4/4/10

Dillon Foster, el aventurero incansable


Dillon Foster, el famoso explorador nacido en Mellow Evy, representaba los más elevados ideales de la sociedad victoriana. Todo el mundo sabía quién era el personaje. Él sólo había recorrido más lugares remotos que todos los regimientos de Jorge IV. Sus conferencias en la British Academy eran escuchadas con devoción y sus descubrimientos geográficos y científicos eran admirados en el continente.

Dillon fue un niño tranquilo, tímido incluso, que ejercía de ayudante en el servicio que el padre Stelton dirigía a las doce de cada domingo, con una puntualidad tan extrema que no dejaba entrar en la iglesia a todo aquel feligrés que se demorara más de cinco segundos. Sin duda, aquella precisión habría de marcarle para el resto de sus días pues era bien conocido que sus notas eran siempre muy exactas y repletas de un detallismo que alababan los académicos y estudiosos. Con catorce años, comenzó a trabajar de aprendiz de marroquinero en los establos de Mr. Hellington, un corpulento y bruto hombretón que, sin embargo, siempre le trató como a su propio hijo. Foster adquirió pronto una notable destreza en el trabajo del cuero y todos en la ciudad le auguraron un prometedor futuro en el sector. Incluso, algunos se aventuraron a pronosticar que podría llegar a ostentar un cargo de cierta importancia en el gremio de curtidores. Nunca se le conocieron peleas ni se le vio nunca ebrio como a otros de su misma edad. Era un muchacho prudente, que no discutía más allá de lo estrictamente indispensable y al que la idea de dejar Mellow Evy nunca se le había pasado por la cabeza.

En 1823, su vida se cruzó, de sopetón, como ocurren siempre los hechos decisivos en una vida, con la de Sheila Durvan, condesa de Mapletown. Muchacha muy hermosa, de ojos verdes coralinos y rizos que jugueteaban sobre unos hombros delicados, era pretendida por buena parte de los adolescentes con futuro de la comarca. A pesar de su apariencia de joven anodina, educada para conseguir un buen matrimonio que ampliara el patrimonio familiar, Sheila era una mujer notable. A sus veinte años, había leído a Voltaire y era una apasionada de los poemas de George Byron que, por aquel entonces, comenzaba a ser célebre en los ambientes más selectos. Una tarde de primavera, cuando el cielo se cubría ya de altas nubes anaranjadas y los faroleros comenzaban a prender el gas de los candiles, se puso a recitar en medio del parque:

For the sword outwears its sheath,
And the soul wears out the breast,
And the heart must pause to breathe,
And love itself have a rest.

Though the night was made for loving,
And the day returns too soon,
Yet we'll go no more a-roving
By the light of the moon



Su tutora, Miss Trevor debió llamarle la atención y le reprochó que una señorita de su cultura se pusiera en entredicho de tal manera. Afortunadamente, suspiró, ninguno de los posibles futuros maridos había presenciado tal desafuero pues – la experimentada ama le había explicado con paciencia- bien era sabido que un caballero no elige como esposa a una mujer que malgasta su tiempo en soñar con poemas de barones alocados.

Sea como fuera, la avenida de oropeles de Sheila se encontró con el camino aburrido y empedrado de Foster. Ni que decir tiene el muchacho se enamoró, de pronto y sin posibilidad alguna de resistirse, de la bella. Se trató de una pasión arrebatadora, radical, de esas que inundan el entendimiento y que ocurren una sola vez en la vida por mucho que, más tarde, otras mujeres evoquen el eco del paraíso encontrado y perdido casi a un tiempo. Y, ciertamente, aquel amor no duró mucho ni siquiera quedó claro si ella llegó a amar a Dillon. Tampoco importaba. El conde de Mapletown tomó medidas apenas fue informado de que un caballerizo tonteaba con su querida hija. Ella fue enviada a estudiar a Londres y él fue despedido sin contemplaciones, sugiriéndole que se alistara en el ejército sino quería verse encarcelado por acoso a una dama. Lady Sheila casó posteriormente con un comerciante de sedas, algo mayor que ella, con el que parió tres hijos antes de fallecer al cumplir los cuarenta a consecuencia de tonto accidente doméstico.

Aquel amor roto cambió la vida de Dillon Foster. Sus dos años de servicio en el 65 de fusileros de línea, desplegado en Bengala, le abrieron los ojos y el chico diestro en la marroquinería se convirtió en un hombre ansioso de conocer el mundo y sus secretos. Cuando regresó a Londres era ya un apuesto y experimentado joven que se dejaba querer por las más variadas mujeres, dándoles a todas un fugaz amor y a ninguna el definitivo. Adquirió pronto fama de rompecorazones y llegó a casarse en dos ocasiones aunque en ambas los matrimonios duraron poco al ser acusado, posiblemente con toda razón, de adulterio. Mas no sólo por ello. Foster era una persona que no podía permanecer en un lugar determinado, que necesitaba embarcarse en aventuras, hallar paisajes por descubrir, gentes a las que conocer, atardeceres que disfrutar, cielos estrellados que comparar.

Su primer gran logro fue la exploración del río Esequibo, en la Guayana. Foster remontó el caudal a lo largo de mil kilómetros, hasta encontrar sus fuentes y dedicar unos meses a catalogar las especies de flores y animales que allá encontró. La presentación, en la London Bothanical Society, de la Esequibitas Petuniae es aún recordada, no sólo por lo extraño de aquella flor blanquecina que brillaba por las noches sino por el encanto y el lirismo con que Foster había escrito acerca de su descubrimiento y los deliciosos gráficos con los que ilustró su moleskine:

Acampé en un recodo del río. Hacía calor pero, aún así, prendí una buena fogata con el propósito de espantar a las alimañas que pudieran ser atraídas por mi olor o el de mis provisiones. Había sido un día agotador y, tras cenar una perca que logré pescar en el Esequibo, quedé profundamente dormido. Sin atención, el fuego se extinguió pronto. Me desperté alertado por algunos ruidos que provenían de la profundidad de la selva. En tensión, agarré mi arma y permanecí en silencio por algunos minutos. Fue entonces cuando descubrí la flor. El silencio profundo, lejos de atemorizarme, acariciaba mi alma y la confortaba. Me pareció flotar en un océano de estrellas y pensé por un momento que estaba soñando. Estaba completamente rodeado por luceros que titilaban a mi alrededor. No sólo arriba, en el firmamento, sino bajo mis pies, al frente de mis ojos, por todos los lados, como si yo flotara dentro de un universo de estrellas. Mis pupilas, asombradas por aquel espectáculo celestial, tardaron en adaptarse. Por fin, casi como un susurro, regresó el cantar suave de las aguas del río que, como yo, permanecían enmarcadas por estrellas titilantes. Reconocí, arriba, a Scorpio y a Sagitario, pero por más que me esforcé no logré distinguir constelación alguna en los arabescos que me rodeaban. Por fin, me percaté de lo que ocurría. Era un milagro y, sin duda, debía haber arribado sin saberlo al Paraíso o a algún secreto jardín reservado a los dioses. Aquellas luces que me rodeaban y que parecían estrellas fulgentes eran en realidad pequeñas flores que destellaban y tremolaban como las estrellas del firmamento. Debían disponer de algún mecanismo fosforescente que les permitía emitir por la noche la luz que recogían durante el día. Me sentí el ser más agraciado del mundo, un Tántalo que acabara de robar los secretos de Zeus. Mi corazón latía apresurado y no puede dormir en lo que quedaba de noche. Me quedé allá, absorto, anonadado por la belleza de un mundo desconocido que aguarda a ser descubierto…

Foster se embarcó, en los años posteriores, en expediciones que le llevaron a las llanuras de Alaska, donde casi fue asesinado por un grupo de cazadores rusos encolerizados y a cartografiar los establecimientos comerciales que se asentaban a lo largo del Yukón y del Rat junto a su mayordomo Melvin. Dos años después, a poco muere en la batalla de Yungai, en la cual se vio envuelto cuando había aceptado una invitación del joven gobierno de Chile para que explorara los glaciares de Ancash con tan mala fortuna que la guerra entre Bolivia, Perú y sus huéspedes se declaró justo en aquellos días.

Era hombre tan inquieto que no permanecía en la metrópoli más allá de lo estrictamente necesario para ordenar sus asuntos administrativos, pasar a limpio las anotaciones que sus editores esperaban con ansia y ofrecer un par de conferencias que siempre eran remuneradas con generosidad. Los periódicos encontraron en él una mina de rumores y de murmuraciones que causaban admiración en unos y escándalo en otros. Que si mantenía un harén en Bengala desde sus tiempos de fusilero del Rey, que si la reina Victoria- que pare entonces había iniciado ya su reinado- le consideraba un buen amante que amenizaba, además, sus encuentros con relatos extraordinarios de sus aventuras que sólo su majestad conocía; que si era capaz de enfrentarse en solitario a una tribu entera de nativos africanos. Lo cierto es que la propia ausencia y la hiperactividad de Foster alimentaba cualquier pequeño rumor hasta convertirlo en hecho tan cierto como la luz del sol.

Cuando cumplió los cincuenta, muchos pensaron que la edad y el cansancio de una vida llena de peligros y esfuerzos harían mella en él. Pero Dillon continuó con su ajetreada vida y, de hecho, quizá aquella fue la época más fructífera en descubrimientos: la isla de los esqueletos, en la lejana Nueva Zelanda; los cantos rituales de las aves de Tasmania; los milenarios árboles que se abrazaban a las orillas del río Empele; los enjambres de mariposas azules del jardín botánico del sultán de Amarcanya… sin olvidar que, en las tertulias que regularmente organizaba la duquesa de Melsonboroug, las fuentes siempre bien informadas aseguraban que su harén oculto alcanzaba ya la cifra de treinta y seis odaliscas.

Una sociedad de médicos estudió el caso de Foster y llegaron a la conclusión de que aquel hombre representaba lo más selecto de la etnia sajona. Un cuerpo labrado por el mundo y en perfectas condiciones a pesar de la edad. Un ejemplo viviente del mens sana in corpore sano romano. Incluso, le concedieron una medalla y le pidieron que escribiera un tratado en el que explicara cuál era el secreto de aquella capacidad de trabajo y aquel entusiasmo por la vida que era la admiración de sus coetáneos y la envidia de otras naciones.

Foster declinó escribir el tratado y continuó incansable con sus expediciones, dejando cada vez que pasara menos tiempo entre ellas. Los periódicos llegaron a escribir que nunca se jubilaría y que moriría en algún remoto lugar, envuelto en algún desafío titánico. Nadie podía entender de dónde extraía toda aquella energía. Nadie sabía cuál era su objetivo. Ni siquiera su fiel acompañante, Melvin, mayordomo en un tiempo, ayudante después, amigo al cabo de tantos años de correrías.

La vida es extraña. Foster, el indestructible, el entusiasta, llegó al fin de sus días en un barco que cruzaba el Mediterráneo lentamente. Regresaba de un viaje de estudio de los pictogramas de un templo egipcio. Al parecer, según relató el capitán del barco, fue un catarro común con complicaciones lo que acabó con su vida. No dio tiempo a que el buque llegara a Malta para ingresarle en un hospital.

Un fin tan mediocre para una vida tan admirable resultaba irónico. Cuando, dos semanas después, llegaron a Londres, la British Academy convocó un funeral institucional al que asistieron miles de admiradores.

Melvin tuvo que leer un breve panegírico en el que ensalzó la figura de Foster y su frenética y fructífera actividad. Tras hacerlo, Melvin lloró y pensó en la última confidencia de Foster cuando yacía, envuelto en fiebre, en el camarote del navío.

- Usted no puede morirse, señor- le había casi suplicado Melvin- Usted que nunca se ha detenido por nada no puede dejarse vencer por un catarro.

- No podía- susurró Dillon Foster- No podía parar

Melvin no entendió la respuesta y la expresión de incomprensión de su rostro fue suficiente para que Foster continuara.

- No podía detenerme, Melvin. No podía. ¿No lo entiendes?... No pude asistir a su funeral…Sheila

- ¿Sheila?- preguntó el buen amigo al que aquel nombre no le decía nada.

- Sheila. Sheila. Recuerdo tan bien su sonrisa. La amo aún. La he amado siempre. Ella me amó, ¿sabes?. Y su recuerdo y su ausencia eran tan insoportables – lo son aún- que debía embarcarme en desafíos inútiles para ocupar mi mente en algo, para que el espectro de mi amor por ella no me inundara. Si me hubiese quedado en casa, si hubiese permanecido en Inglaterra, la memoria de su amado rostro me hubiera devastado cada atardecer, con cada trino de los ruiseñores en el parque, con cada campánula que hubiera florecido y con las que ella se decoraba su cabello adorado. Hubiera deseado el suicidio con cada amanecer en solitario, sin el calor de su piel nacarada. ¿No lo entiendes, Melvin? Si me ha sido imposible olvidarla todos estos años, al menos el dolor remitía obligando a mi mente a bordear la muerte cada día, forzándola a pensar en lo inmediato, en la supervivencia del segundo siguiente…


Melvin le había agarrado la mano y le había mirado a los ojos. No había visto al explorador valeroso e indómito, lleno de méritos, sino a un hombre triste y doliente. Un ser que había perdido el único éxito que había deseado en su vida.

- ¿Crees que me estará esperando, Melvin? – fueron sus últimas palabras.