4/9/15

Pecado original





Sí, revuelve las tripas ver la foto del pequeño y precioso Aylan ahogado, de su cuerpito que parece dormido y está ya sin vida; como las revuelve saber que su hermanito Galip ha muerto también; como lo hacen todas las noticias de niños soldados, niñas violadas o chiquillos hambrientos. Es desolador saber que no reirán más, que les hemos robado la infancia, el amor, la ternura, la alegría, los juegos, la vida, la esperanza, el futuro. Sí, es un sabor a hiel podrida el que te sube a la garganta cuando piensas en los políticos, sean del partido que sean, en los votantes que los elegimos y volveremos a elegir, en los poderes, ocultos o no, en los mercados, en esta Unión Europea de la que se avergonzarían Kant y Erasmo, Moro y Vives, Beethoven y Leonardo. Es difícil contener las lágrimas, la congoja, la desolación, la rabia, la indignación. Es imposible no sentir náuseas de los que, ahora mismo, están  haciendo negocio con Aylan, con su foto, con los artículos que sobre él escriben, con las tertulias y sus horrendos tertulianos.

Pero, lo más difícil es mirarse a uno mismo. Porque nos adormecemos y nos engañamos con excusas vacuas. Es cosa de los gobernantes, decimos; qué puedo hacer yo que soy tan poca cosa; hace falta dinero que yo no tengo; si ya hay poco trabajo para nosotros, cómo puede haberlo para los que llegan a miles; el mundo es así; la guerra es cruel; son otros los que no hacen, los que dejan de hacer, los que hacen mal.  No, no quiero adormecerme así, no quiero engañarme, no quiero ser indigno de mí mismo, no quiero ser capaz de ver la noticia de esas muertes escrita con menos palabras que las noticias de futbolistas que ganan millones sin romper el periódico y no volver a comprarlo nunca. No quiero llorar dos minutos y olvidarme. Me duele mi propia cobardía, mi propia inhumanidad. La miseria del mundo es también culpa mía ¿Cuántos abrimos nuestras casas a los refugiados? ¿Cuántos estaríamos dispuestos a poner nuestra vida en juego o la de nuestros hijos por ellos? ¿Cuántos a compartir nuestro pan, nuestro salario, nuestras calles? El concepto de pecado original tiene hoy más sentido que nunca. No hemos hecho nada, no somos los asesinos ni hemos volcado la lancha neumática, no hemos tenido nada que ver en la guerra de Siria. Yo no he sido el causante directo o indirecto de lo sucedido. Pero la muerte de Aylan cae sobre mi conciencia, sobre nuestras conciencias, de manera implacable. Lloro, sobre todo, por mí.