9/11/14

Insomnio






Durante un par de horas pensó que aquella sería una velada maravillosa, que se tomarían un par de gin tónics, que harían el amor y que luego se dormiría abrazado a ella. Lento de cintura, no lo vio venir. Será que la esperanza es lo último que se pierde.
-        Quiéreme menos- le dijo ella, desnuda bajo la sábana junto a él-, anda. A mí ya se me ha pasado todo. No te voy a mentir, sentí mucho pero fue por poco tiempo. Me pasa siempre así, no eres tú. Pero no puedo seguir con esto.
En estas circunstancias, el pobre tipo se derrumbó por dentro y mantuvo la frialdad por fuera. Poco más podía hacer. Es la actitud de los tiempos que corren. Uno se muestra comprensivo y conciliador mientras por dentro se caga en todos los reyes godos.
-        Nos veremos de tanto en cuánto, no te preocupes- ella le acarició la espalda-, podemos ir a un hotel de vez en cuando.
-        ¿Para charlar?, ¿para cenar?, ¿para acariciarte mientras vemos una película? ¿para cenar íntimamente con una  larga conversación?
-        Te puedo dar sexo, pero no me pidas más – le miró fríamente.
-        Ya.
-       Sabías que este momento llegaría. Seguiremos en contacto. Sólo que nos veremos menos, pero sigo siendo yo. No he cambiado. Seremos amigos. – le volvió a acariciar y le besó suavemente en los labios pero él los sintió helados.
-        ¿Despedida zen?- preguntó él.
-        Eres un tío estupendo, pero es lo que hay – ella se apretujó un poco más contra su espalda.
Fingió entereza y comprensión. Poco más podía hacer. Dijo alguna de esas frases preparadas que dicen los adultos y que significan justo lo contrario de lo que expresan.
-        Sí, lo entiendo, sobre todo quiero que seas feliz – dijo, mientras pensaba que todo era una auténtica mierda.
-        Sabía que lo entenderías- los ojos de ella tenían esas chispa de liberación que desespera al que la mira.
-        Venga, durmamos, seguro que mañana lo ves lógico, sabes que es lo más racional - ella apagó la luz y continuó acariciándole por unos minutos hasta que el vaivén de la mano cesó.
Durante la primera hora, dio cien vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño. Luego, jugó a encontrar motivos en las pequeñas motas de luz que se filtraban por la persiana y se dibujaban en el techo. Más tarde, conectó los auriculares a la radio y comenzó a escuchar la primera emisora que sintonizó, con la esperanza de que el ronroneo de las voces le hiciera dormirse. El parte de la una de la madrugada le encontró llamándose a sí mismo gilipollas, exactamente el mayor gilipollas desde Ramsés III. Una locutora habló del último escándalo de corrupción y de la derrota del Elche. El parte de las dos le halló sollozando como una nenaza. Una locutora habló de la corrupción y de un golazo del Elche que, sin embargo, no había sido suficiente para empatar. Las señales horarias del parte de las tres le sorprendieron pensando en que le era imposible dejar de quererla, que ni podía imaginarse un futuro sin ella. Mencionaron que eran dieciocho millones de euros los malversados y describieron con detalle el juego de mediocampo del Elche. A las cuatro, justo después de que se levantara a orinar, el parte informativo le pilló mirándola entre las sombras de la noche, pensando que era hermosa y llamándose a sí mismo el mayor imbécil de la historia, sintiendo lo mismo que deben sentir las gotas de lluvia justo antes de estrellarse contra el cristal de una ventana. El último pitido que anunciaba el parte de las cinco, le encontró catalogando todos sus propios defectos porque, ya se sabe, en estos casos a uno le da por abrirse las heridas, culparse de todo y ensalzar a la diosa que se va. El Elche había perdido dos a uno. A las seis, el informativo le sumió en un dolor que sabía duraría una eternidad. El árbitro, el muy cabrón, había anulado un gol al Elche.
Se giró para verla de frente. Sintió una punzada profunda al ver su deseada silueta que quizá ya no disfrutaría más. Ella roncaba. Ligeramente, pero roncaba. No había parado de hacerlo en toda la noche. Se alegró de ello. Si hubiera estado tan despierta como él y compartido su desazón, quizá se hubiera llevado un disgusto sabiendo de la derrota del Elche.