23/10/13

El engaño






Se quedó cortado. No se lo esperaba. Al fin y al cabo había pasado ya mucho tiempo y apenas era ya un recuerdo borroso, una noche loca.
-        Eres un cabrón- le acababa de soltar Belén, sin alterarse en la voz, porque ella era muy tranquila, pero con una mirada llena de ira y de decepción.
Bajó los ojos, en parte por vergüenza, por esa sensación embarazosa que uno siente cuando le pillan sin que se lo espere; en parte porque necesitaba tiempo para pensar qué contestarle. La quería, eso era cierto. Como él sabía querer, quizá no lo suficiente, con esa reticencia íntima que le hacía mantener la distancia en los sentimientos pues bien sabía, por experiencia, que si lo das todo acabas sufriendo mucho. Mejor no dejarse arrebatar, frenar el afecto, que morir de tristeza después.
Ella le estaría mirando  fijamente, lo presentía, aunque seguía con la vista gacha intentando tejer una explicación si no razonable, al menos, verosímil. Joder, vaya mierda. No quería perderla. ¿Cómo se habría enterado?
El cerebro tiene su propia agenda y en vez de generar una respuesta se dedicó a rememorar los hechos. Joder, con los hechos. Podía habérsela metido en hielo. Más de un año había pasado ya. Fue en la fiesta del pueblo. Llevaba ya veinte meses de relación con Belén pero había ido solo. A ella no le apetecía y, si había de ser sincero, él prefirió pasarla en grande sin ella, echarse una juerguecita con los amigos, con Pablo, con Lucas, con Iker. No los veía desde hacía años. Había pensado emborracharse con ellos, como cuando eran jóvenes, bailar haciendo el ganso, reír los millones de chistes que se sabía Pablo y acabar durmiendo en los jardines del parque. Cuando había llegado, solo pensaba en cerveza fría, en risas y en canciones mal entonadas. Lo malo es que se encontró de sopetón con Izaskun. Bueno, quizá debía ser sincero con él mismo. Por una vez. Si uno no se dice la verdad a sí mismo, a quién se la va a decir. Había esperado encontrarla, le gustaba saber de ella. Sí, todo había quedado atrás hacía más de tres años pero cuando se ha amado así, los recuerdos de la piel, de los ojos, del cabello, del alma, siguen escondidos en algún lugar de la mente como si hubiera neuronas que hubiesen quedado marcadas de por vida y, aletargadas, estuviesen dispuestas a reclamar su lugar en la consciencia a la menor oportunidad. El amor de su vida, eso había sido y así se lo había dicho, escrito en papel, escrito en correos electrónicos, escrito con sus dedos sobre su espalda desnuda tantas noches. El amor de su vida que se había, de pronto esfumado sin saber por qué, por reproches, por ausencias, por no sabía qué. No quedaba nada más que el recuerdo hermoso de su relación y la herida dolorosa de su separación ya cicatrizada.
Había conocido a Belén un año y medio después y podía decir que estaba enamorado pero, aunque no quería admitirlo, no podía ser lo mismo. No, no es que pensara en recuperar a Izaskun o en que el pasado pudiera resucitar. Tampoco la amaba ya,  pero, aunque lo intentaba, sentía siempre que un segundo amor nunca es capaz de alcanzar la altura del primero.
Izaskun estaba hermosa. Al principio, tras tanto tiempo, se saludaron con cierta frialdad, con cierta precaución. Era ya más de media noche y había bebido bastante en la cena. El alcohol le había dado esa chispita de gracia que le hacía encantador. Se sentaron a charlar, comenzaron a recordar, él dejó que sus amigos siguieran solos y fue a dar un paseo por el río con ella. Acabaron como acaban estas cosas, en la cama, haciendo  el amor, rehaciendo el puzle de geometrías y abrazos ya casi olvidados,  para, con el alba, decirse adiós. Él tenía ahora a Belén; ella a un tal Ernesto, un buen tipo según le dijo, que la quería mucho y bebía por sus huesos. Vivían  nuevos cariños pero les quedaban rescoldos de lo que fue, de lo que pudo ser. Por la mañana, resaca y una sonrisa de machito en su rostro.
Volvió a la ciudad. Belén le esperó en la estación. No recordaba ya cómo la miró, si hubo alguna sombra que le delatara, algún gesto inusual. Seguramente no, porque charlaron como siempre, tuvieron sexo en su cama y él olvidó todo aquello. Una locura, sólo había sido una locura, un buscar algo que ya no podía volver, una gilipollez, vamos. Quería a Belén.
-        Eres un cabrón. Dos años, Juanma, casi dos años juntos y me tengo que enterar por fuera de lo que ocurrió.
-        ¿Y qué ocurrió? – se atrevió a preguntar, anhelando que ella no lo supiera.
-        Eso me lo tienes que contar tú- contestó ella, indicando con el tono seco de su voz que sólo esperaba verificar que no la mentía más.
-       Fue una estupidez, el alcohol, supongo- contestó con pesar- Perdóname, Belén, perdóname, he sido un imbécil. No tuvo importancia, créeme. Fue un polvo sin más, sin sentimientos, te quiero a ti.
-       Ya, ninguna importancia – Belén hizo un gesto de desprecio- te ponen los cuernos y no ha pasado nada. Me pregunto qué opinarías si la situación fuera al revés.
-       Perdóname – bajó nuevamente la vista- No quiero perderte.
Se hizo un silencio espeso, gris. Fuera, estaba anocheciendo y seguramente llovería. La naturaleza siempre sabe cómo adornar las escenas. Las farolas de la calle se habían ya encendido y a lo lejos ladraban unos perros.
Se levantó y se dirigió al mueble donde guardaban las botellas. Necesitaba una copa.
-        ¿Quieres? – le hizo un gesto con la botella de ginebra.
-       Sí, para romperla en tu cabeza- contestó ella mientras que se abrazaba los hombros con sus propias manos como si, de pronto, le hubiera entrado fría. Se levantó y se dirigió a la ventana, mirando a lo lejos sin mirar- ¿Por qué, Juanma, por qué?
No sabía por qué. Pero sí sabía que no quería perder a Belén. Se sirvió un vaso largo y no se molestó en coger una tónica del frigorífico. Tomó un trago, disfrutó de la quemazón en su garganta y la miró. Estaba de espaldas a él, abatida, con esa soledad tan especial con que te inundan la frustración y la traición. Se acercó a ella y la abrazó por detrás.
-       Perdóname- era lo único que le salía decir. Él, que tenía fama de buen orador, no sabía qué decir.
-       No puedo- ella luchaba por no llorar.
-       No quiero perderte. Te quiero, te quiero sólo a ti. Fue una gilipollez y pasó hace mucho. Ni me acordaba ya. Te juro que ni me acordaba, que sólo te quiero a ti.
-      Sí, hace mucho y todo este tiempo has estado ocultándomelo y engañándome a la cara. Me has metido con premeditación y alevosía.
-       ¡Joder, por Dios!, ¡Ni lo recordaba! Fue un polvo, nada más. No la quiero, aquello pasó hace mil años. ¿Qué querías que hiciera? Que regresara y te dijera que te amo pero que se me había nublado la vista, que me había pasado con las copas y me había acostado con otra mujer, que estaba arrepentido. ¡Claro, que lo estaba, que lo estoy! ¿pero sirve de algo que lo diga?
-       Igual no lo estás. Igual no fue una casualidad, qué se yo. – y, al decirlo, ella percibió que él, por un instante, había pensado lo mismo.
-        Lo fue, Belén, joder, lo fue. Pasó y punto. Pasó, y me jode que pasara. Pero una vez ocurrido no podía decírtelo, no quería perderte. Te amo, quiero un futuro contigo, ¡te quiero, maldita sea!
-        Sí, me quieres mucho. Seguro que lo pensaste cuando te la tiraste. Seguro que pensabas en mí, desgraciado. ¿La amas?
-        ¡Claro que no!
-        ¿Entonces, por qué? Sé que fue el amor de tu vida. Y eso no se olvida nunca.
-        Belén, no quiero esto. No lo quiero. Sé que es mi culpa, te pido perdón, estoy avergonzado, estoy humillado, triste, jodido ... pero no puedo cambiar lo que hice, sólo puedo pedirte perdón,  jurarte que no volverá a pasar y pedirte que me des una oportunidad de demostrarte que te quiero.
-       Una oportunidad para que me la vuelvas a pegar, a engañarme con ese cinismo que yo no conocía en ti – apretó sus puños intentando contenerse.
-        Dame una oportunidad, cariño. Por favor, dámela. Dámela. Te quiero. Te necesito- la besó en el pelo con ternura, con honestidad.
-      No puedo, Juanma, no puedo perdonar. Al menos, no ahora mismo. Necesito tiempo, estar sola, llorar sin que tú me veas, insultarte cuando no estés, ver cómo digiero toda esta mierda.
-        No quiero irme.
-       Vete, por favor. El tiempo ya dirá.- ella se zafó de su abrazo- Ya nos llamaremos. Por favor.
-        ¿Sabes?, es irónico- él se acercó al armario para coger su chaqueta.
-        ¿Qué es irónico?- contestó ella, mientras encendía un cigarrillo. Le miraba más con tristeza que con enfado.
-        Que te mentí para no perderte y ahora que no te miento, te pierdo.