domingo 6 de septiembre de 2009

El libro digital como paradigma metaliterario



Actualmente, uno de los debates más enconados se centra sobre si el libro electrónico sustituirá completa o parcialmente al papel. Mi opinión es que, en el estado actual de la técnica, los e-books no vencerán al papel aunque no descarto (de hecho, lo auguro) que a medio plazo la tecnología avance para conseguir un papel electrónico más apropiado, con una textura más adecuada a nuestro tacto, con una portabilidad equiparable, sin necesidad de energía, con un mejor “encaje en el subconsciente humano”, con la “humanidad” que posee el papel convencional, y simultáneamente aunando todas las ventajas de lo digital como la reprogramabilidad, la facilidad de búsqueda o la posibilidad de incluir elementos multimedia.

Por encima de este debate, sin embargo, existe una reflexión que quizá es más profunda. Se trata de cómo afectará el libro digital de futuro a nuestra forma de leer y comprender la literatura. En papel, con el formato convencional, el libro es un elemento que puede considerarse aislado. Se autocontiene y es ajeno al resto de volúmenes. Puede tener listados de referencias o notas al pie de página pero el uso de tales datos es muy difícil de ejercer en tiempo real, amén de estar limitado a lo que el autor ha plasmado en tales inventarios de referencias. En un libro digital actual la situación es exactamente igual ya que lo único que se ha hecho es digitalizar en formato electrónico el anterior texto impreso.

Sin embargo, podemos concebir una red universal de libros digitales interconectados entre sí y relacionados mediante un sistema de etiquetas e identificación mucho más desarrollado que el actual. Así, en este escenario futuro, cuando un usuario esté leyendo un pasaje, el software podría hacerle saltar de forma instantánea y sencilla a otros libros que hablaran del mismo tema, o que compartieran un estilo similar, o a datos históricos que tengan que ver con la narración, o a relaciones que el propio robot de búsqueda encontrara entre unas obras y otras. Hay que notar que no me refiero aquí a relaciones predeterminadas por el autor (como son las actuales listas de referencias) sino que se trataría de caminos ocultos (podríamos llamarlos agujeros de gusano literarios utilizando el símil astrofísico) encontrados por el propio software tras evaluar el texto, los gustos memorizados del lector y las acciones que otros miles de usuarios estarían realizando en ese mundo literario universal virtual. Se crearía un nuevo nivel de comprensión del texto que no existía en la propia obra, que la completaría y que sería dinámica en función de las acciones de todos los lectores.

Imaginemos que un individuo esté leyendo Guerra y Paz. Es evidente que el software le puede proponer leer sobre los eventos reales de la invasión napoleónica de Rusia, no porque Tolstoi lo haya previsto así sino porque el sistema operativo detecta que la historia tiene que ver con tales acontecimientos. O puede proponer conocer más sobre los lugares geográficos, o sobre otros autores coetáneos, o sobre otros escritores que hayan tratado temas similares (por ejemplo, leer paralelamente el Napoleón de Mac Gallo o tener una visión ácida y satírica leyendo La sombra del Águila de Reverte) o sugerir otras artes relacionadas (la Obertura 1812 por ejemplo), etc, etc. Pero, es más, este software metaliterario podría adaptarse con lo que los otros miles de lectores hacen o han hecho al leer Guerra y Paz. Si alguno de ellos, por su iniciativa, había saltado a leer alguna reseña particular esta podría sugerirse al resto de lectores. Si había hecho anotaciones, estas podrían estar disponibles al resto del cosmos lector.


Esta posibilidad metaliteraria del libro electrónico es quizá la más radicalmente innovadora, muy por encima del debate papel versus pantalla (que, en unos años, cuando la tecnología avance, no tendrá probablemente sentido). Esta facultad de trascender el libro pero sin abandonarlo, completándolo, envolviéndolo en un mundo rico y atractivo es la que haría que la experiencia lectora fuese mucho más subyugante.


Il mio ben quando verrà


Le gustaba poner aquel vinilo – porque nunca había querido traicionarlo y comprar una versión moderna en CD- a pesar de que su sonido no era el más pulcro, siempre con ese zumbido sordo, cómo de alas de mosca frotando , que la aguja producía al rozar con el plástico. Se sentaba en el balcón cuando ya quedaba poca luz y en el cielo cohabitaban hilos rosas de nubes y los luceros de Sirio y Venus. Con la mirada perdida en ningún sitio. Con el recuerdo fijo en ella. Sinceramente, creía que era el aria más bella jamás escrita. Una ópera llena de amor, Nina. Escrita por un músico casi olvidado, Giovanni Paisiello. Miró su foto y las palabras que la soprano cantaba se repitieron decenas de veces en el eco de su añoranza.

Il mio ben quando verrà
A veder la mesta amica?
Di bei fior s'ammanterà
La spiaggia aprica.
Ma nol vedo, e il mio ben,
Ahimè! Non vien?


Sí, cuando ella llegara para salvarlo, las flores volverían a alumbrar los tallos y el sol brillaría inmenso. Pero estaba lejos, lejos, lejos. Non vien? Quando verrà il mio ben?. Supo que la amaba con toda su alma y continuó esperando.



El espejo




Aún no había amanecido y apenas habíamos dormido unas pocas horas. No teníamos tiempo para hacerlo porque la urgencia de las caricias y de los abrazos era mayor que el cansancio. Me desperté al sentir que te movías. Me encontré a mí mismo engarzado a tu espalda y a tus pechos, en la misma y exacta posición en la que el sueño me había vencido. Ese era justamente el lugar preciso en donde estaba mi edén y moverse un milímetro hubiera sido casi pecado mortal. Fuiste a por un poco de agua. Llevabas puesta encima sólo la parte de arriba del pijama y la silueta de tus piernas resultaba tentadora. Cuando regresaste un minuto después yo ya estaba penando de añoranza por abrazarte nuevamente bajo las sábanas. Me refugié en ti, trencé mis piernas entre las tuyas, y te besé entre la vaporosa luminiscencia que la tenue luz de una farola filtraba en la habitación. Me sonreíste y me dijiste que amar te sentaba bien. Te pregunté el porqué y me contestaste que te habías visto bella en el espejo. Lo estabas, de verdad que lo estabas, y me sentí el hombre más dichoso del cosmos. No tuve tiempo de dormir más porque el hechizo de tu ser me envolvió de anhelos y sólo pude dejar transcurrir el tiempo mientras recorría una y otra vez, cautivado, el perfil de tu cara .






Los gritos del pasado

Los gritos del pasado (Maeva, 2008), de Camila Läckberg es la continuación de las aventuras del policía Patrik y - su antes novia en el primer libro, ahora esposa- Erica. Si en el primer libro (La princesa de hielo) el protagonismo era mayor para el personaje femenino, en esta novela bascula hacia el detective.

Se trata de una novela negra bien trenzada, en la que- al igual que en la obra anterior de la saga- la investigación avanza a la vieja usanza, con trabajo, preguntas, hilando cabos, pero siempre en un contexto sencillo y realista, lejos de por ejemplo los poderes casi sobrehumanos de la Salander de la trilogía Millenium que, por cierto, debe bastante a Läckberg. Esta escritora no abusa de la acción que siempre se dosifica poco a poco pero, sin embargo, nos atrapa en la intriga y el suspense de la investigación induciéndonos a continuar leyendo para saber qué ocurrirá. Hay pasajes intimistas y reflexivos, muy bien escritos, que son un contrapunto perfecto al mundo exterior de crímenes y maldad.

Läckberg acierta al combinar los problemas de la vida familiar y cotidiana con el frenesí de la investigación policial y el misterio de los crímenes. Asimismo, vuelve a describir las clases sociales de la Suecia moderna.

Sin embargo, en esta entrega hay subtramas que sobran y que parecen metidas con calzador sólo para ocupar páginas, especialmente todas las que se refieren a las visitas de amigos y familiares que no sólo no aportan nada sino que son realmente absurdas. Asimismo, el final desentona un poco con el buen nivel del resto de la novela porque recurrir a un asesino chiflado no es de lo más original y resulta un tanto decepcionante como resolución del caso máxime cuando la trama parecía indicar que existía algún misterio escondido de mayor calado.

Eso sí, no veraneen en Fjällbacka (pueblo que existe de verdad) porque para lo pequeñito que es debe concentrar el mayor número de malvados de toda Europa.




Cocoon



Otro paso más hacia la holosala y la realidad virtual(http://biblumliteraria.blogspot.com/2008/07/futuro-lejano-de-la-literatura-digital.html). Aunque el desarrollo técnico que aquí se comenta no está dirigido a la literatura virtual es evidente que podría aplicarse algún día. Cocoon es un proyecto de casco sensorial que se está desarrollando por las Universidades de York y Warwick en el Reino Unido, que estimulará los cinco sentidos. Así como hasta ahora se integraban la imagen virtual y el sonido, este nuevo dispositivo permitirá añadir olores virtuales, sabores digitales y tacto de modo que la inmersión en el universo virtual digital (que, como decíamos, puede ser por ejemplo una historia narrativa) será mucho más impactante. Un prototipo ya ha sido presentado en Pieoneers 09 (http://pioneers.epsrc.ac.uk/Pages/About.aspx y http://gow.epsrc.ac.uk/ViewGrant.aspx?GrantRef=EP/G001634/1 ). Con este sistema, podríamos “olfatear” los aromas que el asesino de “El Perfume” de Patrick Süskind detectaba, o “paladear” el "kirantott karfiol teifolos martassal" (coliflor rebozada y frita con crema agria) en “O de odio” de Susan Grafton. O sentir la brisa del océano en la proa del Pequod mientras perseguimos a la ballena blanca. U oler las frondas que rodean Macondo. El prototipo es aún muy rudimentario. Precisa que el usuario se introduzca un elemento en la boca para “saborear” y tocar con los dedos los dispositivos táctiles, por ejemplo. Puede leerse más en http://www.epsrc.ac.uk/PressReleases/towardsvirtualreality.htm.

(fotografía de Mark Richards)

Yo, dragón


Está en marcha el concurso de novela/juego colaborativo Yo, Dragón (http://www.soopbook.com/divinity2.html?src=home ) que Koch Media ha convocado con motivo de del lanzamiento del videojuego Divinity 2: Ego Draconis (http://www.divinity2.com/ ). A partir de un capítulo inicial escrito por Sergio Parra, que comienza la narración, aquellos que deseen participar pueden mandar un fragmento que vaya avanzando la historia colaborativa. Se hará a través de la red social SoopBook.com. La acción debe basarse en los personajes y aventuras del juego antes mencionado. Habrá premios para los autores de los mejores capítulos.


sábado 5 de septiembre de 2009

High Crimson

High Crimson (http://www.studiocleo.com/projects/meridian/crimson/ ) de C.Allan Dinsmore es una muy notable obra digital en donde textos interesantes – no sólo palabras o frases inconexas, sino narraciones coherentes, historias- se combinan con movimientos de letras, música e imágenes para crear una elegante atmósfera, misteriosa e intimista, que incita a continuar la lectura, a descubrir los textos escondidos en la maraña de hiperenlaces. Hay mucho que leer, mucho que descubrir. No hay linealidad pero esa falta de orden no aburre como otras muchas creaciones. Es una obra que contiene muchas sorpresas y que ha requerido un trabajo importante. Su única pega es que algunos pocos recursos multimedia no funcionan correctamente en ciertas configuraciones.
La autora expone obra permanente en el American Craft Museum, el Dursky Museum, el Smithsonian Institution y el Montreal Museum of Art


La reliquia


El bosquecillo de olmos era la frontera natural entre ambas aldeas aunque para cualquier forastero todo era un mismo pueblo, tan parejas eran las casas y los habitantes de ambos parajes. A pesar de la cercanía, para los lugareños ambas villas eran tan distintas como la leche y el vino. Y la rivalidad existía en casi todas las actividades diarias. Sólo los críos – y, siempre que su edad no llegara a los doce años porque a partir de entonces eran conscientes de su diferencia- jugueteaban juntos sin hacer ascos a que se hubiese nacido en uno u otro lugar.

Ocurrió en septiembre, tres días antes de las fiestas patronales que, muy a pesar de ambos alcaldes, se celebraban el mismo día. Habían pensando muchas veces en trasladar la fecha pero siempre los dos habían pensado que debían ser los otros los que la cambiaran porque, como era bien sabido, la fiesta propia era la auténtica y la otra no era sino una burda copia. Aquel día, bien de mañana, los dos chiquillos jugueteaban a las escondidas entre los árboles. Hilario y Juan se llamaban. Ambos con el pelo bien rapado, pantalones cortos, zapatillas livianas y una camisa a cuadros azules que les quedaba grande. Juan fue el primero que vio la figura. Era una especie de estatua, medio enterrada en el musgo, apartada del camino. Cuando Hilario llegó, ya estaba escarbando la tierra a su alrededor, entusiasmado porque pensaba haber encontrado un tesoro. Juan le ayudó solícito y en poco tiempo desenterraron el hallazgo. Parecía una talla de madera, pequeña, de un par de palmos. Hilario, que iba a la iglesia cada domingo de la mano de su abuela, afirmó muy serio que aquello era un santo aunque no tenía ni remota idea de su nombre. Desde luego, no era San Mateo, el patrón de su pueblo que también lo era del de al lado. Porque a ese sí lo conocía de verlo en el altar de la iglesia. Chicos avispados como eran, decidieron llevar la estatua al cura del pueblo de Juan que estaba un tanto más cerca que el otro. El párroco se santiguó tres veces y recogió la imagen asegurando que se trataba de un evangelista.

La noticia corrió como reguero de pólvora por la aldea. Doña Jacinta, dama beata y solterona, aseguró que se trataba de un portento, un hallazgo semejante al de los chiquillos de Fátima. El alcalde aseveró que era un don para el pueblo y que el que se hubiese encontrado dentro del término municipal que él regentaba sólo podía indicar que los cielos bendecían el lugar y, cómo no, su gestión, aprovechando para pedir el voto en las siguientes elecciones municipales. El cura organizó un par de misas a las que asistieron buena parte de los vecinos y la comisión de fiestas, tomada por sorpresa pero con ágiles reflejos, propuso entronizar al nuevo santo durante la fiesta mayor que estaba al caer. Don Francisco, un indiano que vivía en la mansión que otrora fuese del duque de Martelada, escribió una misiva que pretendía hacer llegar al Arzobispo para que tuviese a bien hacerles una visita y comprobar por sí mismo el milagroso encuentro. Probablemente, pensaba, el lugar sería declarado santo, se construiría una ermita y se abriría al culto de turistas y fieles que harían desarrollar rápidamente la economía del pueblo.

Esa misma tarde, tres vehículos llegaron a demasiada velocidad y de ellos bajaron el alcalde de la villa colindante y otras ocho personas entre las que se encontraban el niño Juan, su padre y don Álvaro, otro indiano que vivía en la mansión que otrora fuese del marqués de Altagara, enemigo del de Martelada, y como el lector avieso habrá ya barruntado, sita en el pueblo de al lado.

- Seré claro y breve- exclamó el alcalde recién llegado- Esa figura nos pertenece ya que fue Juan, muchacho aquí presente, el que la encontró.
- De eso nada, querido alcalde- contestó el otro regidor-. Fue encontrada en nuestro término municipal y es evidente que pertenece a nuestra noble y leal villa.

La discusión duró un par de horas y fue enconándose hasta el punto de que se amenazaron con los puños, con acciones legales y con excomuniones religiosas. Más tarde llegó el párroco del pueblo de al lado que intentó llegar a un acuerdo con su colega utilizando métodos más piadosos y más acordes con su misión ministerial. Mas al cabo de otra hora, ambos hombres de Dios habían olvidado la caridad y humildad a la que estaban obligados y redactaban sendas cartas al Arzobispo- y al Papa, si menester fuese- para que la talla quedara donde correspondía.

Por la noche, un grupo de vecinos del pueblo que se sentía robado, portando antorchas y alguna que otra navaja, se presentaron furiosos en la villa vecina. Los de esta no se atemorizaron y montaron con presteza una contra manifestación. Ambos colectivos se colocaron, uno enfrente del otro, gritándose mutuamente los más encolerizados insultos y jurando por sus muertos que el nuevo santo encontrado les pertenecía. Cuando una luna amarillenta salió por detrás del bosque ya se corría entre las gentes que la figura había obrado milagros. Al parecer, en uno de los bandos, una vieja que padecía artritis aguda decía sentirse como una chiquilla de dieciocho. En el otro grupo, un tal Amancio, famoso por sus escapadas a la capital y sus contagios venéreos decía haber sanado milagrosamente y afirmaba que renunciaba a su vida de vicio y que quería ingresar en un convento.

La noche pasó en vela para ambos piquetes. Hubo un par de escaramuzas de un pelotón de jóvenes del pueblo de Juan que intentó acercarse a la iglesia para, por la fuerza, restituir al santo a dónde según ellos pertenecía. Mas un viejo mastín ladró a destiempo y el párroco tuvo tiempo de tañer la campana y avisar a sus conciudadanos que acudieron prestos a defender la reliquia.

Cuando amaneció, los dos pequeños ejércitos se aprestaron para una larga campaña de asedio. Se montaron tiendas y carpas, se trajeron víveres y garrafas de vino y se montaron turnos de vigilancia. Con la excepción de la sobremesa en la que ambos contendientes se dedicaban a comer y a echar una merecida siesta, el resto del tiempo se llamaban de todo y proseguían con los rifirrafes en los que intercambiaban pedradas. Mientras, las noticias de los altercados habían llegado ya a la diócesis que avisó a la comisaría y al juez.

El día de la fiesta patronal, fuerzas del orden tuvieron que acudir al lugar porque de las pedradas se había pasado a los navajazos y un par de mozalbetes habían ingresado en un hospital con buenos tajos en brazos y muslos. No se anduvieron con remilgos. Una manta de porrazos hizo correr en polvareda a los dos bandos que se refugiaron en sus cuarteles de invierno mientras el obispo, llegado a toda prisa desde la capital, se hizo cargo de la estatuilla.

A final de mes, Juan e Hilario jugaban en el bosque cuando vieron asomar entre el musgo una sombra de algo oculto. Ni miraron qué era ni se dijeron ni palabra pero, por si acaso, entre ambos colocaron encima un metro de rocas y tierra y continuaron persiguiéndose entre los olmos.

viernes 4 de septiembre de 2009

Clima



Aunque aún era verano, el día había sido ceniciento y un sirimiri persistente había empapado el césped de los parques. Un día tristón que parecía más propio de abrigos y sopa caliente que de jocosas algarabías de amigos. Estas cosas nunca llegan solas y, quizá por ello, el trabajo de la jornada resultó anodino y pesado. Asuntos de esos que, aún pareciendo sencillos, no pueden resolverse del todo, que siguen ahí sin solución por muchas horas que se les dedique y que se adhieren a uno como ese sudor espeso que no evapora en los días cálidos y húmedos.

Y, encima, ella no estaba. Y eso pesaba. Joder, que sí pesaba. Era vagamente consciente del fenómeno pero había deducido, ya hacía mucho tiempo, que el clima y su presencia estaban íntimamente ligados por algún embrujo mágico e inexplicable que la física no podía modelar. Si ella estaba cerca, lucía el sol y los pájaros en empeñaban en trinar. Si no estaba, la luz disminuía y la llovizna caía tediosa. Un día hasta estuvo rebuscando en las enciclopedias acerca de cuál pudiera ser la causa de este enigma pero sólo encontró algunas referencias a casos psiquiátricos en los que los pobres enfermos creían que el mundo era mejor en presencia de otra persona. Algunos autores lo llamaban locura de amor, pero a él se le antojaba tan verídico que más que mirar el parte meteorológico de la televisión lo que hacía era preguntar dónde estaría ella al día siguiente. Que estaría cerca, cogía las gafas de sol. Que estaría lejos, el paraguas.
Para colmo de males, era un tipo acomplejado, convencido de que era imposible que ella pudiera prestarle un poco de atención. Vamos, que verlos juntos era como comparar el oro con la alpaca. Y él era la alpaca. Se preguntó qué estaría haciendo, cómo reiría, cómo cantaría canciones alegres.

Llovía, y los nubarrones que venían del mar se habían condensado en grupos negruzcos que amenazaban granizada. Se levantó el cuello de la chaqueta y se sintió destemplado. Saldría pronto del trabajo, cenaría algo caliente y se metería en la cama bien pronto, intentando dormirse para que el día finalizara cuanto antes.

El teléfono móvil vibró. Había un mensaje. Lo leyó. Ella le decía que se acordaba de él. Los colores de un arco iris estallaron en el cielo y, de pronto, se preguntó qué coño hacía con la chaqueta puesta en un día tan cálido y espléndido.