viernes 7 de mayo de 2010

Lingüística computacional (III)



(El capítulo anterior de esta serie puede leerse aquí)


La búsqueda de gramáticas que describieran formalmente el lenguaje tomó impulso con los trabajos de Noam Chomsky (en la fotografía superior) en los años cincuenta y sesenta del siglo XX.

Hasta entonces, la gramática era descriptiva. Las técnicas del análisis sintáctico definían cada componente de la frase pero no se abordaba la cuestión fundamental: ¿Cómo el hablante ha conseguido crear una frase correcta, incluso cuando jamás antes ha escuchado la misma?. Un asunto que, como señalaba Chomsky, era algo auténticamente misterioso. Chomsky se percató, también, de que el individuo es capaz de generar infinitas frases diferentes a partir de un conjunto finito de palabras y construcciones fundamentales. De hecho esta capacidad es el fundamento de la literatura. Como hablantes o escritores no nos limitamos a repetir frases que ya hemos escuchado, sino que las creamos en función de las necesidades de cada momento. Y, a la inversa, como oyentes, sabemos que son correctas y entendemos las oraciones que los otros enuncian, o escriben, a pesar de no haberlas leído o escuchado antes.

Estas reflexiones condujeron a desarrollar gramáticas que ya no eran explicativas sino que debían dar cuenta de la generación de oraciones correctas, es decir condujeron a las gramáticas generativas. Asimismo, introdujo una visión conceptual muy distinta sobre el lenguaje. Mientras que, hasta Chomsky, predominaba la idea de que la mente del niño era una pizarra en blanco que iba llenándose con los modelos que escuchaba a su alrededor (visión conductista del lenguaje), Chomsky afirma que debe existir un conocimiento formal, previo a la experiencia, que permite al cerebro manejar la lengua correctamente aún cuando no haya oído la gran mayoría de las frases posibles con anterioridad. También, todo esto implicaba que la gramática podía dejar de estudiar extensos corpus de una lengua para centrarse en las reglas internas inherentes.

En los años sesenta del siglo pasado se asiste a una revolución en cómo se entiende el lenguaje y la gramática. El propio Chomsky desarrolla el primer modelo – llamado estándar- que rápidamente se ramifica en otros varios. Desde entonces, se han desarrollado muchos otros, entre los que se pueden destacar:

Gramáticas generativas o sintagmáticas

Estas se pueden subdividir en dos grandes grupos, como son las gramáticas de transformación y las de unificación y rasgos.

- Gramáticas de estados finitos.
- La teoría estándar (ST o TGG) y la estándar extendida basadas en las ideas iniciales de Chomsky.
- La teoría minimalista (MP).
- La teoría GB (Government and Binding), traducida al español de forma un tanto forzada, por teoría de rección y ligamiento.
- Semántica generativa (GS).
- La gramática relacional (RG).
- La gramática APG (Arc Pair gramar).
- La gramática LFG (Lexical- functional Grammar).
- La gramática GPSG (Generalised Phrase Structure Grammar) o gramática de estructura sintagmática generalizada.
- La gramática HPSG (Head driven Phrase Structure Grammar) p gramática sintagmática nuclear.
- Gramática FUG(Functional Unification Grammar)
- Gramática TAG (Tree-adjoining grammar).
- Gramáticas IG (Indexed Grammars).


Gramáticas estocásticas

- Gramática OT (Optimality Theory).
- Gramática SCFG.


Gramáticas de dependencias

- Sintaxis algebraica.
- Gramática de las palabras.
- Gramática operativa.


Gramáticas funcionalistas

- Gramática funcional.
- Gramática de Praga.
- Gramática cognitiva.
- Gramática funcional sistémica.
- Gramática constructivista.
- Gramática de rol.


Queda fuera del alcance de estos posts el profundizar en cada una de ellas (y, con seguridad, más allá de mis conocimientos) pero podremos indicar algunos conceptos básicos.


La jerarquía de Chomsky

Chomsky definió la jerarquía de gramáticas del siguiente modo:

Gramáticas del tipo 0

Son aquellas que no tienen ninguna restricción y que engloban a todas las demás. Permiten toda clase de flexibilidades expresivas, recursividad, frases complejas, solventan la ambigüedad, etc.

Gramáticas del tipo 1

Son gramáticas que permiten reglas de formación del tipo

aAb -> agb

donde A es un elemento no terminal (es decir que requiere ser desglosado en subtérminos como le puede ocurrir, por ejemplo, a un SN) y las letras minúsculas son o no son terminales. "g" debe ser no vacío.

Este tipo de gramáticas del tipo 1 se llaman dependientes del contexto porque, - a partir de la ecuación que define la regla-, A puede ser sustituido por g si y sólo si A y g están acompañadas por a por la izquierda y b por la derecha (no existe la propiedad conmutativa). Es decir, no siempre puede darse la sustitución sino sólo en ciertos contextos.

Gramáticas del tipo 2

Son gramáticas que permiten reglas de formación del tipo

A->g

Donde A es un elemento no terminal y g es una cadena combinada de términos terminales y no terminales (por ejemplo, “N SV SP”).

Estas gramáticas del tipo 2 se llaman independientes del contexto porque como se observa, – a partir de la ecuación que define la regla-, A puede ser sustituido por g cualquiera que sea lo que lo rodea (de hecho, no hay nada rodeando a la cadena).

Gramáticas del tipo 3

Son gramáticas que permiten reglas de formación del tipo

A->tB
A->t

Donde las letras mayúsculas (A, B) indican elementos no terminales (es decir que requieren ser subdivididas en otros elementos ) y las minúsculas indican elementos terminales (que ya no requieren subdivisión).

Estas gramáticas de tipo 3 se llaman regulares y son las que pueden ser evaluadas por un algoritmo sencillo del tipo autómata finito.


Gráficamente, las gramáticas de tipo 0 engloban a las del tipo 1, estas a las del 2 y así sucesivamente.

Ni que decir tiene que las más sencillas de implementar en un ordenador son las del tipo 3 y las más complicadas las del tipo 0.



Hoy en día se piensa que las gramáticas del tipo 2, independientes del contexto, son suficientes para analizar y generar una amplia cantidad de casos que aparecen en una lengua sin necesitar recurrir a gramáticas superiores mucho más complejas y, por ello, han recibido un alto grado de atención y desarrollo.

Gramáticas de estados finitos

También llamadas gramáticas de cadenas de Markov, redes de transición o gramáticas regulares. Son las más sencillas, como se ha visto en la jerarquía anterior. Se trata de gramáticas que pueden ser plasmadas en algoritmos sencillos secuenciales (máquina de estados finitos) en un ordenador y que se fundamentan en ir recorriendo una cadena de reglas, cumpliéndolas hasta dar con una frase generada correcta.

En estas gramáticas, como dijimos, las reglas son del tipo:

A->tB
A->t

Donde las letras mayúsculas (A, B) indican elementos no terminales (es decir que requieren otro elemento posterior) y las minúsculas indican elementos terminales (que ya no requieren nada después). Por ejemplo, una regla de este tipo sería:

O->"una" NON

El programa iniciaría su búsqueda de frases con “una” y buscaría después una regla NON que forzosamente ha de seguirla.

Veamos un conjunto de reglas de una gramática de este tipo, a título de ejemplo:

O->una NOM
NOM-> mujer VER
NOM-> vaca VER
VER -> muge END
VER-> habla END
END ->

Este conjunto de reglas puede también plasmarse mediante un grafo:



¿Cómo funcionaría un ordenador generando frases con esta gramática de estados finitos?

Supongamos que introducimos la primera semilla, “una”.

El algoritmo encontraría que en su base de datos hay reglas que permiten comenzar por la palabra “una”. Arrancaría el proceso, llegaría al primer nodo (NOM) y encontraría dos rutas a seguir, añadiendo “mujer” y “vaca” a la frase que está construyendo. Continuaría su recorrido y llegaría al nodo VER en donde volvería a encontrar dos ramales y podría generar:

Una mujer habla
Una vaca muge
Una mujer muge
Una vaca habla


Ya vemos que un ordenador dejado al albur de un algoritmo tan sencillo puede generar muchas frases lícitas pero también muchas ilícitas por lo que pecaría de sobregeneración. Además, si la semilla inicial hubiese sido “un”, el algoritmo se hubiera detenido nada más comenzar al no hallar regla alguna que empezara con “un”.

Es evidente que los grafos pueden ser mucho más complejos y no limitarse a dos ramales por nodo. Por ejemplo:




Una red de este tipo puede llegar a ser realmente amplia e intratable para un ser humano. Pero para un ordenador es precisamente una tarea idónea que se puede calcular en microsegundos.

Los algoritmos de este tipo no pueden procesar la recursividad que vimos en el capítulo anterior ya que, una vez situados en un nodo, deben seguir hacia adelante sin ser capaces de evaluar cuántas veces se ha de retroceder. Asimismo, tienen dificultades para tratar oraciones que no están secuencialmente ligadas, como son las de relativo.

Aunque desde un punto de vista teórico estas gramáticas tienen demasiados puntos débiles al no poder categorizar muchas posibles estructuras gramaticales, son ampliamente usadas dado que, en la práctica, el habla cotidiana se ciñe precisamente a estructuras sencillas. La aplicación de este tipo de programas en el análisis morfológico es ya común y puede presentar resultados razonables.

Evidentemente, si pensamos en literatura digital de calidad, necesitaríamos precisamente sentencias menos comunes, más elaboradas, ricas, y esta gramática se nos quedará corta.



Gramática TGG estándar

A partir de los postulados anteriormente citados, Chomsky propugnó el concepto de que todos los lenguajes deberían tener una estructura neuronal similar, aún cuando la manifestación superior, externa, sea bien distinta entre unos idiomas y otros. Sólo así podría explicarse la capacidad de un niño para adquirir un lenguaje, cualquier lenguaje. Estrictamente, no defendió que todos los idiomas compartieran las mismas reglas (una gramática universal) sino que, si se llegara a comprender el nivel profundo de todos ellos, se encontrarían considerables similitudes y propiedades comunes.

Según Chomsky, en el dominio de una lengua hay que distinguir entre la competencia y la actuación de hablantes y de oyentes. La competencia es el conocimiento que se posee de la lengua y que permite emitir y entender mensajes. Por otro lado, la actuación es el empleo concreto que hace de tal competencia. Así, Chomsky señala que la gramática debe ser una teoría de la competencia de los hablantes. Es decir, la gramática debe explicar y formalizar las reglas gramaticales que aplica implícitamente el hablante-oyente aunque no sea consciente de que existe.

En el modelo estándar, la gramática tiene dos niveles bien diferenciados.

Por un lado, el nivel profundo (d-structure) que contiene las reglas sintácticas innatas mediante oraciones activas, declarativas, positivas y canónicas a partir de las cuales se realiza la interpretación semántica. Es decir, en este estructura profunda, el conocimiento se expresa de manera sencilla, diríamos que sin matices, directamente relacionado con los sentidos.

Por otro lado, se tendría un nivel superficial (s-structure) que expresaría el nivel profundo de una manera particular y diferenciada de acuerdo a cada idioma (como dónde se coloca el sujeto o los complementos, la flexión verbal,…). Colgando de este nivel – que es el que el individuo aprecia- se encuentran la fonética y la forma lógica que finalmente tomaría la frase.

La forma en que la estructura profunda se manifiesta en la superficial se concibe a través de transformaciones lo que da origen al nombre de esta gramática TGG (Transformational Generative Grammar).




Para comprender mejor este doble nivel propuesto por la teoría estándar, veamos un ejemplo. Sean las frases:


- El muy intenso frío heló los ríos
- El frío, que era intensísimo, heló el agua de los ríos
- El frío fue intensísimo. Los ríos se helaron.
- La razón de que se helará el río es que el frío fue muy intenso.


Aquí, las dos ideas claves en la estructura profunda son que el frío era intenso y que se helaron los ríos. Sobre estas dos ideas expresadas de manera directa, declarativa y positiva, que contienen el auténtico significado de la oración, pueden aplicarse transformaciones que muestran tales ideas de manera superficial muy distinta.

La idea de Chomsky es que esa expresión directa y declarativa de la idea será igual en todas las lenguas y sólo las diferentes transformaciones de cada una de ellas las hará aparecer diferente en la estructura superficial. Un hablante chino entenderá también en su innata estructura profunda que los ríos se helaron y que el frío era intenso.

La gramática TTG entiende que en la estructura profunda hay dos componentes: uno sintáctico y otro semántico. El componente sintáctico determina las reglas básicas del lenguaje, al estilo de las que hemos visto en capítulos anteriores: O-> SN SV; SN->DET N; etc. El semántico, por su parte, determina cuál es la interpretación profunda de expresiones superficiales distintas pero que tienen el mismo significado.

También es posible el caso inverso. Que a una única estructura superficial correspondan varias estructuras profundas en cuyo caso el oyente no sabrá exactamente con cuál quedarse y la apreciara como ambigua. Por ejemplo, si en español escuchamos Tomás encontró a María estudiando en la universidad, esta estructura superficial puede responder a todas estas estructuras profundas:

- Tomás estaba estudiando en la Universidad. María llegó y le encontró
- María estaba estudiando en la Universidad. Tomás llegó y la encontró
- Tomás y María eran estudiantes en la Universidad. Se encontraron durante sus estudios.


Es evidente que el éxito de una gramática estándar depende muy mucho de que todas las transformaciones posibles hayan sido formalizadas correctamente.

Las transformaciones sencillas son las que equiparan biunívocamente un concepto mental con una palabra (el léxico). Por ejemplo, un hablante alemán al ver una mesa tomará de su léxixo aquel que expresa ese concepto como “tisch” mientras que un hablante inglés activará el que la exprese como “table”. Otra transformación sencilla será la fonética (que en la teoría estándar se considera un sub-módulo independiente) que hará que un hablante inglés verbalice “teibel” al pensar en “table”. Otras serían las transformaciones que obligan, en ciertos idiomas, a la concordancia de género y número o a la flexión verbal. Igualmente, una transformación sencilla será la formación del interrogativo simple:

d-structure Pedro lee un libro de física

La regla de transformación para formar el interrogativo simple en español podría ser intercambiar las dos primeras palabras, con lo que tendríamos:

s-structure ¿Lee Pedro un libro de física?

Pero incluso en este sencillo ejemplo, sería preciso refinar la regla y complicarla ya que si tuviéramos la frase:

d-structure un hombre lee un libro de física

La regla de intercambio anterior fallaría:

s-structure ¿Hombre un lee un libro de física? , evidentemente errónea.

Si para algo tan elemental como el interrogativo se nos complica la transformación que no ocurrirá en las potenciales miríadas de transformaciones mucho más complejas. Por ejemplo, en el ejemplo anterior del intenso frío que hiela los ríos, ¿dónde se colocará el núcleo?. En español la transformación obligará al hablante a colocarlo normalmente al inicio de la oración: El frío era intenso pero en japonés sería al revés. O bien, la frase Mañana, cuando acabe la clase, iré a ver una película se transformaría en chino a Wŏ míngtiān xià le kè yĭhòu qù kàn diànyĭng (yo mañana acabar clase, (futuro) ir ver película . En la estructura profunda, tanto el individuo chino como el español tienen “mañana”, “tras la clase”, ”ver película”; pero la transformación es tan distinta que la estructura visible superficial es bien diferente.

En la práctica, las gramáticas de este tipo tienen una enorme cantidad de reglas transformacionales. De hecho, cada construcción sintáctica (oración pasiva, imperativos, colocación del núcleo, formación del infinitivo, relativos, etc.) necesita una distinta. Esta explosión de reglas tiene tres problemas. Por un lado, se hace difícil de entender, depurar y crear los algoritmos. Por otro, genera hipergeneración. Hay tantas reglas que la gramática genera multitud de frases que, en la realidad, nunca se dan. Y por último, y sobre todo, pone en duda el propio concepto chomskiano sobre la existencia de unas reglas profundas directas y universales ya que para modelar adecuadamente un idioma parece ser más importante el desarrollar todas las transformaciones que en plasmar la estructura profunda.

En algunos casos, se han propuesto siete grandes grupos de reglas y modelos universales que actuarían en la transformación desde el nivel profundo al lógico final. Sólo para citarlos, son:

- En todas las lenguas se cumple la teoría de X-barra (que veremos un poco más en detalle, en capítulos posteriores) que da cuenta de la configuración estructural de las frases.
- Se cumple la teoría de los paneles temáticos que da cuenta de qué elemento es activo y qué elemento es paciente en cualquier oración
- Se cumple la teoría de la rección que da cuenta de las dependencias entre las diversas palabras de la oración. Lo analizaremos también más adelante al revisar la teoría GB.
- Se cumple la teoría del Ligamiento que da cuenta de las relaciones autorreferentes de la frase.
- Se cumple la teoría de la Subyacencia que da cuenta de las restricciones que se aplican a la formación de frases
- Se cumple la teoría de control que explica la relación que se establece entre el sujeto de un verbo conjugado y un verbo en infinitivo
- Se cumple la teoría del caso que define el caso (nominativo, ablativo, acusativo, etc) de las palabras que integran la oración.







La teoría minimalista (MP)

El propio Chomsky se percató de estos problemas y, a partir de 1990, desarrolló una simplificación del modelo estándar para disminuir el número de transformaciones necesarias. Así, por ejemplo, se determina que las transformaciones sólo ocurren cuando son absolutamente necesarias. Igualmente, se define que las estructuras gramaticales deben tener una razón para ser usadas. Una estructura de una oración no debería ser más compleja que lo estrictamente requerido para cubrir las necesidades gramaticales. Por fin, en MP, la derivación de estructuras sintácticas debe ser uniforme, sin arbitrariedades.

Estos principios minimalistas, sin embargo, no son universalmente aceptados y menos cuando tratamos de textos literarios donde se dan transformaciones no necesarias o estrictamente requeridas a propósito, con un fin expresivo.



To be continued











jueves 6 de mayo de 2010

La biblioteca




No me percaté a tiempo de lo que ocurría porque mi biblioteca es muy amplia. Mi abuelo fue un ávido lector y mi padre lo era aún más de modo que heredé una vasta cantidad de ejemplares que yo, aficionado asimismo a la lectura, he incrementado en unos cuantos millares adicionales. No era difícil que permaneciera ajeno a todo aquello.

Nunca he contado cuántos libros hay almacenados en Robin Court pero una estimación razonable rondaría por los veinte mil. Ni que decir tiene que no los he leído todos. Sería una misión imposible siquiera intentarlo. Por otro lado, en este rincón apartado de Escocia las nuevas tecnologías llegaron siempre con retraso y a regañadientes. En alguna ocasión se me pasó por la cabeza contratar una empresa para que catalogara e informatizara toda la biblioteca pero desistí rápidamente al entender que no aportaría nada a mi vida relajada y retirada del mundo. Desde que mi esposa Jane falleció hace unos años no tengo ánimo para casi nada. No tengo hijos, mis negocios caminan solos y mi patrimonio, heredero de la fortuna familiar, me garantiza unos ingresos cuantiosos con los que pagar generosamente a Barth, mi mayordomo, y a las tres o cuatro criadas que él contrata y dirige. Es él, también, el que lidia con los vendedores, repartidores, fontaneros o deshollinadores que van y vienen por la mansión ya que la edad de la casa requiere un mantenimiento casi constante. Nunca les dirijo la palabra. En muchas ocasiones, me cruzo con algún tipo que lleva una caja de herramientas en la mano, con una doncella que porta algún traje que ha de limpiar o con personas que pintan o cambian un mueble de lugar. No me inquieta. Sé que Barth, mi fiel criado, se encarga de todo.

Mi rutina diaria es estricta. Desayuno en el porche mientras repaso la prensa, contesto a las cartas que me llegan de mis gerentes, un paseo por el bosque del ala sur, comida frugal, siesta y vuelta a caminar hasta que cae la tarde incluso en los días de lluvia. Entonces regreso a Robin Court y, con un brandy cerca, leo. Selecciono al azar uno de los libros de las enormes estanterías que llenan toda el ala norte y, simplemente, me enfrasco en la historia. He de admitir que casi obtengo más placer del proceso de selección que del de la lectura misma. Es un deleite encender las lámparas del corredor y ver cómo, súbitamente, las paredes cobran vida y parecen pantallas de una sala de cine en donde se proyectan imágenes de millares de tomos de todas las formas y colores imaginables. Algunas veces, escojo uno por su título, otras veces tomo la escalera y subo hasta las hileras superiores para elegir alguno que, a juzgar por la capa de polvo, no se leía desde que mi abuelo lo dejó en aquel lugar. Alguna que otra vez lo echo a suertes.

El día que observé que algo no encajaba era viernes. Acababa de levantarme de la siesta y, afuera, el campo estaba bañado en una luz extraña, de esa que surge cuando el sol pugna por alumbrar entre nubarrones de tormenta. Una atmósfera amarillenta y lánguida. En el aire se podían apreciar las partículas de tierra húmeda flotando y el viento inquieto mecía con cierta fuerza las ramas de las acacias. Estaba absorto en el juego de luces, esperando que pronto comenzara a llover, cuando a través de la puerta medio entornada vi pasar una silueta que no sólo no me resultó conocida sino que, instintivamente, llamó mi atención por inusual. Ya he señalado que suele ser normal encontrar desconocidos en la hacienda pero aquel individuo me resultó extremadamente peculiar. Casi por instinto, salí de mi alcoba y atisbé a verlo al final del pasillo, caminando hacia la biblioteca. Le seguí y, mientras lo hacía, pensé que sería una broma. Aquel personaje vestía de negro riguroso, embutido en una especie de calzas renacentistas y creí ver que, en su mano, llevaba una calavera. Ciertamente, no pude imaginarme ningún operario que llevara un cráneo por herramienta a modo de destornillador o de taladro percutor. Aceleré el paso pero la figura giró a la izquierda hacia la librerçia y le perdí de vista por un instante. Cuando alcancé el ala norte, prendí las luces esperando encontrarme con el intruso pero las hileras de libros se me aparecieron idénticas a las de siempre. Apenas percibí un pequeño movimiento en un libro situado casi en el techo pero lo atribuí a alguna lechuza que huía al iluminar la estancia. Era frecuente que aves de todo tipo se colaran por las claraboyas e, incluso, se habían encontrado nidos entre los volúmenes menos manoseados.

Soy viejo ya, sí, pero mi mente sigue funcionando perfectamente por lo que estaba seguro de que no había sufrido una alucinación. Pregunté discretamente a Barth sobre las personas que podían haber estado presentes aquella tarde en la casa y, aunque eran unas cuantas, nadie parecía encajar con mi extraño huésped. Por supuesto, me guardé muy mucho de contarle lo de la calavera, no fuera a ser que mi mayordomo se inquietara sin motivo por mis facultades mentales.

Un par de semanas después me había olvidado del asunto cuando, otro viernes, al regreso de un paseo por la ribera de Winster River comenzó a llover con cierta intensidad. Nada raro en Escocia, sólo que aquel día mi paraguas se negó a abrirse. Estaba más cerca de la entrada de criados del ala norte que del jardín principal, así que me dirigí a ella para reducir el riesgo de pillar un catarro. Me costó un poco empujar la puerta ya que apenas se usaba y los goznes aparecían oxidados y con telarañas. El pasadizo que llevaba hasta el pasillo principal no tenía luz porque las bombillas estaban fundidas. Otro trabajo de mantenimiento más que había de hacerse. Debía recordar comentárselo a Barth. A pesar de ello, cerré la puerta tras de mí porque no deseaba que algún animal – los zorros merodean en otoño- penetrara en la casa. Quedé rodeado de sombras oscuras y, a tientas, me dirigí a la escalera que subía hacia la planta de arriba. Tropecé un par de veces pero llegué sin contratiempos. Moví el biombo que me separaba de la sala y quedé petrificado, más de asombro que de miedo. Allí, en la antecámara de la biblioteca había dos personas charlando. Nada inusual si no hubiera sido porque una era una dama- bellísima- que lloraba desconsoladamente mientras afirmaba que ella nunca supo nada del apresamiento. A su lado, un caballero alto y espigado, vestido a la moda napoleónica, varios lujosos anillos en sus dedos, le tomaba de la mano y, severo, afirmaba que los culpables sentirían todo el peso de su venganza. Ella le pidió que no lo hiciera y, mirándole a los ojos, le dijo: No, Edmundo, justo en el instante que un tipo malcarado con un pistolón en el cinto entraba por la otra puerta y gritaba: señor conde, Danglas ha muerto. Debí hacer algún ruido, probablemente por la sorpresa de lo que yo entendí era un ensayo teatral del Conde de Montecristo. Estaba perplejo pues Barth nunca me había informado de que se estuviera preparando una función en mi hogar. Los tres personajes voltearon la cabeza hacia mí y noté que sus rostros se crispaban como si yo fuera el intruso en mi propia casa.

- ¿Puedo preguntar quiénes son ustedes?- alcé mi voz sin perder los buenos modales que siempre me han caracterizado.

No contestaron y, casi despreciando mi presencia, se levantaron y se dirigieron tranquilamente hacia una de las paredes repletas de libros. Y, ante mi asombro, se esfumaron entre ellos. Decidido, me abalancé sobre las estanterías y, durante un buen rato, estuve buscando una puerta secreta, un pasadizo, una estancia oculta. En mis lecturas había leído decenas de veces que las mansiones antiguas poseían todo tipo de laberintos destinados unas veces a facilitar amorosos encuentros nocturnos y, otras, a garantizar la huida en caso de asalto por las turbas enojadas. Pero allí no había nada. O mejor dicho, sí lo había. Libros, libros y más libros. Y, en el centro de la zona por donde los espectros habían desaparecido, un tomo encuadernado en piel de la novela de Dumas. Demasiada coincidencia.

Poco dado a creer en la magia y seguro de que no estaba loco, intenté buscar una razón sensata a todo aquel despropósito. La lealtad de Barth estaba fuera de toda duda pero no las tenía yo todas conmigo respecto a las criadas. Pudiera ser que alguna de ellas fuese una espía enviada por algún competidor de mis empresas o, simplemente, una loca de atar. En cualquier caso, llegué a la conclusión de que alguien debía estar introduciendo en el aire alguna droga, algún elixir alucinógeno que me hacía ver lo que a todas luces era imposible que existiera. Prudente, visité al doctor que certificó que me encontraba en un excelente estado de salud. Ante el asombro de mi mayordomo, hice que despidiera a todo el personal y contratara nuevos sirvientes, cosa que hizo obediente aunque me mostró su pesar y desacuerdo respetuosos.

Era viernes también cuando aquel loco casi me mata. Estaba leyendo tranquilamente en el salón cuando entró, con su capa ajada y el arpón en la mano. Cojeaba y pareció abalanzarse sobre mí. No oculto que sentí temor. Ver a un energúmeno chiflado, con un arma en la mano, correr en pos de uno mientras grita maldita ballena no es plato de gusto ni para el más templado de los hombres. Cerré los ojos por un instante, inmovilizado de espanto, esperando la muerte inmediata a manos de aquel demente. Pero el individuo pasó a mi lado y siguió corriendo hacia la habitación, como si yo no estuviera presente y él tuviese algo mejor que perseguir. Sin atreverme a moverme de mi sillón le oí maldecir por unos minutos hasta que, de pronto, regresó y tal como había venido se marchó por el pasillo hacia la biblioteca. Mi cerebro reacción entonces y me impulsó a seguirlo de cerca, ya sin miedo porque a todas luces el marinero me ignoraba por completo. Entró en la librería, fue directo hacia uno de los muros repleto de libros y, al igual que había sucedido con las otras visiones, se esfumó. Me acerqué al preciso lugar en el que se había evaporado y leí el título del libro que allá reposaba. Mobby Dick.

Una vaga, inquietante, imposible intuición comenzó a abrirse paso en mi mente. No era posible lo que estaba pensando. ¿Acaso me estaría volviendo loco? Regresé al salón de lectura y vertí una buena cantidad de coñac en la copa. Casi me la bebí de un sorbo y el alcohol hizo pronto su efecto dándome ánimos y envalentonándome hasta el punto de estar decidido a descubrir la verdad de todo aquello. Y, si existía una verdad, debía ocultarse en la biblioteca. Tomé una manta, apagué las luces y me escondí en un rincón desde el que divisaba buena parte de los anaqueles y los armarios. Esperé.

Sería poco más de media noche cuando el mundo se volvió del revés. Las luces se encendieron solas y de cada uno de los libros, de los miles de volúmenes que aguardaban ser leídos, comenzaron a salir figuras que, he de jurarlo, parecían tan reales como yo mismo. Una especie de fiesta, una reunión de amigos, un tumulto de figurantes. Dos amantes que se llamaban el uno al otro Romeo y Julieta se escondían tras unas cortinas para besarse; más allá un hidalgo con escudo y lanza pugnaba por pelear con el gran reloj de pared que me dejó en herencia un bisabuelo normando mientras que un regordete compañero intentaba que no lo destrozara. No lejos de mí, el hombre de negro que una vez vi hablaba consigo mismo mientras miraba una calavera y llamaba a una tal Ofelia. En la otra punta del salón, un hombre apenas cubierto con harapos prendía fuego con dos palillos mientras, a su lado, un hombre apuesto intentaba convencerle de que su nombre, Ernesto, era sumamente importante. En otra esquina, un buen número de personas se manifestaban ruidosas tras el que parecía ser su alcalde, un señor que no paraba de repetir que cualquier cosa que fuera lo que reclamasen lo hacían todos a una. Al final del pasillo central, otro hechizo misterioso. Un pequeño cielo estrellado brillaba en el techo y a lo lejos tiritaban azules los astros y un poeta escribía tristes versos.
Alentado por el brandy, me planté en medio de la estancia y tomé por el brazo a la primera figura que se me acercó. No era un espectro o si lo era tenía un cuerpo sólido.

- ¿Quién eres? – pregunté enérgico.

- Me dicen Don Juan- replicó- si fueseis una dama, lo sabríais- Y rió con fuerza.

- No me vengas con bromas o llamo a la policía ahora mismo – grité perdiendo las buenas formas, cosa de la que me arrepentí más tarde.

- Venid, hacedme el favor. Creo que estáis confuso y no es para menos. Dedicadme unos minutos y os lo explicaré todo- me susurró la aparición.

Así fue como me enteré de que los personajes de los libros que no se leen se desesperan encerrados dentro de las hojas que los aprisionan. Supe que los caracteres de todas las obras de todos los tiempos, aún sin cuerpo, necesitan salir de sus páginas, encarnarse en la imaginación de los lectores, ser ellos mismos una y otra vez, siempre iguales y siempre distintos en cada ser que abre un libro y se deja arrastrar por su lectura.

- Tenemos traidores entre nosotros también- aseguró cabizbajo Don Juan.

- ¿Traidores?- pregunté.

- Sí, personajes que no quieren ser ellos mismos, que no se rebelan para salir al mundo sino que, dóciles, se dejan hacer, que piden ser domeñados. Como esos seis indeseables que siempre están en busca de un autor que les diga cómo ser. Creo que han encontrado uno, un tal Pirandello, que ahora hará lo que él desee con ellos, como si de muñecotes se tratara. Nosotros, la mayoría, no somos así. Yo no busco un autor, señor mío. Yo soy Don Juan y siempre lo seré. Fiel a mi mismo hasta el fin de los tiempos. Cumpliré con mi sino y caeré en el infierno cada vez que alguien me lea.

Aquellos libros llevaban tanto tiempo esperando ser leídos que sus personajes ya no habían podido soportar más su soledad y se habían rebelado. Si yo no abría sus páginas, ellos se escaparían y cumplirían su sino y cursarían su historia, conmigo o sin mí. Al parecer, llevaban años de correrías por la casa y en la planta de arriba se habían desarrollado las más ardientes pasiones y los crímenes más atroces sin que yo siquiera pudiese imaginármelo.

Ni que decir tiene que yo no daba crédito a lo que oía. Fui presentado a más de doscientos espectros que se empeñaron en contarme sus andanzas. Todo absolutamente increíble, una enajenación evidente que me resistía a creer. Mas, al final de la noche, cuando ya los anaranjados hilos de luz del amanecer regresaban por el este y todas las figuras iban retirándose a sus estanterías, no pude sino admitir que un mundo desconocido, intrigante y maravilloso me había sido revelado. Me sentí un privilegiado.

Desde entonces, convivo con ellos y la casa, muchas noches, parece más una feria festiva llena a rebosar que la plácida Robin Court que yo conocía. No es infrecuente que me cruce por un pasillo con la señora Bernarda o con Madame Bovary, siempre tan hermosa para mi gusto. Ayer mismo charlé con Santiago Nasar que huía de una muerte que siempre le persigue, escondidos ambos en la carbonera para que no le encontraran. Fue agradable la velada de hace dos semanas con Eliza Sommers, que me contó de Valparaíso o el desayuno del pasado jueves en que me trajeron las últimas noticias de Macondo. Hemos escondido el reloj de pared porque el caballero de la lanza continua atacándolo cual si fuera un gigante fiero.

Tuvimos que poner al tanto a Barth que, flemático como siempre, se adaptó rápidamente a la nueva situación e, incluso, ha forjado una excelente amistad con una dama rusa que dice estar huyendo de las tropas napoleónicas. Mi buen amigo Watson ha deducido que quizá pronto asistamos a una boda.




miércoles 5 de mayo de 2010

Calibre 8



Calibre 8 es una autodenominada wikinovela colaborativa muy interesante, muy cuidada en su interfaz que no sólo es grato a la vista sino simple de navegar. Pero no es una wikinovela en el sentido clásico porque, para empezar, no utiliza la wiki ni su formato para desarrollarse. Lo que sí utiliza es el concepto de que varios autores puedan ir ampliando el relato añadiendo texto a lo ya escrito, al modo de un cadáver exquisito. En esta obra, los añadidos no pueden subirse directamente sino que es necesario enviar la propuesta a los administradores vía e-mail y estos se encargan de volcar el contenido. A pesar de ser sólo un proyecto universitario, está diseñado con mucha calidad. En la propia introducción, los autores señalan que no desean indicar sus nombres ya que se trata de una novela colaborativa en la que todos los participantes son autores. Aún así, los créditos muestran que son Ángel Anaya Barroso, Laura Blanco Villa , María Belén Belotto García , Jose Cardona Sanz, Fernando Gimeno García , Elena Lázaro Mateo, David Mairena García y Antonio Mateo Cabrera. La imagen es tradicional en el sentido de que imita a un libro del que se van pasando las hojas. La red de enlaces es, no obstante, bastante lineal. La historia está bien escrita y es el corazón de la obra, como parece lógico hablando de literatura digital. Obviamente, no está terminada. Nunca lo estará.



martes 4 de mayo de 2010

Libros electrónicos en San Sebastián


Las bibliotecas municipales de San Sebastián disponen desde ayer de 33 lectores electrónicos que almacenan cada uno de ellos 594 e-books en español, 69 en euskera y 50 en inglés. Se trata de obras libre de derechos de autor. Los lectores se prestan a los usuarios sin coste por un plazo de 3 semanas aunque, eso sí y como es lógico, si el que lo toma prestado lo pierde o deteriora debe pagar los daños. Los lectores elegidos son de varias clases: ILad, Cybook y Papyre. La inversión requerida para ofrecer este servicio ha ascendido a unos 15.000 euros. Más información aquí.

lunes 3 de mayo de 2010

T3h Electric Co.

T3h Electric Co. The revolution is coming de J. Rubén García es un pequeño relato hipertextual que resulta interesante porque el texto en sí mismo lo es. El interface es muy sencillo y, aún así, resulta elegante. Se trata de un cuento de ciencia ficción, intrigante y descarnado. Los caminos que el lector puede elegir resultan con sentido.

Hipertexto en la escuela


La escuela puede enseñar a crear hipertextos. Aunque tiene ya unos años, esta experiencia de la argentina Escuela Normal Superior nº 1 de Rosario es muy interesante ya que logró enseñar a los estudiantes de una manera práctica, lúdica y educativa más sobre los hipertextos que cualquier árida teoría. Qué mejor forma de familiarizarse con la literatura digital que practicando. El trabajo puede verse en su web.