10/5/12

Pagerank




La rutina es como el agua. Por mucho que se contenga, que se niegue la riada, siempre acaba inundándolo todo.

Hacía calor, seguramente por los focos estilo hospital que cubrían los techos técnicos del aeropuerto. Ferdinand estaba cansado y se removió en la silla sin acabar de encontrar una postura cómoda. Se soltó el botón de la camisa y aflojó el nudo de la corbata. Enfrente, la pantalla del ordenador mostraba incontables líneas de correo por leer y contestar. Sobre la mesa de la sala del aeropuerto, dos salchichas amenazantes decoradas con kétchup de sobre, se habían quedado frías. En el sillón de al lado, un japonés chapurreaba, en un inglés paupérrimo, algo sobre un contenedor lleno de ropa, perdido en algún remoto paraje de Indonesia.

Sonó el tintineo del celular y se alegró al ver su número. Tenía ganas de escucharla.

- Hola, guapa- contestó.

- Hola, ¿qué tal tu día?- contestó Lidia al otro lado de la línea- Yo estoy muy liada, todo el día de aquí para allá sin acabar nada concreto.

- Que le den por saco al trabajo- replicó-. Te echo de menos. Mucho.

- Ya, yo también, pero – cambió de tema- ¿te puedes creer que aún no he preparado seis informes que debo entregar para la semana que viene? No me centro. Todo son interrupciones. Te llamo por si ya me has preparado la oferta. Recuerda que tenemos que entregarla el martes.

- ¿Te veré el viernes?

- Además, ya sabes que me voy en dos semanas y quiero dejar todo preparado. Pero si me siguen importunando con urgencias no podrá ser.

- Tranquila, que tú puedes. Entonces, ¿podemos cenar el viernes?

- Tranquila no puedo estar. Me abrumo con tantas cosas. Y la oferta es para el martes.

- Te quiero, ¿sabes?

- Y yo a ti. ¿Puedes creer que ayer vino Carlos pidiéndome el informe trimestral? ¡Pero, joder, si ya se lo envié! He tenido que imprimir otra vez seiscientas páginas. Cuanto más lerdos, más suben en el escalafón.

- Que le den, Lidia. ¿Qué me dices? ¿cenamos el viernes?

- ¿Cenar? ¿Cuándo?

- El viernes, ya te lo he dicho.

- No puedo, cariño. Mejor comemos aunque tendré una mañana complicada.

- Necesito tenerte largo tiempo, charlar despacio, disfrutarte. Mejor, cenar ¿no?

- Bueno, es que cenar no me viene bien. Vamos a comer, anda.

- Vale, pues comer y cenar. ¿Qué te parece? Te tengo ganas…

- Jooo… no seas así. Que estoy muy liada.

- ¿Has quedado con la panda o algo?

- Claro, ya lo sabes, cariño. Los viernes son míos. Lo entiendes, ¿verdad?

- Vale, vale… pues dímelo y punto.

- Me haces sentir mal. No quiero sentirme así…

Ferdinand detuvo la charla por apenas unos segundos, suficientes para que su mente se enmarañara de ideas y de sombras. Que era un iluso tontaina, ya lo sabía. Que Lidia era una mujer mucho más valiosa que él, también. Quizá, lo que más le jodía era que desde siempre había sabido que ella acabaría aburriéndose con él. Por mucho que lo intentes, el agua se filtra por los resquicios. La rutina es como el agua, por mucho que se intente contenerla, acaba inundándolo todo. Y era evidente que Lidia estaba ya aburrida. Pensó en decirle que a él aún se le estremecía el corazón al verla, al pensar en ella, al cogerle de la mano, todas esas gilipolleces que no diría cualquier persona madura y sensata. Pensó en decirle que había una bandada de mariposas aleteando en sus venas y que deseaba que ella también las sintiera pero, en un reflejo de lucidez, se lo calló. Los lepidópteros deben volar espontáneamente, sin desearlo, sin preverlo, no porque alguien los espante por unos minutos antes de que vuelvan a posarse. Quiso decirle que la necesitaba de verdad, que la necesitaba a su lado, que ansiaba palabras bonitas, aunque fueran falsas, que buscaba con anhelo algún mail suyo cada noche, que tenía síndrome de abstinencia de sus caricias, que era un tipo muy débil necesitado de ternura acogedora aunque nunca se lo pidiera así, que rogaba que ella fuera su refugio, que más allá de su apariencia fuerte, en el fondo era frágil, que aspiraba a sentirse el centro de su universo, el más importante de su vida - sí, quizá una necesidad egoísta, infantil, algo ególatra-, que necesitaba sentirse necesitado. Todo aquello se le pasó por la mente para decírselo como en un torrente pero se percató a tiempo que la estaba importunando. Cuando el agua lo inunda todo hay que saber ponerse en el lugar que a uno le corresponde.

- Ferdi, ¿estás ahí? – Lidia preguntó tras la pausa.

- Sí, sí, perdona. Es que estaban llamando a mi vuelo – mintió.

- De veras, te quiero mucho pero tienes que entenderme. Tengo otros compromisos, me gusta estar con la panda, está el trabajo que me requiere, los viajes y, qué coño, que también necesito estar sola ganduleando de vez en cuando.

- Es que me jode tener tan poco pagerank en tu vida- dijo Ferdinand.

Lidia rió con ganas.

- Esa ha sido buena. Sabes que no soy así – dijo ella con un tono meloso que le encandilaba.

- Sí, sí, no te preocupes.

- ¿Comemos entonces el viernes, verdad?

- Sí, sí, claro. Estará bien. Siento ser tan pelma.

- Eres un cielo. Me comprendes tanto. Te quiero. Buen vuelo.

- Te quiero, Lidia. Que pases una buena velada.

Colgó y comenzó a morder con desgana una de las salchichas frías. El japonés le miró sin entender el porqué de su expresión triste. En su imaginación, Ferdinand veía mariposas clavadas con alfileres en una caja de cristal. Algunas, sangraban.