11/11/08

El parque de las almas errantes

Hace años, cuando la vida sonreía a la mayoría de la gente, el parque se llenaba de niños que jugaban al balón y a interminables persecuciones entre ficticios policías y ladrones; de jubilados que aprovechaban el sol de otoño para convertir los bancos junto a la laguna en auténticos parlamentos de debate político; de jóvenes parejas que habiéndose saltado alguna clase de la Universidad – sobre todo la de estadística, tan insufriblemente aburrida- buscaban un recodo entre los árboles donde sólo los vencejos y los tarines pudiesen espiar su descubrirse mutuamente.

Mas todo cambió, casi de pronto. Una crisis que nadie esperaba tan virulenta, fábricas que cerraban, muchachos que debían ponerse a trabajar en un empleo mal pagado para ayudar en casa, miedo a engendrar criaturas a las que quizá no pudiera darse de comer y cielos que siempre parecían cenicientos aunque brillara el sol. El parque, entonces, se llenó de otras gentes. Hombres maduros, en la cincuentena, que no tenían ya ocupación laboral y que habían perdido la esperanza de volver a trabajar. Al principio, toda aquella legión de infelices recorrió calles y avenidas, parques industriales y empresas, solicitando empleo. Mandaron millares de cartas con espléndidos curriculums y aguantaron con sus ahorros de una vida. Eso duró poco. Las cuentas corrientes se vaciaron, los curriculums se perdieron en alguna papelera y los zapatos perdieron sus suelas de tanto caminar en pos de un futuro que no existía. El coche fue vendido, algunos cambiaron de casa, otros nunca más fueron al cine y muchos descubrieron otra vez que las patatas a la riojana eran un plato exquisito. Cuando el ánimo se extinguió, aquellos hombres sin ocupación, amilanados por la vida, se refugiaron en el parque. No deseaban ser vistos mendigando, más que pidiendo, trabajo. Detestaban los cuchicheos de sus convecinas cuando eran ellos los que iban a hacer la compra.

- Es que no le quiere nadie. Claro, a su edad.

Rehuían la mirada de una familia que necesitaba y le exigía una solución rápida e inmediata. No podían soportar la decepción de una hija que quería ser médico y ahora ya no podía, o la del mayor que había tenido que dejar Ingeniería para cargar bombonas de butano como pinche.

- Es que no buscas suficiente. No pones todo de tu parte. ¿Y si montas tu propia empresa? – les decían, cuando miles de ellas estaban en quiebra. Se les pedía una idea brillante que les aupara otra vez al mundo de los vivos.

Habían perdido su trabajo y su alma, sus ganas de vivir. El parque era su retiro. Allá, tras las frondas que antes ocultaban besos de adolescentes o chiquillos jugando, estaban a salvo de las miradas, de las críticas no dichas, del qué dirán. Se sentían protegidos entre ellos. Todos perdedores. Todos errando sin saber qué hacer. Todos, soñando con los tiempos pasados y con los tiempos futuros que pudieron ser. El parque se volvió triste y las ramas del los árboles se desnudaron para acompañar a todas las almas errantes que caminaban a su alrededor.