8/10/09

La ira del dios que no existió


La cortina de humo se fue volviendo más espesa a medida que el chamán vertía líquido en la fogata. Qué contenía aquella pócima no lo sabré nunca. Olía a vainilla, eso lo recuerdo bien. Las mujeres del poblado continuaban danzando un poco alejadas de la hoguera mientras ronroneaban aquellos sonidos que no sabría decir muy bien si eran canciones o salmodias. El brujo echó unos polvos blancos al fuego y las llamas se avivaron en un crepitar inquieto. Que la atmósfera estaba impregnada de alguna droga era evidente. Que yo estaba siendo drogado, también. Podría haberme marchado libremente pero no lo hice. La intriga era superior a mi miedo.

Todo había comenzado la misma tarde. Uno de esos atardeceres vestidos de anaranjados chillones. Los saraguatos jugueteaban chillones, ocultos a los hombres. Sólo sus aullidos y el movimiento de las ramas delataba su presencia. El río bajaba turbio como correspondía a la época del año en que nos encontrábamos, justo tras las lluvias. Era mi último día en el poblado. Al amanecer proseguiría mi viaje académico. Mi tesis sobre la sociología de los pueblos indígenas iba retrasada y tenía que cumplir el plan previsto si es que quería defender el proyecto en fechas. Estaba apenado, lo reconozco. Aquella semana había sido feliz entre aquellos hombres y mujeres. Me daba pereza regresar a la civilización, al ajetreo insensato de la modernidad. Quizá, el chamán vio nostalgia en mis ojos. O quizá simplemente tenía ganas de charlar. El caso es que, de sopetón, me preguntó:

-
¿Quieres conocer la historia de Nandtal?
- ¿Nandtal?
– pregunté con indisimulado interés. Una leyenda inédita añadida a mi trabajo universitario haría que mi calificación subiera.
- El dios que nunca existió – murmuró él mientras bajaba la mirada como si, de pronto, se hubiera percatado de que había hablado demasiado. Esa sensación de secreto bien guardado avivó aún más mi excitación.

Me costó casi una hora convencerlo de que compartiera conmigo aquella historia que, al parecer, sólo era conocida por los notables de cada generación.

- ¿Y cómo es que un dios que no ha existido tiene una historia? No hay nada que decir de lo que no ha existido– reflexioné en alto. El brujo se sonrió. Pensé que se había arrepentido de haberme hablado de la leyenda pero, tras unos segundos que me parecieron interminables, me contestó con seriedad:
- Te lo contaré por la noche, junto a la hoguera.

Así que allí estábamos, él y yo, sentados junto a un fuego que chisporroteaba. Miraba las cenizas ardientes danzar inquietas, arrastradas por el viento, deseando que el hombre comenzara la narración. Aquel druida de la selva sabía cómo avivar mi interés, de eso no cabía ninguna duda.

- No sabemos cuándo ocurrió – comenzó a hablar sin mirarme, ensimismado en las llamas que crepitaban-
y tampoco importa. Dado que se trata de un mundo inexistente y de un dios que nunca vivió, pudo pasar en cualquier momento. Sea cuando fuera, el caso es que el Sol supremo del universo encargó a uno de sus dioses favoritos que creara un mundo nuevo. Nandtal se llamaba y le fue concedido un vastísimo espacio en donde debería formar galaxias y estrellas, nébulas y planetas, criaturas inferiores como los hombres y los monos, los jaguares y las boas. Todo lo que él deseara.

Nandtal se sintió dichoso. Era un honor que el Sol le permitiera hacerlo. Marchó gozoso a su reino, a un distancia que ni tú ni yo podemos imaginar. Como era de esperar, no había nada. Sólo vacío negro. Una extensión infinita de nada. Nandtal se puso manos a la obra inmediatamente. Llenó el espacio de estrellas azules, de estelas amarillas y de nebulosas de caprichosas formas. Creó las leyes de su movimiento e hizo que las galaxias volaran indefinidamente. Más tarde, colocó planetas que giraban en torno a las estrellas y dentro de cada mundo hizo florecer plantas y árboles, formó selvas frondosas e hizo brotar fuentes cristalinas y ríos y lagos. Algunos planetas los llenó de arena y de rocas pero, para que los desiertos fuesen bellos, pintó dunas naranjas e hizo que serpentearan bajo el sol y, por las noches, creó cielos poblados por miríadas de estrellas titilantes. Por fin, y cuando ya el dios se hallaba satisfecho con el escenario, Nandtal creó a los pobladores de los planetas. Seres inferiores, sin duda, pero animados de un hálito de vida y capaces de llorar y sonreír.

Se había levantado viento. Pequeñas lenguas de fuego se elevaron raudas hacia el cielo. El flujo de oxígeno limpio avivó las llamas e hizo que un amarillo brillante e intenso coloreara la fogata. El chamán tomó una pipa y, con parsimonia, la llenó de hojas de coca. Se entretuvo apelmazándolas y finalmente las prendió con un palito ardiente. Aspiró varias veces, me miró y continuó:

-
Pasaron unos años que para el dios fueron como un segundo y, un día que estaba un tanto aburrido, tuvo la ocurrencia de visitar algunos de sus mundos. Visitó Antandom, el mundo de las grandes panteras y se sintió satisfecho. Viajó a Indulman, la tierra de los ríos enormes, tan grandes que eran tan anchos como el mar. Se sintió satisfecho. Marchó a Unta y a Sonden y a Merlon. Visitó los soles exteriores y las lunas de diamante. Por fin, llegó a Galman, un planeta verde y azul que había poblado con hombres y mujeres. Invisible como era, pudo caminar entre ellos y observó las costumbres que iban desarrollando. Parecían primitivos. Pensó que debería afinar las leyes de su crecimiento. Quizá podría hacer que sus cabezas fuesen más grandes para que albergaran más ideas. O engordar sus músculos para que fuesen poderosos y no sufrieran tan fácilmente con el trabajo. Algo haría, sin duda. Pero, hasta decidir qué, se dedicó a vagar de aquí para allá, analizando a sus propias criaturas.

En realidad, todo comenzó cuando llegó al jardín de las amapolas. La vio enseguida y se sorprendió de sorprenderse. Él era el dios y había creado todo aquello. Pero no recordaba los detalles y mucho menos se acordaba de aquella mujer. Era el ser más hermoso que Nandtal había visto nunca. Jamás antes había sido consciente de tanta belleza, siquiera en su mente divina que lo generaba todo. Por un instante pensó que quizá fuera una creación de otro dios pero desechó la idea porque aquel era su territorio, concedido por el mismísimo Sol supremo.

La miró absorto. Sabía que era así porque, en algún momento, él la había imaginado – y , por tanto, creado- aunque no recordaba cuándo ni cómo. Se maravilló de que él hubiera sido capaz de dibujar tamaña belleza. Admiró su cabello que caía ondulado hacia un lado. Su boca sensual, su nariz afilada y sus ojos, negros y tan inmensos como el espacio infinito que le habían donado. Sintió emoción al percibir el cuerpo de la muchacha, la curva perfecta de sus caderas y de sus senos, de sus hombros y de sus piernas. Verdaderamente, era digna de él. Estuvo tentado de convertirla en diosa en aquel mismo instante y desposarla. Sabía, sin embargo, que esa prerrogativa no le había sido concedida y se contuvo.

El brujo vio que yo estaba lleno de preguntas pero con un gesto me dio a entender que debería tener paciencia. Usó nuevamente la pipa y siguió relatando:

-
Nandtal había quedado prendado de la chica. Cada día bajaba de su cielo hasta Galman y la observaba con detenimiento, regalando su vista con la sonrisa de la mujer, con sus mohines femeninos, con la desbordada sensualidad de sus movimientos. Sabía que estaba enamorado y tuvo miedo porque era la primera vez en la historia del mundo que un dios se enamoraba de una de sus criaturas. Pensó en regresar a la morada del Sol supremo y suplicarle que la hiciera diosa. O que le hiciera humano a él. O que permitiera una unión contra natura. Se consumía en las dudas y se preguntaba cómo era posible que la sola belleza de un ser pequeño hubiera puesto en jaque toda su divinidad. Era bella, muy bella. La deseaba. La amaba.

Habría tormenta más tarde. El cielo se estaba cubriendo de oscuros mantos que ocultaban las estrellas y el viento era un poco más frío.

- Pero los hombres que Nandtal había creado eran primitivos. Casi animales. Necesitaban alimentarse, beber, protegerse del frío y del calor, sanar sus heridas, descansar. Lo peor era que precisaban satisfacer su egoísmo, poseer, y para ello eran capaces de cualquier cosa. Para cuando Nandtal se apercibió del desastre, la guerra entre dos clanes se había desatado. Desde la perspectiva del dios aquello no pasaba de ser un ínfimo contratiempo, como un escalofrío menor que transcurre en un segundo. Pero, abajo, en las tierras de Galman, la desolación y la muerte asolaron comarcas enteras y sembraron de cadáveres los campos.

Como cada día, Nandtal descendió para solazarse con la mujer. Se sobresaltó porque no la encontró en el jardín. La buscó pero no la encontró. Comenzó a inquietarse y aceleró su marcha.

Una ola de estremecimiento le azotó cuando vio el cuerpo muerto de la chica. Yacía boca arriba, bella aún después del tránsito, con un hilo de sangre ya seco en su vientre. Nandtal sintió dolor y para él fue una sensación extraña, nunca antes conocida en un dios. De pronto, pareció que todos los sentimientos que él sabía crear en sus criaturas inferiores se hacían presentes en él mismo. Lloró, gritó, se retorció de pena y dolor y con cada una de sus convulsiones, su universo se tambaleó. Fue entonces cuando sintió el odio. Lo conocía en teoría. Lo había incluido en muchas de sus creaciones pero jamás él mismo lo había experimentado. Le inundó la ira y se dejó arrastrar, ciego de dolor. Recordó por un instante la ley del Sol supremo sobre castigar sólo a los culpables y salvar a los inocentes. Era de justicia. Pero fue sólo un instante. No habría distingos. El odio inmenso y la pena infinita lo inundaron todo. Él era un dios y aquella muerte, la de su amada, sería pagada con más muerte que la que nunca aquellos seres miserables pudieran imaginar.

Borrar de la historia al planeta Galman fue sencillo. Las hembras del planeta padecieron cómo sus hijos inocentes eran abrasados en llamas antes de ver cómo un cataclismo gigantesco engullía a la tierra entera. No hubo distinciones. Buenos y malos, niños y ancianos, santos y pecadores, todos fueron arrasados en un instante.

Nandtal apenas sintió alivio a su dolor. Necesitaba más. Mucho más. Sí, sabía que el Sol supremo le habría dicho que ningún ser de otro mundo tenía culpa alguna de lo sucedido. ¿Y qué? Si ella no vivía ya, nada merecía existir en todo el universo. Desató su fuerza sobre todos los planetas y sobre todas las estrellas, una a una. Hizo que todos sus habitantes sintieran el pavor que sin duda la muchacha debió haber sentido. Devolvió el golpe multiplicado por cien millares. Los habitantes de cada planeta sufrieron la ira del dios sin entender qué ocurría o por qué ocurría.

Yo permanecía hechizado ante el cuento. En parte por la historia legendaria pero, sobre todo, por la expresión del brujo. Me estaba relatando, sí, una leyenda pero en realidad éramos conscientes de que seriamos capaces de destrozar el universo por un amor perdido si tuviéramos la fuerza para hacerlo.

-
Finalmente, Nandtal observó que ya no quedaba nada. El espacio era negro y estaba vacío tal como ocurría al comienzo de los tiempos. Nada de lo que había creado permanecía ya. Pero aún no era suficiente. Su cólera no se apaciguaba. Aquel universo debía pagar aún más por el sacrilegio de haber asesinado a la mujer amada.
- ¿Qué más se puede hacer que acabar con el mundo?
– pregunté.

- Acabar con el recuerdo de ese mundo
– contestó el chamán-.
Nandtal se concentró en sí mismo. Hizo acopio de todas sus capacidades divinas. El mundo que deseaba borrar estaba aún en su mente y en su memoria. Podría recrearse a partir de sus recuerdos y él no deseaba que eso pudiera suceder. Aquello no ocurriría jamás. Nandtal cerró sus ojos y fue cerrando su espíritu. Su propia esencia fue menguando. La vida de la mujer amada precisaba una venganza radical que incluía no sólo a los culpables sino a todo. Al universo entero y a su memoria. A él también. Nandtal no ha existido nunca, repitió para sí mismo. Nandtal nunca creó nada, insistió.

Y, poco a poco, Nandtal se fue desvaneciendo hasta que sólo quedó el espacio vacío.

Miré al brujo. Ambos permanecimos en silencio. La lluvia estaba cercana y era hora de regresar a la cabaña.