19/2/13

La expectativa nunca alcanzada






Conoció a Janet un lunes de primavera, en el café Chelsea’s, justo en la esquina de la Wabash con la Delaware. Ya se sabe, puro azar, como siempre suceden los encuentros que han de marcar una vida. Paul estaba soltero y su frigorífico era un erial helado semejante a los páramos de nieve en las más recónditas llanuras de Alaska de modo que, cada mañana antes de dirigirse a su trabajo en el First National Bank, paraba a tomarse un café con unos huevos revueltos. Por cinco dólares, Chelsea’s ofrecía el desayuno, la lectura de un par de periódicos, una atmósfera relajada y acogedora y el aroma a vainilla que caracterizaba al establecimiento.
Juraría que no la había visto nunca anteriormente pero aquella mañana fue la única imagen que pudo mirar, la que recabó toda su atención de manera tan involuntaria como inevitable. Se había sentado dos mesas más allá y había abierto su pequeño ordenador sobre la mesa, donde compartía sitio con un zumo de naranja y unas tostadas con mermelada.
Janet era una mujer menuda, delgada, incluso en demasía, de pechos breves y figura sensual, melena corta y ojos claros. Le calculó unos cinco o seis años menos que él. Aparentemente, estaba enfrascada con alguna tarea que le hacía teclear frenéticamente sobre su laptop mientras el capuccino se enfriaba sobre la mesa. Él fingió leer la sección internacional del New York Times mientras la miraba de reojo, atento a todo lo que ella hiciera. Aquel primer encuentro, del que ella siempre fue ignorante, duró hasta las nueve menos diez, cinco minutos antes de que tuviera que salir casi corriendo para no perder el autobús de la línea siete. Paul era un tipo maduro, aficionado a la lectura y a la música, esporádico espectador de los Yankees, volcado en un trabajo que nunca le había satisfecho, simpático cuando se lo proponía y los suficientemente leído como para mantener una conversación amena e inteligente.
Durante toda la semana, se repitió la escena hasta que el viernes, cuando él continuaba fingiendo leer el diario, esta vez en la columna de deportes, vio que Janet se levantaba y, decidida, se dirigía a él:
-        Si me vas a espiar con tan poco disimulo, será mejor que te presentes, ¿no?
Paul quiso volverse transparente o que un haz de energía como los de la serie de Star Trek a la que era muy aficionado le trasladara de manera inmediata a otro planeta. Pero la realidad era que ella estaba allí delante, en pie, sonriente, con la mano extendida en son de paz, hermosa y decidida.
-        Soy Janet- dijo, mientras la poca cordura que aún funcionaba en la cabeza de Paul intentaba restablecer el orden del mundo.
-        Soy Paul- contestó, consciente de que su cara estaba cubierta de rubor y su pulso acelerado.
Lo embarazoso duró sólo unos minutos más. Él se trasladó a la mesa de ella y ordenó otro café. Pronto, charlaban animadamente y descubrieron que compartían aficiones- la música clásica, la serie The Big Bang Theory, el cine policiaco y los paseos por North Lake Shore-, así que la conversación fluyó animada y sencilla. Ella le dijo que estaba casada, madre de un hijo adolescente que estudiaba en Nueva York, que trabajaba de administrativa en una gestoría al oeste, casi en Aurora, que en sus ratos libres tomaba clases de canto con una vieja y excéntrica profesora rusa que aseguraba haber cantado en la Scala. A las nueve, muy tarde ya para coger el autobús, pero eso no le importaba, se despidieron hasta el día siguiente.
Pasaron muchos desayunos en los que Paul se fue ilusionando con algo en lo que no se atrevía a pensar siquiera. No era un hombre inexperto en el amor pero un par de heridas profundas y duraderas le habían hecho ser receloso ante la posibilidad de volver a dormir acompañado. Además, ella estaba casada.
Sin embargo, a pesar de sus miedos, Janet le atraía en demasía. Quizá fuera sólo un impulso sexual o pura admiración por una mujer bella, pero lo cierto es que le costaba apartársela de la cabeza. El caso es que ella parecía únicamente atraída por su conversación, por sus gracias manidas, chistes viejos que Janet parecía no conocer como si acabara de llegar al mundo, y por la atención que le prestaba cuando le contaba de sus problemas en el trabajo o de su poco excitante vida.
Un viernes por la tarde, ya en verano, ella le propuso alquilar un cochecito a pedales para dar un paseo a la orilla del lago.
-        Iremos hasta Montrose Point - dijo ella entusiasmada- a ver los pájaros y escuchar su canto. A él, pensando en la rodilla que se había lesionado años atrás jugando al fútbol, le pareció un trayecto larguísimo pero sonrió y aceptó con ganas.
El sol, al encontrar las aguas del Michigan, se rompía en una miríada de destellos y reflejos que pululaban libres coloreando el tranquilo oleaje que moría en las arenas de la orilla. Dejaron atrás el skyline del centro y pedalearon despacio serpenteando por el camino que bordeaba el lago. Compartían una coca cola con dos pajitas, un perrito que compraron a medio trayecto a un vendedor ambulante y muchas risas. Él se preguntaba por qué aquel rostro era tan hermoso, por qué le miraba con aquellos ojos tiernos, qué coño podría ver en él.
-        ¿Eres feliz? – musitó él.
-        Hay que saber disfrutar de la vida- contestó ella-, de este cielo azul, de aquel colimbo que vuela bajo, del momento.
-        Sabes a qué me refiero- Paul bajó la vista sin atreverse a mirarla.
-        No. - contestó sin más explicaciones, tras una larga pausa.
-        ¿Y quieres otra vida?- preguntó tras otra pausa aún más larga.
-        No, no podría.
-        ¿Entonces?
-        Esto es suficiente.
Se sentaron en una pequeña colina del parque, junto a una cabaña que servía de mirador para ocultarse cuando se quería observar y fotografiar a las aves. Se había levantado brisa y el lago se revolvía inquieto entre ondulaciones bordadas con espuma blanca. Ya no hablaban, sólo miraban al horizonte sobre el que la esfera rojiza del sol comenzaba a inclinarse. Aunque no se lo dijeron, ambos pensaron que sería bonito volver a empezar, compartir más atardeceres, construir un camino común.
Luego, cuando ya la luz del día menguaba, se miraron durante largo rato confundidos por los juegos que a veces urde la vida. Regresaron ya muy tarde a la estación de coches y el encargado les echó una buena reprimenda por devolver el triciclo tan tarde. Janet tomó el metro en la Hancock pero Paul caminó hasta la Madison. Necesitaba pensar, que la noche le refrescara la turbación que sentía. Al llegar a casa, tenía un correo electrónico de ella dándole las gracias por el día y él no consiguió dormir.
El lunes se encontraron, como cada mañana en los últimos meses, en el Chelsea’s y actuaron como si no hubieran estado en Montrose Point, volvieron a hablar del trabajo y del imbécil de su jefe, de la crisis económica, de lo pesada que se presentaba la semana y de las agujetas que el largo pedaleo del viernes les había provocado a ambos.
Él pasó una semana inquieto, dudando entre cruzar el Rubicón o no hacerlo. Cada mañana, en el desayuno, se miraban y charlaban en una rutina estudiada y tranquilizadora.
Por fin, el domingo se le hizo la luz. Fue casi al anochecer, tras haber cenado brevemente. Se había sentado en su sillón favorito, bajo la luz atemperada de la pequeña lámpara, con una copa de brandy en la mano y la cavatina del cuarteto trece en el estéreo. Fue entonces cuando se dio cuenta de lo que sentía. Lo que le atraía, lo que le hacía sentir un pálpito extraño no era Janet sino la ilusión de enamorarse.
No podía correr el riesgo de destruir ese sueño dando un paso más. Lo hermoso estaba a este lado del Rubicón, en la orilla de la expectativa nunca alcanzada. Durmió tranquilo aquella noche.