25/2/13

El alquiler





Alquiló la casa cuando se vino a trabajar a la ciudad. Soltero y no muy convencido de que aquel empleo era el de su vida, ni siquiera pensó en poder adquirir una vivienda cuando con su sueldo podía rentar un apartamento con comodidad y mudarse cuando le surgiera una mejor oportunidad. Ahora comprendía que se equivocó al hacerlo. Mientras pulsaba el botón rojo que colgaba al lado de la cama del hospital, rememoró los acontecimientos.
Se había instalado rápido. Sus pertenencias se reducían a dos maletas y un baúl que se había hecho mandar desde el pueblo. La casa estaba amueblada de manera frugal pero suficiente para sus necesidades. La alcoba disponía de una cama amplia, una cómoda y un armario con grandes espejos que daba más luminosidad y espacio a la estancia. La cocina disponía de lo básico, una cocina de gas, un frigorífico y una lavadora automática, máquina que había jurado no utilizar mientras pudiera pagarse la tintorería. El baño, con una ducha, un lavabo de loza  y un inodoro, le era suficiente. Por fin, el saloncito tenía una mesita baja, un mueble para colocar una docena de libros y un sillón junto a una lámpara. Lo mejor, era el amplio ventanal por donde el sol de la mañana penetraba franco y poderoso en los meses de verano. Incluso, colocó tres o cuatro macetas de geranios que, por falta de riego y atención, se le murieron pronto. La renta era baja. Según le dijeron en la agencia llevaba tiempo sin alquilar, no acababa de gustar a ningún potencial inquilino quizá porque sólo disponía de una habitación.
A decir verdad, tampoco paraba mucho por el apartamento. Salía a las siete hacia el trabajo y raro era el día que regresaba antes de las ocho. Pero, con todo, estaba contento y había hecho de aquel piso de soltero su hogar.
Los problemas comenzaron un viernes de otoño. Lo recordaba bien porque había disfrutado de una cena con los compañeros de trabajo, estaba alegre tras la botella de Rioja que se había tomado y llegó a casa junto cuando descargaba una tormenta eléctrica y de lluvia recia. Se despojó de la ropa mojada, se dio una ducha rápida y se metió a la cama con la intención de no levantarse hasta el domingo. No recordaba cuánto durmió pero sí que se despertó sudando y agitado cuando aún estaba muy oscuro. Por encima del tronar de la tormenta que no cesaba escuchó ruidos extraños en el salón. El que un ladrón entrara en un piso que tan pocas propiedades incluía no entraba en sus cálculos. No era de ánimo aguerrido y no tenía ningún arma, ni siquiera un paraguas de punta afilada, para poder defenderse. Se arrebujó entre las mantas confiando en que el intruso nunca entrara en la habitación, temblando de miedo y rezando las cuatro oraciones que conocía. Sus plegarias debieron llegar al destinatario porque, al rato, los pasos cesaron y el silencio volvió a reinar. Incluso, la tormenta amainó. No logró conciliar el sueño nuevamente pero no se atrevió a levantarse hasta ya bien clareado el día. Entonces, asegurándose que no escuchaba ningún sonido, se aventuró en el salón para comprobar que todo parecía en orden, que aparentemente no faltaba nada, hasta en el frigorífico miró por si le habían robado la comida pre-cocinada. Nada, todo estaba intacto al punto de que llegó a pensar que todo debía haber sido un sueño, fruto de la bebida de la noche anterior. Se rio para sí, maldiciendo el reserva del noventa y ocho, cuando se dio cuenta de algo que le hizo temblar. Sobre la mesita de la sala había un ramo de flores. Un ramo discreto, de un par de rosas con siemprevivas blancas. En un movimiento de puro instinto, de ese miedo que a veces a uno le inunda hasta los huesos,  tomó el ramo y lo lanzó por la ventana. No había sido el alcohol ni una pesadilla. Alguien había merodeado por el apartamento para dejar un ramo de flores, un hecho tan inquietante como ridículo.
Dudó si acudir a la comisaría a denunciar el hecho pero pensó que le tomarían por un chiflado, así que desistió de hacerlo. Cuando llegó la noche, cerró con llave por dentro la puerta, se cercioró de que todas las persianas estaban bajadas y las ventanas bien cerradas, colocó un par de sillas junto a la puerta y metió un cuchillo en el cajón de la mesilla. Se acostó con recelo pero la tensión acumulada hizo que se durmiera poco a poco.
Se despertó cuando aún estaba muy oscuro. Se escuchaban ruidos extraños en el salón, idénticos a los de la noche anterior.  Maldijo su fortuna. Que te roben un día es mala suerte, que lo hagan dos días seguidos es ya ir a por uno. Respiró profundamente y sintió el miedo recorriéndole la espalda pero esta vez estaba preparado. Sacó el cuchillo y se levantó procurando no tropezar con nada. Comprendía que la sorpresa era su mejor baza. En el momento justo dio un salto y prendió la luz de la sala. Una figura de mujer, fluida, azulada, casi transparente salía por el ventanal a pesar de que las persianas estaban bien bajadas y un ramito de flores, idéntico al del día anterior, estaba en la mesa. Las sillas bloqueaban la entrada. Las ventanas permanecían cerradas.
Se sentó temblando, muerto de miedo. Él nunca había creído en fantasmas ni en presencias del más allá. Todo era cosa de charlatanes, de locos, de timadores. Y, sin embargo, allá estaban aquellas flores. No sabía qué hacer, a quién dirigirse. No osó volver a la cama, tomó una manta y se abrigó con ella sentado en medio del salón, sin saber qué pensar, sospechando que se había vuelto medio loco o loco completo.
Por la mañana se percató de que llevaba más de un día sin comer y picó de una ensalada de hongos que había comprado en el súper, uno de esos platos precocinados que venden por cuatro euros. No le gustó, tenían un sabor rancio y apenas probó bocado. Pasó el día vagando de aquí para allá, sin atreverse a salir de la vivienda por temor de que al regresar se encontrara con más fantasmas o más alucinaciones. Por matar el rato, prendió la televisión en el justo momento en que daban las noticias de la noche. Se le iluminó el rostro y se echó a reír de forma alocada. La locutora estaba informando que habían sido detectados platos preparados contaminados con ciertos hongos alucinógenos y que las autoridades de Sanidad habían abierto una investigación. Cierto que hablaban de unos súper en Canarias, a miles de kilómetros, pero debía ser eso. Iría al médico el mismo lunes y le curarían.
La noche del domingo se acostó tarde y durmió pocas horas hasta que los mismos ruidos que las noches anteriores le despertaron. Esta vez no se molestó en levantarse, sabía el motivo, necesitaba cuando menos un lavado de estómago. Tampoco vio hasta la mañana que un nuevo ramito de rosas adornaba la salita.
-        Sí, hemos oído del asunto pero aquí no se ha dado ningún caso. Sería usted el primero- le dijo el médico, un tipo regordete y con gafas que le miraba con media sonrisa.
-        Le juro que lo he pasado mal, todo parece tan real.
-       No se preocupe, así son este tipo de intoxicaciones. Seguramente ya se le habrán pasado los efectos de forma natural pero por si acaso le ingresaremos ahora, le haremos un par de pruebas y, aunque no es agradable, le sugiero que nos permita hacerle un lavado de estómago. Por su seguridad, ya sabe. Para el mediodía estará usted en la calle.
-        Por supuesto, cualquier cosa menos volver a esa pesadilla- afirmó convencido.
Una hora después le hicieron un análisis de sangre- todo perfecto, dijo el galeno- y hacia las once le amodorraron para que no sintiera el tubito que le metieron por la garganta.
Despertó sediento, solo en la habitación. Necesitaba beber algo y pulsó el timbre rojo para que viniera la enfermera. Se llamó imbécil por no tener una vida más ordenada, comiendo platos sanos, ensaladas o fruta, quizá un pescado a la plancha, no esa mierda de precocinados envenenados. Pondría una denuncia en el cuartelillo al salir del hospital. Mientras esperaba que la enfermera llegara vio el informe en su mesilla.
-        Contenido estomacal normal. El análisis no detecta ninguna sustancia extraña- concluía el texto.
Volvió a pulsar el timbre y la puerta se abrió. Una figura tenue, azulada, de mujer hermosa entro casi levitando en la habitación y depositó un ramito de rosas en la mesilla. Le sonrío y, mientras salía ingrávida, musitó:
-        Te voy a cuidar siempre.