6/10/09

El albornoz



Seguramente ocurría por azar pero el caso es que todas las noches que pasaban juntos estaban iluminadas por una luna grande. Hacía tiempo que habían escuchado las campanadas de las dos de la madrugada y aún no dormían. La noche había sido un viaje de confidencia en confidencia, de susurro en susurro, con paradas esporádicas en estaciones de pasión y de jadeos. No querían dormir. Charlaban tumbados boca abajo en la cama, a lo ancho, desnudos de cuerpo y alma. Las sábanas revueltas por el maremoto de amores, la piel envuelta en mil caricias. La puerta del balcón permanecía abierta y la luz difuminada de un par de farolas lejanas delineaba sus siluetas.

- Salgamos a la terraza- sugirió ella al tiempo que tomaba un albornoz. Él pensó que estaba tan hermosa aquella noche que era imposible no desearla y amarla. Se preguntó por qué todo llega tan tarde en la vida.

El castillo de la loma recortaba su presencia sobre el fondo de estrellas. El mundo fluía apacible, en el vasto silencio del descanso, sin los ruidos y las inquietudes de la ciudad. Se oía el aleteo de pájaros nocturnos y los frufrús de los juegos ocultos de los insectos. La fragancia de la tierra, fresca por el rocío, les envolvió. Ella se sentó en el pretil, cruzó sus piernas y la suave curva de sus muslos asomó entre los pliegues de la bata. Encendió un cigarrillo y, por un instante, el rojo brillante del tabaco ardiente iluminó su sonrisa. El pensó que se dejaría matar por ella pero no dijo nada porque estaba hechizado tan sólo observándola. Si las palabras le hubiesen ayudado, le hubiera contado que deseaba abandonarlo todo y abandonarse a ella. Que necesitaba que ella se abandonase a él. Que anhelaba la audacia de amarse entre todos los impedimentos.

La abrazó y se besaron. Exploró su cuerpo bajo el albornoz. Miraron al horizonte que se extendía en calma, entre campos sembrados y olmos antiguos. Casiopea volaba por el cielo. Aspiró el aroma de su pelo y se impregnó del tierno escalofrío de su piel. Se embriagó en la intimad de su contacto y dejó que el instante se engarzara para siempre en su memoria. Sintió temor cuando pensó en que llegaría la mañana.