22/11/08

Helsinki

Poco más reside en el mundo al norte de Helsinki. Cuando el otoño llega a su ocaso, la nieve aún no ha cubierto las calles pero el frío intenso anuncia la vecindad del ártico, y las horas de luz que huyen veloces hacia el sur invitan al recogimiento. Son las tres de la tarde y la noche es ya cerrada. Las calles están decoradas con San Nicolases y enebros de la fortuna, con mercadillos de carámbanos helados llenos de golosinas y figuritas. El viento silba entre los abetos del parque donde aún pasea el alma de Sibelius y millares de luminarias se encienden en el fiordo. Un reno perdido se asoma a la carretera. Los barquitos de alta proa y chimenea forjada se balancean junto a los pontones, viejos, llenos de recuerdos y de amores olvidados. Un gran rompehielos, adornado con miles de bombillas, se desliza suave por la rada como si fuera un gigante fantasma, una sombra cuya forma se adivina por la posición de las candelas. Hace sonar su bocina, profunda y triste, y se pierde en el horizonte de la noche hacia su destino inhóspito.

Al otro lado, la antigua cárcel de la isla– hoy restaurante íntimo, de esos en que las luces tenues y las velas titilantes invitan a la confesión y las confidencias, a las miradas lentas que lo dicen todo- se yergue entre las primeras banquisas del invierno. Helsinki se abraza al invierno con ternura. Al fondo, suena un tango. Porque, tan lejos de la Argentina, aquí se ama el tango. Acordes de bandoneón que me trasladan a un lugar y a una época que hoy, y todavía no se por qué, o quizá sí lo sé, necesito volver. Ha sido, al escucharlo, cuando te he echado de menos.