de mi mismo por estar allí, escondido, espiando como un voyeur a una pareja de amantes. Estaba a punto de dejarlo – tan mal me sentía por mi desvergüenza- cuando se despidieron. La mujer se giró hacia mi posición y pude verle la cara con toda claridad. Sonreía con una felicidad que denotaba lo enamorada que estaba. Quedé boquiabierto. Era Elvira. La hubiera reconocido en cualquier sitio a pesar de que sólo la conocía de fotografías. El hombre la miraba absorto y, aunque evidentemente no soy quién para juzgar estas cosas, parecía apuesto. Se despidieron lanzándose al unísono un beso con un sopló y ella se alejó apresurada perdiéndose en la oscuridad de la calle.

Por unos instantes permanecí desconcertado. Dándole vueltas a todo aquello. Era Elvira, de eso no había duda alguna. Estaba enamorada, de eso tampoco había dudas. Al cabo, millones de seres tienen amoríos extra maritales. Y con un marido que nunca estaba en su casa, no resultaba nada extraño su comportamiento.

Arranqué y los faros se autoencendieron. Había comprado el automóvil con un sistema automático de encendido de luces porque siempre se me olvida prenderlas al entrar en un túnel y en un par de ocasiones he tenido contratiempos con los agentes de tráfico. Por un casual, el haz luminoso impactó directamente sobre el portal. No estaba cerrado. El hombre aún permanecía en él, con cara de ensimismado mirando el camino por dónde se había marchado su amada. Se sobresaltó al verse inundado de luz y comprendió que les había estado espiando. Era joven y ágil. Y estaba furioso. En dos segundos, muchísimo antes de que yo pudiese reaccionar, estaba en mi ventanilla agarrándome por la solapa y gritando,

- ¿Qué quieres, viejo mirón? ¿Te pone ver a parejas que se besan, cerdo? – estaba realmente enojado y temí que me propinara un puñetazo.
- No, no. Lo siento. Elvira … - balbuceé sin darme cuenta de lo que decía.
Al oír el nombre de Elvira, aflojó súbitamente la presión y quedó como paralizado. Me miró fijamente y pude notar que su cerebro cavilaba a toda velocidad.
- Mire, no sé quién es usted pero esto no puede saberse – tartamudeó.

Comprendí que el muchacho se había asustado al saber que yo conocía a Elvira y supuso que podría conocer también a su esposo. Le ayudé a soltar sus manos de mis solapas, aunque ya no apretaban con fuerza.

- Lo siento. Puedes estar tranquilo. Yo no he estado hoy aquí- sonreí y le expliqué en cuatro palabras que sólo era un médico preocupado.
- Compréndalo. La amo. Me ama. No es dichosa en su matrimonio y su marido es un mal tipo. Si le pidiese el divorcio, la acusaría de estar nuevamente enferma…
- ¿Y el vestido? – atiné a preguntar.
- No pretenderá usted que vaya con su ropa habitual. La reconocería media ciudad. Mejor pasar por una vieja loca que vagabundea por la noche. ¿No lo cree así?

Le conté sumariamente lo que sabía y las suspicacias de Erasmo H.H., del inspector y del doctor. Me prometió que cambiarían de disfraz y así debió ser porque nunca más volví a escuchar del asunto. Aquella noche dormí a pierna suelta y me alegré por Elvira. Yo, desde luego, nunca le conté nada a H.H. y, con paciencia beatífica, continué charlando de chicuelinas y chiqueros, de alberos y de la suerte de varas que, según me dice siempre, cada vez se ejecuta con menos arte.










4 comentarios :

Santiago Solano dijo...

Estimado Félix. Por fin he podido leer tu relato. Y...
ME GUSTA.

Engancha desde el principio, mantiene la tensión hasta el final, y cumple con los requisitos que pedíamos.
Parece talmente un relato de novela negra, con detectives, psícólogos, médicos, bares con humo, chachara de amigos...

Resaltar también la concisión en el adjetivo y el tono medio del relato, que le da una amplitud de lectores que ya quisieran otros.

Felicidades amigo

Félix Remírez dijo...

Muchas gracias, Santiago.

Emilio dijo...

No lo había leído hasta ahora, al encontrarse, por necesidades imagino del blog, en un pequeño rincón...Pero, una vez encontrado, en tiempo y forma, he de decir que me ha sorprendido, me ha encantado.
Sin duda es un relato más largo de los habituales, pero con tal cúmulo de sorpresas, buena escritura, referencias, mezcla de realidad e irrealidad, y, sobre todo, con una lína argumental centrada en el mismo relato y en las uniones necesarias con la historia general, que lo considero de gran importancia para el libro completo. No es una aportación parcial. Es una aportación total. Y, además, nos lleva al relato negro psicológico, con referencias de todo tipo, interiores y exteriores (a los propios relatos y ensayos anteriores...) que me hace decir que, para mi, es de lo mejor con que contamos.
Enhorabuena.

Emilio Porta

Félix Remírez dijo...

Pues muchisimas gracias por los elogios a todos.